Monthly Archive for enero, 2007

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Un buen rato

Zabalaza
Thandiswa

Thandiswa - ZabalazaCon la música africana está pasando lo mismo que ha pasado (y sigue pasando) con la música cubana: que se usan sus señas más básicas de identidad para pegárselas a cualquier cosa, y venderla mejor en medio de la fiebre exótico-tropical que azota a la plebe en las tiendas de discos. En el caso de los africanos, esas señas básicas se han reducido al mínimo: un poco de chunta-chunta con mucho bajo, unos bongos, y unos pavos haciendo coros en un idioma extraño. Se coge el porompompero, se le pone ese aliño, y se saca un disco titulado “Por’ohm Pomp Er’o”. Y venga, a vender. Vale, sí, estoy siendo un poco injusto, porque Thandiswa tiene algo más que eso. Es más, yo diría que en su caso el proceso ha sido el inverso: han cogido música auténticamente africana y le han metido un poquito de rollo occidental, ese do, ese lam, ese fa, ese sol, y hala, a la mesa de novedades de la Fnac.

Que sí, que es verdad, que la chica canta bien, y que algunas canciones son pegadizas y alegres, y uno se pone a seguir el ritmo sin darse cuenta, pero es que eso ya está muy visto. No digo que la música africana tenga que ser algo incomprensible para un asturiano, pero tampoco puede ser que suene más parecida a Power Station que a un ritual congoleño. Y eso es lo que hay. Si alguien quiere pasar un buen rato, escuchar música bien compuesta, bien tocada, con una buena voz solista y unos arreglos bien elegidos, que se ponga este disco de Thandiswa hasta que se le pongan los morros de vuelta y vuelta. Pero si alguien busca ese “algo más” que sólo algunos elegidos son capaces de transmitir, que quite a Thandiswa y busque otra cosa. ¿Cuál? De momento, habrá que seguir buscando.

Estamos rodeados de gilipollas (capítulo 1)

Escucho en la radio viniendo de camino a casa: “Esta mañana, en Madrid, todos los vecinos que han querido acercarse hasta no-sé-dónde han podido degustar un trozo de Roscón de Reyes y una taza de chocolate, ofrecidos por Aldeas Infantiles SOS para que no nos olvidemos de los niños vulnerables del mundo”. Hago un comentario tangencial antes de ir al lío: ¿es que acaso hay niños invulnerables? No lo sabía.

Aquí tenemos otro ejemplo de la estupidez generalizada que se ha instalado en la Humanidad en los últimos tiempos. A mí me parece muy bien que la gente quiera pasárselo bien. Hasta estoy dispuesto a aceptar que, en realidad, la gente sólo quiere pasárselo bien. Pero vamos a ver: ¿es necesario meter en eso a los niños que lo pasan mal en el mundo? Si la gente quiere roscón y chocolate gratis, ¿no pueden ir y tomárselo sin más? ¿Es que la peña necesita demostrar que es imbécil permanentemente? Es obvio lo que está pasando, e incluso un psicólogo podría darse cuenta. Como lo único que le importa al pueblo democrático es poder comprarse un BMW y tener un plasma en el salón, alguien tiene que decirles que eso está bien, que no pasa nada, y que aunque la gente se esté muriendo de hambre a 5000 kilómetros de aquí ellos pueden comprarle otra consola al niño porque una cosa no tiene nada que ver con la otra. Es más: comprando la consola, también podemos acordarnos de los niños que no tienen juguetes, y con ese recuerdo interior ayudaremos a que la situación se solucione algún día, de alguna manera, por alguien que por supuesto no seremos nosotros. Y si no se soluciona, la culpa será del gobierno, porque los políticos sólo se preocupan de sí mismos, no como nosotros que nos preocupamos de los niños vulnerables con un roscón.

