El instante
Soren Kierkegaard
Editorial Trotta

Libros como “El instante” demuestran que, si dedicáramos más tiempo a leer, perderíamos mucho menos tiempo intentando cosas que están condenadas al fracaso. Y, cuando digo “leer”, no me refiero ni a los folletos del Carrefour ni a las obras completas de Boris Izaguirre: no sé quién se ha inventado esa chorrada de que “leer es bueno”, pero yo, desde luego, no la secundo. Leer, así, en abstracto, es tan bueno o tan malo como hacer el pino. Pero, insisto, en el caso de obras como esta que nos ocupa de Kierkegaard, leer no sólo es provechoso para el espíritu, sino que además nos provee de aprendizajes de orden absolutamente práctico. A saber: que a la gente le gusta que le digan lo que quiere oír. O: que la gente necesita que le tranquilicen la conciencia. Y, en consecuencia, cualquier intento de convencer a la gente de que está equivocada, o de que ellos son los responsables de sus propias miserias, sólo servirá para hacernos perder el tiempo en el mejor de los casos, y para que nos crucifiquen o nos internen en un psiquiátrico, en el peor.
Habrá que empezar diciendo, para quien no haya tratado mucho con Kierkegaard (literariamente hablando, porque en persona sería complicado puesto que murió en 1855), que el prestigioso filósofo danés era un cristiano convencido y, en determinados momentos, incluso radical. En “El instante”, de hecho, roza el fundamentalismo. O, qué narices, no lo roza: lo abraza y se revuelca a solaz, cual gorrino en un abrevadero repleto de berzas. Pero, como el propio Kierkegaard pretende demostrar en este libro, ¿acaso hay otra manera de ser cristiano? ¿Cómo es posible plantearse el cristianismo como una manera de vida “templada”, si el fundador de esa religión murió torturado y crucificado precisamente por negarse a ceder ni un milímetro en sus posiciones? ¿Alguien se imagina a Jesucristo sentado en un cómodo sofá dialogando con Caifás sobre cómo acercar posturas con los fariseos, o montando una “mesa de diálogo” con Poncio Pilatos y Herodes? ¿O, todavía peor, cobrando un sueldo a fin de mes y regalando los oídos de los prebostes de Galilea con promesas de vida eterna? Pues no. Para bien o para mal, Jesucristo no era muy dado a las medias tintas. Y Kierkegaard tampoco. Una de sus obras, titulada “O lo uno o lo otro”, resume perfectamente la esencia de sus planteamientos, que traducida al lenguaje coloquial de nuestros días podría enunciarse así: mariconadas, ni una. O estas conmigo, o estás contra mí. Así es como Kierkegaard ve al dios cristiano, y su argumento para defender esa visión tan radical es, precisamente, la (supuesta) palabra de ese dios: el evangelio. Y la verdad es que la mayoría de sus razonamientos son de una lógica abrumadora porque, como ya he dicho, Jesucristo tampoco era muy partidario de los términos medios.
Para entender mejor el discurso de Kierkegaard en esta obra, es importante entender el contexto en el que se escribió. Para empezar, “El instante” no es un ensayo propiamente dicho. “El instante” es el título de una revista que Kierkegaard escribió y publicó durante los últimos meses de su vida, y este libro recoge todos los números de dicha revista, incluido el último que no llegó a publicarse puesto que Kierkegaard murió antes de poder editarlo. Kierkegaard comenzó a publicarla poco después de la muerte del principal obispo de Dinamarca, con quien había mantenido agrias discusiones públicas durante varios años. Con la llegada del nuevo obispo, Kierkegaard quiso aprovechar para dejar clara su postura con respecto al cristianismo “oficial” (lo que él llama “la cristiandad”), en un intento que parece desesperado por recuperar el mensaje original de Jesucristo y llevarlo al pueblo que él consideraba engañado (o que se dejaba engañar a sabiendas) por la corrupta interpretación que la Iglesia llevaba siglos predicando con el objetivo no de propagar el evangelio sino de ganar fieles y, en el caso de Dinamarca, que unía Estado e Iglesia, contribuyentes.
