Archivos del Mes para December, 2007

Híbrido de camello y cabra

Once
(Once) – 2006

Once

Dirigida por John Carney
Con Glen Hansard, Markéta Irglová y Bill Hodnett

Valoración:

He aquí la prueba de que los prejuicios pueden llevar a conclusiones equivocadas. Porque si a uno le ofrecen el cachorro resultante del cruce entre un camello y una cabra, lo más probable es que rechace tan gentil oferta alegando alergia al pelo de animal, o deberes religiosos. Aunque también es cierto que ahí están las ratas-canguro, así que tal vez mi teoría cojee. Pero eso da igual, porque la mayoría de mis teorías cojean y eso nunca me ha acobardado.

Pero será mejor que deje de divagar y explique de una vez la metáfora: para mí, las películas “raritas” son el camello, y los cantautores lacrimógenos son la cabra. Así que cuando me dijeron que “Once” (por cierto, no es “once” en español, o sea “11″, sino “once” en inglés, o sea “una vez”, y que nadie me pregunte por qué le han dejado el título original cuando no aporta nada que no pudiera aportar la traducción, y además induce al malentendido), pues digo que cuando me dijeron que “Once” era la historia de un cantautor pobretón que se pasa la película de aquí para allá con una inmigrante checa en pleno Dublín, y que además era una historia “diferente” (o sea, “rarita”), pues alegué inmediatamente lo de la alergia al pelo de animal. Pensé: cantautor + inmigrante + rarito = Jarabe de Palo. Quita, quita. ¿Y además en Dublín? Pírate.

Pero el aburrimiento es muy malo, y las bronquitis son todavía peores. Y como me he tirado dos semanas atracándome a antibióticos, pues supongo que las neuronas han flojeado en algún momento y se han dejado arrastrar ante la pantalla para contemplar lo que (yo me temía) iba a ser una tortura intelectual. Y mira tú: me equivocaba.

Aunque, antes de que el sector progre y cinéfilo del blog empiece a frotarse las manos pensando que por fin voy a dejar de alabar todas las entregas de “La jungla de cristal“, aclararé que lo que me ha gustado más de “Once” ha sido la música, y no la peli en sí misma. Que me sigue pareciendo rarita, que quede claro. Pero hay que reconocer que es una rareza que le queda bien. La historia de un cantautor harapiento y una inmigrante checa que toca el piano pide a gritos un toque diferente. Y John Carney se lo sabe dar.

Y, dicho esto, no hay mucho más que contar. Porque pasar, pasar, lo que se dice pasar, en la película pasa más bien poco. Realmente el cantautor andrajoso va y viene, y la inmigrante checa viene y va, y de vez en cuando se cruzan y cantan unas canciones. La mayoría se quedan en canciones majas sin más, pero hay 2 o 3 que son realmente bonitas, nada del otro mundo (Do-Lam-Fa-Sol, o su variante sensiblera Lam-Rem-Sol7-Mi), pero cantadas con gusto de manera que, mezcladas con ese toque “rarito” del que hablaba antes, consiguen emocionar. También ayudan, por supuesto, los toques melodromáticos de toda la vida: ella es madre semi-soltera, tiene una madre supermaja que chapurrea el inglés, él todavía no ha olvidado a su antigua novia, tiene un padre de lo más entrañable, y en Dublin, en contra de lo que todos podríamos pensar, hace sol siempre y los días son preciosos. Un paraíso.

Y como ya digo que no hay mucho más que contar, lo dejo aquí. La película, a pesar de mis prejuicios, resultó ser bonita e incluso entretenida. Tiene momentos muy bien conseguidos, una música simple pero con corazón, y unos personajes que caen simpáticos. No se puede pedir más. O sí se puede pedir más, pero sin Bruce Willis en el reparto es imposible conseguirlo. No se puede tener todo. O sí se puede tener todo, pero sin Mel Gibson en el reparto es imposible conseguirlo. O sí, pero… vale, venga, ya lo dejo. Es que, desde que me he enterado que se retrasa el estreno de la séptima temporada de 24, vivo sin vivir en mí. Comprendedlo.

