Que me pongan 20 como este

La malva y el asfódelo
José Solana Dueso

Mira Editores

Hace más de 20 años que José Solana se cruzó en mi vida, y cuanto más lo pienso más convencido estoy de que se cruzó demasiado tarde (para mí). Fue mi profesor de Filosofía en COU (cuando el COU existía) y a pesar de que ha sido, sin duda, el mejor profesor que he tenido en mi vida, yo ya estaba totalmente vendido a la causa científica y las únicas alternativas que barajaba para ir a la Universidad eran Físicas, Exactas o Ingeniería. Me dijeron que los ingenieros ganaban más dinero. Ahora, con el dinero que gano, me compro libros de Filosofía y de Física.

Pero la semilla ya estaba puesta, y gracias a Pepe Solana he transitado por la vida preguntándome por muchas más cosas de las que probablemente debería, queriendo saber más, buscando siempre puntos de vista nuevos (y, sobre todo, diferentes a los míos), para terminar rindiéndome a la evidencia que alguien ya descubrió hace mucho tiempo: después de los griegos, la Historia de la Filosofía son simples notas a pie de página. La Grecia Clásica es a la vez un motivo de orgullo y de vergüenza: orgullo, porque es admirable la inteligencia que demostraron algunos de nuestros congéneres en un entorno mucho más limitado y duro que el que nosotros tenemos ahora; vergüenza, porque ellos avanzaron miles de kilómetros en aquellas condiciones, y nosotros, después de 2500 años, apenas nos hemos movido unos centímetros… y no estoy seguro de que no haya sido retrocediendo.

Al tema. “La malva y el asfódelo” es una joya. Subtitulado como “Confidencias y visiones de Aspasia de Mileto”, la novela nos planta en la época dorada de Atenas, y gracias a la singular posición e inteligencia de la protagonista (personaje real, como la mayoría de los que aparecen en la obra) nos lleva por los ambientes más selectos del momento. Baste decir que Aspasia fue amante (concubina, querida) del celebérrimo Pericles, y que entre los notables que frecuentan su casa podemos encontrar a Protágoras, Anaxágoras, Eurípides, Sófocles, y un joven y algo repelente Sócrates. Algunas escenas, impagables, nos sientan en la primera fila de un simposio al que asisten muchas de esas privilegiadas mentes. La propia Aspasia es un personaje apasionante. Inteligente, inconformista, ansiosa por saber y por participar con su talento en un mundo vedado para las mujeres. Una mujer brillante, que no pretende ganar consideración por lo primero sino por lo segundo, a diferencia de la mayoría de las feministas actuales, tan mediocres como los machistas, los metrosexuales, los heterosexuales y los homosexuales, y, en general, toda la legión de mediocres que pululan por nuestra sociedad reclamando atención por lo que tienen o dejan de tener entre las piernas, sea propio o ajeno. En aquel mundo preocupado por cuestiones francamente mucho más interesantes, Aspasia es sin duda la perfecta anfitriona para enseñarnos cómo era la época que le tocó vivir y quiénes eran los principales personajes que compartieron tiempo y aliento con ella. Sus reflexiones nos ofrecen nuevas perspectivas, y nos dan una visión nueva de la sociedad ateniense, diferente pero no exactamente opuesta a la que nos han contado en los libros de Historia.

La “visita virtual” se hace corta, y el libro se lee sin hacer paradas ni para comer. Aprendemos cómo era la vida cotidiana en la gran Atenas, presenciamos sus principales ritos religiosos y militares, asistimos a juicios y simposios, paseamos por sus calles y, gracias a la pericia del autor, podemos escuchar el sonido de los carruajes, presenciar la llegada de los barcos al Pireo y hasta respirar el mismo aire que respiraron los padres del pensamiento occidental. No puedo ser imparcial con esta novela, porque admiro profundamente al autor y a muchos de sus protagonistas, pero incluso dejando a un lado esas consideraciones personales, creo que todavía nos quedaría una excelente novela, amena e interesante, bien escrita, y, por encima de todo, enriquecedora. Una novela que no pretende hacernos sentir inteligentes ofreciéndonos una trama misteriosa, sino que por el contrario nos hace sentir un poco idiotas: hace 2500 años, sin telescopios ni aceleradores de partículas ni electrónica digital ni sofisticados materiales casi indestructibles, un grupo de seres humanos armados únicamente con su ingenio ya fueron capaces de entender el 90% de lo que hay que entender. Que es: que no hay nada que entender. Y, al mismo tiempo, que no hay que dejar de hacerse preguntas. Gracias, Pepe, una vez más.

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1 Respuestas a “Que me pongan 20 como este”


  1. 1 Los andares de los griegos | 1y1y1
    Dirección Pingback a 2 Nov, 2008, 2:56
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