Monthly Archive for febrero, 2007

Qué profesional

El diablo viste de Prada
Dirigida por David Frankel
Con Meryl Streep y Anne Hathaway
El diablo viste de Prada
El mismo día que vi “El diablo viste de Prada” había visto antes, en la tele, “Los puentes de Madison”, ambas protagonizadas por Meryl Streep. La experiencia es muy recomendable para cualquier amante del cine, y especialmete para todas las actrices de series españolas, porque si hicieran ese ejercicio (y tuvieran un mínimo de vergüenza profesional), correrían al McDonalds más cercano a dejar su currículum y dejarían de castigarnos con interpretaciones falsas y afectadas de sí mismas. Meryl Streep se transformó ante mí, en la misma tarde, en un ama de casa de la américa profunda, primaria e inocente, y en una diva del mundo de la moda, sofisticada y repelentemente esnob. En los dos casos creo que, con otra actriz diferente, el resultado final habría sido mediocre. Y con cualquier actriz de “Los Serrano”, el juzgado de guardia habría abierto diligencias.

Dicho esto, Meryl Streep me cae gorda personalmente. Me parece demasiado… perfecta. Pero hay que reconocer que en su trabajo es excepcional. En “El diablo viste de Prada” interpreta a la directora de una prestigiosísima revista de moda que contrata como asistente personal a una joven periodista que no tiene ningún interés por las frivolidades de la alta costura, pero que necesita un trabajo mientras espera su oportunidad en el periodismo “serio” (y perdón por la contradicción). La película, por lo tanto, responde al tradicional esquema de “pez fuera del agua”. En ese ambiente de mujeres obsesionadas por la imagen y las marcas, y de hombres amanerados capaces de diferenciar un bolso de Prada de otro de Zara incluso a kilómetros de distancia, la joven asistente intenta mantenerse al margen y ver su trabajo como un mero medio de vida. Pero poco a poco su sentido del deber la empuja a intentar hacer su tarea lo mejor posible, y de esa manera empieza a ver que el mundo de la moda tiene en realidad un trasfondo mucho más interesante de lo que ella pensaba. Esto, obviamente, es lo que piensa la protagonista, no yo. Al final, la protagonista… bueno, el final no lo cuento, aunque ya se sabe que este tipo de películas no suelen destacar por la originalidad de sus argumentos.

El caso es que la película se ve sin ningún esfuerzo, tiene algunos momentos muy divertidos, y en general se pasa el rato tan ricamente. Cuando termina, el personaje de Meryl Streep es el que más permanece en la memoria. Si no fuera porque la hemos visto antes en películas como “Los puentes de Madison” o “La mujer del teniente francés”, parecería que ella es realmente así, tan estirada, sofisticada y distante como su personaje en “El diablo viste de Prada”. Aunque la verdad es que uno casi termina por cogerle cariño. No porque no sea tan superficial y repelente como parece (que lo es), sino porque consigue darle a esa repelencia un toque de clase que de alguna manera resulta atrayente. Con su presencia, Meryl Streep casi consigue que la película sea una película sobre su personaje y no sobre la joven periodista. Es ella la protagonista aunque no lo parezca mientras estamos viéndola. Pero ya digo que, al final, lo único que uno recuerda de esta película cuando pasan los días es el glamour que destila su personaje, sus broncas a media voz, sus susurros despreciando la colección de un modisto, su caída de ojos cuando algo le desagrada. En fin, ya digo, el mismo tipo de talento interpretativo que uno ve en “Los hombres de Paco”

Estamos rodeados de gilipollas (capítulo 3)

¿Pensabais que ya me había olvidado de la saga del “Estamos rodeados de gilipollas”? En absoluto. Es uno de mis temas favoritos. Y para el tercer capítulo de esta serie, tiro nuevamente de la ayuda de Rafael Reig y de su sección semanal en “El Cultural” titulada “En primera instancia”. En esta ocasión, Reig nos alerta sobre el presunto delito literario y ecológico cometido por el (¿famoso?) pediatra y neurofisiólogo Eduard Estivill, que ha publicado un libro de divulgación en el que explica cómo conseguir que los niños se duerman utilizando el (¿famoso?) método Estivill.