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Las mejores fotos del año 2007 de la NASA

Una colección espectacular. Yo sigo diciendo que, donde se pongan estas maravillas, que se quite ir a París a ver la Torre Eiffel, pero allá cada uno con sus manías. La única razón por la que mirar el cielo no se ha convertido en la principal atracción turística de la Humanidad es porque nadie gana dinero con ello. Lo que me lleva a pensar que, al final, va a ser mejor que lo privaticemos y se lo demos a Telefónica, que ya está acostumbrada a cobrarnos por cosas que deberían ser gratis.

A lo que vamos. Aquí pongo una selección de las fotos que más me han gustado. Para verlas a mayor tamaño, haced clic sobre cada foto. Y para ver todas las elegidas por la NASA, haced clic aquí.

[tags]fotografías del espacio, NASA[/tags]

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¡Fiesta!

Proof of Youth
The Go! Team

Proof of Youth - The Go! Team

Valoración:

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Me imagino un local de ensayo, uno de esos que están helados en las días fríos de invierno, cuando llegas el sábado por la mañana temprano para tocar un poco con los colegas. Un sótano cerrado con candados y cerrojos caseros, muchos y gordos, porque tienen que desanimar a los chorizos locales cuando piensen en pegarle una patada a la puerta y llevarse los amplis y la batería. Y tú medio dormido abriéndolos uno por uno, y encendiendo después los fluorescentes, quitando las sábanas que protegen del polvo los instrumentos y empezando a conectarlos con las manos congeladas. Es toda una sensación, el estómago todavía revuelto de las cervezas de la noche anterior y el café de hace media hora. El cuerpo que se despierta al mismo ritmo que la imitación de Stratocaster que intentas tocar mientras abres y cierras los dedos para calentarlos de una puñetera vez.

¿Y por qué me imagino todo eso? Para empezar, porque debe de hacer más de 10 años que no le pongo la mano encima a la guitarra. Cuando tenía tiempo para tocar tenía una guitarra de medio pelo, y cuando por fin tuve dinero para comprarme una Ibanez que suena como Dios, fue cuando empecé a no tener tiempo para tocarla. La vida es así, somos 11 contra 11, y todo eso. “Todo eso” es justamente lo que me han recordado los The Go! Team, porque estos jovenzuelos de Brighton suenan precisamente así: a local de ensayo, a mañana que empieza fría y se va animando, a amigos que van llenando el local hasta convertirlo en una fiesta en la que al final retumban las cajas de la batería (tienen dos, se nota) mientras todo el mundo salta como loco.

Puestos a imaginar, me imagino también que a The Go! Team les gustan las películas de acción, y componen piezas que podrían ser la banda sonora de una buena persecución de coches, o (mejor) de la fuga trepidante de unos ladrones enrollados que se escapan con la música a todo trapo. Eso explica que, entre salto y salto en el local de ensayo, se cuelen canciones con criterio, muy bien producidas, y con un toque que parece sofisticado en medio de tanta batería atronadora. Y así, con la peña montando una fiesta en el local, y los The Go! Team ensayando la música que algún día sonará en algún taquillazo de Hollywood, se nos pasa este “Proof of Youth” que desde luego hace justicia a su título. Se nota que son jóvenes. Se nota que disfrutan tocando. Y todo eso se contagia. Ese virus también lo quiero yo.

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Date una vuelta (literalmente) por la Luna

Deja inmediatamente todo lo que estés haciendo. Sí, todo. O lo pondré de otra manera: sigue haciendo lo que estás haciendo sólo si es más intersante que pisar la superficie de otro planeta. ¿Cuántas veces has pisado otro planeta? ¿Y cuántas veces piensas pisar uno en el futuro próximo o lejano? Pues eso.

En este enlace hay una panorámica de 360 grados desde el suelo de la Luna, la misma panorámica que pudieron ver los astronautas del Apolo XVII, que fueron quienes la grabaron. Para moverse en la imagen, hay que hacer clic con el ratón y arrastrar. Con la tecla de mayúsculas se hace zoom, y con la tecla de control se quita el zoom. Yo me he tirado 10 minutos para un lado y para otro. Espectacular. Se pone la gallina de piel.

