Archivos del Mes para April, 2007

¡Sí, sí, sí!

Impagable documento aportado por el socio de número Pericles, que confirma el rumor que ya se estaba extendiendo por todo el planeta: llega… ¡¡¡¡¡La Jungla de Cristal IV!!!!! ¡Toma Moreno! Para celebrarlo, un grupo de peludos (supongo) ha compuesto una bonita canción que es una especie de “Cantar del Mío John McClane”, con un vídeo que resume magistralmente las 3 entregas que ya hemos visto y el trailer de la que está por llegar, a razón de una estrofa por entrega. Unos genios. Así pues, demos las gracias a Pericles (Peri, tienes una caña pagada en el bar de abajo), pero sobre todo demos las gracias a John McLane que vuelve para enseñarle a esa panda de flojos de Sundance y Tribeca lo que es cine de verdad. Debajo del vídeo os pongo la letra traducida (retocada de la versión de Cinemorelia).

El vídeo se puede ver haciendo clic aquí

Aquí, la letra traducida (nota: “La Jungla de Cristal” se titula en inglés “Die Hard”, que se traduciría más bien como “Imposible de matar”, o en plan más coloquial “Duro de pelar”):

¿Recuerdas cuando por primera vez
conocimos a John McClane?
Argyle lo recogió en el avión y lo llevó a la Torre Nakatomi
para encontrarse con Holly

Él llegó para recuperarla y ser su hombre
pero Hans y sus compañeros jodieron el plan
y a partir de ese momento todo se fue al garate
en la fiesta de Navidad

Y los terroristas se pasaron de listos
pero fue bonito cuando mataron a Ellis
y, con un poco de ayuda de Allen,
¡John McClane les dio una patada en el culo!

¡Vamos a ser duros, duros, duros, de pelar!
¡Vamos a ser duros, duros, duros, de pelar!
¡Vamos a ser duros, duros, duros, de pelar!
¡Vamos a ser tan duros de pelar como podamos!

Nadie es tan duro de pelar como John McClane
incluso con su esposa atrapada en un avión
que está a punto de estrellarse en el Rio Potomac
en la víspera de Navidad

Y la seguridad del aeropuerto lo sacó a patadas
pero John McClane es demasiado orgulloso
y nada pudo evitar que cumpliera.
¡Porque ese es su negocio!

Y con muchas peleas y tiroteos
hizo estallar el avión en la pista
y, con un poco de ayuda de Allen,
¡el avión de Holly pudo aterrizar!

¡Vamos a ser duros, duros, duros, de pelar!
¡Vamos a ser duros, duros, duros, de pelar!
¡Vamos a ser duros, duros, duros, de pelar!
¡Vamos a ser tan duros de pelar como podamos!

¡¡¡Yippee-ki-yay, pedazo de cabrón!!!

Nadie es tan duro de pelar como John McClane
que salvó a todos esos pasajeros en el tren,
aunque Simon no fue claro en sus intenciones
¡Era solo una distracción!

McClane no podía saber
que Hans Gruber era el hermano de Simon,
y eso fue lo que lo hizo “Duro de pelar: La Venganza”
¡con Samuel Jackson!

Y el buen policía no se podía perder de esto
aunque no fuese Navidad,
él no recibió ninguna ayuda de Allen…
¡pero sólo en la tercera parte!

¡Vamos a ser duros, duros, duros, de pelar!
¡Vamos a ser duros, duros, duros, de pelar!
¡Vamos a ser duros, duros, duros, de pelar!
¡Vamos a ser tan duros de pelar como podamos!

Finalmente estamos de regreso con John McClane
ahora tenemos una elección y la elección es clara
Podemos ser libres o podemos ser duros,
¡tan duros de pelar como podamos!

Desde enfrentar a un terrorista a quien nunca ha conocido
hasta enfrentarse a un jet F-35
¡Con explosiones de auto nunca vistas!
¡Realmente pinta muy bien!

Y ya sabemos cuál es la esencia de todo esto:
no hay ningún Allen y no es Navidad,
no lo sabemos, pero estamos muy seguros que
¡John McClane sabe dar patadas en el culo!

