Archivos del Mes para May, 2007

El atraco moderno

Muy buena la viñeta de Forges… Para verla en su tamaño normal (y en el medio que la publica, que para eso le paga), hacer clic sobre la imagen.

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Recomendaciones de la Feria del Libro

El caos y los amores infinitos
José Ramón Pérez

Ellago Ediciones

José Ramón Pérez - El caos y los amores infinitos
Ayer me di un paseo por la Feria del Libro, y como sé que en este blog hay mucho nivel cultural, aprovecho la ocasión para recomendar una gran novela que habitualmente no es fácil conseguir, pero que estos días podéis (y debéis) compraros todos, en especial aquellos que valoréis la buena literatura, y más en especial todavía aquellos que valoréis mi amistad y queráis conservarla.

Se trata de “El caos y los amores infinitos”, primera obra del insigne José Ramón Pérez, que está disponible al público en la caseta número 285 (Ellago Ediciones) junto con un buen número de otras novelas, libros de poesía y ensayos de primer nivel. Es una editorial con un gran criterio, y no sólo porque haya publicado “El caos y los amores infinitos” (aunque eso influye). Por cierto, para evitar malentendidos, que quede claro que “El caos y los amores infinitos” NO es una comedia (como “AKA”). Creo que el título ya da una pista en ese sentido, pero por si acaso…

Ya sabéis: Feria del Libro de Madrid (los de fuera tendréis que esperar o acudir a vuestra librería preferida), caseta 285, Ellago Ediciones. Si decís que conocéis al autor, os darán un cacahuete.

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Una explicación quiero

88 minutos
(88 minutes)


88 minutosDirigida por Jon Avnet
Con Al Pacino, Alicia Witt

Pues sí, una explicación quiero. Porque llevo un buen rato intentando encontrar una explicación lógica a este pedazo de bodrio que me he tragado, y no soy capaz de encontrar ninguna. No me refiero a una explicación a la trama de la película, que ya doy por hecho que no existe porque es un desvarío psicótico del guionista, sino a una explicación que justifique cómo es posible que una bazofia cinematográfica de este calibre haya llegado a rodarse y estrenarse. Se me escapa. Puedo entender que el guionista, desesperado al constatar día tras día su falta de talento innata, no tuviera paciencia para esperar a que su camello habitual volviera de vacaciones y tuviera que comprar jaco en el primer tugurio abierto, con el consiguiente riesgo de adulteración. Puedo entender también que, arrebatado por los nocivos efectos del talco y la caspa mezclados con los narcóticos, el susodicho guionista creyera haber encontrado una historia genial y se apresurara a escribirla antes de que se pasaran los efectos alucinógenos de la mezcla fatal.

Ya puestos, también podría admitir que, por una de esas casualidades de la vida, el guionista hubiera tenido un compañero de colegio gordo y con gafas, de esos que concitan toda la bondad innata de los niños, que se pasó la infancia lamiendo la tierra del patio de recreo. Y, siguiendo con esa teoría, tal vez ese niño gordo gafotas terminó por uno de esos avatares incomprensibles de la vida como productor todopoderoso en una de las grandes empresas de Hollywood. Huelga decir que el guionista, enterado de esta circunstancia, lo chantajeó obligándole a que pusiera dinero para producir su delirio esquizofrénico so pena de contar a todo el mundo el vergonzoso pasado escolar del productor. Así que, vale, puestos a imaginar y a aceptar casualidades, ya tenemos un guión (infumable) y un productor dispuesto a poner la pasta para rodarlo.

Llegados a este punto, supongo que conseguir un director no es difícil. Todos los días se ponen presos en la calle en régimen de tercer grado, que necesitan justificar que tienen un trabajo para poder mantener sus privilegios penitenciarios. Si te pones a la puerta de Sing Sing, seguro que en 5 minutos tienes 20 candidatos dispuestos no sólo a dirigir la película, sino a predisponer a su favor a toda la crítica americana dejando cabezas de caballos degollados en las camas de todo aquel que tenga un mínimo de influencia en la industria cinematográfica.