Clic aquí

[tags]Apolo XVII, Luna[/tags]

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Un mentiroso sin encanto

La gran estafa
(The hoax) – 2006

The hoax

Dirigida por Lasse Halström
Con Richard Gere, Alfred Molina y Marcia Gay Harden

Valoración:

Hace ya mucho tiempo que los creadores de historias (no sólo en el cine, también antes en la literatura) han aprendido que la gente tiende a tener simpatía por los malos. No por los malos malísimos, como los asesinos o los violadores, pero sí por los malos que se saltan algunas reglas, que viven al filo de lo permitido y que, tal vez precisamente por eso, tienen un toque gamberro que a todos en algún momento nos gustaría tener. ¿Quién no querría haber participado en El Golpe compartiendo trampas y riesgos con Robert Redford y Paul Newman? ¿Quién no ha soñado alguna vez con convertirse en un moderno Robin Hood, atracando bancos o empresas de telecomunicaciones para repartir después el dinero entre los mendigos del metro, o entre los familiares y amigos, que tampoco hay que ser un fundamentalista?

Y es que, en el fondo, y por encima del respeto, la tolerancia, y todas esas mandangas, lo que al final admiramos por encima de todo es el talento, la genialidad, incluso cuando su propietario la emplea para fines (levemente) ilícitos. No nos gusta el ladrón chapucero que roba a punta de pistola y se tropieza al salir, pero nos engancha la historia de ese robo planeado durante meses, cuidado hasta el último detalle, y nos rendimos ante la superioridad intelectual de su autor al que secretamente deseamos el mayor de los éxitos cuando llega el “día D” y se planta delante de la puerta del todopoderoso banco de Suiza. Sí, admiramos a ese tipo, querríamos ser como él, y de hecho queremos que triunfe porque eso nos permitirá mantener intactas nuestras esperanzas de, algún día, reunir el arrojo necesario y planear un golpe similar para retirarnos después a una isla del Pacífico. Somos así de simples. Así de retorcidos.

Pues con esa misma premisa, la del “tramposo simpático”, parte esta película protagonizada por el poco expresivo Richard Gere. No pretendo lanzar una indirecta con ese comentario, porque, sinceramente, no creo que la película hubiera mejorado mucho con otro actor principal. Tal vez un poco sí, porque la verdad es que Gere no tiene el toque canalla que requiere este tipo de historias, pero incluso con un profesional del encanto (como, por ejemplo, George Clooney) el resultado final habría sido mediocre. Porque el problema fundamental no está en el gancho personal del protagonista, sino en la construcción de la historia, que en ningún momento transmite la emoción que se supone que debe sentirse cuando uno planea una estafa a gran escala.

Y eso que la historia está basada en un hecho real: un escritor de segunda fila (Clifford Irving), obsesionado con el éxito, se inventa un día un supuesto contacto personal y exclusivo con el misterioso Howard Hughes, quien según él mismo le ha encargado que escriba su autobiografía. Todo es, por supuesto, falso. El escritor no conoce a Hughes, ni a nadie cercano a él, pero el misterio que rodea a todo lo relacionado con el multimillonario, y el hecho de que éste no conceda entrevistas ni se relacione con el mundo conocido, permite que la farsa se ponga en marcha sin que nadie pueda demostrar que todo es una gran mentira.

El escritor, como los buenos mentirosos, se mete tanto en su papel que termina por creerse sus propias mentiras. Comienza a estudiar todo el material disponible sobre Hughes, analiza grabaciones, entrevistas antiguas, declaraciones en juicios, y poco a poco construye una imagen enormemente detallada del magnate, completando los vacíos de la realidad con su propia imaginación. Crea un Hughes propio. O, mejor dicho, él se convierte en su propio Hughes. Y la bola de nieve se va haciendo más y más grande.

La verdad, creo que la historia tenía muchas mas posibilidades. Insisto en que, aunque Gere no es el mejor candidato para el papel protagonista, el problema está en el guión. La película se convierte en una serie de escenas no muy bien conectadas, que no transmiten una historia completa sino más bien una sucesión de anécdotas. De vez en cuando aparece un as sacado de la manga del guionista que permite que las cosas vayan por donde tienen que ir. De hecho, a veces parece que el guionista es más tramposo que el propio protagonista.

