Archivos del Mes para September, 2006

Tirarse al metro o a la taquillera

Dreaming in the Royale Oaks
Erick Messler

Erick Messler - Dreaming in the Royale Oaks

Que no es por no ir, que si hay que ir se va, pero ir para nada es tontería. Esto lo dice Cruz y Raya, y se puede aplicar al suicidio: porque suicidarse para nada también es tontería. Erick Messler, sin embargo, debe tener su propia opinión al respecto, porque el hombre es la alegría de la huerta. Y es que la frontera entre la melancolía y la depresión post-parto es muy sutil, y muchos músicos de melena lacia la cruzan sin darse cuenta durante alguno de sus largos paseos con la botella de absenta en la mano.

Y el caso es que la música de este pollo no es mala, y tiene algunos momentos francamente brillantes, pero el conjunto de la obra roza la desolación más absoluta. Todo es triste, profundamente triste (y ese matiz, hay que reconocerlo, es mérito del autor), y termina por hacerse demasiado denso. La insoportable levedad del ser se convierte en la insoportable gravedad del no-ser. Too much. Yo no he conseguido verle la gracia, porque supongo que no la tiene. Es cierto que a veces apetece mirar el lado oscuro de la realidad, pero no es necesario ponerse, además, unas gafas negras para que todo parezca todavía más tenebroso.

A pesar de todo, y aunque no incluiré este disco en mi archivo de preferidos, no me importaría darle una segunda oportunidad a Messler si en su próximo album se modera un poco y encuentra una manera menos trágica de contarnos lo mismo. Porque no se trata de endulzar la tragedia que uno puede ver en la vida, pero tampoco hay que contarla con voz desgarrada en un día lluvioso mientras uno cava el agujero de su propia tumba. Porque si hay que cavar se cava, pero cavar para nada también es tontería.

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OT V: empieza el (lamentable) espectáculo

Hay que ver, todos los años igual, después de agosto viene septiembre, y después de OT IV llega OT V. Siempre he dicho que sería más divertido que el 1 de enero se sorteara el orden de los meses para el año que empieza, y que al principio de cada semana se hiciera lo mismo con los días (¡qué puntazo que cuando ya estás preparado para ir a currar te digan que ha salido sábado!). Esto también me lleva a decir que la sucesión al trono debería hacerse por sorteo entre todos los hijos del rey, porque de la misma manera que no se debe discriminar por razón de sexo no entiendo por qué nos debe parecer bien la discriminación por razón de tiempo. Digo esto, también, desde mi condición de hermano menor. Menos mal que mi padre no es el rey, porque si no me iba a pillar un rebote…

Pero no divaguemos más, o sí, o quién sabe. El caso es que llevo unos días viendo los castings de OT y empiezo a ver algunas cosas interesantes. La primera es que se nota mucho que estamos viendo las sobras de otras ediciones. Aquí hay mucho tarugo resabiado que todavía tiene pegamento en la camiseta de las etiquetas de los castings de otros años. Vienen con cara de inocente pero se nota que ya saben dónde se hace la cola, quién reparte las pegatinas, saludan a la Galera como si fueran colegas del instituto… Y digo yo: qué pena más grande volver a presentarte para que se te vuelvan a fumigar, para que te vuelvan a decir lo del perfil, que si no eres lo que buscamos, que si cantas como una nutria con resaca, que si gracias, majo, si acaso ya te llamaremos… Si esta gente pusiera la misma constancia en preparar oposiciones, ya serían todos notarios. Ahí dejo la idea por si alguno quiere aprovecharla.

