¿Quién decía que yo era un pesado y un quejica?

Es cierto, esta semana estoy desatado y he escrito muchos artículos. Intentaré moderarme. Y (también) es cierto, muchos de vosotros ya habéis sufrido en carnes propias la turria que a veces me da por soltar sobre lo lamentable que es la industria editorial. A la mayoría os he contado cienes y cienes de veces cómo, después de mis primeros escarceos con editoriales, agentes y otras hierbas, no tardé en darme cuenta de que la relación entre la calidad de una novela y sus posibilidades de ser publicada es muy tangencial. De hecho, estoy empezando a pensar que no hay relación. Es como analizar cómo influye el clima de Arkansas en la secuencia de decimales del número pi. Y hoy, por fin, tengo pruebas de que estaba en lo cierto.

Por no aburriros nuevamente, resumo lo que he aprendido en estos últimos años. Cuando tienes una novela escrita y empiezas a mandar el manuscrito a las diferentes editoriales y/o agentes, te encuentras con 3 tipos de posibles situaciones: algunas no se lo leen y ni siquiera te contestan diciendo que pases a recogerlo antes de que lo tiren directamente a la basura; otras no se lo leen, pero te dan 15 días de plazo para que pases a buscarlo antes de que, también, termine en la basura; y otras no se lo leen, pero te contestan diciendo que se lo han leído y que, a pesar de ser una obra brillante, no les encaja en su “línea editorial” (¿qué línea editorial?, se pregunta uno cuando ve después lo que sí publican).

Entonces, ¿cómo consiguen publicar los que sí lo consiguen? Obviamente para mí es un misterio, porque si no ya habría copiado el método. Una vía es, obviamente, ser un autor conocido (no sólo por tu obra; ser primo de Belén Esteban también puede ayudar). Otra vía es conocer a un editor. Supongo que conocer a una banda de peludos con bates de beísbol, y poner ese hecho en conocimiento del director editorial, también servirá de algo. Más allá de eso, no tengo ni idea.

Vale. Llegados a este punto, muchos diréis: te quejas de vicio, no será para tanto, has tirado la toalla, soy superespecial jo tía (porque estoy seguro de que este blog también lo leen ese tipo de personas), etc., etc. Y, llegados a este punto, es cuando yo saco la noticia que salía el otro día en “El País”, y que podéis leer completa aquí. Os la resumo: un escritor inglés, harto de enviar manuscritos a editoriales sin ningún resultado, tuvo la paciencia y los santos huevos de teclearse unos cuantos capítulos de varias novelas de Jane Austen, entre ellas “Orgullo y prejuicio”, y los mandó a 18 editoriales firmando con un seudónimo. ¿Resultado? 3 silencios y… ¡¡¡15 rechazos!!!. Pero la cosa es peor, porque sólo uno de ellos apuntaba en su contestación que el manuscrito recordaba demasiado a la obra de Jane Austen. Los demás no sólo no mencionaron nada al respecto, sino que decían cosas como “es un libro interesante y su lectura ha resultado genial, pero no estamos interesados”.

Cuando el pollo descubrió el pastel y los medios se hicieron eco, las editoriales intentaron justificarse. Y la justificación venía a decir, básicamente, que… efectivamente no se leen los manuscritos “completos”. Y yo añado: ni completos ni incompletos. Si un tío cuyo trabajo consiste en decidir sobre la calidad literaria de una novela no reconoce a Jane Austen después de leer 10 páginas, es que ese tío tiene un problema grave, y que tal vez debería dedicarse a, pongo por caso, pillarse los cataplines con la tapa de un piano a intervalos de tiempo no superiores a 15 minutos. Deseo inútil, lo reconozco, como la queja. Pero al menos me he quedado a gusto. Sí, vale, intentaré contenerme para no inundaros de e-mails con lo de “hay un artículo nuevo en 1y1y1″. Pero es que con este no me he podido aguantar…

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