Y es una pena, porque no hacía falta tirar de trucos. La estafa es lo suficientemente interesante en sí misma como para no necesitar de artificios y saltos mortales que le quitan a la historia el ingrediente esencial en estos casos: el talento, la genialidad. No admiramos a un tramposo que necesita ayudas del guionista. No nos cae simpático. Y un tramposo sin encanto no es un tramposo: es un delincuente. Por eso nos alegramos de que las cosas le salgan mal. Su destino no es la isla del Pacífico a la que nosotros nos retiraremos algún día. Su destino es el trullo. Y, por analogía, ese es también el destino que se merece esta película.

[tags]grandes estafas, Howard Hughes, Clifford Irving[/tags]

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Más física para todos

El tema de hoy es: “Las dimensiones, esas grandes desconocidas”. En este vídeo nos enseñan a imaginarnos 10 dimensiones que, para los curiosos, son precisamente las que según la Teoría de Cuerdas tiene el Universo.

Después de ver el vídeo, hay que hacer un ejercicio de sinceridad y reconocer hasta qué dimensión hemos sido capaces de entender. La calificación es como en el colegio: menos de 5, suspenso. Aprobado=5. Bien=6. Notable=7-8. Sobresaliente=9. Matrícula de honor=10. Los de Letras se pueden descontar 3 de cada nivel, como si fuera el handicap del golf, de manera que estarían aprobados entendiendo 2 dimensiones. Vamos, que si uno de Derecho entiende que existe “lo largo” y “lo ancho”, pasa de curso. Y con “lo alto”, tiene nota.

[tags]teoría de cuerdas, teoría de branas, dimensiones, espacio y tiempo[/tags]

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El final de algo

La mesa limón
Julian Barnes

Julian Barnes - La mesa limón

Valoración:

Por una vez, y sin que sirva de precedente, voy a usar la información que aparece en la contraportada de un libro para hablar de él. Normalmente las contraportadas de los libros suelen estar diseñadas por los del departamento de marketing de Toys ‘R Us, y así les quedan, pero en este caso parece que algún adulto ha participado en la redacción. Y dice:

En Helsinki, a principios del siglo XX, en un bar frecuentado por Sibelius, los que se sentaban en la mesa limón estaban obligados a hablar de la muerte.

Animado, ¿eh? Vamos, vamos, seguid conmigo. Que vuestro yo embrutecido por tantos años leyendo códigos Da Vinci y libros de autoayuda no os espante, porque con “La mesa limón” estamos sin duda ante una extraordinaria colección de relatos, y sería una pena que os la perdierais por un quítame allá esas defunciones. Además, no es para tanto. O sí, según cómo se mire.

Empezaré diciendo, o repitiendo porque ya lo he dicho antes de pasada, que “La mesa limón” es un libro de relatos. Y, como suele suceder en estos casos, los relatos no tienen todos el mismo nivel. En el libro que nos ocupa, Barnes ha reunido algunos buenos, otros muy buenos, y unos pocos más magistrales. El hilo común a todos, además de su calidad sobresaliente, es el tema que tratan, y que no es exactamente la muerte, sino más bien el final de la vejez, o el comienzo de ella, según el caso. El momento en el que, en cualquier caso, se llega al principio del fin. O al final del principio. ¿Me estoy liando? Sí.

Ojo: ese principio no lo marcan las enfermedades o la decrepitud. O sí, pero no en el sentido de decrepitud física. Pero tampoco. Es difícil de decir, y eso es lo que hace que los relatos sean brillantes. No hay una receta mágica. No hay complicadas metáforas para explicar chorradas infantiloides. Al revés: Barnes narra con una sencillez que roza la charla coloquial en muchos casos, y sin embargo nos deja la sensación de que hemos aprendido algo profundamente revelador. Como digo, no se regocija en la enfermedad (aunque está presente), no nos detalla las miserias de un cuerpo que se va deshaciendo (aunque también hay referencias a ello), no nos pone delante de las narices las miserias de nuestra propia naturaleza cuando empieza a precipitarse cuesta abajo y sin frenos. Barnes habla de la vejez pero en realidad nos habla de muchas cosas más. Ese es otro de sus méritos. Hablar del Hombre hablando de la vejez, cuando todos queremos pensar que somos lo que somos cuando tenemos la vida por delante, el futuro, el destino. Creemos que nuestra esencia es la que emana de nosotros cuando estamos pletóricos, sanos, jóvenes.