Reig abunda en detalles que justifican que dicho libro aparezca en esta sección dedicada a la estulticia que nos rodea, pero yo me permito añadir que una obra así jamás habría tenido la acogida popular que ha tenido esta si no fuera porque vivimos en una sociedad de patanes. Sólo un país lleno de madres y padres imbéciles, que se creen que criar a un hijo es una tarea comparable a los Doce Trabajos de Hércules, puede llevar a la cima de las listas de ventas a un libro que se limita a reproducir los consejos que cualquier abuela podría darnos mientras nos tomamos un café. No sólo nos los daría gratis sino que, además, nos tejería un jersey al mismo tiempo y nos lo podríamos llevar puesto.

Más allá del hecho delictivo en sí, recomiendo una vez más la lectura del artículo de Rafael Reig por la divertida a la par que punzante crítica que hace de este nuevo ejemplo de gilipollez planetaria. A ver si con este tipo de denuncias públicas se consigue, al menos, que los gilipollas empiecen a ser conscientes de que lo son. El artículo completo está en este enlace.

Una de las mías

Diario de una pasión (“The Notebook”)
Dirigida por Nick Cassavetes, con Ryan Gosling, Rachel McAdams y James Garner
Diario de una pasión
Creo que ya he dicho alguna vez que, para mí, una de las mayores virtudes que puede tener una película es que su título termine en números romanos. Sí, es cierto, no soy un cinéfilo en el sentido intelectual de la palabra, aunque sí en el sentido literal. Me gusta el cine, pero reconozco que no busco grandes profundidades mentales cuando voy a ver una película. Busco más bien pasar un buen rato. Reírme, emocionarme, disfrutar de dos horas fuera de la fealdad del mundo real. Y eso es precisamente lo que “Diario de una pasión” me ha dado.

Los lectores más avezados habrán creído descubrir una supuesta contradicción en lo que acabo de decir, porque “Diario de una pasión” no termina en números romanos. A esto respondo yo con dos argumentos: primero, hay que decir que el título en español es lamentable (el original en inglés, “El cuaderno”, tampoco es una maravilla, pero por lo menos no resulta empalagoso, y se ajusta más al título del best-seller en el que está basada la película, “El cuaderno de Noah”); segundo, y más importante, el título que realmente debería llevar esta película es “Historia de amor entre chico pobre y chica rica CCLXI”. Así que, siendo puristas, el título sí tiene (o debería tener) números romanos. Y de esa manera ya se convierte en una película de las buenas.

Quiero aclarar que no estoy intentando resultar irónico: “Diario de una pasión” es realmente una película que explota por enésima vez el esquema de “en los años 40 una chica rica se enamora un verano de un chico pobre pero su familia la separa de él pero ella finalmente vuelve a sus brazos y son felices para siempre jamás”. Y además explota esa fórmula en exclusiva: no hay historias paralelas, no hay personajes multidimensionales, no hay conflictos latentes… no hay nada más. La película nos lleva paso a paso por cada uno de las etapas del tópico, pero lo hace con solvencia y (al menos a los espectadores facilones como yo) nos hace pasar un par de horas sufriendo por la tormentosa relación de los dos jovenzuelos, a quienes todos queremos ver juntos desde el minuto 10, aunque durante toda la película no hacen más que aparecer obstáculos que se empeñan en separarlos (el principal obstáculo, por cierto, y siguiendo el topicazo, es la madre de ella, que no está dispuesta a aceptar que su niña termine casada con un leñador por culpa de un capricho de verano). Después de tantas dificultades, cuando finalmente los dos jóvenes terminan juntos y felices, se entenderá que los diez últimos minutos de la película apenas se puedan ver a través de los lagrimones que ya estarán inundando los ojos de los espectadores más simples, como yo (para aquellos que crean formar parte de este mismo grupo, aquí va un consejo: tened un paquete de pañuelos de papel a mano para no tener que levantaros a buscarlos a mitad de película).

Como último detalle digno de mención, hay que decir que la película está “narrada” por un simpático anciano que le está contando la historia a otra anciana que comparte residencia con él, y que sufre demencia senil. No voy a descubrir ningún secreto (porque se adivina sin esfuerzo a los 10 minutos) que esos dos ancianos son, precisamente, los dos jovenzuelos que protagonizan la historia principal, ambientada como decía antes en los años 40.

Resumiendo: una película entretenida y lacrimógena, sin ninguna pretensión intelectual, y que viene a demostrar una vez más (como ya lo han hecho a lo largo de la Historia del cine muchas otras películas iguales) dos cosas: primera, que el amor juvenil es una de las cosas más bonitas y más estúpidas que hay en la vida; y segunda, que la vida sería mucho más bella si tuviera una buena banda sonora. Y por eso en este blog hay tantas críticas de música.