¡Vamos a ser duros, duros, duros, de pelar!
¡Vamos a ser duros, duros, duros, de pelar!
¡Vamos a ser duros, duros, duros, de pelar!
¡Vamos a ser tan duros de pelar como podamos!

¡¡¡Yippee-ki-yay, pedazo de cabrón!!!

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Contra la lectura

Siempre da cierta alegría saber que uno no está solo, aunque sea moralmente. Leo, por lo tanto, con alborozo este artículo en el que se argumenta por qué el “fomento de la lectura” es una soberana chorrada. Leer no es ni bueno ni malo, sino todo lo contrario. Como ver la tele. Como charlar. Como hacer el pino. Aquí va una reflexión que resume el espíritu del artículo al que me refiero (y también mi punto de vista sobre el asunto):

Más vale que lo que leamos sea bueno, porque el tiempo que nos quitan, nos lo quitan de la vida. ¿Pero por qué se empeñan en que leamos a toda costa? ¿Nos hace mejores leer? ¿Nos hace más listos? ¿Más cultos? ¿Creen ustedes que por leer y leer a Ana Rosa Quintana, a Lucía Etxebarria y a Iker Jiménez son más cultos? Probablemente ocurrirá lo contrario. ¿Creen que por engañar a los niños con obras adaptadas y con muchos dibujos y desplegables les hacen un favor? No; les harán perder el interés por los verdaderos clásicos.

O también esta otra:

Nadie se asombra de que la mayoría de los programas de televisión sean basura. Claro que hay algunos realmente buenos, pero la mayoría son basura. Pensar que en el mundo literario la proporción de basura y de obras de calidad no es semejante a la de la televisión es una ilusión -un engaño, en el peor de los casos. Dados los contenidos de la televisión, a nadie se le ocurre “fomentarla”. ¿Por qué fomentar la lectura? En estos días del libro hay que decir que hay mucha literatura basura; que la mayoría de los libros son basura; y que lo que hay que fomentar no es la lectura, sino el criterio. No pierdan ni un sólo minuto de su vida leyendo un libro malo.

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Poperizado soul, sed soul

Undiscovered
James Morrison

James Morrison - UndiscoveredLeo por ahí que James Morrison es la nueva sensación de la música británica, y que las quinceañeras andan locas por llegar a rozar un pelo de su (escasa) barba de casi adolescente. No he preguntado qué estarían dispuestas a hacer dichas quinceañeras por conseguirlo, pero me lo imagino, porque aunque dicen que ahora las quinceañeras se desarrollan antes, me temo que no se refieren al cerebro. Se entenderá entonces por qué me puse a escuchar este disco con cierta prevención. ¿Tenía en mis manos a un David Bisbal con acento de Liverpool (que, ahora que lo pienso, vaya mezcla)? ¿Empezaría a escuchar en algún momento estribillos pegadizos con letras del estilo “Ave Mary, when will you be mine”, o “Bulería, Bulería, more I love you every day”, over the glory of my mother? Pues no. Mira tú por dónde.

Lo primero que me sorprendió al escuchar al tal Morrison es su voz. Con la cara de pipiolo que tiene lo último que uno se espera es una voz casi negra, tipo Joe Cocker, con potencia y técnica dignas de un tío más maduro y, sobre todo (insisto), más negro. Tiene voz de soulman, y probablemente por eso muchas de sus canciones suenan a soul, aunque sea un soul bastante poperizado. Leo que el chaval escuchaba de pequeño a Otis Redding y Marvin Gaye, y lógicamente eso también tiene que haber influido en su estilo. Porque, por si no lo he dicho, James Morrison también compone sus canciones además de cantarlas. Que el chaval viene full equip, vamos. (Nota para el sector garrafón del blog: aclararé ahora que el título de esta crítica es un juego de palabras con el famoso dicho de los romanos “Dura lex, sed lex”; dejo como ejercicio para el alumno encontrar en Google el significado del aforismo, y entender de esa manera el juego de palabras. Y, por favor, de ahora en adelante venid al blog con el latín fresco).

