Archivos del Mes para December, 2006

Atisbos de genialidad

Ínsula poética
Joan Valent, Ara Malikian, Suso Saiz, Marc Blaens

Joan Valent, Ara Malikian, Suso Saiz, Marc Blaens - Insula PoéticaCurioso disco este del compositor Joan Valent junto con tres músicos de primera fila (los periodistas, siempre tan cultos, añadirían “a nivel mundial”). Para los Ultra Sur del foro, aclararé que estamos hablando de música instrumental, así que ya podéis olvidaros de los aullidos a lo Michael Jackson o de los dejes aflamencados (y falsísimos) de Alejandro Sanz. Se siente. Esto es música… de otro estilo. Tampoco sabría yo decir de qué estilo en concreto, porque casi es una variante de la música clásica llevada al más absoluto minimalismo. O no. Vete tú a saber. Últimamente se ven unas cosas muy raras, y si no que se lo pregunten a los amigos de Risto Mejide los viernes por la noche.

Pero como esas discusiones técnicas no le interesan a casi nadie (a mí, desde luego, ni lo más mínimo) vayamos al disco en sí. La verdad es que también es difícil dar una valoración general. Hay momentos estéticamente extraordinarios, derroches de sensibilidad artística que hoy son francamente difíciles de encontrar y que tal vez por eso se valoran todavía más. Realmente se te pone la gallina de piel, es como si la realidad de detuviera y te da la sensación de haber salido de este mundo cruel incluso aunque un autobús esté bufando a tu lado y los de Gas Natural destrocen la acera que pisas con un martillo hidráulico. Pero también hay otros momentos (desgraciadamente más abundantes y más largos) que parecen la banda sonora de una película eslovaca sobre la incomunicación del hombre moderno. ¿Y entonces? Pues no sé. Si esto fuera un examen, yo lo suspendería. Le diría aquello de: “Pérez, no basta con aprobar, tiene usted que esforzarse más”. Claro, que si este tal Joan Valent es de los míos, me dirá que sí, que vale, que la próxima vez irá a por la matrícula, y después se irá a jugar a baloncesto al patio. Una pena, porque me he quedado con las ganas de escuchar más de esos momentos geniales, y menos de los momentos eslovacos. A ver si en una próxima entrega se cumplen mis deseos.

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Miedito

Una verdad incómoda
Dirigida por Davis Guggenheim
Con Al Gore
Una verdad incómoda
En general, desconfío de los pesimistas. Y de los optimistas. Desconfío de la gente que se ríe siempre y de la que no se ríe nunca. Y lo hago porque está claro que de ese tipo de actitudes simplistas se deduce que ni unos ni otros han entendido de qué va esto, la vida, la realidad, el pedazo de Universo que tenemos alrededor y que claramente parece un lugar de cierta complejidad, al menos de una complejidad superior a las ideas de Jorge Bucay. Así que cuando, ante una situación difícil, escucho un consejo del tipo “ya verás cómo todo sale bien”, siempre doy una respuesta del tipo “tú eres imbécil, chaval”. Lo que pasa es que la doy interiormente, porque la educación está reñida con el primate que todos llevamos dentro.

Pues sí, ya estamos con otra de mis introducciones digresoras, que 20 líneas después todavía no han llegado a ningún sitio. Podría decir que la vida también es así, como mis introducciones, y que 20 líneas (o 20 años) después tampoco lleva a ningún sitio, pero me abstendré de decirlo para frenar esta espiral de apatía y terror en la que estamos entrando, y retomar el objetivo de este ladrillo, a saber, dar mi opinión sobre el documental que muestra una presentación que Al Gore lleva haciendo toda la vida (1000 veces, dice él mismo) y que, según reconoce también el propio protagonista, no le ha dado grandes resultados en la práctica. Pues bien, lo primero que hay que decir es que Al Gore es el rey del Powerpoint. Qué presentación, qué recursos audiovisuales, qué equipo de becarios debe de tener haciendo animaciones 12 horas al día… Pero los becarios son lo de menos, ya se sabe, lo importante es el resultado final. Y el resultado es francamente bueno.

