American gangster
(American Gangster) – 2007
Dirigida por Ridely Scott
Con Denzel Washington y Russell Crowe
La revista “Patans of the World” y otras prestigiosas revistas de negocios ya han dicho miles de veces que todo aquel novato que quiera hacer carrera en el apasionante mundo de la empresa hará bien en ver El Padrino un mínimo de 10 veces, y un máximo de 20, porque todo tiene un límite. En efecto, Vito Corleone estableció en poco más de 2 horas lo que podría llamarse la Guía de Buenas Prácticas del consejero delegado de hoy. Muchos la han seguido y ahí están, capitaneando las corporaciones más punteras de nuestro país, y también de otros, porque los principios de Don Vito no sólo son magistrales sino también planetarios.
Pero hete aquí que la competencia es feroz. Hoy todo el mundo conoce el ABC del gran Corleone (no confundir con el otro ABC), y eso ya no es suficiente para triunfar en el proceloso mar de las OPAs y las juntas de accionistas. Sólo los más duros sobreviven en ese mundo, y por eso es preciso buscar nuevas herramientas que permitan aniquilar al adversario sin dejar huellas que puedan usar después los federales. Que ya se sabe cómo son, unos flojos con chapa.
En este dificilísimo contexto, llega como un soplo de aire fresco “American gangster”. Esta película es el máster que completa el aprendizaje básico que ya adquirimos en “El Padrino”, puesto que nos ofrece valiosas lecciones en campos tan diversos como el marketing, las técnicas de trial, modelos de distribución a gran escala, el valor de la Marca, organizaciones dinámicas, la revolución del hard discount, etc., y todo ello convenientemente ilustrado con un producto de rabiosa actualidad: el jaco. La farlopa. La dama blanca. El caballo (no confundir con “Monedero falso“, que este fin de semana hizo podium en la quinta carrera de La Zarzuela).
Pues sí. “American gangster” nos cuenta, de principio a fin, cómo se monta un imperio delictivo basado en el tráfico de drogas, y además no escatima detalles de lo más anatómico-forense para contárnoslo. El protagonista “malo” (Denzel Washington) empieza la película siendo el chófer de un mafioso de cierto pelo, aunque sin llegar al nivel de los grandes, y termina la película… bueno no voy a contar el final-final, pero sí diré que a lo largo de la película llega a convertirse en el traficante de drogas más poderoso de la costa Este de EEUU en los años 70. No está mal. Por otra parte, está el protagonista “bueno” (Russell Crowe) que también empieza siendo un poli de barrio y termina convertido en un superpoli cinco estrellas, fiscal de lujo, y finalmente abogado de postín. Otro carrerón, vamos.
La película, pues, no viene a plantear un tema nuevo. No nos habla de las injusticias contra los zurdos en Burundi. No nos descubre crueles redes de trata de canguros en Nepal. “American gangster” nos habla de algo que ya conocemos de sobra (a través de otras películas). Nos habla de grandes mafias y de policías honrados que se enfrentan al mundo para desmontarlas. Nos habla de ambición y miseria, de integridad y honor, de principios. Porque, como todos sabemos ya, los “malos” también tienen principios. Y no son tontos, desde luego.
De ese modo, con “American gangster” se pasa el rato muy bien. Es una historia conocida, con personajes que nos resultan familiares, y aunque, precisamente por eso no pasará a la Historia, también precisamente por eso nos ofrece un entretenimiento rápido y sin complicaciones. Nos sentimos a gusto en esas historias. Las conocemos. Es como jugar en casa.
Sólo tengo un par de “peros”: primero, la duración. La joyita dura más de 2 horas y media, y la verdad, la historia (por lo que ya he dicho antes) no da para tanto. Sólo la saga de La jungla de cristal, por su complejidad temática y sus personajes multidimensionales, podría justificar una duración tan desproporcionada. “American gangster” se hace un poquito larga. Y el segundo “pero” tiene que ver con el excesivo uso de la elipsis. Una cosa es dejar huecos en la trama para que el espectador se sienta inteligente y superespecial rellenándolos, y otra cosa es dejar tantos huecos que el espectador cree estar viendo un vídeo musical en algunos momentos. Hay escenas tan picaditas que se podría hacer un sofrito con ellas. Pero, ya digo, dejando a un lado esos pequeños detalles, la película entretiene. Y yo a una película le pido, sobre todo (o casi exclusivamente), eso: que me resetee el cerebro un par de horitas. Objetivo cumplido.
El trailer






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