Archivos del Mes para July, 2008

Una habitación con vistas… de Marte

Una panorámica de 360 grados construida a partir de fotos enviadas por la sonda Phoenix, y “navegable” moviendo el ratón a un lado y a otro, o arriba y abajo. Lo más parecido, hoy día, a sentarse en un pedrusco marciano y mirar alrededor. Por tranquilidad no será… El que quiera ir al sitio original y ver el espectáculo a mayor tamaño, que haga clic aquí.

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Nudo marinero

Adiós, pequeña, adiós
(Gone Baby Gone) – 2007

Adiós, pequeña, adiós

Dirigida por Ben Affleck
Con Casey Affleck, Ed Harris y Morgan Freeman
 
Valoración:   

Por una vez, y sin que sirva de precedente, iré al grano. Porque en esta ocasión el diagnóstico es obvio: claramente Ben Affleck, tipo guaperas acostumbrado a que las mujeres lo acosen esperando de él largas noches de sexo salvaje, está harto de esa imagen de hombre atractivo y seductor, casi de gigoló, y con Adiós, pequeña, Adiós ha intentado darse a sí mismo un toque intelectual para que las chuquis, por fin, reconozcan su talento y lo admiren no sólo por su cuerpo sino también por su mente. ¿Y cómo es posible que, solamente habiendo visto esta película, pueda tener yo tan claro cuál es el problema de Affleck? Pues porque yo sufro del mismo acoso, de la misma admiración por parte del público femenino, y también tengo que hacerme el interesante hablando de filosofía y física nuclear para que las periquitas vean en mí algo más que un adonis capaz de satisfacer todas sus fantasías más salvajes. Sí, Ben, amigo mío… qué digo amigo, ¡hermano! Yo te entiendo. Y precisamente por eso, te voy a dar un consejo de gigoló a gigoló.

A ver, Ben, la intención era buena. Dejemos eso claro. Seguro que cuando te pusiste a hacer esta película pensaste: voy a hacer una película buena. Eso ya lo tenemos. Pero después te viniste arriba, te emocionaste con la historia, empezaste a ver posibilidades, te imaginaste tratando todos los grandes temas que inquietan a la Humanidad al mismo tiempo… y te liaste. Por no mencionar que, para dejar la cosa en familia, le diste el papel protagonista a tu hermano, que no pega ni con cola. Tu hermano tiene pinta, como mucho, de haber robado un CD en El Corte Inglés cuando hacía el BUP en los Agustinos. Y tú le das el papel de un macarrilla de barrio marginal, curtido en las tascas más inmundas de la ciudad, y que tiene que tratarse de tú a tú con traficantes de drogas, matones, y bandas organizadas. Que no, Ben, que no. Que te pierde lo buena persona que eres.

Pero, dejando a un lado lo de tu hermano, ya digo que te has liado. Cuando empieza, la peli parece la típica peli de detectives privados y polis. Una niña que desaparece, la policía que quiere llevar el caso a su manera, pero el investigador que contrata la familia es más listo y tiene más contactos, y adelanta a los polis por la derecha. Vale, no vamos mal. Pero entonces, en un momento dado, la peli se para. Yo estuve a punto de bajarme, tengo que decírtelo, pero me quedé porque ya empecé a ver que tu problema era igual que el mío, y que las mujeres no te dejan vivir. Qué me vas a contar.

El caso es que, después de ese parón, la película cambia de dirección. Se mete en un dilema moral. ¿Es correcto matar a un asesino de niños? Vete tú a saber, vienes a decirnos, Ben. Debate filosófico adornado con toques suburbanos entre el detective privado y el poli que está de vuelta de todo. Y entonces llega otro parón. Que no me bajé por no darte un disgusto, pero te confieso que ganas no me faltaron. Y después del segundo parón, otro debate moral. ¿Es justo quitarle a una madre su hijo si la madre no puede darle la mejor vida posible? Hala, otra tertulia entre unos y otros sobre el tema.

Y lo peor de todo es que, después de haber abierto tantos frentes, y como el manual del buen guionista y director dice que todos los cabos sueltos tienen que ser atados al final de la película, pues los últimos diez minutos te lías a atar cabos y te sale un pedazo de nudo que no se lo salta un gitano. Resultado: el final casi da risa. Y con los debates tan elevados que habías planteado, la risa no encaja muy bien. Así que, querido Ben, te daré un último consejo que hasta el mismísimo Flavio Briatore apoyaría: si quieres que las mujeres te dejen en paz, no te duches en 1 mes. Pero, por favor, no vuelvas a soltarnos otra peliculita como esta para hacerte el guays. Que entre bomberos, no vamos a pisarnos la manguera… Vaya, qué soez ha quedado esto. En fin, Ben, ya me entiendes. Pues eso.

