Otro
Tonino Benacquista
Editorial Lengua de Trapo
Juro por la perilla de Coetzee que cuando me compré este libro no sabía muy bien de qué iba. Había leído una buena crítica, me llamó la atención (lo reconozco) la referencia a Houellebecq en la contraportada, y me tiré a la piscina, a ver si el agua estaba buena. ¿Y a cuento de qué vienen todas estas aclaraciones cuasi defensivas antes de ponerme a criticar ferozmente? Pues vienen a cuento de que, cuando sólo llevaba 10 páginas de la novela, me encontré ante dos personajes con 40 años casi recién cumplidos que un día se conocen por casualidad y que, animados por la euforia de una borrachera tonta, cruzan una singular apuesta: cada uno debe conseguir, a sus 40 tacos, convertirse en otro. No en “el otro”, sino en otra persona. ¿Es eso posible? Bueno, de eso trata la novela.
La obra tiene, pues, dos personajes principales, y de hecho está estructurada de tal manera que se alternan los capítulos dedicados a uno y a otro. Personalmente, me declaro admirador de Nicolas Gredzinsky, un tipo gris que trabaja en un gran grupo empresarial francés (yo diría que es Vivendi) y que, después de esa primera borrachera con el otro protagonista (Thierry Blin), descubre los múltiples y variados poderes del alcohol y ve tan asombrado como el lector cómo su vida va cambiando radicalmente. En cuanto al otro personaje, Blin, es un enmarcador de cuadros dueño de su propio (y modesto) negocio, que se toma la apuesta a pecho y se lanza a un complejo proyecto de cambio de vida, o más que eso, de cambio de identidad, de esencia, de cambio de sí mismo.
El planteamiento, hay que reconocerlo, es realmente atractivo. No sólo para los que rondamos la edad de los dos protagonistas (aunque eso le añade un aliciente extra a la lectura), sino para cualquier lector que alguna vez se haya preguntado si realmente está llevando la vida que quiere llevar, si él dirige su vida o si la vida lo dirige a él. Todos nos hemos hecho esa pregunta alguna vez, antes o después de los 40 (y los que no se la hayan hecho ya se la harán), y yo creo que todos tenemos la sensación de que las posibilidades de cambio disminuyen con la edad. Blin lo resume en una frase que le suelta a Gredzinsky en el primer capítulo, durante esa borrachera que se cogen mano a mano. Dice, refiriéndose a los años de juventud:
Durante aquellos años nos construimos, y puede que aún nos queden treinta para comprobar qué tal lo hicimos. Pero ya nunca más seremos otro.
Esa sentencia es la que provoca, tras un bonito debate sobre el tema, la apuesta que desencadena toda la trama de la novela: ¿serán capaces Blin y Gredzinsky de convertirse en otro? Como ya dije antes, los dos protagonistas no se conocían antes de esa noche, y ambos acuerdan no volver a verse hasta dentro de tres años, en el mismo bar en el que ahora se están tajando. Será el momento de ver quién ha ganado la apuesta. Y así arranca la historia.
¿Qué pasa con el resto de la novela? Pues, en general, la novela es muy entretenida. El problema es que, a medida que pasan las páginas, se va quedando “solamente” en eso: en una novela entretenida. Que nadie me entienda mal: me encantan las novelas entretenidas. Es sólo que el planteamiento inicial de “Otro” anunciaba (o al menos así lo interpreté yo) una reflexión un poquito más profunda sobre la posibilidad de cambio, sobre si realmente llega un momento en la vida de una persona a partir del cual ya no es posible ser otro, vivir de otra manera, poner todo patas arriba y volver a empezar. La obra habría sido mucho más interesante si, además de narrarnos las peripecias de Blin y Gredzinsky en su proceso de renacimiento, nos diera un poco de material para meditar de tanto en tanto, algo que fuera más allá de la mera aventura, de la comicidad que supone ver a dos “peces fuera del agua” luchando contra sí mismos. A pesar de eso, insisto, la novela es divertida, está muy bien escrita y mantiene el interés durante todo el desarrollo. Como decía antes, Gredzinsky se ha ganado un hueco en mi particular panteón de personajes literarios admirables. Aunque al final, como también le pasa a la novela en general, se repite un poco y termina por convertirse en una caricatura de sí mismo… o de su otro mismo. ¿Es eso una moraleja? Yo diría que no. Pero vete tú a saber qué diría mi otro. El día que lo encuentre se lo pregunto, si es que finalmente es posible eso de convertirse en otro a partir de los 40. Lo que es cierto es que, después de leer “Otro”, a uno le entran las ganas de intentarlo.





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