Archivos del Mes para June, 2007

La ración semanal de Reig

La semana pasada, en su sección “En primera instancia” de la revista “El Cultural” (los jueves con “El Mundo”), Rafael Reig le daba un poquito de cera al celebérrimo psiquiatra Luis Rojas Marcos, y por extensión a todos los libros de autoayuda basados en principios tan simples que cualquier estudiante de 1º de ESO ya debería haber aprendido por experiencia propia.

Reig también lanzaba algunos certeros dardos contra buena parte de la intelectualidad de estos días, que se dedica a defender causas que nadie podría atacar, y a “opinar” (muy acertada la definición de este término que incluye Reig en su artículo) sobre principios incuestionables sin reparar en que eso es en sí mismo una contradicción, y por extensión una estupidez. Creo que fue Umberto Eco el que dijo que él nunca salía a manifestarse a favor de la paz, o en contra el hambre, porque manifestarse en pro de causas que nadie en su sano juicio podría atacar es una monumental pérdida de tiempo, amén de un síntoma de debilidad mental.

En una sociedad formada por personas que supieran utilizar su cerebro para lo que ha sido diseñado, es decir, para pensar, los artículos de Rafael Reig resultarían obvios y aburridos. En esta sociedad nuestra, sin embargo, Reig es una especie de paladín del sentido común en medio de una horda de patanes. In Reig we trust.

Me olvidaba: el artículo se puede leer haciendo clic aquí.

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El mundo en 7 fotos

Otra de fotos graciosillas. Las 6 primeras están bien, pero la última es única. Estos gringos…

Sólo en Japón

Tokio

Sólo en La India

India

Sólo en México

México

Sólo en Tailandia

Tailandia

Y, finalmente… sólo en Estados Unidos

EEUU

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En busca de la alegría de vivir

We’ll never turn back
Mavis Staples
Mavis Staples

Valoración:   

Hay una cierta contradicción en que la música negra sea, de alguna manera, la música más alegre que existe. Desde las canciones religiosas hasta las canciones de fiesta (desde los espirituales hasta el jazz) toda esa música salida de barracas habitadas por esclavos, de barrios marginales y de clubes subterráneos resulta ser la más festiva que se ha producido en los últimos siglos. Cuesta trabajo creer que todas esas canciones hayan crecido alimentadas por latigazos y miseria, por sufrimiento e injusticia, cuesta trabajo llevar el ritmo con el pie, que se va solo, e imaginarse cómo toda esa felicidad de vivir proviene, precisamente, de vidas difíciles y crueles, vidas donde ni siquiera era concebible la existencia de un Dios misericordioso.

Y, a pesar de todo eso, la música surgió así, poderosa, llena de vida, casi desafiante, y así nos la canta ahora Mavis Staples, con un estilo personal y también poderoso. Música del delta del Mississippi cantada por una voz de la tierra que se hunde en las notas y las revive, nos las ofrece con esa alegría contagiosa que nos hace chasquear los dedos mientras las escuchamos, nos transporta a una vieja iglesia de madera, una mañana no muy fresca al sol del verano, donde todos cantan a ese Dios que no hay dios que pueda entender, un Dios que los ha puesto en manos de una panda de energúmenos paletos que los castigan, los maltratan, los torturan y los matan, y sin embargo aquí están los que sobreviven cada domingo, cantándole a ese mismo Dios unas canciones imposibles, felices, llenas de fiesta y pasión por la vida. Por el simple hecho de estar vivo y poder cantar esa música. El Mississippi pasa tranquilo, cae la tarde sin prisa, y la música sigue sonando.

Todo eso nos trae este exquisito disco de Mavis Staples. Todo eso y mucho más, porque cuanto más se escucha más cosas nuevas se descubren. Pero cuidado: no es este un disco para buscar nuevas pistas ni para descubrir recursos sutiles. Mavis Staples canta música de siempre, espirituales salpicados con jazz básico y guiños de blues, pero en esto de la música, como en casi todo, lo difícil no es hacer cosas difíciles. Lo difícil es deshacerse de lo superfluo, elegir lo esencial, combinarlo de una manera estéticamente bella, y dejar que lo demás venga por sí solo. Yo me pasaría una noche entera remojándome los pies en el Mississippi con Marvis Staples cantando en el jardín de al lado, y cuando volviera a amanecer las cosas serían más fáciles. Sería cuestión de pasar un día más, volver al río por la noche, y volver a escuchar la música. El mismo río, la misma música. Y mañana, Dios dirá.

