El final de algo

La mesa limón
Julian Barnes

Julian Barnes - La mesa limón

Valoración:

Por una vez, y sin que sirva de precedente, voy a usar la información que aparece en la contraportada de un libro para hablar de él. Normalmente las contraportadas de los libros suelen estar diseñadas por los del departamento de marketing de Toys ‘R Us, y así les quedan, pero en este caso parece que algún adulto ha participado en la redacción. Y dice:

En Helsinki, a principios del siglo XX, en un bar frecuentado por Sibelius, los que se sentaban en la mesa limón estaban obligados a hablar de la muerte.

Animado, ¿eh? Vamos, vamos, seguid conmigo. Que vuestro yo embrutecido por tantos años leyendo códigos Da Vinci y libros de autoayuda no os espante, porque con “La mesa limón” estamos sin duda ante una extraordinaria colección de relatos, y sería una pena que os la perdierais por un quítame allá esas defunciones. Además, no es para tanto. O sí, según cómo se mire.

Empezaré diciendo, o repitiendo porque ya lo he dicho antes de pasada, que “La mesa limón” es un libro de relatos. Y, como suele suceder en estos casos, los relatos no tienen todos el mismo nivel. En el libro que nos ocupa, Barnes ha reunido algunos buenos, otros muy buenos, y unos pocos más magistrales. El hilo común a todos, además de su calidad sobresaliente, es el tema que tratan, y que no es exactamente la muerte, sino más bien el final de la vejez, o el comienzo de ella, según el caso. El momento en el que, en cualquier caso, se llega al principio del fin. O al final del principio. ¿Me estoy liando? Sí.

Ojo: ese principio no lo marcan las enfermedades o la decrepitud. O sí, pero no en el sentido de decrepitud física. Pero tampoco. Es difícil de decir, y eso es lo que hace que los relatos sean brillantes. No hay una receta mágica. No hay complicadas metáforas para explicar chorradas infantiloides. Al revés: Barnes narra con una sencillez que roza la charla coloquial en muchos casos, y sin embargo nos deja la sensación de que hemos aprendido algo profundamente revelador. Como digo, no se regocija en la enfermedad (aunque está presente), no nos detalla las miserias de un cuerpo que se va deshaciendo (aunque también hay referencias a ello), no nos pone delante de las narices las miserias de nuestra propia naturaleza cuando empieza a precipitarse cuesta abajo y sin frenos. Barnes habla de la vejez pero en realidad nos habla de muchas cosas más. Ese es otro de sus méritos. Hablar del Hombre hablando de la vejez, cuando todos queremos pensar que somos lo que somos cuando tenemos la vida por delante, el futuro, el destino. Creemos que nuestra esencia es la que emana de nosotros cuando estamos pletóricos, sanos, jóvenes.

También hay tristeza en “La mesa limón”. Pero sobre todo hay lucidez. La que se requiere, como decía antes, para extraer aprendizajes de situaciones cotidianas, casi vulgares. Es un placer leer a un autor que no intenta demostrarnos lo complejo que es el mundo (o, con más frecuencia, él mismo) con simbolismos estúpidos y estructuras enrevesadas en las que todo tiene una doble lectura. Las grandes obras de la Literatura no tienen dos lecturas: tienen muchas más. No hay un “código” que descifrar, porque en esos casos el autor no nos trata como si fuéramos gilipollas, niños de 40 años que todavía quieren sentirse inteligentes a base de interpretar los misterios que otros nos preparan.

Barnes, como los grandes autores, nos cuenta algo, y nosotros entendemos algo, y posiblemente ni él ni nosotros seamos capaces de explicar lo que hay en su obra sin reducirlo a palabras vacías y lugares comunes (por eso estoy absolutamente en contra de los resúmenes de las contraportadas, que me parecen tristes folletos promocionales intentando atraer a los cazadores de ofertas intelectuales). Hay obras que hay que leer sin pretender que nadie nos cuente “de qué van”. Porque “no van” de nada. O “van de” todo. Son buenas, precisamente, por eso. Y después gustarán o no gustarán, pero ese es el precio que hay que pagar por intentar comprender algo de todo esto que tenemos alrededor. Y por atisbar ese algo más que intuimos, pero que se nos escapa cuando intentamos resumirlo en 10 líneas. Así que es mejor no intentarlo, y empezar a leer cosas como “La mesa limón”. Que, por cierto, se queda en un “4″ de puntuación porque, como dije antes, hay algunos relatos (la parte central del libro) que no están a la altura de los primeros y los últimos. Aun así, un gran libro.

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