También hay tristeza en “La mesa limón”. Pero sobre todo hay lucidez. La que se requiere, como decía antes, para extraer aprendizajes de situaciones cotidianas, casi vulgares. Es un placer leer a un autor que no intenta demostrarnos lo complejo que es el mundo (o, con más frecuencia, él mismo) con simbolismos estúpidos y estructuras enrevesadas en las que todo tiene una doble lectura. Las grandes obras de la Literatura no tienen dos lecturas: tienen muchas más. No hay un “código” que descifrar, porque en esos casos el autor no nos trata como si fuéramos gilipollas, niños de 40 años que todavía quieren sentirse inteligentes a base de interpretar los misterios que otros nos preparan.

Barnes, como los grandes autores, nos cuenta algo, y nosotros entendemos algo, y posiblemente ni él ni nosotros seamos capaces de explicar lo que hay en su obra sin reducirlo a palabras vacías y lugares comunes (por eso estoy absolutamente en contra de los resúmenes de las contraportadas, que me parecen tristes folletos promocionales intentando atraer a los cazadores de ofertas intelectuales). Hay obras que hay que leer sin pretender que nadie nos cuente “de qué van”. Porque “no van” de nada. O “van de” todo. Son buenas, precisamente, por eso. Y después gustarán o no gustarán, pero ese es el precio que hay que pagar por intentar comprender algo de todo esto que tenemos alrededor. Y por atisbar ese algo más que intuimos, pero que se nos escapa cuando intentamos resumirlo en 10 líneas. Así que es mejor no intentarlo, y empezar a leer cosas como “La mesa limón”. Que, por cierto, se queda en un “4″ de puntuación porque, como dije antes, hay algunos relatos (la parte central del libro) que no están a la altura de los primeros y los últimos. Aun así, un gran libro.

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Lluvia de estrellas mañana (jueves)

Pues eso. La noche del jueves al viernes tenemos una de las lluvias de estrellas más espectaculares del año (se esperan hasta 100 meteoros por hora). Son las gemínidas, llamadas así porque se pueden ver mirando al cielo en la dirección de la constelación de Géminis, que está, según se mira, al fondo a la derecha.

Al principio de la noche, alrededor de las 21:00, Géminis estará cerca del Este, y después irá moviéndose hacia el Oeste (lógicamente), bastante elevada en el cielo, lo que en términos científicos se llama “justo encima de la cebolla”. Para ver un mapa detallado, podéis hacer clic sobre la imagen de la izquierda. Y para ver una imagen molona de Géminis, podéis hacer clic aquí.

Podéis leer más información al respecto en Astroseti, pero para el sector vago del blog resumo aquí los párrafos más destacados.

Las gemínidas no son meteoros ordinarios. Mientras que la mayoría de las lluvias de meteoros provienen de cometas, estos provienen de un asteroide, un objeto cercano a la Tierra llamado Phaethon 3200.

[Si las hipótesis actuales con correctas], el asteroide Phaethon podría haber producido muchas ráfagas ricas en polvo que pasaron cientos de miles de años viajando hacia la Tierra, hasta que el primer meteoro geminiano apareció durante la Guerra Civil de EEUU. Desde entonces, estas lluvias geminianas han tenido su pico a mediados de diciembre.

Phaethon 3200 es ahora catalogado como un “PHA” (Potential Hazardous Asteroid = Asteroide Potencialmente Peligroso) cuyo camino pasa a tan sólo 3 millones de kilómetros de la órbita terrestre. El asteroide mide 5 kilómetros de ancho, casi la mitad del tamaño del asteroide o cometa que provocó la extinción de los dinosaurios hace 65 millones de años

Pues hala, todo el mundo a la terraza con la manta y el termo de café. O, mejor, con la botella de whiskey, que así seguro que empiezan a verse los meteoros antes. Meteoros, dragones voladores… ya te digo. Y luego dice la NASA que no ve marcianos.