Por lo demás, el disco es muy fácil de escuchar. Algunas canciones entran a los 30 segundos, y muchas de ellas piden una segunda escucha en cuanto se termina la primera. Melodías facilonas con letras que llegan rápidamente al público que pintaba monas en 2º de BUP pensando en la periquita de su vida, que finalmente resultó ser la periquita de la vida de otro, y de hecho ni eso, resultó ser un loro del quince que ahora está divorciada y vive con un vendedor de Gillette que también se ha separado dos veces. La vida, a diferencia de lo que nos parecía en 2º de BUP, no tiene un guión, y si lo tiene lo ha escrito el guionista de “El resplandor”.

Pero un momento, que estoy desvariando, y además desvarío de una manera injusta, porque tal vez alguien esté concluyendo de todo esto que James Morrison es el equivalente a Miguel Bosé hace 20 años, y eso sería bastante injusto. James Morrison tiene una voz preciosa, un sentido musical bastante sólido, y canta unas canciones que, aunque fáciles, pasan muy por encima del listón de la mediocridad. Digamos que el tío tiene todo lo que se necesita para convertirse en un gran cantante, y ahora lo único que necesita es seguir creciendo. “Undiscovered” es su primer disco, y hay que mirarlo como tal. Aunque, para ser sincero, no recuerdo yo muchos debuts de la calidad de este. En la última semana he escuchado “The pieces don’t fit anymore” unas 50 veces, y de momento no me he cansado. Y con otras 4 o 5 canciones voy por las 20 escuchas, y subiendo. De hecho, he estado a punto de darle 4 estrellitas al disco y recomendar su compra incondicionalmente. ¿Por qué no lo he hecho? Porque el toque popero me ha echado para atrás, y me he imaginado lo que dirían mis amigos más cultivados musicalmente si le pusiera un 4 a algo que suena, aunque sea remotamente, a pop. Y, claro, entre James Morrison y mis amigos, nunca elegiría a Morrison. Salvo que me hiciera heredero universal, porque me da que el pollo va a forrarse con esto de la música.

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Estamos rodeados de gilipollas (capítulo 4)

Veo en el periódico este anuncio de la última novela de Lucía Etxeberría:

A lo largo de mi vida he visto, como supongo que le habrá pasado a todo el mundo, un montón de tópicos. Los he visto, los he escuchado y los he leído. Pero, sinceramente, tanto tópico junto y en tan poco espacio, casi diría que tiene mérito. Esa vida que “rebulle como un hormiguero”, la comparación de la vida y el río (lástima que Heráclito ya la hiciera hace 2500 años, con numerosísimas repeticiones desde entonces), y el remate con la metáfora de nadar y guardar la ropa… lo dicho: nunca 5 líneas dieron para tanta vulgaridad concentrada. Nunca he podido imaginarme cómo será un lector de Etxeberría. Ahora, todavía me lo imagino menos… Porque si alguien, después de leer este fragmento (que, supongo, ha elegido la editorial considerándolo una muestra representativa de la obra, o incluso de calidad especialmente notable), decide comprarse la novela entera, entonces que estamos más rodeados de gilipollas de lo que yo me temía. Y eso que ya me temía mucho.

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Ascenso a 1ª División

Peña: gracias a los excelentes resultados comerciales que el blog está teniendo últimamente (ya os dije que estamos sobrepasando la escalofriante cifra de 3 dólares al mes), he considerado oportuno comprar un dominio propio para este ateneo virtual en el que se está convirtiendo 1y1y1. Mi primera intención fue comprar el dominio “1y1y1.com”, pero resulta que ya está registrado… ¡por un chino! Vete tú a saber lo que significa 1y1y1 en chino… igual estamos mentando a la madre de alguien y yo no lo sé. En fin, el caso es que el dominio estaba pillado, y tuve que rectificar sobre la marcha. Y como, en el fondo, a mí me repatea un poco la prepotencia de loas anglosajones en cuestiones de idioma (¿por qué de repente todo el mundo ha asumido que el inglés es el idioma “universal”, como si los marcianos también tuvieran que hablarlo?), me tiré sin pensarlo a la alternativa patriota: “1y1y1.es”. Y ahí estamos. Me lo he comprado. Han sido 12 euros. Una gran inversión, es cierto, pero miro al futuro con optimismo.

