El fulgor de la pobreza
Luis Mateo Díez
Punto de Lectura
Hago palanca en este libro de relatos para colocar dos reflexiones que siempre he querido hacer, y para las que nunca he encontrado el momento oportuno. No es que este lo sea, pero ya no puedo aguantar más sin soltar mi rollo. Allá va. Primera reflexión: alguien famoso (cuyo nombre no puedo recordar gracias a mi afortunadamente débil memoria) dijo una vez que la Literatura es una mezcla de oficio (craft en inglés, que también podría traducirse como artesanía) y talento. Un escritor con oficio y sin talento es un virtuoso, pero no transmite gran cosa; un escritor con talento y sin oficio dirá que hace arte moderno, o arte conceptual, o lo que sea; vamos, que intentará justificarse cuando le digan que sus obras son muy bonitas durante 10 páginas, pero después se vuelven infumables. Aparco de momento aquí esta reflexión, y voy con la segunda. Que es: tengo la sensación de que cuando un escritor hombre elige una protagonista femenina tiende a pasarse de complejo y de reflexivo. Tal vez las mujeres sean realmente más sofisticadas intelectualmente que los hombres (esto, me temo, nadie puede constatarlo porque hasta la fecha nadie ha sido hombre y mujer en una misma vida, salvo Bibi Andersen), pero en las novelas escritas por hombres las mujeres reflexionan hasta sobre el color de los pasos de cebra. Todo está cargado de un significado que, además, no es evidente, sino que requiere largas divagaciones sobre el sentido de la vida para poder descubrirlo. Vamos, que todo es complejísimo.
Llegados a este punto, habrá que decir algo de los relatos de Luis Mateo Díez, aunque sólo sea para salvar las apariencias. Vale, pues empezaré por decir que este libro no ha pasado el corte de las 50 páginas (bueno, en realidad sí lo ha pasado, porque el primer relato tenía 80 y por una especie de solidaridad que sólo yo me aplico, porque estoy seguro de que Díez no haría lo mismo conmigo, he pensado: “venga, hombre, ya que el chaval ha hecho el esfuerzo al menos termínate un relato completo”). Y, básicamente, no he querido seguir leyendo porque he visto reunidos los dos vicios de los que hablaba antes, a saber, que hay mucho y buen oficio pero no tanto talento, y que la protagonista del relato es insufriblemente densa en sus pensamientos.
Luis Mateo Díez nos cuenta 20 veces, y sin aportar grandes novedades ni de fondo ni de forma, cómo se siente la protagonista cuando atraviesa un período de depresión (o similar). Un dato: en la página 30 servidor ya estaba harto de encontrarse la palabra “indolencia” por tierra, mar y aire. Que sí, que vale, que la depresión te quita las ganas de todo, pero tampoco hace falta repetirlo una y otra vez, y con la misma palabra. Hay, además, un cierto abuso del estilo lírico y rebuscado, que en determinados momentos encaja muy bien con la historia, pero que llega a empalagar de tanto usarlo. Un ejemplo:
Desde las vacaciones de Navidades, cuando Edira abandonó por completo sus obligaciones académicas, el tiempo discurría sin solución de continuidad, como un grifo abierto que nadie controla y de cuyo vertido no existe medida: una pérdida que apenas alcanza la monotonía de su rumor mientras desaparece en el sumidero.
Sinceramente, ¿no podía acabar el párrafo en “como un grifo abierto”? Todo lo demás es redundante. De nuevo, la imagen del grifo abierto (si se quiere, se puede dejar lo de “que nadie controla”) es una buena metáfora, ilustra muy bien la sensación de desperdicio y falta de control, de indolencia (¡sin tener que usar otra vez esa palabra!), pero cuando se explica la metáfora, y se explica además 3 veces, el efecto inicial se desvanece y queda una frase de 3 líneas que sólo viene a machacar más y más en el estilo recargado que arrastra toda la obra.
Dicho esto, creo que Luis Mateo Díez cuenta una historia que podría resultar interesante en ese primer relato. Narrada con un poco más de contención habría resultado más impactante, y el final habría conseguido llamar la atención del lector. Pero, tal y como está narrada, lo único que quiere el lector es que el relato termine de una vez, como sea, y es una pena porque el final es, precisamente, lo más contenido del relato, lo más hilado, y como Luis Mateo Díez tiene sin duda muchísimo oficio (y eso es un gran mérito), con esas 5 últimas páginas casi consigue convencerme para que me lea, al menos, otro de los relatos. Pero cuando lo empecé y vi que las primeras páginas repetían los mismos vicios que ya me había encontrado en la primera historia, lo dejé definitivamente. Me encantaría tener la mitad de oficio de Díez, pero, puestos a ser sinceros, preferiría tener una décima parte del talento de, por ejemplo, Cormac McCarthy. O incluso una centésima. O un residuo. Vamos, cualquier cosa.





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