Pero es aquí donde mi teoría se viene abajo. Porque, vale, tenemos guionista (alucinado), productor (chantajeado) y director (con antecedentes). Pero, ¿cómo coños han conseguido convencer a Al Pacino para que protagonice este moco de película? ¿Es que no se leyó el guión? ¿Fue una apuesta? ¿Alguien le dijo: “Al, a que no tienes huevos de hacer este wáter de thriller”? ¿Es que Pacino fue al mismo colegio que el guionista y el productor, y también tiene algo que ocultar? ¿Acaso llevaba pantalón corto en BUP y no quiere que se sepa? No sé, no sé… ya digo, a mí me sobrepasa. No soy capaz de entender cómo ha podido suceder. Y mira que he intentando encontrar una teoría, pero todas se vienen abajo cuando el factor Pacino entra en escena. Porque, vamos, digo yo que no habrá sido por pasta a estas alturas…

Total, que me quedo con la duda. De la película mejor ni hablamos. Es lo peor que he visto en mucho tiempo. Un thriller sin pies ni cabeza, plagado de tópicos (baste decir que Al Pacino es un psiquiatra especializado en criminales en serie), con agujeros en el guión del tamaño de la provincia de Soria, y con unos personajes para los que la unidimensionalidad supone un grado de complejidad inalcanzable. Así que, por supuesto, mi recomendación es que nadie pierda ni 5 minutos en ver este bodrio (salvo para alucinar tanto como el guionista con el caballo con caspa). Eso sí, se admiten teorías sobre cómo es posible que estas cosas sucedan. Yo, de momento, me rindo.

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Somos la excepción, no la regla

Un poquito de reflexión ahora que llega el fin de semana, y todos tendremos tiempo suficiente para tocarnos las narices o, en su defecto, comprarnos una tele de plasma. Porque lo cierto es que vivimos en un parque de atracciones, por mucho que nos empeñemos en pensar que la vida es superdifícil, que nuestro trabajo es superduro, o que criar a un hijo es superimportante. En la conferencia “The singularity summit”, Raymond Kurzweil mencionaba algunos datos que hoy nos parecen increíbles pero que, según dice el sesudo orador, son ciertos:

    - La esperanza de vida actualmente es de 80 años (y subiendo)
    - En 1900 era de 48 años
    - En 1800 era de 37 años
    - En 1400 era de 30 años
    - En el antiguo Egipto era de 20 años
    - … y cuando nuestra especie apareció hace 20.000 años (con los Cro-magnones), la esperanza media de vida era de 18 años

He oído decir muchas veces eso de que “no es natural que un padre tenga que enterrar a su hijo”. Ya te digo. Lo natural, de hecho, es que tenga que enterrar a bastantes. También se dice que una persona de 18 años todavía está formándose. Tal vez la Naturaleza no esté muy de acuerdo con eso, a juzgar por la vida media que tendríamos en un entorno “natural”. Lo peor no es que esas cifras se correspondan con un pasado tan reciente en términos “de especie”, sino que hoy día se siguen cumpliendo en muchos lugares del planeta. Pero, claro, nosotros somos superespeciales. Hala, ahora a pensar qué hacemos el fin de semana. No sea que al final nos tengamos que quedar en casa y estemos tirando nuestra vida.

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Música para un paseo por la frontera

Aquí hay dragones
Grupo Salvaje
Antonio Serrano - Armonitango

Valoración:   

Cuando empecé a escuchar “Aquí hay dragones” de Grupo Salvaje, un escalofrío me recorrió la espalda. Se me puso la gallina de piel. Las orejas se me pusieron de punta, y el pico curvado. ¿No era aquella música que yo escuchaba, acaso, la banda sonora perfecta para la (magistral, genial, extraordinaria, fundamental) novela de Cormac McCarthy “Todos los cabellos hermosos”? Quise sentarme para escuchar todo el disco con más calma, pero el metro iba lleno y una señora mayor me ganó el último asiento libre por la mano. A juzgar por la agilidad que demostró, no entiendo por qué habría tenido yo que cederle el sitio. Pero eso no me detuvo en mi propósito: tenía que seguir escuchando aquel disco que, al menos en sus 5 primeros minutos, me había sonado a pura frontera, a caballo galopante y vida desordenada más allá del río Pecos.

Pero no. Había sido sólo un espejismo. O no, un espejismo no porque las dos primeras canciones estaban ahí, y eran buenas, sonaban bien, sonaban a lo que tenían que sonar. El problema era que el resto del disco no acompañaba. El resto de las canciones, qué pena, sonaban más falsas. Ya no estábamos en la frontera sino en un bar; el caballo galopante se había convertido en una camioneta Chevrolet, y el río Pecos empezaba a parecerse demasiado al Manzanares (porque, para quien no lo sepa, Grupo Salvaje es de-aquí-de-Madrid).

