Punzante y ocurrente, como siempre, Rafael Reig escribía un original artículo en la edición del 6 de enero del diario Público. El artículo completo se puede leer, dentro del periódico en versión pdf, en el vínculo anterior, pero no me resisto a poner aquí algunos de los momentos más graciosos.
En el artículo, titulado “Los libros que no fueron en 2007, pero que deberían haber sido”, Reig hace una lista de los libros que ha echado de menos en el año que terminó, y sugiere que alguien se ponga de inmediato a escribirlos. He aquí un par de los que más me han hecho reír (aunque no los únicos, ni mucho menos):
Muertos que hablan (Publicaciones póstumos del año)
Este 2007 ha sido un buen año para los libros póstumos. Ya hemos reseñado los diarios que dejó Gil de Biedma en treinta carpetas. Lo que de verdad agradecen los descendientes es que el ilustre plumífero les deje inmuebles, plazas de garaje o bonos del Tesoro, en lugar de papeles.
Es ésta una tradición muy portuguesa, por cierto: Fernando Pessoa dejó un baúl (“el legendario baúl”) del que todavía siguen sacando libros inéditos, como si fuera la chistera de un mago. Eça de Queiroz dejó una maleta de hierro (“la célebre maleta”) en la que su hijo encontró varias novelas (entre ellas, la divertidísima Alves & Cia.: una historia sobre los efectos saludables del adulterio).
Asusta pensar qué nos dejará Saramago, siguiendo la acreditada costumbre lusa: ¿una mochila blindada de Banana Republic? ¿Auténticas albardas? ¿Un zurrón de pastor? ¿Y Lobo Antunes? ¿Nos entregará un maletín de médico, un macuto militar o una caja fuerte con combinación? Sea como fuere, el año pasado trajo una espectacular cosecha de póstumos.
Por fin se publicó “La cordillera”, esa novela que Juan Rulfo siempre estaba a punto de acabar: ahora se entiende bien por qué no lo hizo, así como por qué abandonó la bebida.
En los bolsillos de cuatro chaquetas del poeta Claudio Rodríguez aparecieron dieciocho poemas escritos a lápiz: “Bisagras”, un relámpago que ilumina la oscuridad grisácea de la poesía actual. Indispensable también la recuperación de “Sujetos pasivos”, de Graham Greene: la historia de un doble agente y del mal que sólo son capaces de provocar las buenas personas.
Sorprendente, aunque no muy bien recibida por sus presuntos lectores (y menos por los padres de éstos), ha sido la aparición del desconocido cuento para niños de Juan Benet: “Mortajas de quita y pon”. El argumento, cuidadosamente oculto en una prosa de plomo, es ejemplarizante: Javi el protagonista, de ocho años, es atacado a mordiscos por su osito de peluche, que consigue arrancarle un dedo del pie.
Tras la gangrena, sufre la amputación del pie y se convierte en un precoz, impune y satisfecho delincuente sexual y homicida a intervalos regulares, lo que no impide que llegue a
ocupar un puesto de subsecretario en un ministerio, de acuerdo con los cánones del preceptivo final feliz, una vez sometido a la proverbial inteligencia irónica de Benet.
Memorias de alcoba de Javier Marías
“Tengo la polla en su boca o ella tiene su boca en ella, puesto que ha sido su boca la que ha venido a encontrarla”: frases como ésta de “Corazón tan blanco” hacían presentir en Marías un poderoso autor erótico. Las expectativas se han visto cumplidas con sus soberbias “Memorias de alcoba”, donde repasa sus múltiples, multitudinarias y plurilingües aventuras sexuales.
Escrita en el hipnótico español conjetural propio del autor, la obra se resiente de cierta lentitud en su arranque. Hasta la página 285 no sucede nada digno de mención, salvo un episodio de onanismo, que desencadena una hemorragia reflexiva. Las siguientes ocho páginas (las últimas), sin embargo, describen unos mil coitos en al menos tres posturas distintas. Un desgarrador testimonio de la sexualidad cosmopolita contemporánea.
Ya digo que el artículo no tiene desperdicio. A leerlo.



En el ejemplar de Navidad del 