El trailer en español y en inglés

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El amor en los tiempos de los billares

Distortion
The Magnetic Fields

The Magnetic Fields - Distortion

Valoración:   

Curioso disco, este Distortion, que mezcla todo con todo, y sorprendentemente casi siempre lo mezcla bien, o cuando menos el resultado no es desagradable. Qué narices, el resultado en general es muy bueno. Aunque hay que reconocer que la primera escucha se atraganta un poco. Porque todo suena un poco… raro.

Para intentar describirlo con una imagen rápida, podría decirse que The Magnetic Fields suenan como si los Beach Boys, en lugar de dentaduras perfectas, lucieran un par de caries y unas palas con un tono un poco mate. Nada repulsivo, ¿eh? Sólo real. Las canciones del disco nos hacen imaginarnos poetas suburbanos, veranos de barrio, guaperas venidos a menos después de terminar el instituto y encontrarse con la vida de verdad. Es, como decía antes, una mezcla extraña, pero en cierto modo atractiva. Es la realidad con un fondo de belleza. O más bien al revés, es belleza sobre un fondo de realidad.

De ese arriesgado matrimonio salen canciones realmente bonitas, como “Drive on, driver”, que suenan elegantes y hablan de desamores de los de toda la vida. Y salen también piezas menos convencionales, como la desconcertante “California girls” que dice cosas como esta:

I have planned my grand attacks
I will stand behind their backs
with my brand-new battle ax
Then they will they taste my wrath
They will hear me say
as the pavement whirls
“I hate California girls…”

Una oda a la psicopatía, podría decirse. Y no es la única canción, digamos, transgresora, pero al igual que todas las demás el toque de belleza, de poesía escrita sobre el hule de la cocina, le da al conjunto un tono melancólico que engancha. Lo mismo pasa con “Too drunk to dream”, donde se ensalzan las maravillas del alcohol ingerido en grandes cantidades como método infalible para olvidar a las malas mujeres que no nos quieren.

I gotta get too drunk to dream
‘Cause dreaming only makes me blue
I gotta get too drunk to dream
Because I only dream of you

Esa es la tónica general: una mezcla de vulgaridad y lírica, una convivencia de un corazón de poeta con un cerebro de campeón de futbolín. Los billares son el hábitat natural, y allí es donde yo me imagino al protagonista de “Till the bitter end” declarándose a su amada, a quien él llamará “su tronka” para hacerse el duro, aunque en realidad la mira con ojos de cordero degollado cuando nadie está delante. Y este es uno de esos momentos, tienen cinco minutos para hablar a solas antes de que el dueño de los billares los eche porque va a cerrar. Y entonces el campeón de futbolín, el poeta periférico, el ídolo del instituto que ya ha probado el lado amargo de la vida desde que el mes pasado empezó a trabajar alquitranando carreteras en pleno verano, mira a los ojos de su tronka y se viene abajo al pensar que la vida, quién sabe, puede ser demasiado corta. Y, por si acaso lo es, deja dicho lo que siempre le ha querido decir.

My love is deeper than I show
Remember what I said:
Through sleet and snow…
So even though I know you have to go
darling I will love you
till the bitter end…
and all the bitter moments till then.

Amor con colillas en el suelo, amor con besos que no aciertan en la boca del otro porque el autobús va a tirones, amor en coches que no tienen elevalunas eléctricos, amor compartiendo cervezas y raciones de papas bravas. Si es amor, lo demás es secundario. Salvo cuando la vida se hace más perra de lo normal, y entonces se convierte en primario. Habrá que esperar al próximo disco de The Magnetic Fields para saber si el campeón de futbolín sobrevive a su propia vida, y si su tronka finalmente lo deja para liarse con un encargado del Carrefour. Un final triste, ciertamente, pero tal vez el único capaz de hacer salir de una vez por todas al poeta que el macarra lleva dentro. En “Distortion” no ha terminado de salir, pero promete.

