
Valoración:
Hace unos días, leí un articulo donde Ken Follet daba una especie de “lista de ingredientes” que todo best seller debe tener (y, desde luego, Follet debe de conocer muy bien la receta). Entre esos ingredientes estaban los siguientes:
La peripecia va por delante. Lo demás se va incorporando en función de las necesidades. Algunos autores empiezan por los personajes [...] pero la mayoría de los escritores populares funcionamos al revés: pensamos en una historia, una idea, y luego pensamos en qué ha sucedido antes y después y quiénes son estas personas, lo que quieren y desean, y así crece la historia.
No se le debe permitir al lector ni un momento de respiro. Conforme [los personajes] resuelven un problema surge otro, y eso hace que los lectores pasen página.
Yasmina Khadra escribió “El atentado” mucho antes de que Follet escribiera esa lista, pero desde luego ella (que en realidad es él) también tenía claro cuáles eran los elementos de un best seller. Pero, una vez más, se demuestra que las fórmulas magistrales no garantizan el resultado final. Sigue habiendo algo (llámalo talento, llámalo intuición, llámalo Lorenzo) que es imposible recoger en ninguna lista, y que sólo depende de la cantidad, calidad, orden, y conexionado de las neuronas del autor. Llámalo equis.
Porque todo lo que Follet menciona en su lista como un punto positivo de un best seller (y en los suyos queda claro que, efectivamente, son elementos favorables), en “El atentado” se convierten en problemones del quince. Ejemplo: el hecho de que “la peripecia vaya por delante de los personajes” suele ser algo bueno en este tipo de novelas; pero Yasmina Khadra no renuncia a hacer pinitos psicológicos de medio pelo que lastran la acción y se convierten en un auténtico peñazo, sobre todo porque son terriblemente simples y, además, nos los repite veinte veces para dejarnos claro que los personajes son supercomplicados. Para nada.
Decidí comprarme este libro después de leer una crítica en “El Cultural” en la que Rafael Narbona decía, entre otras cosas, que Yasmina Khadra cuenta con las alabanzas del maestro Coetzee. También decía que Yasmina Khadra es, en realidad, un hombre (un ex comandante del ejército argelino) que empezó escribiendo con seudónimo por obvias razones de seguridad. La cosa está muy malita para un autor que, viviendo en un entorno musulmán, se cuestiona temas como el conflicto Israel-Palestina. Mal rollo.
Y, efectivamente, ese conflicto es el tema de fondo (y de superficie) en “El atentado”. A raíz de un atentado suicida en Tel Aviv, un cirujano árabe nacionalizado israelí entra en el mundo subterráneo del terrorismo y la realidad bélica que domina buena parte de su país y de la que él, desde su acomodada posición, se había mantenido al margen hasta ese momento. Y es precisamente esta cuestión de fondo la que le da un cierto interés a la obra. No es que el autor nos aporte una visión especialmente original (desde luego no aporta mucho más de lo que aportaría cualquier artículo sobre el tema en un dominical), pero al menos huye del maniqueísmo e intenta ofrecernos argumentos sólidos desde todos los puntos de vista. El intento es loable, aunque el resultado no termina de convencer, como decía antes, por intentar mantener todos los platillos girando: la trama, los personajes, la reflexión, la descripción del conflicto. Demasiadas cosas, que Yasmina Khadra no consigue mantener en equilibrio ni veinte páginas.
Para rematar el cuadro, el estilo es más hortera que el chaleco de Tony Manero. Hay momentos en los que uno siente auténtica vergüenza ajena. El abuso de figuras retóricas es tal, que invita al lector a cuestionarse si el Tribunal Constitucional no debería actuar de oficio. Podría poner cientos de ejemplos de metáforas exageradas, de descripciones cursis (solo las puestas de sol merecerían un capítulo aparte), de hipérboles desmesuradas (incluso siendo hipérboles), pero para muestra un botón: cuando el protagonista llega a Yenín, una ciudad en el centro del conflicto árabe-israelí, describe así su primera impresión del lugar.
En Yenín parece que la razón se ha roto los dientes y se niega a ponerse una prótesis que le devuelva la sonrisa.
Pues como esta, ochocientas más.
Con todo lo dicho, queda claro que la novela no tarda mucho tiempo en hacerse un poco repelente. Uno casi le coge manía al protagonista, que con frecuencia se pierde en reflexiones obvias y repetitivas. La trama, aunque intenta mantenerse siempre viva (siguiendo el consejo de Ken Follet), tiene importantes altibajos. Algunas veces realmente vemos al protagonista en peligro y queremos saber qué le pasa. Otras veces prevemos qué le va a pasar con muchas páginas de antelación.
Y para terminar… llegamos al final. Un final que mantiene los mismos errores que el resto de la novela: pretenciosidad filosófica, horterez formal, y trama poco armada. A la vista de esto, me arrepiento de no haber seguido mi regla de oro y haber mandado a la porra esta novela en la página 50. Seguí hasta el final animado por la referencia a Coetzee que había visto en la crítica de “El Cultural”. Pero no hay mal que por bien no venga. Gracias a haber leído completa “El atentado” he aprendido 3 cosas:
- Que mi regla de oro debería ser de platino, y que no debo volver a saltármela porque el tiempo no está para perderlo.
- Que, como ya digo el gran Chiquito, una mala tarde la tiene cualquiera, incluso un genio como Coetzee.
- Y que, desde luego, Rafael Narbona y yo tenemos gustos literarios muy distintos.
Pues eso. De todo se aprende. Hasta de este folletín.
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