Dicho esto, he visto algunos items que me han llamado la atención: primero, una gallega que cantó con su madre. Momento emotivo donde los haya, que hizo llorar incluso a la propia Galera, que con la barbilla temblorosa tiene un morbo que no os podéis imaginar. Sí, vale, soy un enfermo y un guarro, qué le vamos a hacer. Segundo, he visto también a un argentino que, a pesar de serlo, no parecía espeso y trascendental. Cantaba bien y era muy animado. Me he quedado con su cara. Y finalmente, hoy he visto a una tía llamada Sarai que canta como Aretha Franklin, y no lo digo de coña. Sólo la ha fastidiado cuando ha hecho el típico discurso de “yo no soy mona, no estoy buena… el mundo me ha hecho así”. Pero tía, ¿todavía no te das cuenta de que OT se hace a base de cuadrar todas las cuotas sobre minorías oprimidas? Número de hombres igual a número de mujeres, cuota proporcional de inmigrantes, cuota proporcional de gays (al loro este año con las duchas de la academia, que vamos a ver más de un gusano loco al ritmo del pluma-pluma-gay de los rumanos)… sólo están infra-representados las tías feas y los mortadelos, porque no los representa ninguna asociación.

Los tres han pasado a la final, o a octavos, no estoy seguro de dónde estamos porque esto no es como la Champions que te explican al principio el sistema de competición. En OT, salvo los repetidores de otros años, nadie sabe cuántas pruebas faltan. Y eso sin contar que en cualquier momento puede venir el sensei desde Miami y decirle a uno: tú, para adentro. Y la Galera puede decirle a otro: me cago en tus muelas. Y así todo, esto es una lotería, y si no, no hay más que preguntarle a cualquiera de los miles de rechazados, que lloran amargamente ante las cámaras de Telecinco y claman justicia. “No entiendo lo que buscan”, suelen decir. “En diez segundos es imposible que sepan si valgo o no”, es otra de las frases preferidas. Curiosamente no he escuchado decir a ninguno: “a lo mejor canto mal”. Y eso que a algunos se los han llevado en un coche zeta después de que la meretérica fuera avisada por los vecinos. Pero los seres humanos somos asín, todos menos el sensei, claro, que ha venido a la Tierra con una misión, y cuando descubramos cuál es esto ya puede ser la leche. Seguiremos informando si el espíriu de Espartaco nos da fuerzas.

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Sólo le faltan los números romanos

La sombra de la sospecha (The Sentinel)
Dirigida por Clarck Johnson

Con Michael Douglas, Kiefer Sutherland, Iim Basinger, Eva Longoria

Sí, vale, no le van a dar ningún Oscar, ni saldrá en los libros de “las mejores películas del siglo XXI”, pero a mí las películas como “La sombra de la sospecha” (penoso título en español, por cierto) son las que me gustan. Acción, intriga, suspense, y todo con buenos actores que hacen creíble la historia y mantienen la tensión sólo con levantar una ceja. La trama es interesante (un “topo” en el servicio de seguridad del presidente de los EEUU está planeando un atentando contra éste), aunque tampoco es nada nuevo, y el desarrollo es el típico es estos casos: un agente se convierte injustamente en el principal sospechoso, y él tendrá que destapar la conspiración por su cuenta mientras todo el poderío del servicio secreto americano lo persigue para mandarlo a Sing Sing. Pero lo de menos es eso. Estas películas no pretenden provocar reflexiones sobre la trascendencia de la vida, ni sobre las fuerzas que mueven los actos humanos. Ni falta que hace. Al cine no se va a ejercitar las neuronas, sino a darles un premio si se han portado bien, y con esta película las neuronas se lo pasan como los indios, con tanta persecución y secretito que va y viene. Si alguien quiere otra cosa, que se lea a Kierkegaard. Pues eso.

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No lo veo

One two three four
Linda Drapper

Linda Drapper - One, two, three, four

Pues a mí no me dice nada. He leído grandes cosas sobre Linda Drapper, y tal vez por eso me esperaba mucho más. Lo que me he encontrado, sin embargo, es un disco que me suena a música usada. Ella tiene una bonita voz, y la usa con moderación y buen gusto, pero eso no es suficiente para provocar emociones. Es ese tipo de música agradable, con instrumentación mínima (una guitarra y poco más), y una voz melancólica y frágil que canta canciones tristes pero sin llegar (sin acercarse siquiera) a la desesperación. Pero si uno pone el disco de fondo, puede escucharlo durante todo el día sin que al final haya ninguna canción que pudiera reconocer una semana después.

