Dirigida por los Hermanos Coen (y otros)
Con Marianne Faithfull y Steve Buscemi
Como ya os anuncié hace unos días, hoy estrenamos crítico de cine. Paditasawa, nuevo y flamante Regional Vicepresident de la sección de Cine, ha elegido para su debut una película a la que califica con un ¿generoso? 4 de puntuación. Yo no he visto la película, así que me salgo del debate y lo dejo en las sabias manos del público, y también en las de los lectores de este blog. Podéis dejar vuestros comentarios. La crítica empieza después de este punto.
El Cine está lleno de posibilidades, por eso a algunos de nosotros nos apasiona tanto. Podemos encontrar grandes películas basadas en un elaborado guión, unos profundos y bien interpretados personajes rematados por finales sorprendentes. Otras veces, encontramos una idea, aparentemente tan simple como la de reunir fragmentos de vidas en torno a una ciudad, que consigue dibujarnos una sonrisa que nos acompaña hasta la hora de dormir. Justo lo que yo andaba buscando, qué más se puede pedir.
Sé que el primer párrafo constituye un “aviso” para todos aquellos amantes de las películas al uso: no hay planteamiento, trama y desenlace, qué se le va a hacer (que conste que yo soy muy partidario de las pelis con estructura de toda la vida, cuidadín), pero a veces incluso a los hombretones simples y pendencieros les sienta bien sencillamente sentarse en una butaca de un cine y limitarse a sentir, a llenar nuestro a veces olvidado espíritu con ligeras emociones y dejarse conquistar. Porque eso es lo que hizo conmigo la película, conquistarme a través de retales de las vidas de personajes (unos más simples que otros pero todos con su encanto) que conscientemente o no, buscaban o se encontraban con un querer (guiño a los amantes de la copla, que sé que los hay).
Pudiera ser que a los que van de “ultracool” (sí, ya sé que no existe en castellano pero es la única forma que se me ocurre de describirlos) amantes de películas oscuras que tratan de explicar la soledad de la vida y la incomunicación a través de historias que entrelazan lejanos hemisferios con vidas absurdamente llevadas al límite (para el que todavía no se haya enterado, a mi no me gustó Babel, vaya por Dios), les parecieran vidas demasiado simples para ser interesantes y que exista en ellas algo que pudiera ser relevante. A mí, que no me queda ya pelo para ser uno de ellos, me parece justo lo contrario. Una película sin grandes pretensiones intelectuales que nos habla de lo que nos une, de lo que nos da vida, de lo que nos pinta de color, de lo que nos redime, de… Paris, je t’aime.
Solos o en compañía (preferiblemente la segunda opción aunque no deberíais dejar de verla si no hay un ceporro que os acompañe) id al cine y disfrutad comentando la jugada. La esencia de la vida pintada con imágenes sacadas del cubo de lo positivo da mucho de que hablar, ya veréis.
Que la disfruten ustedes.

Friendly Fire
Sean Lennon se puso un día a escribir canciones poperas, y cuando terminó de escribirlas yo creo que debió de pensar: “coño, me han quedado bien… pero me suena como si ya las hubiera escuchado antes”. Tal vez estuvo un tiempo dándole vueltas a esa sensación de deja vu, pero el caso es que al final se olvidó del asunto y publicó un disco pegadizo y resultón. Al que tituló “Friendly fire”. Y aquí estamos. ¿Es bueno el disco? Pues hombre, no se va a llevar el premio al disco más original del siglo, pero se pasa un buen rato escuchándolo. ¿Las canciones recuerdan realmente a algo ya escuchado? Ya lo creo. ¿A quién? Pues… ¡a John Lennon, leche, que es el padre de la criatura!
Dirigida por Marc Foster

La lección del maestro