Vídeo “California Girls”

Vídeo “Too drunk to dream”

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El dulce camino de Si a Mi

Una especie de conferencia de un tipo muy simpático sobre la música clásica y sus alrededores (titulada “La música clásica con ojos brillantes”), pero contado todo de forma práctica y sobre todo muy amena. Son 20 minutitos, y a mí me ha encantado. La explicación sobre el efecto que provoca “el camino de Si a Mi” pone la gallina de piel. Y la frase “el trabajo del Do es hacer que el Si parezca triste” es gloriosa. Está en inglés, disculpas una vez más. Pero es que el tío habla inglés, qué le vamos a hacer…

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No lo he pillado

Rebobine, por favor
(Be Kind Rewind) – 2008

Rebobine por favor

Dirigida por Michel Gondry
Con Jack Black, Mos Def, y Danny Glover
 
Valoración:   

Pues sí, definitivamente no lo he pillado. Ni el sentido del humor, ni la idea de la película, ni el recado final, si es que tiene alguno. No he pillado nada. Y está claro que el problema tiene que ser mío, porque hay que asumir que Rebobine, por favor tiene algo. ¿Qué? No sé. Pero ahí están, además del trío protagonista, Mia Farrow y Sigourney Weaver para darle prestigio y tronío a esta rara película.

Y, como digo muchas veces refiriéndome a mí mismo, no digo “rara” en el buen sentido de la palabra (léase “superespecial”), sino en el malo (léase “insoportable”). La trama ya resulta, de por sí, surrealista: en un pequeño videoclub de barrio regentado por un viejo (Danny Glover) que se resiste a ceder ante el avance del mundo en general y del DVD en particular, se produce un extraño incidente. Un amigo (Jack Black) del dependiente (Mos Def) tiene un accidente intentando sabotear una central eléctrica (???) y se convierte en un magnetizador andante, que al tocar las cintas de vídeo las borra completamente, dejando al videoclub sin existencias.

Para intentar reparar la catástrofe, el amigo y el dependiente se ponen manos a la obra con una tarea que resulta kafkiana: rodarán todas las películas que había en el videoclub con una simple cámara de vídeo casero, y ellos mismos como actores, directores y especialistas. Las películas que hacen, huelga decirlo, son lamentables. No sólo por el lado técnico, sino que son un auténtico truño. No tienen maldita gracia. Pero, por alguna razón incomprensible (al menos para mí), a los clientes del videoclub les encantan. Y cada vez piden más. Y los dos amiguetes cada vez ruedan más. Y ya está.

Así que la película es, básicamente, una colección de escenas de películas famosas re-filmadas por un par de tíos que deberían resultar graciosos. Pero no es el caso. Las escenas, como decía antes, son lamentables. No es que no hagan reir, es que no hacen nada. Ni reir, ni llorar, ni mosquearse. A mí no se me ha movido ni un músculo de la cara en la hora y media de película. Es tan ridícula, tan estúpida, tan ñoña, que si acaso lo único que provoca en algunos momentos es vergüenza ajena, por ejemplo cuando salen Mía Farrow y Sigourney Weaver (que uno piensa: hijas mías, ¿tanto dinero debéis a los corredores de apuestas que tenéis que aceptar estas basurillas?).

Total, que le doy un cero y me quedo corto. Me gustaría poder decir que hay algo que se salva, porque me serviría para autojustificarme y no tener la sensación de que he tirado una hora y media de mi tiempo viendo esta patraña. Pero no. No hay ningún consuelo. La única razón por la que no paré la película a los 10 minutos (o a los 20, o a los 30) es porque me decía a mí mismo: no puede ser TAN mala, seguro que en algún momento se explicará toda esta estupidez. Lo único que me queda hacer ahora es advertir al resto del mundo: la estupidez nunca se explica, ni en esta película ni en la vida real. Son esas cosas que uno ya debería saber, pero que al final nunca recuerda cuando tiene que hacerlo. Pues eso. Quedáis advertidos.

El trailer, en español y en inglés

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Esplendorosa alegría, gloriosa tristeza

Terra
Mariza

Mariza - Terra

Valoración:

Podría dar una lista de al menos 20 razones (más o menos una por cada canción) para ir a ver el concierto que Mariza dio el domingo 13 en Madrid, y que paseará por varias ciudades más en los próximos meses, pero voy a dar sólo una: es mucho más barato que comprarse un cohete. Eso sí: sólo te saca del planeta durante un par de horas. Pero durante ese tiempo, como Blade Runner, uno ve, escucha, y siente cosas que vosotros los humanos no podriais creer.