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Mis novelas llegan a Japón

Como en España hay mucho vago que se inventa las más peregrinas excusas para no comprar un ejemplar (al menos) de cada una de mis novelas, mi editor ha tenido que irse hasta Japón. En efecto: “El caos y los amores infinitos” está a punto de desembarcar en el Lejano Oriente con motivo de la Feria Internacional del Libro del país amarillo, que en este año 2007 se celebrará del 5 al 8 de julio en Tokio.

Así que, a partir de ahora, como vea a un japonés con mi libro y después venga algún supuesto amigo a decirme que no puede conseguirlo, me voy a cagar en todas sus muelas (en las del amigo, no en las del japo, al que Confucio y Buda guarden muchos años y guíen con idéntica sabiduría a la que él mismo ha demostrado, en tanto en cuanto). Que lo sepáis.

Los incrédulos pueden comprobar lo que digo en la página oficia de la Feria(está hacia mitad de la página, en el apartado de Ellago Ediciones): www.bookfair.jp/digest/tibf10.html. Aquí va una captura de pantalla, donde podéis ver que los charlies le han puesto un precio muy atractivo de 2591 yenes. Una ganga.

Ganga en Japón

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Real, aunque no lo parezca

Alpha Dog
(Alpha Dog)


Alpha DogDirigida por Nick Cassavetes
Con Emile Hirsch, Alec Vigil, Justin Timberlake, Bruce Willis, Sharon Stone

Esta es una de esas películas basadas en hechos reales que, si no fuera por eso, nos dejaría bastante indiferentes. Porque la película en sí carece de la fuerza y la emoción necesarias para provocarnos alguna reacción. No hay personajes a los que odiar ni a los que querer, no hay una historia que nos haga reflexionar o que nos intrigue, no hay nada que no hayamos visto cientos de veces en otras películas o incluso en el telediario. Pero, insisto, el hecho de que esté basada en un caso real le da un carácter casi documental que hace que la veamos con otros ojos, porque la tragedia que en un plano puramente ficcional sería una pachanga se convierte en un auténtico drama cuando nos recuerdan que realmente sucedió, que realmente murió un chico de 16 años por culpa de la estupidez colectiva de docenas de personas que, acostumbradas a que “nunca pasa nada” o que “nada es de verdad”, dejaron que las cosas fueran pasando hasta que al final todo terminó de la peor manera posible.

La historia, repito, está más que vista: un grupo de adolescentes y jóvenes de Los Ángeles que tontean con las drogas y la violencia (nada serio, todo muy “clase media”) se enfrentan por una deuda que uno de ellos contrae con su camello habitual. La deuda es ridícula, y todo debería haberse solucionado en una mañana yendo al cajero automático con la tarjeta de papá, pero de repente todos empiezan a comportarse como ellos creen que los demás esperan que se comporten: como en las películas. Y así pasamos de la deuda a un secuestro, y de ahí a amenazas de muerte, y de ahí al asesinato del hermano del deudor, un chico de 16 años que también pasa por todo eso como si estuviera en una película.

Nadie quiere estropear el juego. Nadie quiero quedar como un cobarde. Nadie quiere ser el primero en retirarse de la locura colectiva y ser tachado de “flojo”, y así las horas pasan, el chico es llevado de una fiesta a otra, es visto por docenas de amigos de sus raptores, pero todo el mundo se toma la cosa a broma. Es divertido eso de secuestrar a alguien. Es divertido que te secuestren (“es algo que contaré a mis nietos”, dice en un momento dado el chico). Es divertido ser un tipo duro y tener pistola y comportarse como los tíos de la tele. Y cuando la cosa deja de ser divertida, cuando se dan cuenta de que realmente han secuestrado a alguien y que eso puede llevarles a la cárcel de por vida, ¿qué pueden hacer? O, mejor dicho, ¿qué hacen en las películas cuando eso pasa? Eliminan a los testigos, no dejan cabos sueltos, frases hechas y comportamientos hechos que los protagonistas de esta triste historia siguen al pie de la letra.

Cuando todos reaccionan, cuando todos se dan cuenta de que la vida no es una película, ya es demasiado tarde. Y entonces llueven las preguntas, que en realidad son sólo una: ¿cómo es posible que haya pasado esto? Nadie sabe qué decir. Chicos que viven en casas normales, con padres normales, con vecinos normales (dentro de lo “normales” que pueden llegar a ser en Los Angeles), pero a los que nadie ha enseñado que la vida real va en serio. Para lo bueno y para lo malo, la vida es, como la Coca-cola, “the real thing”. Eso no lo enseñan en el colegio. Ahora tampoco lo enseñan los padres. Así que cada uno tendrá que aprenderlo a su manera. En el peor de los casos, no lo aprenderá nunca y la vida será una tortura insufrible. O, como el chico de esta película, lo aprenderá cuando otros que están aprendiendo le peguen un tiro.