Esto es lo mismo que pasó con la Guerra de Iraq. ¿A qué viene ponerse a aporrear cacerolas para parar una guerra? Bueno, a los hechos me remito: ya se ha visto el efecto fulminante que han tenido las ollas en el desarrollo del conflicto. En cuanto escucharon el ruido de las cacerolas, los americanos se retiraron instantáneamente de Iraq, pidieron perdón, y además los iraquíes se dieron un abrazo y fundaron una plataforma pacifista. Si es que es pura lógica: si tú aporreas una sartén, la paz mundial está asegurada. Digo yo que por qué a nadie se le ocurrió, si realmente esa era una guerra de “sangre por petróleo” (como se apresuraron a bautizar los 4 cretinos que lideran a los gilipollas), buscar una manera de fastidiar a las empresas petrolíferas. ¿Por qué nadie propuso dejar de utilizar el coche? Ya, claro, eso es exagerado. Una cosa es que los iraquíes se mueran, y otra cosa es coger el metro para ir a trabajar. Vale, sí, lo reconozco, soy un radical. ¿Qué tal instaurar el “lunes contra la guerra”, de manera que todos los primeros lunes de cada mes dejemos el coche en casa? Eso no parece mucho, ¿no? Pero seguro que se nota algo en los ingresos de las compañías petroleras. ¿Qué? ¿Que sigue siendo demasiado? ¡Ah, vale! Que lo de las cacerolas sólo era para hacer un poco de juerga y sentirnos mejor. ¡Coño, pues haberlo dicho antes! Porque, en ese caso, la próxima vez propongo que en lugar de sacudirle a las cacerolas quedemos directamente en un descampado y montemos una rave-party. Eso sí: con una causa. Por ejemplo, podríamos beber calimocho, pero que conste que lo hacemos sólo para reivindicar los derechos de las mujeres afganas. No creo que con eso consigamos nada, y ellas tendrán que seguir aguantando la humillación a la que las someten los patanes de aquellas latitudes, pero de eso no tenemos la culpa nosotros. La culpa es del gobierno, y de los americanos. Ya entiendo, ya… Le voy cogiendo el tranquillo a esto de tener conciencia. Y, como diría Bart Simpson: ¡mola!

Múdate a otro barrio, Antony

Desert Doughnuts
Metallic Falcons

Metallic Falcons - Desert DoughnutsQue alguien me recuerde que me haga un nudo en el dedo para acordarme de decirle a Antony (de Antony and the Johnsons) que se cambie de casa. La cosa debe de estar muy malita en su barrio actual porque, si no, no me explico estas amistades que se está echando últimamente. Antony, hijo mío, deja a esos amigotes y búscate un novio (porque supongo que una novia no te haría gracia, ¿no?).

A ver: Antony and the Johnsons es, sin duda, un regalo que no me cansaré de agradecerle al todopoderoso, o sea, a Polanco. Aunque no tenga mucho que ver con Antony. Digo esto porque quiero separar una cosa de otra, y aunque el chaval esté eligiendo mal sus colaboraciones, él (me refiero a Antony, no a Polanco) sigue siendo un genio, un enviado de los dioses del pentagrama, una de las pocas razones que pueden hacer que uno se levante de la cama en esos días en los que todo parece ponerse negro negrísimo. Pero, como digo, una cosa no quita la otra: los Metallic Falcons me han parecido un rollo. Aunque Antony los apoye moralmente, y también físicamente porque de hecho colabora en alguno de los temas. Pero esto es otro palo. Los Metallic Falcons hacen música, digamos, insustancial. Mucho requiebro conceptual, mucho sonido deconstruido, pero al final ni chicha ni limoná. Pasa la frontera de la música hipnótica para meterse de lleno en el territorio de la música psicótica. Yo, la verdad, después de la segunda canción no tenía ganas de seguir escuchando ni un segundo más, pero la presencia de Antony me hizo sacar fuerzas de flaqueza y, como un machote, aguanté todo el disco e incluso repetí un par de veces para asegurarme de que no se me escapaba nada. Y, efectivamente, no se me escapó nada. Porque no hay nada que se pueda escapar. Entre tanta nota suelta, entre tanto silencio manchado de sonidos incoherentes, no hay mucho más. Lo siento mucho, sinceramente, porque llevo tiempo buscando compañía para Antony and the Johnsons en mi selección de música pata-negra, pero está claro que los Metallic Falcons no se van a quedar ni en la sección de recebo. Se los voy a pasar a los de Navidul, a ver si ellos pueden hacer algo. Quién sabe.