Seguro que me estoy perdiendo algo, porque ya se sabe que 3000 millones de moscas no pueden estar equivocadas, pero a mí Linda Drapper no me ha dado ni frío ni calor. Le regalaré el disco a mi dentista, porque lo que sí es cierto es que la música es elegante y tranquila, ideal para relajarse mientras uno espera a que el torno asesino comience a sonar en el sillón de las torturas. Lo siento, Linda, tal vez en otra ocasión.

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Que me pongan 20 como este

La malva y el asfódelo
José Solana Dueso

Mira Editores

Hace más de 20 años que José Solana se cruzó en mi vida, y cuanto más lo pienso más convencido estoy de que se cruzó demasiado tarde (para mí). Fue mi profesor de Filosofía en COU (cuando el COU existía) y a pesar de que ha sido, sin duda, el mejor profesor que he tenido en mi vida, yo ya estaba totalmente vendido a la causa científica y las únicas alternativas que barajaba para ir a la Universidad eran Físicas, Exactas o Ingeniería. Me dijeron que los ingenieros ganaban más dinero. Ahora, con el dinero que gano, me compro libros de Filosofía y de Física.

Pero la semilla ya estaba puesta, y gracias a Pepe Solana he transitado por la vida preguntándome por muchas más cosas de las que probablemente debería, queriendo saber más, buscando siempre puntos de vista nuevos (y, sobre todo, diferentes a los míos), para terminar rindiéndome a la evidencia que alguien ya descubrió hace mucho tiempo: después de los griegos, la Historia de la Filosofía son simples notas a pie de página. La Grecia Clásica es a la vez un motivo de orgullo y de vergüenza: orgullo, porque es admirable la inteligencia que demostraron algunos de nuestros congéneres en un entorno mucho más limitado y duro que el que nosotros tenemos ahora; vergüenza, porque ellos avanzaron miles de kilómetros en aquellas condiciones, y nosotros, después de 2500 años, apenas nos hemos movido unos centímetros… y no estoy seguro de que no haya sido retrocediendo.

Al tema. “La malva y el asfódelo” es una joya. Subtitulado como “Confidencias y visiones de Aspasia de Mileto”, la novela nos planta en la época dorada de Atenas, y gracias a la singular posición e inteligencia de la protagonista (personaje real, como la mayoría de los que aparecen en la obra) nos lleva por los ambientes más selectos del momento. Baste decir que Aspasia fue amante (concubina, querida) del celebérrimo Pericles, y que entre los notables que frecuentan su casa podemos encontrar a Protágoras, Anaxágoras, Eurípides, Sófocles, y un joven y algo repelente Sócrates. Algunas escenas, impagables, nos sientan en la primera fila de un simposio al que asisten muchas de esas privilegiadas mentes. La propia Aspasia es un personaje apasionante. Inteligente, inconformista, ansiosa por saber y por participar con su talento en un mundo vedado para las mujeres. Una mujer brillante, que no pretende ganar consideración por lo primero sino por lo segundo, a diferencia de la mayoría de las feministas actuales, tan mediocres como los machistas, los metrosexuales, los heterosexuales y los homosexuales, y, en general, toda la legión de mediocres que pululan por nuestra sociedad reclamando atención por lo que tienen o dejan de tener entre las piernas, sea propio o ajeno. En aquel mundo preocupado por cuestiones francamente mucho más interesantes, Aspasia es sin duda la perfecta anfitriona para enseñarnos cómo era la época que le tocó vivir y quiénes eran los principales personajes que compartieron tiempo y aliento con ella. Sus reflexiones nos ofrecen nuevas perspectivas, y nos dan una visión nueva de la sociedad ateniense, diferente pero no exactamente opuesta a la que nos han contado en los libros de Historia.