Volviendo a la película, y como decía al principio, no hay nada que destaque especialmente. Los protagonistas están bien interpretados, y hay aportes puntuales de actores con tablas (Bruce Willis, Sharon Stone) que ayudan a que el conjunto quede lucido. Pero falta vida. Tal vez porque lo que el director quería, precisamente, era transmitir la vida ficticia que los propios protagonistas de la historia estaban viviendo. Es una película sobre unos chicos que vivían como en las películas. En cualquier caso, el resultado final es dudoso. Si no supiéramos que la historia que nos cuentan ha sucedido realmente, la película cojearía mucho. Sabiendo que la historia es real, la verdad es que deja una sensación incómoda. La sensación de que, a pesar de todo, la historia se repetirá. Y, probablemente, muchas veces. Son los tiempos que toca vivir.

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La vida es así, somos 11 contra 11, y otras ideas de gran interés

Divorcio a la francesa
Diane Johnson

Punto de Lectura

Diane Johnson - Divorcio a la francesa
El editor de mi primera novela me decía un día que, en general, hay tres tipos de novelas: las que hablan de cosas que forman parte de la vida, las que hablan de cosas que están “por encima” de la vida, y las que hablan de cosas que simplemente están de moda. Ejemplos: una novela sobre la incomunicación, una novela sobre el amor (no sobre UN amor), y una novela sobre un inmigrante homosexual que descubre un pergamino de los templarios. “Divorcio a la francesa” (por cierto, que se apunte una el traductor del título, dándole ese toque de Alfredo Landa a una novela que en inglés se titula simplemente “Le divorce”) pertenece al primer tipo. El título, de hecho, no es una metáfora ni un guiño creativo. La acción gira en buena parte alrededor del divorcio, que nunca termina de producirse, de una americana que vive en París después de haberse casado con un gabacho (primer error, claro). Embazarada de su segundo hijo, y recién abandonada por su marido, pide ayuda a su hermana menor (y gringa como ella) para que vaya a pasar una temporada a París y le eche una mano en tan delicada coyuntura.

La hermana llega y empieza a sorprenderse de todo. Hay que ver cómo son estos franceses, hay que ver cómo montan en bicicleta, hay que ver cómo llevan la boina en la cabeza, hay que ver cómo pasean por la noche sin bandas de raperos que los balaseen desde un Cadillac… Y no digo yo que eso no sea sorprendente para una paleta americana, pero la verdad es que a un lector español todas esas “singularidades” de los gabachos lo dejan bastante indiferente. Aquí también tenemos bicicletas, y boinas, y también paseamos por la noche sin que Billy El Niño nos salga al paso para darle gusto al gatillo.

Partiendo de esa falta de sintonía cultural con la autora, la novela resulta un poco aburrida para un europeo. Todo el conflicto que se crea alrededor del famoso divorcio, y que la protagonista contempla ojiplática porque le parece que los franceses se lo toman con demasiada filosofía, a mí me ha parecido una chorrada de talla XL, tal vez porque no soy adventista del séptimo día ni moralmente hipócrita (o, al menos, no tan moralmente hipócrita como el gringo medio). Total, que a medida que iba pasando páginas, “Divorcio a la francesa” me iba interesando menos y menos. La protagonista va contándonos sus aventuras en París dejando caer aquí y allá reflexiones sobre la sociedad moderna, sobre las relaciones de pareja, sobre las diferencias culturales entre americanos y europeos, y, en general, sobre todo lo que se le ocurre. Pero todo lo que se le ocurre son cosas que, como decía al principio, pertenecen al “primer tipo”: cosas que forman parte de la vida. Y será que a mí 40 años ya me parecen muchos, pero yo creo que si uno ha prestado un poco de atención a su propia vida y a las vidas de todos los que se han cruzado en su camino a lo largo de esos 40 años, es difícil encontrar reflexiones sobre las cosas cotidianas que realmente te aporten algo nuevo.