Crítico comenta una obra inexistente

Leo en la sección de Rafael Reig en “El Cultural” (casi siempre genial, por cierto) una noticia que parece sacada de un tebeo de Mortadelo y Filemón y que, sin embargo, es real como las novelas mismas. Resulta que un crítico sueco escribió una crítica sobre la última novela de una famosa escritora local, y la ponía a caldo. Hasta aquí nada raro. El único detalle que hace que la situación sea digna de mención es que la obra no se había publicado todavía. Ni siquiera se había terminado de escribir. La editorial simplemente había puesto el título de la obra en su lista de próximas novedades. Pero el crítico, visionario donde los haya, ya sabía que “la trama es previsible” y que “la caracterización de los personajes es demasiado plana”. Para que luego digan que los críticos no se leen las novelas que critican.

El artículo completo, brillante como suelen serlo todos los de Rafael Reig, se puede leer en este enlace. Y para aquellos que no conozcan a Rafael Reig, me permito recomendar “Sangre a borbotones”, una divertida mezcla de comedia y novela negra ambientada en un Madrid futuro y navegable. La publicó Lengua de Trapo hace algunos años (no diré cuántos porque no quiero desvelar mi edad, y porque no me acuerdo, pero vamos, que no son muchos), y ya se ha convertido en uno de los clásicos de la editorial.

Ya es primavera (de los 60) en El Corte Inglés

We are The Pipettes
The Pipettes
The Pipettes

Valoración:   

Que todo el mundo saque su tabla de surf, sus gafas de pasta, sus faldas plisadas (ellas) y sus pantalones de pinzas (ellos), porque The Pippetes nos llevan de viaje a los felices años 60. Aclaración: The Pippetes es un trío de chicas inglesas que no pasan de los 25 años, así que no estamos hablando de una reedición ni de un clásico versionado. Lo que pasa es que a estas chavalitas les debe de gustar el rollo Cadillac solitario, las fiestas de fin de promoción y las casas con césped a la puerta. Y, si no les gusta, lo disimulan muy bien. Este disco podría haber sonado en las barbacoas de hace cuatro décadas y nadie habría podido sospechar que las cantantes ni siquiera habían nacido por aquellla época. Si acaso, las letras las traicionan un poco. Son un pelín gamberras, aunque sin llegar a escandalizar. Hay rollito progre-moderno, y se habla de tías que desprecian a los tíos y de tíos patéticos que soportan los desprecios. Lo contrario sería igual de lamentable, que quede claro. Y es cierto que, puestos a elegir, el rollo “tía castigadora” queda mejor.

Total, que este disco no deja de ser un simple pasatiempo, pero es un pasatiempo entretenido. Me ha recordado mucho al estilo de “The Juicy Fruits”, el grupo de ficción que aparecía en la fantástica “El fantasma del Paraíso” interpretando las canciones que Swan le robaba a Winslow Leach (película rara pero muy recomendable, por cierto). Es de ese tipo de música que se puede escuchar bastantes veces y a la que, de hecho, se le va cogiendo más gusto a medida que se van reconociendo las canciones y los estribillos (más pegadizos que Nuria Bermúdez en el vestuario del Madrid). Es música alegre, impregnada de ese espíritu optimista de los años 60, y siempre es bueno tener algún disco de estos a mano. Ya se sabe. Por si en algún momento tenemos un empacho de años 2000. Digamos que es un antídoto, y en cualquier caso tampoco ocupa mucho en el botiquín. No se hable más.

Comprobado: las tías están más buenas cuando uno está borracho

Por fin la ciencia ha corroborado una evidencia que todos hemos experimentado desde nuestra más tierna adolescencia: cuanto más bebes, más buenas te parecen las tías que hay en el bar. Pues bien, una panda de científicos ociosos de la Universidad de Manchester ha podido finalmente cuantificar este hecho, y encontrar la fórmula que calcula el nivel de distorsión que nos produce nuestra amiga la cerveza. La fórmula es la siguiente:

? = [(An)2 x d(S + 1)] / [?L x (Vo)2]

La fórmula es bonita y mola, eso no se puede negar. Y además es seria. Las variables a considerar, según esa panda de científicos con mucho tiempo libre, son:

An: Número de copas que uno se ha tomado (nótese que va elevado al cuadrado…)
S: Cantidad de humo en el ambiente (en una escala de 0 a 10)
L: Luminosidad del local expresada en candelas por metro cuadrado (el nivel de una habitación normal son unas 125 candelas)
Vo: Agudeza visual del sujeto en la escala de Snellen, donde 6/6 es una visión perfecta, y 6/12 es el límite para poder conducir
d: distancia entre el observador y la periquita observada

Con la fórmula anterior, y conocidos los valores de estas variables, se obtiene el valor de ?, que representa el nivel de engaño que nos provoca la ingesta de alcohol. Si ?=1, vemos a la periquita exactamente igual a como la veríamos sobrios; para valores de ? > 100, cualquier cosa con falda y pintalabios nos parece Miss Noruega. Personalmente, podría dar testimonio de casos en los que ? debió de estar por encima de 500. Por lo menos.