Dicho esto, la mudanza del blog tal vez sea problemática, y es posible que durante unos días se quede en el limbo de los justos (que, por cierto, según los católicos ya no existe). Sé que eso será un alivio para algunos, porque en este blog también hay mucho lector malicioso (y maliciosa, como una que yo me sé y que ha comido hoy conmigo), pero en cualquier caso yo aviso para no ser traidor. En cuanto tenga el chiringuito trasladado a “1y1y1.es” ya os avisaré. Paciencia, que es una virtud.

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¿Es un pájaro? ¿Es un avión? ¿Es una película?

El último show
(A prairie home companion)


El último showDirigida por Robert Alman
Con Kevin Kline, Meryl Streep, Woody Harrelson, Tommy Lee Jones

Me veo en un aprieto, lo reconozco. No sé qué decir de esta película. He dejado pasar unos días desde que la vi, a ver si con el paso del tiempo me iba haciendo una idea más sólida sobre si me había gustado o no, pero la verdad es que sigo teniendo la misma sensación que tenía cuando terminé de verla. Que es: que pasé un buen rato, pero que en realidad no había visto una película. Había visto otra cosa, tal vez lo que misma película nos muestra: el último día de emisión de un programa de radio americano de esos que se retransmitían en directo desde un teatro. Un programa que había sobrevivido milagrosamente a todas las modas y tecnologías, pero que finalmente tiene que echar el cierre. Y en ese último día, sin nostalgia, sin tristeza, nos mete Robert Alman con (es justo reconocerlo) maestría y talento.

No se puede decir mucho más de la película, o a mí no se me ocurre nada más que decir. Es entretenida, se les coge cariño a los personajes, bien trazados desde el primer minuto, pero lo cierto es que no hay ninguna historia, no hay nada que empiece ni nada que acabe. Es, como decía antes, un show en directo. Como cuando uno va a ver un concierto de música (porque, además, en la peli se pasan cantando un buen rato, y cantan bien, y las canciones son bonitas, un country simple y noblote, pero tampoco pinta mucho… en una película, o en esta película). Hay un intento de que la historia trascienda, creo yo, incorporando un personaje metafísico, un ángel que viene a llevarse a alguien (a mí me recordó al personaje de Jessica Lange en “All that jazz”), pero bajo mi punto de vista el personaje no cuaja. Todo es demasiado mundano, demasiado… cotidiano como para que uno le preste atención a un ángel.

En fin, me estoy liando, pero esta vez es normal porque ya dije desde el principio que no sabía muy bien qué decir. Así que dejaré de dar vueltas alrededor de lo mismo. Al que quiera probar e ir a ver esta película, creo que al menos puedo garantizarle que no se aburrirá. Los actores son de primera fila (y lo demuestran en la película), Robert Alman no empezó a dirigir ayer precisamente, y las escenas y la música son entretenidas. Más allá de eso, cada uno tendrá que buscar por su cuenta. Yo no he encontrado nada. Pero ya se sabe que yo, si la película no termina en números romanos, ya voy mal predispuesto.

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Aviones a tutiplén

Impresionante vídeo (real) que da una idea de la cantidad de aviones que hay volando en cualquier momento. La imagen es de EEUU pero supongo que en Europa saldría algo parecido. Para echarse a temblar si se nos caen encima… El vídeo está acelerado (1 segundo = 1 hora). Para verlo hay que tener Quicktime instalado en el ordenador (si no sabes qué quiero decir con eso, vete al enlace y prueba; si funciona, bien; si no funciona, mala suerte… pero no será tiempo perdido: ya sabrás que no tienes Quicktime instalado). Pincha aquí para ir a la página del vídeo.

Otra cosa: he actualizado el artículo que puse ayer sobre Kurt Vonnegut con un bonito vídeo de recuerdo, en el que salen algunas de las perlas de pensamiento que nos dejó ese pedazo de escritor. Podéis verlo más abajo en el blog.

