Mínima, sobria, perfecta

La teoría de las nubes
Stèphane Audeguy

Stèphane Audeguy - La teoría de las nubes

Valoración:

Los miles, o tal vez ya millones, de lectores de este blog me habrán escuchado decir en las contadas ocasiones en las que reparto generosamente 5 estrellas a un libro que las grandes obras, las novelas de verdad, son aquellas en las que uno aprende algo pero no sabe qué. Son novelas que no tratan de un tema concreto, porque los temas que realmente merece la pena tratar nunca son uno, y desde luego nunca son concretos. Las preguntas con una sola respuesta sólo existen cuando uno tiene 10 años. Y ni siquiera.

“La teoría de las nubes” cumple con ese requisito, necesario para optar a ser una gran novela, aunque por supuesto no suficiente. Porque además de eso está el estilo, el ritmo, las palabras, el sentido de la contención que tan pocos autores cultivan. Y, también en todo eso, “La teoría de las nubes” alcanza niveles extraordinarios, sobre todo si tenemos en cuenta que esta es la primera novela de su autor, el francés y profesor de Historia del Cine y del Arte Stèphane Audeguy.

Así pues, y dicho todo esto, se entenderá que la historia, la “trama”, sea irrelevante. Al igual que los personajes, si los tomamos de uno en uno. O, dicho de otra manera, no es posible contestar a la pregunta favorita de muchos lectores: ¿de qué trata esta novela? Como dije antes, las grandes novelas no “tratan” de una cosa, “tratan” de muchas, en ocasiones “tratan” de todo. Podría decirse, claro, que “La teoría de las nubes” trata de la historia del estudio de las nubes a lo largo de la Historia, y que la novela tiene un protagonista y varios personajes que le dan continuidad, pero decir eso sería quedarse en la parte más superficial, y probablemente más aburrida de la obra.

Pero sí, hay una trama: el multimillonario modisto japonés afincado en París, Akira Kumo, que durante años ha coleccionado todo tipo de materiales relacionados con el estudio de las nubes, contrata a la joven bibliotecaria Virginie Latour para que catalogue su extensa colección. Mientras lo hace, Kumo le va contando historias que añaden interés al trabajo de la joven, hasta que llegan a la biografía de Richard Abercrombie, uno de los primeros meteorólogos de la Historia que en el siglo XIX escribió un famoso tratado que lleva su nombre y que nadie ha podido ver puesto que su autor primero, y su hija después, se resistieron siempre a publicarlo. Ahora la hija, anciana ya, muere en Londres y Kumo envía a Latour para que intente comprar el tratado al hijo de ésta.

Contada así, la historia parece incluso emocionante. Casi detectivesca. Un misterioso tratado que nadie ha visto, un mecenas obsesionado con él, una joven bibliotecaria metida en un negocio de altos vuelos… Pero no. “La teoría de las nubes” no es en absoluto una novela de intriga. Ni el ritmo, ni el estilo, ni el objetivo del autor tienen nada que ver con crear un clima de misterio. Todo es mucho más frío. Y, al mismo tiempo, todo es mucho más apasionado. Las palabras nos cuentan una historia casi científica, pero lo que nos llega a medida que pasamos las páginas es algo que no tiene nada que ver con la Ciencia, ni con los hechos. Sentimos. Dudamos. Aprendemos. Aunque no sepamos muy bien qué.

Hacía mucho tiempo que no leía una novela tan buena. Una novela que no intenta impresionarnos, ni descubrirnos nada. Una novela que nos cuenta cosas pequeñas para que, al final, tengamos la sensación de haber leído algo muy grande. Da pena pasar la última página. Y, sin embargo, como siempre pasa con las buenas novelas, la última página es necesaria. Forma parte del aprendizaje. Como los altibajos (que los tiene). Como los pequeños excesos (que también los tiene). “La teoría de las nubes” es un susurro de perfección.

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