Diário
Mafalda Arnauth

Valoración:

La gran aportación de los portugueses al mundo ha sido, sin duda, la pena. La saudade. Los portugueses nacen apenados, y la vida para ellos es tan sólo una sucesión de momentos para ponerse melancólico y echar de menos algo, no se sabe muy bien qué. Y, claro, con esa tristeza interior tan arraigada, la única música que podía salir de esos corazones era el fado. Que es, sin duda, la mejor música del mundo para ponerse nostálgico. ¿Nostálgico de qué? No se sabe. Esa es la verdadera nostalgia, la nostalgia de algo desconocido y, por lo tanto, de algo que jamás se podrá recuperar. Una pena eterna.
Y, sin embargo, el fado no es exactamente triste. Porque es entrañable. Al escuchar el fado uno entiende que la vida es, en esencia, pérdida, falta, una carrera contra algo que terminará por quitarnos todo lo que tenemos y que nos dejará sólo un enorme vacío que llenará (sí, eso es) la nostalgia. Pero mientras uno entiende eso, también entiende que el camino hacia ese final tan aparentemente negro no tiene por qué ser trágico. La guitarra portuguesa, compañera inseparable del fado, es alegre, cantarina, y nos lleva a lo largo de las letras melancólicas como si estuviéramos asistiendo a una despedida de la mano de una niña pecosa y risueña. Es difícil de explicar. La saudade o se tiene o no se tiene. No se puede entender, y por lo tanto no se puede explicar. Para todos aquellos que tengan curiosidad por adentrarse en sus misterios, este disco de Mafalda Arnauth es un excelente comienzo. Fado en estado puro, y fado con licencias creativas. Y todo con una voz de una pureza abrumadora, con matices que abarcan todos los sentimientos que un ser humano puede llegar a tener. Mafalda Arnauth pone el océano lluvioso en una tarde de verano, y la mezcla resulta imposible de resistir. Menos mal que nos queda Portugal.





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