Espías de salón

El espía
(Breach) – 2007

El espía

Dirigida por Billy Ray
Con Ryan Phillippe, Chris Cooper, y Laura Linney

Valoración:

Si Hollywood fuera un reflejo de la realidad, todos tendríamos un par de vecinos drogadictos, 4 ex alcohólicos, 6 policías, 1 fiscal de distrito, 2 neurocirujanos súper atractivos, 3 veteranos de Vietnam, y un espía. Así que, a la vista del percal, mejor que Hollywood siga dedicándose a la ficción. Aunque, por otra parte, tiene que ser la pera tener un vecino espía. Encontrártelo en el ascensor, coincidir con él bajando la basura… notar la tensión, el subidón de adrenalina que el tipo siempre llevaría encima. Eso, claro está, siempre que el tío no sea un espía de los que salen en El espía.

Porque los espías de esta película son un poco flojos. Es una cuestión de ambiente, desde luego, de tono. El director quiere hacer un ejercicio de espionaje casi quirúrjico, creando un ambiente tan frío y aséptico que (se supone) la tensión tiene que hacerse todavía más angustiosa. Pero no. Al final, la sensación que transmite tanta pulcritud es que estamos viendo una película de funcionarios aburridos, que ni siquiera se cuentan chistes verdes.

Hay un cierto misterio, eso sí, y Chris Cooper es el actor perfecto para sacarle todo el jugo (el poco que tiene) al personaje del espía espiado. Ese hombre que, aparentemente, ha estado traicionando a su país durante décadas, y ahora está en el punto de mira. Es tan bueno que ni siquiera poniéndole otro espía en sus talones se puede conseguir una mínima prueba que lo acuse de nada. Y precisamente de eso va toda la película: del espía novato y ambicioso que acepta la misión más importante que la CIA tiene en marcha. Tiene que pillar con las manos en la masa al supuesto traidor. Al tipo que le lleva 30 años de edad y de experiencia, y que tiene los cataplines pelados de espiar y contraespiar durante la época de la Guerra Fría.

Pero los minutos pasan y el novato no encuentra nada. No sólo eso: empieza a admirar a su objetivo. Parece un tipo íntegro, un patriota, un profesional de los pies a la cabeza. Un modelo a seguir. Y eso le pasa también al espectador, de manera que a la media hora de película uno ya comparte las dudas del novato: ¿realmente el malo es malo? ¿Y si es todo un montaje para quitarlo de en medio?

La pregunta es interesante, y crea un misterio genuino, que te mantiene pegado a la butaca durante un rato. Pero sólo eso: un rato. No una hora y pico más. Porque el problema es que no hay nada más de lo que preocuparse. La historia es completamente lineal, no hay ningún asunto secundario que nos vaya entreteniendo mientras el novato encuentra o no encuentra algo. Las relaciones personales brillan por su ausencia, y las pocas que hay (como la del novato con su mujer) son un tostón plagado de clichés. Ni siquiera el hecho de que la película esté basada en una historia real (la del espía Robert Hanssen) le da la emoción, el “toque humano” del que carece desde el primer al último minuto. Así que, al final, tenemos un tercio de película que se merecería un 3 o incluso un 4, y dos tercios que se merecerían un 1 o incluso un cero pelotero. Como en el fondo no tengo alma de crítico, le doy un generoso 2. Que no se diga.

El trailer (arriba en español, abajo en inglés)

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