Pedro Páramo
Juan Rulfo
Ediciones Cátedra
Supongo que todo el mundo que lee este blog ha oído hablar de Rulfo y su celebérrimo “Pedro Páramo”. Si hay alguien que no sepa de qué estoy hablando, que haga el favor de dirigirse al mostrador de entrada donde le darán su abrigo y su bastón, porque se va el señor barón. Una cosa es una cosa, y otra cosa es otra cosa. Porque esta novela, gustos aparte, marcó un punto y aparte en la literatura hispanoamericana, y en la no hispanoamericana. Rulfo no era un escritor consagrado, casi podría decirse que ni siquiera era un escritor (tenía su trabajo de funcionario que cumplía tan ricamente), y para añadir más misterio a su leyenda añadiré que publicó muy pocas obras en su vida, ni siquiera después de alcanzar la fama mundial con “Pedro Páramo”. Hay quien dice que no quiso escribir más porque él mismo se daba cuenta de que era muy difícil repetir la excelencia narrativa que alcanzó en esa primera gran obra. No sé si esa teoría es correcta, pero es cierto que el propio Rulfo dijo en una ocasión que cuando uno escribe el problema son las palabras, porque casi siempre sobran. Gran verdad. Deberían tatuársela en las ingles a la mayoría de los escritores contemporáneos, especialmente a los que escriben tochos de 500 páginas con tramas gilipollas.
“Pedro Páramo” es un pedazo de novela. El estilo es impecable. Austero, contenido, pero capaz al mismo tiempo de describir con precisión matemática el ambiente y la época que narra. Las palabras están escogidas con criterio riguroso, y el dominio del vocabulario es impresionante. En ningún momento abusa de ningún recurso, y eso que los utiliza casi todos, algo francamente difícil de ver en una novela porque casi todos los escritores caen en la tentación de repetir los “trucos” que mejor saben hacer. En fin, la perfección no existe, pero si existiera, Juan Rulfo sería uno de los pocos escritores que podría presumir de haberla visto, aunque fuera de lejos.
En cuanto al contenido, al fondo, a la historia, hay carencias. Carencias obligadas, por otra parte, porque la elipsis y el desorden temporal son dos de los grandes pilares en los que se apoya la obra, y eso por fuerza tiene que afectar a la claridad y la profundidad de la historia que se cuenta. Dicho esto, la historia en sí es francamente sosa, intrascendente, y de nuevo es el estilo genial de Rulfo el que la eleva a la categoría de novela casi de época, porque en poco más de 100 páginas recibimos una impresión precisa de lo que el autor quiere transmitirnos. Pero (y tiene narices ponerle un “pero” a “Pedro Páramo”) hay que pagar un precio, y esta novela lo paga. La historia no llega a calar. El personaje que toma el protagonismo al principio de la novela desaparece de repente, y el propio Pedro Páramo nunca consigue captar ya no la simpatía, sino ni siquiera la atención del lector. En cuanto a los demás, son demasiado parecidos. Ciertamente, esa igualdad, esa uniformidad en la miseria material e intelectual de todos los personajes es una de las impresiones que el autor quiere transmitirnos, pero el rosario de nombres y visicitudes que recorren la obra tal vez es excesivo para el efecto que se quiere conseguir.
En resumen, esta es una de esas novelas en la que uno disfruta de cada palabra, de cada párrafo, de cada página, y realmente uno desea que la novela no se termine porque la narración es (¿casi?) perfecta. Pero cuando, inevitablemente, la novela termina, no hay una sensación final de plenitud. Falta esa iluminación, ese descubrimiento (casi siempre intangible) que nos dejan las grandes obras. Ese aprendizaje que uno sabe que ha adquirido cuando ha pasado la última página de una obra maestra. Y con todos esos aprendizajes, uno consigue una visión más completa de la vida. A “Pedro Páramo” le falta eso. Y le falta bastante para conseguirlo. Una pena, porque el estilo es impecable, y yo he disfrutado muchísimo leyéndolo.




