Lírica salvaje

Mi hermano el alcalde
Fernando Vallejo

Editorial Punto de Lectura

A mí me gusta Fernando Vallejo. Y me gusta porque, además de ser el autor de esta novela, también es el autor de la deliciosa “La Virgen de los Sicarios”, y la verdad es que desde que leí esa preciosidad me hice amigo literario de Vallejo. Digo esto porque cuando uno se lee una novela de un autor que le gusta, hay una predisposición a encontrar virtudes y méritos, y por lo tanto es muy posible que eso mismo me haya pasado a mí con esta novela. Si tuviera que leerme, por ejemplo, una novela de García Márquez otro gallo nos cantaría, porque a pesar de toda su fama a mí no me gusta nada. Ojo, no confundir: digo “no me gusta”, no digo “escribe mal”. García Márquez escribe fenomenalmente, de la misma manera que Plácido Domingo canta fenomenalmente, pero a mí no me gusta la ópera.

Y aprovechando la digresión, caigo en la cuenta de que en realidad la mayoría de los escritores sudamericanos que he leído no me gustan. De hecho, sólo me han gustado dos: el genial Roberto Bolaño (genial en los relatos, para mi gusto, porque para las novelas no estoy a la altura), y el propio Fernando Vallejo. En el caso de Vallejo, además, también le tengo una sincera y malsana envidia (la única envidia verdadera) porque no deja de admirarme su capacidad para tratar temas más o menos escabrosos y usar palabras más o menos malsonantes y conseguir, a pesar de todo, que sus historias parezcan pura poesía. Porque desde luego las novelas de Vallejo no son para alumnas de las Teresianas (o sí, que vete tú a saber cómo están las Teresianas ahora). La homosexualidad y la pederastia campan por sus fueros en las hojas de “Mi hermano el alcalde”, como también lo hacían en “La Virgen de los Sicarios”, pero en ninguno de los dos casos son los temas principales de la historia (a pesar de lo que pueda parecer en “La Virgen…”) sino que son sólo un elemento más del complejo y rico decorado que sirve de fondo a la prosa florida y festiva de Fernando Vallejo.

En “Mi hermano el alcalde” el tema principal es, por encima de todo, Colombia. Colombia y la democracia, Colombia y los colombianos, Colombia y los narcos, Colombia y la pobreza. Vallejo vuelve a describir su país produciendo un efecto contradictorio: lo descrito es, sin duda, francamente deprimente, pero sin embargo el tono de la novela lleva la historia hacia lo festivo. Ya he dicho que la prosa es florida y festiva, y en algunos casos es incluso excesiva (especialmente en las enumeraciones, que se hacen eternas), pero el resultado final es un optimismo sin límites que atraviesa la obra de punta a punta y que se contagia al lector. Dan ganas de irse a Colombia en cuanto se pasa la última página, aunque sea para que nos peguen un tiro, o nos estafen, o nos despeñen por un barranco. Porque todo, hasta los tiros y las estafas y los barrancos, parecen preciosos en las novelas de Vallejo.

Vaya por delante que a mí me gustó más “La Virgen de los Sicarios”, que me pareció una historia preciosa donde lo sórdido se mezcla con lo divino en un magistral ejercicio de estilo. En esta ocasión, la campaña electoral para la alcaldía de un pequeño pueblo del interior de Colombia es el hilo conductor que nos lleva por veredas y montes y nos lanza en los brazos de caciques, narcos, guerrilleros, paramilitares, y campesinos míseros que venden sus votos al mejor postor. No es esta una novela de personajes, y de hecho todos ellos se limitan a formar parte de un gran coro de fondo del que es difícil destacar a uno, ni siquiera al propio alcalde, pero quién necesita un personaje cuando la protagonista absoluta de esta novela es la compleja Colombia. Que además, bajo la pluma de Vallejo, parece tan prodigiosa como la más mágica de las realidades que han creado, al margen de la realidad, tantos otros autores sudamericanos. La realidad, siempre, supera a la ficción, todos lo sabemos. Los autores mediocres se empeñan en demostrar lo contrario. Los buenos autores, se rinden a la evidencia y se limitan a ponernos un buen vino para acompañarla.

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