Así que lo que parecía un golazo por la escuadra se ha quedado en un tiro al poste. Habrá que afinar la puntería, porque ya digo que hay cosas que prometen, pero de momento este “Aquí hay dragones” no pasa de ser un disco correcto. Le doy un 3 porque esas dos primeras canciones merecen guardarse para poder escucharlas en esos momentos de saturación urbana, cuando uno cambiaría su abono transporte por un rancho de 10.000 acres en el río Pecos junto con un lote de 500 cabezas de ganado y una nativa de 18 años retozando alegre por la pradera con una tobillera por toda vestimenta. ¡Ah, si los abonos transporte pudieran conseguirnos esos pequeños sueños! Sí, lo sé: la vida es injusta. Ya lo decía Scar al empezar “El Rey León”. Y eso que él ya vivía en una pradera enorme y tenía un montón de periquitas-leonas a su disposición. Al final, va a resultar que lo que tenemos siempre nos parece poco. A ver si va a ser por eso por lo que a mí me han parecido poco las dos canciones de Grupo Salvaje… No sé, a lo mejor debería haberles puesto un 4. Pero ya digo: la vida es injusta.

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Do he bebido dada, lo brometo

La Naturaleza también se taja. Para entender el vídeo es necesario saber que la amarula es un fruto que, cuando se cae del árbol, alcanza rápidamente una graduación alcohólica de unos 17 grados. Cuidadín.

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Y ahora que a nadie se le ocurra hacer el experimento con el canario.

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La novela que pudo ser y no fue

La piel fría
Albert Sánchez Piñol

Editorial Quinteto

Albert Sanchez Piñol - La piel fria
Antes de leer “La piel fría” ya había oído hablar mucho de ella. Vivía yo en Cataluña cuando salió esta novela, y hubo una época en la que (al menos allí) se convirtió en una especie de Código Da Vinci con barretina. Todo el mundo la había leído, todo el mundo la encontraba maravillosa, todo el mundo se había rebelado de la vida tras su lectura, todo el mundo era superespecial. Bueno, esto último en Cataluña y en Navalcarnero. Recuerdo un par de críticas que leí, y que decían dos cosas que me llamaron la atención. La primera era algo así como: “Como todas las grandes obras, ‘La piel fria’ es una novela difícil de explicar”. Yo pensé: bueno, “El jugador” de Dostoievsky no es difícil de explicar, pero en fin… La segunda crítica decía: “Puede gustar o no gustar, pero no dejará indiferente a nadie”. Esta me llamó la atención porque nunca he entendido si los críticos dicen esa frase como algo bueno o como algo malo, y en cualquier caso es un topicazo que he escuchado cienes y cienes de veces aplicado a sujetos tan diversos como, por ejemplo, Calixto Bieito o Julio Salinas.

Pues bien, después de haberme leído “La piel fría” debo decir que no me parece difícil de explicar y que, al menos a mí, sí me ha dejado indiferente. No es que haya estado indiferente mientras la leía, pero la sensación que me ha dejado al final, si la considero como un todo (como algo “holístico” que diría alguien que yo conozco), no me ha dado ni frío ni calor. Me ha dejado la piel templada (ja, ja, ja!!! es que soy un cachondo… no dejo pasar ni una!!!). Empezaré por demostrar lo de que no es difícil de explicar: un tipo que quiere alejarse del mundanal ruido llega a una isla remota donde sólo vive otra persona (el farero), pero pronto descubre que en la isla hay unos bichos malísimos que se lo quieren comer a él y al farero; ambos se defienden como pueden y mantienen una convivencia tensa a causa del asedio de los bichos. Fin. No ha sido difícil, ¿no? Pues no hay más.

Pero seamos justos: la novela arranca muy bien. Es la típica novela de aventuras que se escribía hace años (o siglos), muy bien narrada, muy bien ambientada, que crea un clima de misterio (de miedo, más bien) que te envuelve y te mantiene enganchado a la lectura. El asedio diario de los bichos se convierte en un martirio para el propio lector, que lo espera con tanta angustia como los protagonistas. La historia avanza así, sólida y bien construida, durante la primera mitad del libro. Pero entonces se atasca. Vale, los bichos dan miedo, y la defensa del faro deja a Numancia a la altura del betún, pero llega un momento en que uno se cansa un poco del esquema “miedo al ataque – ataque – reparación de los daños – miedo al ataque – ataque…”. Entran en juego entonces las reflexiones filosóficas, las descripciones paisajísticas, y en general la parte psicológica de la historia. Y ahí es donde, bajo mi punto de vista, todo empieza a desmoronarse.