La “visita virtual” se hace corta, y el libro se lee sin hacer paradas ni para comer. Aprendemos cómo era la vida cotidiana en la gran Atenas, presenciamos sus principales ritos religiosos y militares, asistimos a juicios y simposios, paseamos por sus calles y, gracias a la pericia del autor, podemos escuchar el sonido de los carruajes, presenciar la llegada de los barcos al Pireo y hasta respirar el mismo aire que respiraron los padres del pensamiento occidental. No puedo ser imparcial con esta novela, porque admiro profundamente al autor y a muchos de sus protagonistas, pero incluso dejando a un lado esas consideraciones personales, creo que todavía nos quedaría una excelente novela, amena e interesante, bien escrita, y, por encima de todo, enriquecedora. Una novela que no pretende hacernos sentir inteligentes ofreciéndonos una trama misteriosa, sino que por el contrario nos hace sentir un poco idiotas: hace 2500 años, sin telescopios ni aceleradores de partículas ni electrónica digital ni sofisticados materiales casi indestructibles, un grupo de seres humanos armados únicamente con su ingenio ya fueron capaces de entender el 90% de lo que hay que entender. Que es: que no hay nada que entender. Y, al mismo tiempo, que no hay que dejar de hacerse preguntas. Gracias, Pepe, una vez más.

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El arte es libre, pero… ¿tanto?

Leo hoy en el Babelia (suplemento pseudocultural del Pravda, en el que se alaban los libros de Alfaguara, las películas de Sogecine y el distinguido porte de Polanco, esto último con toda justicia), al respecto de una novela que al parecer está causando sensación en Rusia:

“…panorama colorido y despiadado de los 20 últimos años de la historia rusa. Algunos críticos lo han comparado con León Tolstói [sic] y su Guerra y Paz, mientras otros consideran la novela un simple panfleto“.

A ver: entre “Guerra y Paz” y “un simple panfleto” digo yo que hay una notable diferencia. Sería como decirle a alguien que te has comprado un coche, y que para que se haga una idea es un coche que podría compararse a un Ferrari Testarossa, o también a un Renault Twingo. En este ejemplo, al menos, ambos vehículos tiene 2 puertas. Por algo se empieza. Pero a lo que vamos: ¿cómo es posible que algunos críticos crean que la novela en cuestión es una nueva obra maestra de la Literatura mientras otros creen que, como mucho, podría hacerse un buzoneo con ella?

Supongo que cuando pase el tiempo una de las dos escuelas de pensamiento ganará, como pasa siempre, y, o bien las generaciones futuras estudiarán esta obra como hoy estudiamos “Guerra y Paz”, o por el contrario jamás se volverá a oír hablar de este pollo (que, por cierto, se llama Maxim Kantor, y la novela de la polémica “Lecciones de dibujo”) y sus familiares recordarán con nostalgia los 15 minutos de gloria que ahora están disfrutando. ¿Quién puede saberlo? Los críticos parece que no, y eso que se supone que a ellos les pagan para que lo sepan. Cómo está el patio.

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Un puñetazo de realidad

United 93
Dirigida por Paul Greengrass

Con Christian Clemenson, Trish Gates, Polly Gates

Fantástica película (documental, en realidad, o una cosa híbrida). Sea lo que sea, es una experiencia impactante. Muy impactante. Son muchas cosas: lo bien narrada que está la historia, la calidad de los actores (una vez más, la panda de mediocridades que pululan por las pantallas patrias deberían retirarse avergonzados de la profesión viendo el talento de cualquiera de los secundarios o terciarios de una película americana), pero sobre todo es la sensación de realidad absoluta. A los cinco minutos te has olvidado de que estás viendo una película, y es como si alguien se hubiera colado con una cámara en las salas de control aéreo y en el avión United 93 aquel 11 de septiembre. Y, por muchas veces que hayamos escuchado la historia (y la hemos escuchado muuuuchas), por mucho que sepamos lo que va a suceder, en “United 93″ uno tiene la sensación de estar viéndolo por primera vez.