No obstante, todo esto es una cuestión de gustos. Quien guste de leer sobre las cosas que están “dentro” de la vida encontrará en “Divorcio a la francesa” una buena novela, escrita con solvencia, y pasará páginas como perro siguiendo las peripecias de esta joven americana que descubre el glamour y la gorrinería tan propios de nuestros vecinos. Pero, como creo que ya he dicho en muchas ocasiones, este blog es mío, y yo doy las calificaciones. Y le doy un 1 porque a mí no me gustan las novelas que sólo se limitan a describir la vida, las cosas que están “dentro” de la vida, y no se mojan (o no pueden mojarse) en sugerir una visión sobre por qué pasan, sobre qué sentido tienen, sobre si ni siquiera tienen un sentido. Al que no le guste, que proteste. Pero que antes de protestar haga clic en uno de los anuncios que hay en la página, que este mes quiero llegar a los 5 dólares de beneficio. Es para cambiar de moto. Porque, vale, la moto no está “por encima” de la vida, pero es muy útil. Tampoco vamos a ir ahora de superprofundos…

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Un mundo de mujeres

En efecto, el humor punzante y fresco, las bromas rompedoras sobre hombres y mujeres también tienen su hueco en 1y1y1. Es lo que tiene ser un intelectual, que los chistes que se te ocurren son siempre sutiles y profundos, con dobles lecturas. Reivindicando a los hermanos Calatrava, aquí va una colección de fotos que muestran cómo sería un mundo de mujeres. Mi favorita es la del conjunto de martillo y destornillador…

Parking

Velocímetro

Martillo

Bolos

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1y1y1 como propuesta de valor transversal cross-regional y multiplataforma

No sabía qué título ponerle a este artículo, así que he elegido una frase de la última presentación de Powerpoint que he hecho. A lo que vamos: he puesto una nueva tontería en el blog. Veréis que ahora, al final de cada artículo, aparecen unos botones para “votar”. No es exactamente una votación, sino más bien una valoración del artículo (“me ha molado”, “me ha inspirado”, “me ha divertido”, etc.). La explicación de los botones está en inglés, probablemente porque la empresa que los hace está en Oklahoma o incluso más lejos, si es que hay algún sitio que esté más lejos que Oklahoma. No obstante, supongo que los iconos son bastante explicativos. Si no, mala suerte.

He puesto este nuevo aditamento por dos razones: (i) me gusta poner colorines y chorradas en el blog, y (ii) es un sistema que quiero probar para otras cosas que estoy haciendo. Así que, aunque sé que la mayoría de los lectores del blog sois una panda de vagos que no comenta ni aunque yo pagara por ello (que no pienso hacerlo, por si alguien se estaba haciendo ilusiones), a ver si con este sistema de botoncitos os animáis a darle alguna vez… que ya no sé qué hacer, de verdad, que se le quitan a uno las ganas de ser bloguero y templar su corazón con pico y barrena. Dicho esto, ya sabéis cómo va el tema: hoy lo pongo, y a lo mejor mañana lo quito. Es lo que tienen las propuestas de valor transversales: que son muy traicioneras.

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El lugar equivocado en el momento equivocado

New York Shitty
Germán Sánchez Espeso

DeBolsillo

Germán Sánchez Espeso - New York Shitty
En Nueva York hay gente muy rara. En Almendralejo también, pero en Nueva York más. Hubo un tiempo en el que eso nos parecía sorprendente y divertido, y no hacía falta haber estado allí para compartir esa visión universal de Nueva York como un lugar único y… rarito. Todos hemos visto películas y leído libros en los que Nueva York se nos aparecía como una alucinante mezcla de Babilonia, El País de las Maravillas y un frenopático. Desde “Taxi Driver” hasta “La trilogía de Nueva York” de Paul Auster, pasando por todos los neoyorkinos que Woody Allen ha hecho desfilar por sus películas, la Humanidad ha ido conociendo a una colección de personajes que realmente sólo podrían habitar en ese lugar donde, según nos han contado, todo es posible. Pero, como pasa con todo, a base de verlo una y otra vez ya nos hemos acostumbrado a esa singularidad. Y, de hecho, ya no nos parece tan singular.

Ahí reside, precisamente, el problema de “New York Shitty”. Sin entrar a valorar si la novela es graciosa o no (a mí no me lo ha parecido en absoluto, pero para gustos están los colores y los chistes, y de hecho en la contraportada el crítico de “El País” la califica de “desternillante, descascarillante, descoyunturante, descacharrante, divertidísima, bárbara, chirriante… y porque no tengo más espacio”), la novela no se sostiene porque está construida sobre una serie de personajes que deberían resultar sorprendentes, cómicos y hasta histriónicos, pero que en realidad suenan casi a tópico porque, de una manera o de otra, ya los hemos visto en todas esas novelas y películas sobre Nueva York por las que desde hace años han desfilado los tipos más raros del mundo.