Decía antes que, en general, desconfío de los pesimistas. Pues bien, en cuestiones científicas desconfío de ellos cien veces más. La realidad no es pesimista ni optimista, si acaso es perruna, pero eso no es ni bueno ni malo si uno sabe entenderlo y aprovecharlo. De hecho, no conozco a ningún científico serio que sea optimista o pesimista. Sí conozco, sin embargo, a miles de ecologistas que son idiotas, y muchos más miles de defensores del buen rollito que tienen la misma inteligencia que un litro de vino. Y como, desgraciadamente, los medios le prestan mucha más atención a un actor que a un físico, pues así nos va. La conciencia del mundo está en manos de directores de cine, escritores empalagosos, y diseñadores de pantalones de campana. Y eso, quieras que no, a mí no me ofrece muchas garantías sobre la solidez de los argumentos que me presentan en cuestiones que van más allá de lo superinteresante que es su última película/libro/calcetín de diseño.

Resumiendo: soy bastante escéptico sobre el rollo del cambio climático. No sé los demás, pero yo recuerdo inviernos crudísimos, otros más suaves, otros más lluviosos, y otros ventosos. Recuerdo veranos en los que las ranas iban con cantimplora, y otros en los que no se podía ir a la piscina en una semana. Qué le vamos a hacer. El que nos vendió el planeta no puso climatizador, lo que me lleva a pensar que quizás deberíamos haberle comprado el planeta a la Renault en lugar de a Dios. Dicho esto, el documental “Una verdad incómoda” me ha resultado muy interesante. Hay datos, hechos, y argumentos lógicos. Supongo, porque ya se sabe que cree el ladrón que todos son de su condición, que los datos y hechos estarán cuidadosamente escogidos para apoyar la tesis que se plantea, pero incluso así el resultado final es inquietante. El gráfico de la evolución del CO2, con el efecto del elevador que Al Gore utiliza para dramatizarlo, es sin duda impactante. A uno le entran ganas de empezar a construir un bunker aunque sea con la cucharilla del café.

Además, se nota que Al Gore lleva haciendo esto muchos años. Lo cuenta de una manera simpática, amena, y evita el alarmismo barato. Incluso cuando presenta los datos más alarmantes lo hace de una manera rigurosa, sin dejar nunca de apoyarse en datos y estudios científicos (no olvidar mi comentario anterior sobre los datos y los estudios científicos). La verdad es que con una base factual tan apabullante, uno no puede evitar preguntarse cómo es posible que no haya conseguido convencer a los jerifaltes del asunto, sobre todo teniendo en cuenta que él es un tipo, digamos, con contactos. Buenos contactos.

En resumen, el documental me ha gustado mucho. No dice cosas que no hayamos escuchado ya cientos de veces en boca de Zerolo o de Michael Moore, pero hay que reconocer que dichas por Al Gore y con el pedazo de powerpoint que usa el asunto gana mucha credibilidad. Sigo manteniendo un cierto escepticismo, pero reconozco que el documental me ha hecho plantearme algunas preguntas. Y eso es, precisamente, lo que tiene que conseguir un buen científico. Las respuestas son aburridas. Y, la mayoría de las veces, falsas.

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Todos tenemos un pasado

Keanu Reeves, Britney Spears, John Travolta, Jude Law, Jennifer Aniston… sí, todos tenemos un pasado, pero el de George Clooney es realmente preocupante.

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Poperos

Greenland
Cracker

Cracker - GreenlandPues no sé qué decirte… Parece que estos de Cracker van del palo independiente, que si tengo personalidad, que si abro nuevos caminos en el panorama musical, que si nuestro cantante no es gilipollas como los demás… Pues será así, no digo yo que no, pero a mí me han sonado a lo que el amigo Uranio ya hace muchos años llamaba despectivamente “poperos”. O sea: chunta-chunta suavecito, con su batería limpia, su guitarrita, sus voces rebeladas de la vida pero con ideales. En Inglaterra pides un disco de ese estilo y te los venden al peso en un cucurucho de papel. Es el equivalente al sonido latino que últimamente ha invadido los mp3 de todos los adolescentes españoles (adolescente = entre 14 y 34 años). Así que no diré mucho más: que Cracker no me ha dicho nada nuevo, ni nada viejo, básicamente no me ha dicho nada, y cuando uno se dedica a un arte que es eminentemente acústico, eso es un serio problema.