La película tiene dos partes, y el planteamiento (y el resultado) son bastante diferentes. Durante la primera parte, el vuelo United 93 es un personaje secundario, casi del coro. La historia se enfoca en los centros de control de tráfico aéreo de Boston, Nueva York, en el centro de coordinación de la costa Este, y en un centro de operaciones del ejército. Y el día comienza. Un día normal, el sol sale por el mismo sitio, el cielo está tan azul como siempre, la gente viaja, los empleados de esos centros de operaciones llegan a sus puestos de trabajo, toman sus cafés, charlan, todo el mundo empieza el día como empezó el día anterior y hace planes pensando, como todos pensamos cada día, que no vamos a morirnos nunca. Y mucho menos ese mismo día.

Vivimos los acontecimientos junto a esas personas encargadas de regular el tráfico aéreo, y asistimos con ellos a las anomalías que van apareciendo cuando la mañana no ha hecho más que empezar. Vemos cómo todo el mundo tarda en reaccionar, porque nadie (ni ellos ni nosotros) quiere alarmarse antes de tiempo. Estamos acostumbrados a que todo tenga una explicación lógica, y nadie quiere ser tachado de catastrofista. Así que primero un avión pierde la comunicación con el centro de Boston. Después cambia de rumbo sin avisar. Intentan recuperar la comunicación, pero es como si en el avión hubieran apagado el transpondedor. Aparecen las primeras hipótesis que apuntan a un secuestro (al principio la gente se lo toma casi como algo “excitante”, una novedad inesperada que puede hacer que el día sea diferente, y que podrán a contar a sus nietos). El avión desaparece del radar cuando llega a NY, y todo el mundo se pregunta adónde narices se habrá ido. Preguntas, incertidumbre, empieza el nerviosismo. Alguien dice que en la tele están hablando de una explosión en el World Trade Center. Al principio nadie lo relaciona con el avión desaparecido, pero pronto los problemas empiezan a multiplicarse. Un segundo avión pierde la comunicación, y después un tercero. Y nosotros, como espectadores, sentimos crecer la angustia al mismo tiempo que los personajes. Vemos cómo el segundo avión también desaparece del radar al llegar a NY y contemplamos el choque contra la segunda torre. Tenemos pánico. Ya sabemos lo que pasó, pero aun así tenemos pánico. ¿Qué está pasando? ¿Cuántos aviones más van a estrellarse? ¿Van a volar la Casa Blanca, el Capitolio, el Pentágono? ¿Y qué más? ¿Van a arrasar EEUU con decenas, o quizás cientos de aviones secuestrados?

La segunda parte de la película cambia el foco de atención y lo sitúa en el interior del vuelo United 93, el último avión que se estrelló, y nos cuenta cómo fueron los últimos minutos de los pasajeros de ese vuelo. Supongo que en este caso la mayoría de los hechos son una pura hipótesis, y da la impresión de que se han dejado llevar un poco por el lado “heroico” de la historia. Tal vez las cosas sucedieron así, tal vez no. Pero el caso es que esta parte de la película resulta demasiado… peliculera. No es que sea mala, o aburrida, pero después del puñetazo de realidad que supone la primera parte, la segunda se ve con más distancia. Uno nota que está viendo una película.

A pesar de eso, el resultado global es demoledor. Hacía mucho tiempo que no sentía la angustia que he sentido viendo la primera hora de “United 93″. Angustia, miedo, pánico. El mundo cambió el 11-S, y el cambio no ha terminado. Resulta escalofriante ver lo que pasó aquel día tal y como lo vieron los protagonistas directos. Da miedo comprobar lo frágil que es la vida que creemos tan sólida, tan imperturbable. El mundo cambió en apenas 2 horas. Y después de ver esta película, uno tiene la sensación de que tuvimos suerte. De que pudo ser mucho peor. Como decía antes, y a pesar de que uno ya sabe cómo terminó todo, hay momentos en la película en los que te preguntas: ¿está empezando la tercera guerra mundial? ¿Qué va a pasar? ¿Se ha terminado el mundo, tal y como lo conocíamos? Y lo peor es que no hay respuestas. Los acontecimientos se suceden y a veces da la sensación de que ya no se van a parar, que tal vez al día siguiente tengamos que coger un fusil (o una piedra o una sartén) y defender nuestra vida como podamos. Si podemos. Y la angustia ya no desaparece. “United 93″ puede verse como una película, como un documental, o como un testimonio histórico. Y de cualquiera de esas maneras, resulta imprescindible.