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Ha muerto Kurt Vonnegut

Pues eso. El pasado miércoles se murió Kurt Vonnegut a los 84 años. Escritor brillante, agudo, un contador de historias de los de antes con un estilo muy personal. Talento y oficio en una mezcla muy proporcionada. Por si no lo había hecho ya en algún artículo anterior, aprovecho la (triste) ocasión para recomendar oficialmente la lectura de alguna novela de Vonnegut. Por ejemplo, “El desayuno de los campeones”. Un fenómeno. Lo echaremos de menos. Aquí dejo un bonito vídeo de recuerdo.

[ev type="youtube" data="atABhlMLYvU"][/ev]

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De cero a nada en 130 minutos

Juegos secretos
(Little children)


Juegos secretosDirigida por Todd Field
Con Kate Winslet, Patrick Wilson y Jennifer Connelly

Decía Groucho Marx: “Partiendo de la nada, hemos alcanzado las más altas cotas de la miseria”. Esa es la frase que se me vino a la cabeza cuando, tras más de 2 interminables horas, vi por fin el cartelito de “The End” poniendo término a este muermo de película. Porque, en efecto, “Juegos secretos” parte de una situación completamente anodina y tópica para llegar, después de 130 minutos de monotonía, a un final que consigue alcanzar la insulsez más absoluta. Y, como no soy de esos que ven en la desgracia ajena un consuelo para la propia, seré breve con esta crítica y ahorraré a los lectores de este blog el sufrimiento que yo ya he padecido.

“Juegos secretos” es aburrida. Es lenta. Es intrascendente. Y no, no son sinónimos. “Juegos secretos” es todas esas cosas a la vez. Es aburrida porque la historia (la “trama”) no tiene ni un doblez, ni una complicación, es el tipo de historia que aburriría a un niño de 4 años. Es lenta porque, además, el director se recrea en todos y cada uno de los detalles de esa historia tan simple, y alarga hasta la saciedad escenas en las que no sucede nada relevante, salvo que uno considere relevante, por ejemplo, el que unas amas de casa aburridas intercambien comentarios picantones (no llegan al nivel de “obscenos” ni de lejos) sobre un nuevo vecino. Y es intrascendente porque, para terminar, la película no dice nada. Porque podría ser aburrida y lenta, pero tratar sobre algún tema de gran calado emocional, espiritual, metafísico. Ahí está “El séptimo sello” de Bergman, que a mí me pareció un peñazo, pero que al menos trata de la muerte, de Dios, de la incertidumbre… vamos, que si uno aguanta el ladrillo, por lo menos puede terminar aprendiendo algo. Pero en “Juegos secretos” lo único que uno aprende al final es que hay esposas aburridas que sueñan con una vida más emocionante, y maridos que volverían a la adolescencia en cuanto alguien les ofreciera un billete. Y que unas y otros pueden ser infieles. Y ya está. No es broma: ya está. Eso es todo.

Así que, a pesar de que me dicen que Kate Winslet estuvo nominada a los Oscar por esta película, no puedo recomendarla ni como un puro ejercicio de técnica cinematográfica. No hay nada que justifique perder más de 2 horas de tu vida viendo una historia que ya nos han contado 1000 veces, y con mucha más pericia y gracia. Y, ya puestos, con mejores actores y actrices. Porque sinceramente yo no veo que la actuación de la Winslet sea nada del otro mundo. Tal vez porque su papel, como toda la película en general, parece estar diseñado para no transmitir absolutamente nada. Si ese era el objetivo, hay que decir que lo han cumplido al 100%. Enhorabuena a los premiados.