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Nuevo sistema de calificaciones

Me aburro. Y como yo no soy el diablo, y cuando me aburro no mato moscas con el rabo (porque, además, ¡qué dolor!), pues he pensado que voy a cambiar el sistema de calificaciones de 1y1y1. Me he dicho: vamos a ver, las valoraciones “artísticas” están bien, pero al final lo que uno quiere saber cuando alguien le habla de un libro/disco/película es si merece la pena comprárselo, pedirlo prestado o lo que sea. Así que a partir de ahora voy a asignar a cada crítica una nota de 0 a 5, que tendrá el siguiente significado oculto y supersecreto de la muerte:

    0 : Conseguir un ejemplar del libro/disco/película pero sólo para presentarlo como prueba en el juzgado de guardia cuando denunciemos al autor por crímenes contra la Cultura

    1 : Evitar el contacto con el libro/disco/película incluso aunque nos lo regalen

    2 : Pedirle a algún amigo que nos lo preste y devolvérselo después de haberlo leído/escuchado/visto

    3 : Pedirle a algún amigo que nos lo preste y quedarse con él fingiendo que se nos ha olvidado devolvérselo

    4 : Comprar el libro/disco/película para que el autor reciba la justa recompensa a un buen trabajo

    5 : Comprar el libro/disco/película y guardarlo en lugar seguro para dejarlo en herencia cuando llegue el momento

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Peor incluso que el libro

El Código Da Vinci
Dirigida por Ron Howard
Con Tom Hanks y Audrey Tautou
El Código Da Vinci
No sé si ya he dicho en alguna crítica anterior que “El Código Da Vinci” (el libro) no pasó el corte de las 50 páginas (por si alguien lo dudaba). Mira que insistí… las veces que fui a la Fnac para leer unas páginas hoy, otras páginas mañana… del principio, del medio, del final… páginas con descripciones, con diálogos, con narración interior… Le he dado más oportunidades a “El Código Da Vinci” (el libro) de las que le dieron a Bisbal en OT, pero Dan Brown no tiene rizos ni pega patadas karateka, aunque seguramente sí piensa que su éxito es increíble. Total, que después de todas esas sesiones sentado en la moqueta de la Fnac, con el culo dormido y los ojos cansados de mirar las piernas de las tías que pasaban cerca de mi posición, e incapaz de encontrar ni un párrafo que me animara a seguir leyendo, terminé por pensar: tal vez es que la historia es demasiado lineal, el tipo de historias que no me gustan en los libros pero que me encantan en las películas (creo que ya he hablado en otras ocasiones de mi afición por las pelis que tienen números romanos, entre las que destaco a vuelapluma toda la saga de “Arma Letal” y “La jungla de cristal”). Y satisfecho con ese complejo razonamiento, me autoliberé de la obligación de seguir leyendo el librejo en mis visitas a la Fnac y me dije: ya veré la película cuando la hagan (porque estaba claro que iban a hacer una película… vamos, una película, y un videojuego, y un juego de rol, y unas patatas fritas, y un ruta turística, y un tono-politono-sonitono).

Y aquí está la película. ¿Se ha cumplido mi pronóstico? En absoluto. La película es (incluso) más burda que el libro. La teoría de la conspiración católico-machista-opusina es igual de infantil que en la novela, pero la manera de exponerla demuestra que el director piensa que los espectadores (i) no hemos pasado de 1º de BUP, (ii) no sabemos resolver una sopa de letras, y (iii) todavía creemos que exiten los Reyes Magos. Y, claro, si uno asume que su audiencia reúne tantas carencias, la única manera de hacer una película es la que ha elegido Ron Howard: creas un co-protagonista que no tenga ni idea de nada, y que además tenga un cerebro que necesite procesar la información 5 veces para entenderla. De esa manera, tienes una excusa permanente para que el protagonista pueda explicar (varias veces) cada movimiento que hace, y al mismo tiempo llegue a conclusiones absurdas sin tener que dar muchas explicaciones si no le conviene. El co-protagonista (“la” en este caso, porque es el personaje de Audrey Tautou, conocida por su papel en “Amelie”, película idiota donde las haya), acepta todo lo que dice el protagonista con la misma estoica resignación durante todo el metraje. Resultado: los monólogos abundan. Y cansan.