Una novela-escalera

Ya verás
Pedro Sorela

Alfaguara


Si yo fuera un afamado crítico literario, ya haría tiempo que habría instaurado el término “novela-escalera” para hacerme el interesante. Y también para referirme a novelas como esta que nos ocupa, “Ya verás” de Pedro Sorela, que es un ejemplo paradigmático y que, si hubiera otros críticos afamados que siguieran mi escuela de pensamiento, ya habría provocado cientos y cientos de estudios comparados sobre el tema. ¿Y qué es una novela-escalera?, preguntará algún inculto patán, lector de este blog por casualidad. Pues es una novela que empieza muy alto, y que después va bajando, y bajando, y bajando, hasta que llega al portal. ¿No deberíamos, entonces –instiría el pesado de turno–, hablar de una novela-escalera-descendente? Pues no, querido roqueño piojoso, porque sería redundante. Nunca he visto una novela-escalera-ascendente, porque cuando un escritor saber escribir ya empieza bien desde el principio, y se deja de tonterías. Lo difícil, precisamente, es empezar bien y no decaer por el camino. Porque hay mucha gente capaz de escribir un buen párrafo. Bastante gente capaz de escribir una buena página. Poca capaz de escribir un buen capítulo. Veinte o treinta personas son capaces de escribir un buen libro. Y sólo dos o tres son capaces de escribir más de uno. Por supuesto, esto que acabo de decir me lo acabo de inventar, y sólo lo pongo para practicar por si al final va a resultar que termino convirtiéndome en un afamado crítico.

Sí, es cierto: ya estamos con otra de mis interminables preámbulos. Pero tranquilos, que ya se acaba aquí. A lo que vamos: “Ya verás” empieza como un cohete. La novela se divide en tres partes (esto no lo digo yo, lo dice el autor que, además, y para dejarlo bien clarito, las numera y les pone un título) y sin lugar a dudas la primera parte es la mejor de todas. No sólo eso: la primera parte habría resultado, por sí sola, un excelente relato corto. Es brillante, vibrante, la escritura es fluida, rica, compleja, y al mismo tiempo la historia avanza y el misterio nos atrapa. Lo tiene todo, y todo está excelentemente construido. Lo dicho: es brillante. Casi diría que la primera parte, sin más, ya justifica comprarse el libro y leerlo. Eso sí: si alguien quiere un consejo, que no siga leyendo a partir de ahí. Porque no es que el resto de la novela sea malo, pero no resiste la comparación con la primera parte. Después de ese derroche de estilo, de oficio, de talento, cualquier cosa por debajo de ese inicio deslumbrante parece una porquería. Y es una pena, porque ya digo que el resto no es malo, ni mucho menos. Cosas mucho peores se leen todos los días, muchas de ellas con premios de postín adornando sus portadas.

Ese comienzo tan impactante me ha recordado mucho a “En nombre de la Tierra”, de Vergílio Ferreira, la novela con el mejor comienzo que yo he leído jamás. La primera página de “En nombre de la Tierra” es arte puro, pero precisamente por eso el resto de la novela tiene el imposible reto de mantener el nivel de las primeras hojas. No es una cuestión de talento ni de oficio: es simplemente imposible. Acudamos a la Biblia, edición Blade Runner, para encontrar la razón:“The light that burns twice as bright lasts half as much” (“La llama que arde con el doble de brillo dura la mitad de tiempo”). Pues eso.

