Enoooorme desilusión

Los amores imprudentes
Gustavo Martín Garzo

DeBolsillo


Me compré este libro empujado por el impresionante currículum del autor: Premio Nacional de Literatura en 1994, Premio Miguel Delibes en el mismo año, y Premio Nadal en 1999. En fin, como tarjeta de presentación no está nada mal. En su contra, sólo jugaba el sello de Best Seller que la editorial ha plantado en la portada de la novela (ese sello que es la versión eufemística del famoso dicho “coma mierda, 3000 millones de moscas no pueden estar equivocadas”). El balance final, en cualquier caso, resultaba ampliamente favorable al autor, así que empecé la novela con grandes expectativas.

Empezaré por el final, y después ya me explayaré. La novela es una patata. Un conjunto de tópicos y clichés, tanto en la historia como en el estilo. A medida que iba pasando páginas, mi asombro no dejaba de crecer: ¿cómo es posible que un tío que escribe semejante bodrio haya sido capaz de ganar todos esos premios? ¿Cómo es posible que no haya ni un párrafo con un mínimo de frescura? De verdad, hacía mucho tiempo que no me llevaba una desilusión como esta. Es una novela de Corín Tellado. Peor, porque al menos Corín Tellado no pretendía pasar por una erudita analista de los sentimientos humanos.

He hecho un esfuerzo especial por intentar encontrarle algo, y de hecho me he saltado mi “regla de las 50 páginas” y me he leído unas 80. Tiempo desperdiciado. Pero vayamos por partes. La historia. La historia es un coñazo. Después de 80 páginas sigo sin tener el menor interés por saber qué le pasó al padre de la protagonista, ni quién fue su misteriosa amante, ni qué pasó entre ellos. La trama no despierta ningún interés, y la abundancia de tópicos y frases manidas sólo invita a pensar que la historia también terminará de una manera burda, mil veces vista, y me temo que efectivamente así sucede.

El texto está lleno de reflexiones de todo a 100, que el autor ni siquiera se molesta en disimular colocándolas de una manera discreta. Todo lo contrario: cada dos por tres encontramos frases del estilo “los hombres son…”, “las mujeres sabemos…”, “los franceses piensan…”, etc., etc. Un peñazo. El estilo es, además, empalagoso hasta el punto de que me han empezado a doler las caries. Sensiblería barata. La protagonista es tan simple, tan hortera, tan ñoña, que en la página 20 uno ya tiene ganas de que le pase algo y desaparezca de la novela. Claro, que el resto de los personajes tampoco despiertan ningún interés, y todos son presentados de una manera tan infantil que en el primer párrafo ya queda claro quién es bueno, quién es malo, quién esconde algo… Y, por si algún lector fuera tan estúpido como para no darse cuenta, el autor cae una y mil veces en el error de explicar lo evidente. Frases como “estaba claro que Fulano me ocultaba algo” o “con su mirada parecía querer decirme que debía tener cuidado” no sólo ofenden la inteligencia de cualquier persona con un coeficiente intelectual por encima de 50, sino que aburren mortalmente porque se encuentran por todas partes.

En fin, no hay mucho más que decir. Simplemente que hacía mucho tiempo que no leía una novela donde todo fuera tan malo, tan vulgar, tan visto: la trama, los personajes, el estilo, el ritmo, los diálogos… ah, sí, los diálogos… son patéticos, no puedo evitar la tentación de poner una muestra. Esto lo dice la dueña de una pensión de un pueblo de Burgos, cuando la protagonista le pregunta por una mujer que vivió en el pueblo muchos años antes:

–…Procedía de Dresde, la capital del antiguo reino de Sajonia. Situada a orillas del Elba, había sido la ciudad más bonita de Europa hasta que la destruyeron en la Segunda Guerra Mundial. Alemania ya estaba vencida, pero los aliados realizaron uno de los bombardeos más mortíferos de la guerra. Tres oleadas de más de mil aviones cada una transformaron la ciudad en un auténtico brasero. El número de muertos pudo llegar a los doscientos cincuenta mil.

Vaya, la (supuestamente) provinciana dueña de la pensión no sólo habla como una guía turística alemana, sino que parece una experta en las batallas de la Segunda Guerra Mundial capaz de detallar el número de ataques, las armas utilizadas y las bajas estimadas. Impresionante. Claro, que cuando uno va conociendo después a otros habitantes del pueblo, la ceremonia de entrega de los Premios Nobel parece una simple reunión de patanes al lado del elenco de intelectuales que habitan en esa aldea perdida de Castilla.

En resumen, “Los amores imprudentes” es una novela malísima, que no sólo aburre sino que llega a molestar. El único misterio que plantea es el que dije más arriba: ¿cómo es posible que alguien capaz de escribir semejante bodrio haya coseguido ganar todos esos premios?

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