Supongo que el rollo de la guerra de Irak habrá ayudado mucho a que esta novela se pusiera de moda, porque toda ella da vueltas alrededor del conflicto, del enfrentamiento con un enemigo al que no se conoce (ni se quiere conocer, porque si lo intentas te muerde el peroné), pero con el que finalmente no queda más remedio que entenderse (o eso sugiere el protagonista en determinados momentos) aunque no se sepa muy bien por qué. La segunda mitad de la obra, pues, se dedica principalmente a ese tipo de divagaciones sobre la naturaleza humana, la supervivencia, y el concepto de “otro” (mira tú, como en la novela de Benacquista que critiqué hace poco). La acción decrece y la reflexión crece. Muslo creciente, falda menguante, que diría Alfredo Landa. El caso es que la novela va perdiendo interés y, además, cuando llega el momento de la verdad (el final), el autor se escaquea por la puerta trasera y nos deja con la historia tan abierta como al principio. Sí, ya sé, que cada uno construya su propio final, que el lector decida lo que ha de pasar… sí, vale, muy bonito, pero si quisiera pensar mi propio final, por un poquito más pienso mi propia historia completa y me ahorro los 7,55 euros que me costó el librito de marras.

Para terminar, y por una pura cuestión de manía personal, no quiero dejar pasar la ocasión de criticar algunos vicios estilísticos en los que el autor cae con demasiada frecuencia (para eso son vicios). Para empezar, se nota que le gustan los juegos de palabras, y en concreto los juegos de opuestos. Se dedica a aplicar la lógica booleana a las ideas, jugando con esquemas del tipo: si (a=b), entonces (-a=-b). O, buscando la sorpresa en el lector inteligente: si (a+b=c) entonces (a+c=b) !!!! En fin, que el autor es juguetón. Lo deja claro en el primer párrafo de la novela, cuando dice:

Nunca estamos infinitamente lejos de aquellos a quienes odiamos. Por la misma razón, pues, podríamos creer que nunca estaremos absolutamente cerca de aquellos a quienes amamos.

Pero, como digo, es un recurso del que abusa demasiado. Por ejemplo:

Antes los hombres escondían armas, ahora las armas escondían hombres.

Batis Caffó tiene aquello que quiere y sólo quiere aquello que tiene.

Mi experiencia era que cuando un hombre pretende matar a otro no lo amenaza, y que cuando lo amenaza no pretende matarlo.

Ya no sufría el cansancio, el cansancio me sufría a mí.

Todas estas frases las marqué en las primeras 50 páginas, después ya me cansé. Pero creo que queda claro que al autor le gusta el recurso. Por cierto, que en una de estas frases también queda patente el fino sentido del humor del autor, que llama al farero de la isla “Batis Caffó”… me parto.

En esas primeras 50 páginas también se detectan algunos topicazos de 1º de Novelista. Por ejemplo, ¿qué hacer cuando narras una historia en primera persona y quieres describir al protagonista? No puede describirlo otro personaje, porque estás narrando en primera persona. Y no quedaría natural que el propio protagonista se pusiera a describirse a sí mismo… ¿o sí? Apliquemos el tópico número 29, y hagamos que el protagonista, en un momento de aburrimiento, se pregunte:

A fin de cuentas, ¿quién era yo?

Gracias a ese antiquísimo pero efectivo ardid, el protagonista ya puede describirse a sí mismo, y el autor se ahorra un montón de trabajo porque ya no tiene que describirlo por sus acciones, mediante diálogos, etc. Otrosí, el lector perezoso se ahorra un montón de lectura y encuentra sintetizada en dos párrafos toda la información relevante sobre el personaje. Todos contentos.

En otros casos, se nota que el autor duda de la inteligencia de sus lectores. Nos cuenta algo, pero no se queda tranquilo: ¿lo habrán pillado? Así que nos lo vuelve a contar. ¿Y ahora? ¿Lo habrán pillado ahora? Por si acaso, nos lo cuenta una vez más.

