Diario de una pasión (“The Notebook”)
Dirigida por Nick Cassavetes, con Ryan Gosling, Rachel McAdams y James Garner
Creo que ya he dicho alguna vez que, para mí, una de las mayores virtudes que puede tener una película es que su título termine en números romanos. Sí, es cierto, no soy un cinéfilo en el sentido intelectual de la palabra, aunque sí en el sentido literal. Me gusta el cine, pero reconozco que no busco grandes profundidades mentales cuando voy a ver una película. Busco más bien pasar un buen rato. Reírme, emocionarme, disfrutar de dos horas fuera de la fealdad del mundo real. Y eso es precisamente lo que “Diario de una pasión” me ha dado.
Los lectores más avezados habrán creído descubrir una supuesta contradicción en lo que acabo de decir, porque “Diario de una pasión” no termina en números romanos. A esto respondo yo con dos argumentos: primero, hay que decir que el título en español es lamentable (el original en inglés, “El cuaderno”, tampoco es una maravilla, pero por lo menos no resulta empalagoso, y se ajusta más al título del best-seller en el que está basada la película, “El cuaderno de Noah”); segundo, y más importante, el título que realmente debería llevar esta película es “Historia de amor entre chico pobre y chica rica CCLXI”. Así que, siendo puristas, el título sí tiene (o debería tener) números romanos. Y de esa manera ya se convierte en una película de las buenas.
Quiero aclarar que no estoy intentando resultar irónico: “Diario de una pasión” es realmente una película que explota por enésima vez el esquema de “en los años 40 una chica rica se enamora un verano de un chico pobre pero su familia la separa de él pero ella finalmente vuelve a sus brazos y son felices para siempre jamás”. Y además explota esa fórmula en exclusiva: no hay historias paralelas, no hay personajes multidimensionales, no hay conflictos latentes… no hay nada más. La película nos lleva paso a paso por cada uno de las etapas del tópico, pero lo hace con solvencia y (al menos a los espectadores facilones como yo) nos hace pasar un par de horas sufriendo por la tormentosa relación de los dos jovenzuelos, a quienes todos queremos ver juntos desde el minuto 10, aunque durante toda la película no hacen más que aparecer obstáculos que se empeñan en separarlos (el principal obstáculo, por cierto, y siguiendo el topicazo, es la madre de ella, que no está dispuesta a aceptar que su niña termine casada con un leñador por culpa de un capricho de verano). Después de tantas dificultades, cuando finalmente los dos jóvenes terminan juntos y felices, se entenderá que los diez últimos minutos de la película apenas se puedan ver a través de los lagrimones que ya estarán inundando los ojos de los espectadores más simples, como yo (para aquellos que crean formar parte de este mismo grupo, aquí va un consejo: tened un paquete de pañuelos de papel a mano para no tener que levantaros a buscarlos a mitad de película).
Como último detalle digno de mención, hay que decir que la película está “narrada” por un simpático anciano que le está contando la historia a otra anciana que comparte residencia con él, y que sufre demencia senil. No voy a descubrir ningún secreto (porque se adivina sin esfuerzo a los 10 minutos) que esos dos ancianos son, precisamente, los dos jovenzuelos que protagonizan la historia principal, ambientada como decía antes en los años 40.
Resumiendo: una película entretenida y lacrimógena, sin ninguna pretensión intelectual, y que viene a demostrar una vez más (como ya lo han hecho a lo largo de la Historia del cine muchas otras películas iguales) dos cosas: primera, que el amor juvenil es una de las cosas más bonitas y más estúpidas que hay en la vida; y segunda, que la vida sería mucho más bella si tuviera una buena banda sonora. Y por eso en este blog hay tantas críticas de música.





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