Con esa treta tan usada durante décadas y décadas de la historia del cine, nos vamos enterando (como si estuviéramos en una conferencia de prensa más que viendo una película) de la teoría de la conspiración que ha convertido a Dan Brown en el multimillonario más incompetente de los últimos años, quizás en directa competencia con Bill Gates. No sólo es una teoría que se sustenta en cuatro tonterías de dudosa credibilidad, sino que, y eso es lo más importante, es completamente irrelevante. ¿Qué más da si Jesucristo tuvo hijos o no los tuvo, si vivía en un piso o si tenía un adosado en el Monte de los Olivos, si cantaba en la ducha o si, por el contrario, no se duchaba en meses? Hay miles de millones de seres humanos que han hecho eso, y otros miles de millones (si un meteorito no lo impide) lo seguirán haciendo ad eternum. La grandeza de JC, ya no como líder religioso sino como simple mortal, reside en las ideas que promovió, especialmente en el lugar y en el momento histórico en los que las promovió. ¿Se acostó con María Magdalena? Mejor para él, porque supongo que las noches de invierno también son largas y frías en Galilea. ¿Hicieron tonteridas españolas? Todavía mejor, porque el sexo es el único placer gratuito con el que nos ha obsequiado quienquiera que haya diseñado estos cuerpos tan sensibles al dolor en los que tenemos que vivir.

Así que, sinceramente, toda la historia de “El Código Da Vinci” me la trae al fresco. Y si a esto unimos lo que ya he dicho antes, a saber, la lamentable presentación de la historia en formato “te lo voy a explicar despacito para que lo entiendas”, pues apaga y vámonos. Sinceramente, no me explico por qué Tom Hanks se apuntó a este proyecto sin sentido. Tal vez no me lo explico porque no sé cuánto cobró, que también podría ser. Si lo supiera, es muy posible que hasta yo mismo me embarcara en diez proyectos como este, y que incluso presumiera de ello. Porque, ahora que lo pienso, tal vez el problema esté en que el título no tiene números romanos. Seguro que la segunda parte será mejor. Porque (¿alguien lo duda?), seguro que tendremos una segunda parte. ¿O acaso no os intriga saber si Judas era en realidad gay, pero la iglesia lo ha silenciado para proteger a los traidores? Ah, qué interesante es la Historia…

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Es de Mendoza, no hay que decir más

Mauricio o las elecciones primarias
Eduardo Mendoza

Seix Barral


Ha vuelto el maestro, y ha vuelto con una obra de calidad. ¿Acaso era posible otra cosa? No, amigos. Mendoza es un escritor. Uno de los grandes, tanto en comedia como en drama. Así que no seré yo quien se atreva a criticar una de sus novelas, entre otras cosas porque la mayoría de las cosas que diría serían alabanzas y seguro que él ya ha escuchado muchas. Sólo diré que no es este uno de sus mejores trabajos, pero eso es como decir que una de las siete maravillas del mundo no es la mejor maravilla de todas. Esta es, además, una novela diferente. Ni tan comedia como la serie de “El misterio de la cripta embrujada”, ni tan drama como “La ciudad de los prodigios”. Una cosa intermedia, y todavía no sabría decir si eso es algo bueno o algo malo.

Pues como no voy a opinar sobre esta nueva obra del maestro, aprovecharé la ocasión para meterme con los cretinos que escriben las reseñas en las contraportadas. Me refiero a esa especie que no ha terminado de evolucionar ni como literatos ni como marketinianos, y que por lo tanto no saben ni extraer la esencia de una gran novela, ni envolver en bonitas medias verdades las basuras que a veces se ven obligados a elogiar. “Mauricio…” es un buen ejemplo del lamentable hacer de esos tipos, que seguramente viven bastante bien y cobran un sueldo a final de mes. Que me parece bien, a ver si nos entendemos, pero ya que cobran un sueldo podrían estirarse un poco y hacer bien su trabajo. Pero vamos ya al análisis propiamente dicho. Leo en la contraportada, refiriéndose por supuesto al autor:

…en ninguna ocasión su talento narrativo había adquirido acentos de tal gravedad…