Abrió los brazos como un mago que muestra su inocencia; un gesto de jugador que renuncia a la partida, o de médico derrotado. Un gesto que me decía: yo no puedo hacer más, hasta aquí llegaban mis poderes.

Un mago, un jugador, un médico… pero, por si somos demasiado tontos, al final nos traduce las metáforas y nos los explica abiertamente. Gracias, majo.

Por último, hay algunas inconsistencias en la ambientación y en la construcción del protagonista. Éste, un irlandés que (hasta donde se nos informa), sólo ha viajado un poco por el norte de Europa, parece conocer parajes mucho más remotos cuando dice:

…gritaban con tonos insólitos, una mezcla de bramidos de hipopótamo y chillidos de hiena.

…una membrana más grande que las mariposas de Brasil.

Caramba, ni siquiera con los documentales del National Geographic (que, por cierto, en la época que recrea la novela creo que no existían) sería yo capaz de imaginarme cómo suena el bramido de un hipopótamo. Y hablando de geografía, hay algún catalanismo en la obra (“muy y muy gruesos”, traducción directa del “molt i molt” catalán).

Ya sé que puede parecer que me estoy ensañando con el autor (bueno, un poco), pero es que a mí los detalles me ponen muy nerviosito. Con lo que cuesta meter a los lectores en la historia, es imperdonable sacarlos por esos pequeños descuidos. Es como cuando en una película se acuestan el tío y la tía de turno, y los planos del revolcón llegan justo hasta la cintura de él y hasta el canalillo de ella. Si no quieres enseñar la escena del casquete, no la enseñes, pero no la hagas con tanto truco porque el espectador (al menos yo), en lugar de seguir la película, se distrae admirando la maestría del cámara y el montador, que consiguen ajustar el planto siempre justo hasta la tangente de las partes delicadas. Dicho esto, y para ser sincero y sobre todo justo, “La piel fría” está, en general, muy bien escrita. El vocabulario es amplio, el ritmo adecuado, la construcción de las frases comedida. No es el estilo el problema de esta novela, sino la falta de “remate”. Y parte del problema es, precisamente, lo bien escrita que está y lo alto que pone el listón la primera mitad de la obra. Si hubiera mantenido ese nivel hasta el final, estaríamos hablando de un clásico. En vez de eso, ahora estamos hablando de chorradas. Aunque, para volver a ser sincero y justo, yo hablaría de chorradas incluso criticando un clásico. Como el escorpión: es mi carácter.

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Lo que necesitas no es amor… es Photoshop

Ya te digo… el día que inventen el Photoshop para la vida real, se acabaron nuestras penas. El vídeo se puede ver haciendo clic aquí

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Tener conciencia es malísimo para la salud

La vida de los otros
(Das Leben der Anderen)


La vida de los otrosDirigida por Florian Henckel
Con Martina Gedeck, Ulrich Mühe y Sebastian Koch

Tener conciencia es, en efecto, malísimo para la salud. Tener conciencia y ser comunista resulta casi fatal. Y si eres un comunista de la antigua RDA, entonces has firmado tu sentencia de muerte. “La vida de los otros” nos demuestra esta triste máxima.

La película, por si alguien no lo sabe, es alemana. Alemana de ahora, pero alemana. Eso quiere decir que, viéndola en versión original, uno se pasa 2 horas acojonado. Porque cuando escuchas a alguien amenazar en alemán ya no duermes durante un mes. Vuelven las pesadillas de la infancia, cuando en sueños nos atormentaban las imágenes de la selección femenina de natación de la República Democrática Alemana. “La vida de los otros”, por cierto, no aclara por qué las mujeres de la RDA tenían bigote, pero nos deja claro que ese era el menor de sus problemas.

Dejando a un lado el cachondeo (bueno, no del todo), me ha gustado mucho esta película. He sentido una envidia insana, que es la única envidia posible, comparándola con las películas que suelen abanderar nuestro cine patrio, y que normalmente basan su atractivo artístico en la aparición de actores recientemente encaramados a la fama gracias a alguna serie de televisión. Creo que, en la relación “calidad de nuestra Historia” y “calidad de nuestro cine histórico”, somos el país más lamentable del mundo. “La vida de los otros” es un muy buen ejemplo de cómo se puede afrontar un período bastante turbio del pasado nacional, y abordarlo sin cachondeo y sin remordimientos, simplemente contando una historia y dejando que los hechos hablen por sí mismos. ¿Y cuál es esa historia? Vamos allá.