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Kierkegaard contra el mundo

El instante
Soren Kierkegaard

Editorial Trotta

Soren Kierkegaard - El instante
Libros como “El instante” demuestran que, si dedicáramos más tiempo a leer, perderíamos mucho menos tiempo intentando cosas que están condenadas al fracaso. Y, cuando digo “leer”, no me refiero ni a los folletos del Carrefour ni a las obras completas de Boris Izaguirre: no sé quién se ha inventado esa chorrada de que “leer es bueno”, pero yo, desde luego, no la secundo. Leer, así, en abstracto, es tan bueno o tan malo como hacer el pino. Pero, insisto, en el caso de obras como esta que nos ocupa de Kierkegaard, leer no sólo es provechoso para el espíritu, sino que además nos provee de aprendizajes de orden absolutamente práctico. A saber: que a la gente le gusta que le digan lo que quiere oír. O: que la gente necesita que le tranquilicen la conciencia. Y, en consecuencia, cualquier intento de convencer a la gente de que está equivocada, o de que ellos son los responsables de sus propias miserias, sólo servirá para hacernos perder el tiempo en el mejor de los casos, y para que nos crucifiquen o nos internen en un psiquiátrico, en el peor.

Habrá que empezar diciendo, para quien no haya tratado mucho con Kierkegaard (literariamente hablando, porque en persona sería complicado puesto que murió en 1855), que el prestigioso filósofo danés era un cristiano convencido y, en determinados momentos, incluso radical. En “El instante”, de hecho, roza el fundamentalismo. O, qué narices, no lo roza: lo abraza y se revuelca a solaz, cual gorrino en un abrevadero repleto de berzas. Pero, como el propio Kierkegaard pretende demostrar en este libro, ¿acaso hay otra manera de ser cristiano? ¿Cómo es posible plantearse el cristianismo como una manera de vida “templada”, si el fundador de esa religión murió torturado y crucificado precisamente por negarse a ceder ni un milímetro en sus posiciones? ¿Alguien se imagina a Jesucristo sentado en un cómodo sofá dialogando con Caifás sobre cómo acercar posturas con los fariseos, o montando una “mesa de diálogo” con Poncio Pilatos y Herodes? ¿O, todavía peor, cobrando un sueldo a fin de mes y regalando los oídos de los prebostes de Galilea con promesas de vida eterna? Pues no. Para bien o para mal, Jesucristo no era muy dado a las medias tintas. Y Kierkegaard tampoco. Una de sus obras, titulada “O lo uno o lo otro”, resume perfectamente la esencia de sus planteamientos, que traducida al lenguaje coloquial de nuestros días podría enunciarse así: mariconadas, ni una. O estas conmigo, o estás contra mí. Así es como Kierkegaard ve al dios cristiano, y su argumento para defender esa visión tan radical es, precisamente, la (supuesta) palabra de ese dios: el evangelio. Y la verdad es que la mayoría de sus razonamientos son de una lógica abrumadora porque, como ya he dicho, Jesucristo tampoco era muy partidario de los términos medios.

Para entender mejor el discurso de Kierkegaard en esta obra, es importante entender el contexto en el que se escribió. Para empezar, “El instante” no es un ensayo propiamente dicho. “El instante” es el título de una revista que Kierkegaard escribió y publicó durante los últimos meses de su vida, y este libro recoge todos los números de dicha revista, incluido el último que no llegó a publicarse puesto que Kierkegaard murió antes de poder editarlo. Kierkegaard comenzó a publicarla poco después de la muerte del principal obispo de Dinamarca, con quien había mantenido agrias discusiones públicas durante varios años. Con la llegada del nuevo obispo, Kierkegaard quiso aprovechar para dejar clara su postura con respecto al cristianismo “oficial” (lo que él llama “la cristiandad”), en un intento que parece desesperado por recuperar el mensaje original de Jesucristo y llevarlo al pueblo que él consideraba engañado (o que se dejaba engañar a sabiendas) por la corrupta interpretación que la Iglesia llevaba siglos predicando con el objetivo no de propagar el evangelio sino de ganar fieles y, en el caso de Dinamarca, que unía Estado e Iglesia, contribuyentes.