Así pues, tenemos una novela con un comienzo espectacular. Una historia de amor a la antigua usanza, el canalla que enamora a la rica heredera, narrada con maestría y también a la antigua usanza, con frases largas y complejas, con juegos y requiebros verbales, con una riqueza de léxico que desborda pero que a la vez hipnotiza. El encaje entre el estilo y la historia es perfecto, y las páginas se pasan a toda velocidad. Y son 90. Hasta que llegamos a una que pone “Segunda Parte”. Empieza entonces otra historia, en la que se mantiene el mismo estilo lírico y complejo, pero que ya no encaja tanto con lo que se narra. De repente parece que estemos leyendo casi una guía turísitica (dato biográfico: el autor ha viajado más que el despertador del Papa), protagonizada por un personaje ñoño y carente de todo interés. Para más inri, se suceden las escenas erótico-románticas al más puro estilo Corín Tellado: mujeres que se entregan apasionadamente ante el irrestible poder de seducción de hombres dotados de una sabiduría sexual sin límites. En esta parte, la novela se convierte en una de esas obras donde uno empieza a creer que es gilipollas y que ha pasado toda su vida en un internado de curas, porque el autor nos habla de mujeres que se acuestan con el primer hombre que la invita a cenar, o ni siquiera eso, es suficiente con estar en el jardín de un hotel y esperar a que pase una tía impresionante, medio en bolas, que caerá rendida en nuestros brazos. Lo dicho: que todos somos gilipollas (o al menos yo). A mí es que ese tipo de novelas me ponen muy nervioso, porque bastante complicada está ya la vida como para que aun encima nos hagan creer que el problema no es la vida –que en realidad es un Paraíso lleno de titis buenísimas que responderían al chasquido de nuestros dedos–, sino que el problema es que nosotros nos empeñamos en llevar una existencia aburridísima.

Total, que llegamos a la tercera parte un poco mosqueados. Y la tercera parte es todavía más floja que la segunda. Porque en la tercera parte el autor no resiste la tentación de colocarnos un buen puñado de opiniones y reflexiones sobre la vida en general y sobre los viajes y las ciudades en particular. Algunas son buenas, que conste, pero acaban hartando al más pintado. En general, yo creo que ese es el problema principal de esta novela: que no tiene medida. El estilo que comienza siendo deslumbrante, termina por convertirse, a base de abusar de él, en empalagoso. Los requiebros líricos acaban cansando, y las metáforas que al principio parecen originales y frescas terminan por recordar a las comparaciones de Krispín Klander por lo histriónicas. Y de esa manera, el sabor final que deja la novela es de hartazgo. Uno llega al final pensando: “menos mal que se ha acabado”. Y es una pena, porque recordando el principio (insisto, brillante, extraordinario, genial), el hartazgo se transforma en mala leche. ¿Por qué no terminó la novela en la página 91? ¿Por qué me han quitado una maravillosa novela corta para convertirla en una mediocre novela? ¿Por qué se empeña el autor en estirar un personaje insulso, como el de Soledad? Y lo más importante: ¿por qué el tío que hace las sinopsis de contraportada empieza su resumen diciendo “Imagine una novela que se desarrolla sobre todo en el aire” si resulta que, además de que eso es mentira, sería un hecho completamente irrelevante? Sí, vale, no me he podido contener, pero es que los de las sinopsis me tienen matarile. He dicho.

Una certeza mortal

Un muy buen artículo en el que Steven Weinberg (Premio Nobel de Física en 1979) comenta el libro “La ilusión de dios” de Richard Dawkins (biólogo y catedrático de Oxford). En el equivalente a 3 folios, Weinberg expone con brillantez algunas ideas sobre la relación entre religión y ciencia. No sé cómo será el libro, pero la crítica de Weinberg es una maravilla. Para abrir boca, aquí dejo una de las frases del libro de Dawkins que Weinberg cita en su comentario:

El dios cristiano es un ser con un carácter terrible, cruel, vengativo, caprichoso e injusto

Desde el argumento ontólogico de San Anselmo hasta el evolucionismo de Darwin, Weinberg repasa los grandes hitos del histórico enfrentamiento entre religión y ciencia. Y, como buen físico, toma partido por esta última. De hecho, termina su crítica con esta conclusión:

Dawkins trata al islam como simplemente otra religión deplorable, pero hay una diferencia. La ecuanimidad de Richard Dawkins es bien intencionada, pero está fuera de lugar. Comparto su falta de respeto por todas las religiones, pero en nuestros tiempos es tonto despreciarlas a todas ellas por igual.

La crítica completa, en español, se puede leer haciendo clic aquí.