Un dramaturgo que vive dentro del “sistema” en la antigua RDA (aunque con ligeros toques contestatarios, que le son permitidos porque para eso es un artista) se encuentra de golpe expuesto a la realidad moral de su país: un amigo suyo, antiguo director de teatro que fue vetado por adherirse a un manifiesto antigubernamental, se suicida. Este triste suceso le abre de repente los ojos y le hace tomar conciencia de su parte de responsabilidad en el mantenimiento del sistema. No es que descubra nada, porque él siempre ha sabido cómo funcionaban las cosas, pero ahora ya no tiene el valor, o, mejor dicho, la desidia necesaria como para mirar hacia otro lado. Y así, enfrentado por fin a la realidad que siempre había ignorado, decide hacer algo para cambiar las cosas.

Pero el auténtico protagonista de la historia no es ese dramaturgo renacido moralmente, sino un personaje mucho más gris y, sin embargo, mucho más memorable: el agente de la Stasi encargado de vigilarlo. Este hombre, un fundamentalista del sistema policial que dirigía la RDA, también va reconsiderando su posición en dicho sistema a medida que la película avanza, y él va descubriendo la parte “humana” de la historia, las pequeñas cosas, los pequeños afectos, las pequeñas miserias que transforman en personas individuales a los ciudadanos comunalizados que él espía. Es, como digo, un personaje memorable. Porque no es absolutamente bueno ni absolutamente malo, aunque llegado el momento crucial tendrá, por supuesto, que tomar partido. Pero es un personaje real, uno se lo imagina viviendo aquella época, bajando a comprar el pan cada mañana (si había pan, claro, porque los comunistas es lo que tienen), conduciendo su impoluto Lada de casa al trabajo y del trabajo a casa. Contemplando su mirada neutra y distante, también uno entiende cómo es posible que ese tipo de regímenes sobrevivieran durante tanto tiempo.

Porque, aunque es triste admitirlo, las dictaduras no se mantienen durante décadas porque un 1% de la población mantenga acochinada al otro 99%. Esa situación puede mantenerse unos meses, unos años como máximo. Pero cuando algo perdura tanto tiempo, la proporción tiene que estar más nivelada. Y entonces son ya las “personas normales”, incluso las “buenas personas”, las que tienen que ponerse del lado del Mal para que la cosa se mantenga en pie. Wiesler, el agente de la Stasi, era una de esas buenas personas. Sólo que él no lo sabía.

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Estamos rodeados de gilipollas (capítulo 5)

Que penitaPor si a alguien se le había ocurrido comprar la novelita “Sucedió en el AVE”, aquí va el enlace al artículo que Rafael Reig publicaba sobre la susodicha obra en su sección semanal “En primera instancia” en la revista “El Cultural”. Mencionaba Reig en ese artículo la semana pasada que la novela en cuestión iba por su 3ª edición, pero leía yo hace unos días en el periódico (precisamente en otro artículo firmado por Reig, que parece estar abanderando la justísima causa de poner en su sitio a este tipo de “fenómenos” literarios) que ya están a punto de sacar la 5ª, y que lleva unos 50.000 ejemplares vendidos. Eso sí que es un misterio y no los de Agatha Christie.

Suscribo lo que decía Reig en el periódico, en el sentido de que yo tampoco estoy en contra de las “operaciones mediáticas” que algunas editoriales fabrican para disparar las ventas de una novela. Lo único que pido, sumándome a Rafael Reig, es que hagan ese tipo de operaciones con novelas buenas. Caramba, si hay muchísimas, tampoco es tan difícil encontrar una. Como no quedaría bien que Reig lo dijera, ya lo digo yo: cualquier novela de las suyas sería una dignísima candidata a ser mega-hiper-ultra-promocionada, y los miles de lectores atraídos por los focos publicitarios obtendrían, además de una lectura entretenida, una capita de barniz literario-cultural, que nunca viene mal para moverse por este valle de lágrimas.

Por eso, porque hay muchas buenas novelas que pasan desapercibidas, no puedo dejar de protestar porque las mismas editoriales que no prestan ninguna atención a esas buenas obras, dediquen sus presupuestos de marketing a promocionar chorradas infantiloides que ni siquiera sirven para ejercitar el hígado, mucho menos el cerebro. Vuelvo a poner el enlace al artículo de Reig, tan recomendable como siempre, que puede leerse haciendo clic aquí.

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