Sea como fuere, el resultado final, este “El instante” que ahora se publica como una única obra, es un ataque frontal a la Iglesia danesa (y, en general, a cualquier Iglesia cristiana “oficial”) que se ha olvidado del propósito original que dirigió la vida de Jesucristo, y que en lugar de eso se comporta como un club de golf que sólo busca aumentar el número de socios y la cuota que pagan, y que, para conseguirlo, tiene que intentar que el club sea un lugar lo más agradable posible, tanto más atractivo y cómodo cuanto mayor es la cuota que ingresa de cada socio. Con este planteamiento, los ricos no sólo no están en riesgo de dejar de pertenecer al club, sino que pasan a convertirse en los socios predilectos. Y en cuanto a los pobres… ah, sí, bueno, ahí están. Qué le vamos a hacer.
Para terminar, y como Kierkegaard tiene la virtud de decir las cosas de una manera muy poco sutil, reproduzco a continuación algunos párrafos del libro que dan una idea bastante exacta del tipo de ideas que el autor defiende a lo largo de las 200 páginas de la obra. Si alguien pensaba que Zapatero está siendo duro con la Iglesia Católica, que se lea este libro y verá lo que es bueno. Y si alguien pensaba que tanta dureza, de uno o de otro, es injusta, que también se lea este libro y que reconsidere su posición. La mejor manera de fortalecer nuestras convicciones es escuchar los argumentos de nuestros peores enemigos. Y la mejor manera de descubrir que no son correctas, también.
Ejemplo: un hombre tiene la intención de ganarse la vida matando gente. Ahora bien, por la palabra de Dios ve que esto no está permitido, que la voluntad de Dios es: No matarás. Bien, piensa él, esta clase de culto divino no me sirve… pero tampoco quiero ser un impío. ¿Qué hace entonces? Consigue un pastor que, en el nombre de Dios, bendice el puñal.
Quien dice matar gente, dice hacerse rico. ¿Cómo es posible que el afán de enriquecimiento se haya desarrollado tanto en sociedades tradicionalmente cristianas, como la anglosajona y (últimamente) la latina? ¿Y cómo es posible que la gente viva convencida de que uno puede tener una casa de medio millón de euros, e ir al cielo (porque Jesucristo ya entenderá que la cosa está muy malita, y que la vida se ha puesto por las nubes)? Otra cita de Kierkegaard.
Los padres no pueden proporcionar al niño la verdadera representación cristiana de Dios [...]. Que para Dios este mundo es un mundo perdido, que todo aquel que nace, por el hecho de nacer está perdido, que lo que Dios quiere –por amor– es que el hombre muera para este mundo, y que si Dios tiene la generosiad de darle su amor, lo que entonces hace –por amor– es martirizarlo con todos los tormentos con el propósito de quitarle la vida; pues esto es lo que Dios quiere –pero por amor-, él quiere la vida del nacido, lo quiere transformar en un muerto para este mundo, en alguien que vive como un muerto para este mundo. Esto, el niño, por más que se lo digan, no lo puede captar, y los padres se cuidan bien de decirlo por razones egoístas. ¿Qué hacen entonces? Bajo el nombre de educación “cristiana” de los niños desparraman desenfadadamente necedades del barril del paganismo: es una extraordinaria obra buena que tú hayas llegado a ser, has venido a un mundo amable y Dios es un hombre amable, aférrate tan sólo a él, no te concederá todos tus deseos, pero te ayudará. Pura mentira.
Y otra más, de rabiosa actualidad:
Sagaz como es, el género humano le ha arrancado a la existencia su secreto; se ha dado cuenta de que, si se quiere una vida fácil (y esto es exactamente lo que se quiere), es muy sencillo lograrlo; sólo se necesita minimizar cada vez más su propio sentido, el sentido de ser hombre: así la vida se hará cada vez más fácil. Sé un necio… ¡y verás que todas las dificultades desaparecen!
Y para terminar, una última cita en la que Kierkegaard se muestra profundamente modesto. O, por qué no, profundamente solo. Como cualquiera que pretenda cambiar el mundo y sepa que tiene razón.
El punto de vista que tengo que exponer y expongo es tan original que, literalmente, en los mil ochocientos años de cristianismo, no encuentro nada análogo, nada comparable que me sirva de referencia. También aquí –frente a estos mil ochocientos años– estoy literalmente solo.
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