Con ese pasado común que nos ha formado la idea de que en Nueva York puede pasar de todo, ya no nos sorprende que nos cuenten que un ex matón de segunda se gane ahora la vida con una tienda de animales exóticos en la que tiene a un empleado del tamaño de un elefante que se masturba compulsivamente; o que una joven con una vida sexual de lo más animada comparta los detalles de ésta con su propia madre, que desde pequeña la ha animado a que la trate como si fuera su mejor amiga; o que un magnate de las lentillas con hemorroides esté casado con una mujer obsesiva que se apasiona por los temas más peregrinos; o que… Mejor no sigo, porque todos los personajes de “New York Shitty” son así. Cada uno va por su lado, tiene sus manías, sus problemas, sus miserias, aunque supongo que en algún momento todos ellos terminan entrando en contacto. Y digo “supongo” porque esta novela no ha pasado el corte de las 50 páginas (en realidad han sido 100, porque en total tiene más de 400 y me parecía injusto tomar una decisión con sólo 50).

Dicho todo esto, la narración es ágil, y abundan los diálogos y las acotaciones supuestamente punzantes, pero el problema es que lo que se cuenta con esa prosa bien construida no interesa en absoluto. Una novela de personajes con personajes que no sorprenden ni interesan tiene un grave problema de base. Porque no hay historia ni acción ni intriga que pueda compensar la falta de personajes que enganchen. En cierto modo, “New York Shitty” me ha recordado a las primeras películas de Almodóvar, donde el gran atractivo de la historia consistía en ver a un terrorista chiíta en Alcorcón, o a una portera testigo de Jehová, o a un taxista de dudosa sexualidad en su coche decorado de leopardo. En su momento pudo resultar novedoso, fresco, sorprendente (aprovecho para decir que a mí nunca me hizo ninguna gracia ese tipo de cine), pero desde luego hoy esa fórmula ya no sorprendería a nadie. “New York Shitty” llega con 20 años de retraso. Tal vez consciente de ello, y temiendo que la gente pudiera entender que “New York Shitty” era un simple ejercicio de humor basto basado en la caricatura y la sal gorda, el editor ha intentado atraer a los lectores más sofisticados subtitulanto sútilmenta la obra como “Una novela que te cagas”. ¿A que ahora ya resulta más atractiva?

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Estamos rodeados de gilipollas (capítulo 6)

Todas aquellas personas inteligentes que ya se han leído “AKA”, habrán podido comprobar que muchas de las predicciones que se hacían en esa novela se van cumpliendo a un ritmo que supera incluso los cálculos del autor. Por ejemplo, ya hay impresoras que imprimen un micro-código que permite identificar después los documentos que se han imprimido con ellas. O, también, el otro día se anunciaba que en Holanda va a empezar un reality-show que va a premiar al ganador con… un riñón para trasplantar (en AKA se mencionaba varias veces un concurso llamado “Un hígado para el mejor”… sí, vale, me equivoqué con la víscera). Superando incluso la ficción, en el programa real los holandeses tendrán la oportunidad de votar mediante llamadas telefónicas y SMS, que supongo que serán del tipo: Manda “Michael Riñón” al 5505 si quieres que el riñon vaya para Michael, o manda “Michael al hoyo” si quieres que el riñón vaya a otro concursante…

Total, que hoy me encuentro con una nueva muestra de lo gilipollas que se está volviendo el mundo, y nosotros aquí, contemplándolo tan ricamente. Fijaos en estas dos fotos:

¿Alguna diferencia? ¿Veis al negro (perdón, afroamericano) que sale en la primera foto a la izquierda, justo encima del hombro de la chica? ¿Lo veis en la segunda foto? ¿No? Explicación: la primera foto está retocada porque la Universidad de Wisconsin-Madison pensó que la foto real (la segunda) no transmitía la imagen de diversidad cultural y étnica que toda universidad moderna debe tener. Así que cogió la cara de un negro (perdón, hombre de color) y la plantó en un hueco, en plan “qué guapamente estoy aquí, en esta universidad moderna y multirracial donde la vida es un to-to-tómbola, de luz y de coloooooor”. Nótese que sin el negro (perdón, el miembro de la minoría étnica) todos los pollos que salen en la foto son blancos. De hecho, son más blancos que una aspirina. Vamos, que entre todos los fotografiados no juntan ni media jeringuilla de sangre morena.

Por supuesto, la foto que salió finalmente en la portada fue… la primera. La falsa. Y lo peor es que, según cuentan en el artículo donde he leído esta historia, hay más casos de instituciones, empresas, y campañas políticas que también han trucado fotos para darles ese toque de color que tantos votos y subvenciones atrae. Y, por cierto, ¿a que mola que todo esto haya pasado precisamente en la Universidad de Wisconsin, que es como el Lepe de las universidades?

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