Falso, por supuesto. “La ciudad de los prodigios” sigue siendo, sin duda, la novela más “seria” de Mendoza. Un retrato no precisamente amable de la sociedad barcelonesa de comienzos del siglo XX que desde luego remueve la conciencia de cualquier persona normal. Pero el hombrecillo de verde de las reseñas no se contenta con eso y añade:

“Mauricio o las elecciones primarias” abre una nueva etapa en la novela española de hoy

¡Hala, venga faroles! ¡Que no falte de nada! Hombre, yo soy el primero en reconocer que Mendoza es un genio, que escribe como dios, y que cualquier novela suya compensa de sobra el tiempo que uno dedica a leerla. Pero también he dicho ya que “Mauricio…” no es, ni mucho menos, su mejor novela. Tal vez sí sea una novela mayor dentro del panorama literario actual, pero eso se debe más al lamentable panorama que tenemos últimamente y a la terrible rebaja en el nivel mínimo que las editoriales exigen a sus libros, que al nivel que tiene “Mauricio…” en una escala absoluta. Pero, de nuevo, parece que nuestro hombrecillo de las reseñas no se ha quedado satisfecho. Seguramente le ha parecido poco lo de “abrir una nueva etapa en la novela española de hoy”, y empujado por su sutilísimo lado marketiniano concluye:

…más allá del referente barojiano, remite a Balzac o a Flaubert

Toma castaña. Y seguro que el tío ni había bebido ni nada. Debió de pensar: Baroja se me queda corto, tengo que poner a alguien más. Y, claro, ya puestos a buscar nombres, para qué conformarnos con mindundis. Ponemos a Balzac y a Flaubert, y que me quiten lo bailao. Yo creo que se le acababa ya el espacio de la contraportada, porque si no, no descarto que hubiera añadido a Tolstoi y Joyce, pasando por Faulkner y Goethe. Total, el espacio en blanco es espacio desaprovechado. En fin, que lo de las reseñas es una auténtica penita. ¿Realmente alguien cree que Mendoza necesita ese tipo de pseudoanálisis comparado para vender una novela? O, dicho de otra manera: ¿realmente creen que alguien que conoce a Balzac y Flaubert no conoce a Mendoza? Pues tío, ahórrate el esfuerzo, escribe una sinopsis relevante de la obra, y deja que el lector decida a quién coños recuerda esta novela. De verdad, que me ponéis nervioso. Ya está, lo tenía que decir. Y ahora voy a hacer un poco de yoga para quitarme el cabreo. Qué cruz.

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Otra foto espectacular: señor con paisaje lunar al fondo

Clic aquí para verla

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Puesta de Sol sobre Marte

Hala, a disfrutar de la belleza en otros lugares de la galaxia, aunque en términos galácticos estemos hablando del vecino de enfrente… Aun con todo, la foto es tan bonita que podría pasarme todo el día mirándola. O incluso irme a vivir allí. Haz clic aquí para ver foto de puesta de Sol sobre Marte

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Raro, raro, raro

The Drift
Scott Walker

Scott Walker - The DriftPues eso. Raro, raro, raro. Rarísimo. Vamos, que la primera vez que lo escuché me quedé a rayas. No es música, en el sentido convencional de la palabra, es más bien una sucesión de sonidos variados, desde un golpe de platillos a un golpe en una puerta, como si alguien estuviera llamando y tuvieras que levantarte a abrirle. La voz de Scott Walkert vaga de aquí para allá, pero tampoco sigue ningún ya no digo patrón sino ni siquiera un mínimo sentido de la armonía (de nuevo, en el sentido tradicional de la palabra). Así que tenemos una cosa que yo no sé muy bien cómo llamar, y que por lo visto ha despertado amores y odios, porque desde luego con este disco es imposible quedarse en un término medio.

He leído críticas que dicen que “The Drift” es algo sublime, una experiencia reveladora, mientras otras dicen que a Walker le han cambiado la medicación y, quieras que no, eso siempre te afecta. Yo estoy más en esta última línea. Seguro que es debido a mi limitada cultura musical, y a que mi edad ya me hace decantarme por estilos más clásicos, pero el caso es que a mí este disco me ha sonado a desbarre total. A los 30 segundos ya estaba deseando que se acabara. Y debo confesar que no lo he escuchado entero. Después del quinto corte me dije: tío, hay gente que está peor que tú. Y apagué el cacharro con cierta paz interior…

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