Sea como fuere, el resultado final, este “El instante” que ahora se publica como una única obra, es un ataque frontal a la Iglesia danesa (y, en general, a cualquier Iglesia cristiana “oficial”) que se ha olvidado del propósito original que dirigió la vida de Jesucristo, y que en lugar de eso se comporta como un club de golf que sólo busca aumentar el número de socios y la cuota que pagan, y que, para conseguirlo, tiene que intentar que el club sea un lugar lo más agradable posible, tanto más atractivo y cómodo cuanto mayor es la cuota que ingresa de cada socio. Con este planteamiento, los ricos no sólo no están en riesgo de dejar de pertenecer al club, sino que pasan a convertirse en los socios predilectos. Y en cuanto a los pobres… ah, sí, bueno, ahí están. Qué le vamos a hacer.

Para terminar, y como Kierkegaard tiene la virtud de decir las cosas de una manera muy poco sutil, reproduzco a continuación algunos párrafos del libro que dan una idea bastante exacta del tipo de ideas que el autor defiende a lo largo de las 200 páginas de la obra. Si alguien pensaba que Zapatero está siendo duro con la Iglesia Católica, que se lea este libro y verá lo que es bueno. Y si alguien pensaba que tanta dureza, de uno o de otro, es injusta, que también se lea este libro y que reconsidere su posición. La mejor manera de fortalecer nuestras convicciones es escuchar los argumentos de nuestros peores enemigos. Y la mejor manera de descubrir que no son correctas, también.

Ejemplo: un hombre tiene la intención de ganarse la vida matando gente. Ahora bien, por la palabra de Dios ve que esto no está permitido, que la voluntad de Dios es: No matarás. Bien, piensa él, esta clase de culto divino no me sirve… pero tampoco quiero ser un impío. ¿Qué hace entonces? Consigue un pastor que, en el nombre de Dios, bendice el puñal.

Quien dice matar gente, dice hacerse rico. ¿Cómo es posible que el afán de enriquecimiento se haya desarrollado tanto en sociedades tradicionalmente cristianas, como la anglosajona y (últimamente) la latina? ¿Y cómo es posible que la gente viva convencida de que uno puede tener una casa de medio millón de euros, e ir al cielo (porque Jesucristo ya entenderá que la cosa está muy malita, y que la vida se ha puesto por las nubes)? Otra cita de Kierkegaard.

Los padres no pueden proporcionar al niño la verdadera representación cristiana de Dios [...]. Que para Dios este mundo es un mundo perdido, que todo aquel que nace, por el hecho de nacer está perdido, que lo que Dios quiere –por amor– es que el hombre muera para este mundo, y que si Dios tiene la generosiad de darle su amor, lo que entonces hace –por amor– es martirizarlo con todos los tormentos con el propósito de quitarle la vida; pues esto es lo que Dios quiere –pero por amor-, él quiere la vida del nacido, lo quiere transformar en un muerto para este mundo, en alguien que vive como un muerto para este mundo. Esto, el niño, por más que se lo digan, no lo puede captar, y los padres se cuidan bien de decirlo por razones egoístas. ¿Qué hacen entonces? Bajo el nombre de educación “cristiana” de los niños desparraman desenfadadamente necedades del barril del paganismo: es una extraordinaria obra buena que tú hayas llegado a ser, has venido a un mundo amable y Dios es un hombre amable, aférrate tan sólo a él, no te concederá todos tus deseos, pero te ayudará. Pura mentira.

Y otra más, de rabiosa actualidad:

Sagaz como es, el género humano le ha arrancado a la existencia su secreto; se ha dado cuenta de que, si se quiere una vida fácil (y esto es exactamente lo que se quiere), es muy sencillo lograrlo; sólo se necesita minimizar cada vez más su propio sentido, el sentido de ser hombre: así la vida se hará cada vez más fácil. Sé un necio… ¡y verás que todas las dificultades desaparecen!

Y para terminar, una última cita en la que Kierkegaard se muestra profundamente modesto. O, por qué no, profundamente solo. Como cualquiera que pretenda cambiar el mundo y sepa que tiene razón.

El punto de vista que tengo que exponer y expongo es tan original que, literalmente, en los mil ochocientos años de cristianismo, no encuentro nada análogo, nada comparable que me sirva de referencia. También aquí –frente a estos mil ochocientos años– estoy literalmente solo.

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