[tags]gemínidas, Phaeton 3200, lluvia de estrellas, perseidas, leónidas[/tags]

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Dos fotos españolas en el calendario de la NASA 2008

Espectaculares las dos. Maravillas que nos ofrece este bonito planeta en el que habitamos, y además nos las ofrece gratis (hasta que el gobierno de turno le venda los derechos a Telefónica o Sogecable y las pongan en pay per view). A este tipo de cosas me refiero cuando alguien me pregunta a qué dedicaba el tiempo cuando me retiré del mundanal ruido a escribir. ¿A qué dedicaba el tiempo? A contemplar el paisaje. ¿Da para una tarde o no? Y para un mes también, y para varios años… En fin, para verlas a mayor tamaño y saber más detalles sobre cada una, haced clic sobre la imagen.

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Ser un héroe no tiene ningún glamour

Rescue Dawn
(Rescue Dawn) – 2007

Rescue Dawn

Dirigida por Werner Herzog
Con Christian Bale, Steve Zahn y Jeremy Davies

Valoración:

Me puse a ver esta película porque leí una crítica en la que decían que el director, Werner Herzog, es un pedazo de profesional de la pradera. Uno de esos directores con los que todos los actores de medio pelo quieren trabajar para subir un peldaño en el escalafón y que empiecen a considerarlos actores de verdad. No sé si este era el caso de Christian Bale, pero de momento, y por la gloria de Herzog, se tuvo que comer unos cuantos gusanos vivos porque el amigo Werner no quería que una escena pareciera poco realista. Eso ya te lo llevas, Christian.

Total, que me pongo con la peli (confiado, porque la misma crítica decía que esta era la película más accesible de Herzog, que por lo visto hasta ahora sólo ha hecho escenas de esas que se pasan 10 minutos enfocando el pomo de una puerta), y pronto descubro que es una película de guerra. Vamos bien. Un portaaviones, con sus aviones, sus pilotos, sus charlies esperando a ser atacados, sus códigos en clave… esto se lo dan a Bruce Willis y hace un taquillazo. Y, para ser justos, a Christian Bale (que a mí siempre me recuerda su papel en American Psycho y me da miedito) tampoco se le dan mal estos papeles de tío duro acorralado por las circunstancias.

Y es que, en efecto, las circunstancias lo acorralan muy pronto. En su primera misión, los charlies derriban su avión con los pocos escrúpulos que siempre han tenido los amarillos en las películas americanas, y el teniente Dengler se encuentra de buenas a primeras tirado en una plantación de arroz. Sus esfuerzos para no ser capturado son inútiles, y a las pocas horas ya está en manos del Vietcong. Mal vamos.

Y peor que seguimos. Porque después de hacerle unas cuantas perrerías, finalmente lo llevan a una especie de mini campo de prisioneros, donde se reúne con otros 6 prisioneros americanos. Y entonces… bueno, entonces ya no cuento qué pasa, porque si sigo así me voy a ventilar la película. Sólo diré, para resumir, que es una especie de versión sofisticada de la primera de Rambo, y que recuerda en muchas ocasiones no sólo la trama sino también a algunos personajes de El cazador, aunque no alcanza ni de lejos el nivel de ésta. Porque a pesar de que es, sin duda, mucho más realista, mucho más “dura”, y está filmada con un estilo mucho más crudo, por alguna razón la pareja que forman Christian Bale y Steve Zahn no consigue transmitirnos la angustia y la rabia que nos transmitieron Robert de Niro y John Savage. Misterios del cinema.

En resumen, “Rescue Dawn” es una película entretenida y se sigue con interés, aunque algunas partes se hacen algo largas y lentas. Pero para pasar una tarde en el sofá, pasa el examen de sobra. Eso sí: mejor verla entre comidas. Y no lo digo sólo por lo de los gusanos que mencionaba antes. Quedáis avisados.

[tags]Werner Herzog, Christian Bale, Vietnam, Laos, Vietcong[/tags]

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