Ya hacía mucho tiempo que no ponía una poesía en 1y1y1, supongo que para alborozo de los lectores más chuscos del blog. Pero como nunca llueve a gusto de todos, hoy toca un poquito de refinamiento espiritual. En el “ABCD las Artes y las Letras” (gran suplemento cultural, al igual que “El Cultural” de El Mundo… de Babelia mejor no hablamos, sobre todo después de la deriva folletinesca del último rediseño) publicaron hace algunos días una preciosa poesía de Ana Isabel Conejo, poetisa contemporánea cuya obra yo no conocía pero que definitivamente quiero conocer mejor después de leer esta pequeña joyita. ¡Ah, mis pequeños patanes, qué sería de nosotros de la poesía! De vosotros no lo sé. De mí, un desastre. ¿Cómo sobrevivir a 5 minutos de conversación con un regional vicepresident si uno no supiera que en este mundo también existen los sonetos? Hala. A disfrutarla. Y en silencio, por favor.
Yo tuve una alegría secreta del color del tabaco.
Seca, oscura, aromática. Un tesoro en la caja de latón de la noche,
así era mi alegría cuando esperaba verte y los días atendían mi
[esperanza
con regular precisión de ola que muere
y abandona en la línea de la playa
todo cuanto ha arrancado en su viaje infinito.Tuve también un tedio oculto,
de ese color del lodo que envilece la lluvia.
Padecí la implacable fealdad de los muebles
en casa de mis padres. Padecí la tristeza
de los jerseys sufridos y las faldas de pana,
la suciedad de un mundo donde el único pájaro
era el descolorido gorrión de las aceras.Pero tuve también un deseo secreto,
que me salvó la vida. Tuve un nido en la sombra
desde donde aprendí la invisible belleza
del ruiseñor. Tuve una escuela
de otoños y campanas
para mi corazón insatisfecho,
y una voz esponjosa,
del color de la tierra
donde hundir las raíces
y urdir contigo lentas
primaveras futuras.





Otra preciosa “muestra” de Isabel Conejo….
NEGRO
Hay en los trajes de los muertos arrugas tan perfectas como el instante; puede verse en cualquier fotografía.
Mi bisabuelo con bigote, sombrero y ojos tristes, con todas las golondrinas de África pasando muy deprisa por detrás de sus párpados,
mi bisabuela vestida de silencio y de sombra, sus labios sin sonrisa apretados como lazos de corsé (qué pensaría ella del azul, de los desvergonzados colores del verano y del cielo),
mi padre inconcebiblemente joven, con la sotana de seminarista y, detrás de las gafas, una ignorancia total de la alegría,
mi madre caminando con su falda de tubo por una calle arbolada de Madrid (todos esos zapatos y bolsos de charol que su memoria expone como trofeos juveniles en los rastrillos de la conversación),
aquel vestido mío de terciopelo, tan cálido, tan triste y ajustado como entonces las noches a la ternura desolada de mis dieciocho años,
todas las ocasiones perdidas, todas esas
eternidades fraudulentas,
todas esas miradas coaguladas
en el instante de atención más falso,
todo ese hollín del fuego de la vida,
ese luto
de los cuerpos inmóviles revelados en plata
y en emulsión de olvido,
de rencor.
ANA ISABEL CONEJO
Hay que comprarse algo de esta mujer urgentemente
Nada como reverstirnos de crítico antiguo y mercenario para reconocer en estas líneas un soplo de aire fresco, una luz renovada, un voz que por clásica es atemporal. Todo resultaría campanudo y hueco: tristemente mendaz. Aún así, todo es como parece y en sus ojos estremecidos reconocemos los surcos abiertos por el tiempo; la amarga semilla del olvido; la espiga olvidada en la sementera que, marchita, vuelve a la tierra en silencio, parda y sencilla.
En resumen, que me gusta la poesía de esta muchacha, mujer, señora, poetisa cabal.
¿Volverá algún día a sonar la alineación del BarÇa como una poesía?
Un abrazo
Nacho
Tu crítica suena a poesía en sí misma, oh prócer de la cultura, y tu pregunta final cae como un rayo que, tras el fugaz segundo en el que deslumbra con su épica, nos vuelve a dejar una noche teñida de blanco por las zamarras merengues en La Cibeles… no por anunciada menos dolorosa.