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Música para disfrutar de unas cervezas

You don’t know me: the songs of Cindy Walker
Willie Nelson

Willie Nelson - You don't know me: the songs of Cindy Walker

Valoración:

Sí, sé lo que estáis pensando: ¿este no es el pollo que cantaba con Julio Iglesias? Que no cunda el pánico. Este tío es bueno. Muy bueno. Es country de primera división, y además en este disco canta el songbook de otro peso pesado del género. La combinación pinta bien, y el resultado pinta mejor. Canciones alegres y canciones tristes, letras que hablan de amores perdidos, de amigos que se cuentan las penas, y de buenos momentos al fresco después de un día duro de trabajo en el rancho.

Me imagino a mí mismo montando a caballo, obviando el hecho de que no sé montar, y recorriendo mis extensas posesiones con los miles de cabezas de ganado que poseo. Después reparo una cerca, marco unos cientos de reses a hierro, y bebo a morro en un arroyo mientras el sol empieza a ponerse. Vuelvo a casa, me baño en un abrevadero, me repeino y me pongo ropa limpia, y me acerco al bar del pueblo. Allí están mis amigos reunidos en torno a unas cervezas, frescas y espumosas como sólo el gran Mike sabe servirlas. Cuando me ven llegar, alzan sus copas y me uno a ellos vaciando la mía de un trago. Joe todavía está triste por aquella chica que lo dejó, pero Charlie lo anima contando una de sus historias de la frontera. Salimos al porche y nos sentamos en el suelo de madera. Corre una brisa fresca. El bar, por supuesto, tiene un gramófono de teclas. ¿Qué música diriais que está sonando? Pues eso. Vamos a tomarnos esas cervezas escuchando country del bueno.

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Ni lo conocía ni quiero conocerlo

Sing (if you want it)
Omar

Omar - Sing (If you want it)

Confieso que no sabía quién era este pollo antes de escuchar el disco, y la verdad es que creo que no me estaba perdiendo gran cosa. No tengo mucho que decir, la verdad. La música no está mal, pero es un estilo un poco rancio. A mí me recuerda la música que se escuchaba en las series de los años 80, como “Corrupción en Miami”, cuando Sonny Crocket (bajo la falsa identidad de Sonny Burnett cuando iba en misión secreta) y Ricardo Tabbs (¿qué nombre usaba este cuando iba de incógnito?) entraban en una discoteca a sacarle información a algunas periquitas para llevárselas después en el Testarrosa que le dejaban a Crocket para que pudiera hacerse pasar por narcotraficante. Era un trabajo duro, pero alguien tenía que hacerlo. En fin, me he adornado con la descripción y me ha quedado un poco larga. Con el disco de Omar, lamentablemente, voy a ser bastante más expeditivo. El disco no me ha dicho nada. Ricardo Tabbs ni siquiera habría reparado en esta música si estuviera sonando de fondo en los lavabos de la discoteca, mientras le daba una paliza al sicario del mafioso que tenía que trincar. Y a todo esto, el teniente Castillo en la higuera. Con Omar, supongo.

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Lo que hay que evitar decirle a un aspirante a ingeniero

Muy bueno. Me ha hecho recordar tiempos pasados, que no gloriosos, porque realmente no se me ocurre nada más desagradable e inútil que tener que hacer un examen de Cinemática y Dinámica de Máquinas, o similar. Por no hablar de resolver la Ecuación del Transporte de Boltzman en Tecnología Nuclear. Nada, nada, que me alegro un montón de haber pasado ya por eso y poder dedicar mi tiempo a cosas mucho más estúpidas (pero infinitamente más fáciles y mejor pagadas) que estudiar ingeniería. El artículo está en este link: Lo que hay que evitar decirle a un aspirante a ingeniero.

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