Más de lo mismo

Scoop
Dirigida por Woody Allen
Con Scarlett Johanson y Woody Allen
Scoop
Con Woody Allen empieza a pasar lo mismo (salvando las distancias) que pasó en su día con las películas de la saga de “Aterriza como puedas”, “Top Secret”, etc. En ambos casos, el tipo de humor que usan es tan personal, tan reconocible, que al cabo de un cierto tiempo resulta repetitivo. Con Woody Allen hace ya bastantes años que no me lo paso realmente bien con ninguna de sus películas. Yo diría que “Misterioso asesinato en Manhattan” fue la última en la que me reí a carcajadas en algunos momentos, y todavía recuerdo varios gags realmente geniales después de tanto tiempo. Pero, desde entonces, cada vez que he visto una película de Woody Allen he tenido una desagradable sensación de deja vu: comedias ligeras, con personajes que se repiten una vez tras otra (el inseguro y atolondrado Woody Allen, la guapa e inteligente protagonista femenina) y con historias que, con la excusa de un misterio o un crimen, pretenden retratar algún tipo de realidad social, desde la hipocresía de las clases altas, hasta la afectación de los ingleses. Tanto da. El resultado final es que Allen nos enseña lo mismo en cada película. Y, como él sigue teniendo talento, el resultado nunca es malo, sus películas entretienen y consiguen hacernos pasar un buen rato. Pero es una pena que alguien que ha firmado algunas de las obras maestras de la “comedia inteligente” esté cayendo en la vulgar categoría de las “películas entretenidas”.

En “Scoop”, la historia recuerda bastante a la de “Misterioso asesinato en Manhattan”: una persona corriente se ve metida, sin comerlo ni beberlo, en medio de una peligrosa intriga. En ambos casos el misterio es el mismo: por casualidad, esa persona corriente cree tener evidencias de que un ciudadano aparentemente honrado, casi ejemplar, ha cometido horribles crímenes. Diane Keaton en un caso y Scarlett Johanson en otro (no hace falta decir quién lo hace mejor, ¿no?) comienzan a investigar al presunto criminal con la intención de confirmar sus sospechas. Para hacerlo, necesitan la colaboración del timorato y cobarde Woody Allen, que pone el contrapunto gracioso a la audacia y decisión de las mujeres. A partir de ese planteamiento inicial, ambas películas son una sucesión de situaciones graciosas del estilo “pez fuera del agua”: gente corriente (demasiado corriente en el caso del personaje de Woody Allen) enfrentada a situaciones de riesgo y convertida en detectives coyunturales. La diferencia, aparte de la ya mencionada entre Diane Keaton y Scarlett Johanson, es que en “Misterioso asesinato en Manhattan” la historia está mucho mejor hilada, y los gags son mucho más graciosos. Y es que, por mucho que uno se empeñe en hacer arte y crítica social, el éxito de una comedia depende fundamentalmente de que sea graciosa. Es lo que tienen las comedias.

Para terminar, explicaré un poco más el porqué de las puyas que le he tirado a la Johanson. A ver: la tía está bastante buena (es un poco tapón, y está un poco rolliza para mi gusto… no es una tía con formas, macizorra, sino que tiene un genotipo que tira a gorrinito), pero es el prototipo de rubia con morbo. Quizás en la vida real sea una persona interesantísima, con una gran vida interior y un talento descomunal, pero en una película no da esa imagen. No resulta creíble como, en este caso, una intrépida estudiante de periodismo que se enfrenta con arrojo a cualquier dificultad. Parece el típico bollycao que hace papeles de animadora viciosa en una película de universitarios americanos. Sí, vale, es injusto, pero es el precio a pagar por tener un cuerpo que media humanidad querría beneficiarse. Para el tipo de papeles femeninos que escribe Woody Allen, la actriz perfecta sería Katharine Hepburn: una belleza indiscutible pero no convencional, con un rostro tan expresivo que con una mirada de 2 segundos dice más que Scarlett Johanson en un diálogo de 1 minuto. Pero es que ahora ya no hay actrices como las de antes… ¿He dicho yo eso? Vaya, definitivamente me estoy haciendo viejo…