Un futuro muy visto

Hijos de los hombres
Dirigida por Alfonso Cuarón, con Clive Owen, Chiwetel Ejiofor, Julianne Moore y M. Caine
Hijos de los hombres
La verdad es que en las películas futuristas el futuro suele tener una pinta horrible. La gente vive hacinada en ciudades más contaminadas que el sobaco de Chuck Norris, la ropa está hecha de papel Albal, las máquinas se rebelan en cuanto intentas hacerles un reset… y en “Hijos de los hombres”, además y por si fuera poco, resulta que la Humanidad se ha quedado estéril. No nace un niño desde hace 19 años, y ninguna mujer se ha podido quedar embarazada desde entonces. Esto, todo hay que decirlo, bien podría deberse a que tal vez la población civil no pone los medios para ello, porque supongo que en ese futuro tan negro negrísimo a uno se le quitan las ganas hasta de hacer guarreridas españolas. Pero esto ya digo que es una teoría mía. En la película parece insinuarse que el problema es de otra índole, aunque no se aclara de cuál. El caso es que no hay niños.

Y, de repente, una mujer se queda embarazada. Sorpresa. ¿Cómo? No se sabe. A ver, sí se sabe, claro, el método para quedarse embarazada es el mismo que ahora, pero no se sabe por qué ella sí y otras no. El caso es que, a la vista del milagro, los grupos revolucionarios (porque, en efecto, en este futuro también hay grupos revolucionarios) se disputan la titularidad de la futura madre para presentarla como… como algo. Tampoco queda claro por qué quieren tenerla en nómina, pero así es. Total, que un buen hombre (que no era tan bueno, pero que se redime por el camino) se ve metido en el lío y se empeña en que la mujer no caiga en las garras de ningún anarquista, sindicalista o librepensador. Él quiere que madre e hijo tengan un futuro común y libre de toda atadura ideológica. Y dispuesto a conseguirlo, se coge a la mujer debajo del brazo (figuradamente) y se dedica a escaparse de todos los que lo van persiguiendo durante la película, que no son muchos, pero sí muy persistentes. El resultado final no lo digo, pero cualquier espectador que haya visto Rocky se lo podrá imaginar. Al final, Rocky gana.

En resumen, “Hijos de los hombres” es una película que tira, una vez más, del catastrofismo más extremo para pintarnos un futuro que da miedito. No lo hace de una manera especialmente original, porque la infertilidad generalizada no se explota de ninguna manera sorprendente, y de hecho, al cabo de 10 minutos, el asunto deja de ser importante. El protagonista y la mujer embarazada se dedican a escapar de los malos, y lo de menos es por qué escapan. Podría ser porque les deben dinero, y la película no tendría ninguna variación. Así que “Hijos de los hombres” se queda en un discreto entretenimiento con el que se pasa el rato, pero con el que cada cuarto de hora uno se pregunta: ¿dónde he visto yo esto antes? La respuesta: en muuuuchas otras películas sobre el futuro deprimente que se supone que nos espera. Claro que, después de verlo tantas veces, ya empieza a parecer que no es tan malo. Y además, el papel Albal mola.

Todo por mis lectores

Los lectores asiduos ya habréis notado que, en cuestiones cinematográficas, soy bastante garrafón. Me pierden los números romanos en los títulos, las persecuciones en helicóptero, y las películas que empiezan con un policía muerto al que sólo le faltaba una semana para jubilarse. Para mí, el cine alcanzó su cumbre en la escena en la que el coronel Truman y John Rambo se abrazan recordando la carnicería de los charlies en Vietnam. Sí, vale, también me gustan otras cosas, como “Vidas Cruzadas”, “De-lovely” o, por supuesto, “Blade Runner”, pero soy consciente de mis limitaciones.

Y, precisamente porque sé de qué pie cojeo, tengo buenas noticias para los cinéfilos de la audiencia: estoy en conversaciones con un prestigioso aficionado al séptimo arte al que le he ofrecido el puesto de Regional Vicepresident de la División de Cine de N`Joy Corporation, con línea de reporte directa al Consejo de Administración, y línea de reporte matricial a mí mismo. Se me está resistiendo, a pesar de que mi oferta ha sido generosa, e incluye, además de un desorbitado salario y stock options, despacho de esquina, silla con ruedas para hacer carreras por el pasillo, y secretaria a elegir por el interesado. El punto de desacuerdo es que él quiere que también añada a estos privilegios una vespino de empresa. La negociación está siendo dura, pero confío en que pronto podamos ver en este blog comentarios de películas como “Babel”, “El laberinto del fauno” (que mi religión me prohíbe ver), e incluso alguna recomendación sorpresa sobre películas de arte y ensayo eslovacas subtituladas. Si alguien tiene una moto que pueda ceder a la causa durante un par de meses, se admiten donaciones.