No voy ni siquiera a intentar contar la experiencia de ver cantar en directo a Mariza. Es imposible, no podría ni acercarme a la sensación que uno tiene ya desde el momento en que la ve salir al escenario, vaporosa, elegante, delicada y poderosa al mismo tiempo. Sus movimientos en el escenario también son música, todo en ella es música, y voz, y pasión, y desgarro, y risa, y lágrimas, y sentimiento, y fado. Canciones viejas y canciones nuevas, todas suenan como si fuera la primera vez que uno las escucha, porque Mariza también las canta como si fuera la primera vez. Sufre con los requiebros imposibles de “Gente da minha terra”, se le iluminan los ojos mientras baila como una niña “María Lisboa” o su nueva “Rosa branca”. Y mientras tanto, ya hace tiempo que uno ha dejado de estar sentado en la grada y escucha su voz perfecta desde un lugar mucho más acogedor, más liviano, un lugar en el que la tristeza tiene el mismo brillo que la mayor de las alegrías.

Cuando llega el final, uno cree que ya no puede sentirse mejor de lo que se siente. Pero Mariza sigue en el escenario, y eso quiere decir que todavía hay música y todavía se puede ir más lejos, todavía hay cosas que no nos ha dicho. Y en ese último momento, nos regala el que ella misma dice que es su fado favorito: “Primavera”. Y ahí es cuando yo habría dado cualquier cosa que me hubieran pedido porque el fado no hubiera terminado nunca. Me habría quedado pegado a la silla para siempre, contemplando la delicada levedad de Mariza y escuchando su voz deslumbrante, que atravesó todo el aire del mundo con la última estrofa de “Primavera”:

Todo o amor que nos prendera
Se quebrara e desfizera
Em pavor se convertia
Ninguém fale em primavera
Quem me dera, quem nos dera
Ter morrido nesse dia

¿Es posible pensar en un lugar mejor para quedarse a vivir siempre? Pues sí. Porque, después de dejar el escenario, y ante la insistencia de todos los que nos resistíamos a abandonar el cohete y volver a este planeta de garrafón, Mariza subió a la grada acompañada por dos de sus guitarristas (guitarra portuguesa y viola de fado) y nos regaló unos minutos en los que ya no necesitamos ni el cohete. Porque, a escasos 10 metros de donde yo estaba, Mariza cantó un fado tradicional de la Mouraría sin micrófono (ni ella ni los guitarristas), y cuando terminó de cantarlo a mí ya me daba igual el cohete, la grada, el aire de Madrid, y el acelerador de partículas del CERN. Estoy harto de escuchar a la gente que habla de las maravillas de los viajes. De lo mucho que se aprende. De lo enriquecedor que es conocer otras culturas. Después del concierto de Mariza, viajar a Nueva Zelanda parece como bajar a comprar tabaco al bar. Porque hay viajes que no se pueden hacer en avión. Ni en cohete. Y esos son los únicos importantes. Mariza es un pedacito de cielo.

Gente da minha terra (Concierto en Lisboa, junto a la Torre de Belem)

María Lisboa (Concierto en Lisboa, junto a la Torre de Belem)

Rosa branca (vídeo)

Primavera (Concierto en Lisboa, junto a la Torre de Belem)

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Ketchup psicológico

Funny games
(Funny Games U.S.) – 2007

Funny games

Dirigida por Michael Haneke
Con Naomi Watts, Tim Roth y Michael Pitt
 
Valoración:

La figura del psicópata es al cine de miedo lo que la cáscara de plátano al de humor: un recurso fácil, muy visto, pero siempre efectivo. Hay, de hecho, una larga lista de películas que han usado y abusado tanto de la una como de la otra, aunque, por supuesto, el grado de pericia con el que los directores las han empleado es muy diferente. Tenemos desde obras maestras del cine (Psicosis) hasta auténticos bodrios infumables (lo siento, no me acuerdo de ninguno, ni me quiero acordar).

Funny Games, como ya se puede suponer después de esta introducción, es una de esas películas: la historia está construida alrededor del viejo y seguro recurso del psicópata. Y no se anda con rodeos, como otras. El psicópata (los psicópatas, mejor dicho, porque son dos) entran en el minuto 5 y ya no salen hasta el final. Y a lo largo de la cinta hacen una exhibición de crueldad y sadismo como yo no recuerdo haber visto en mucho tiempo. Y además el director sabe transmitirnos todo ese horror sin mostrarnos ni una sóla de sus acciones más desagradables. En realidad, a lo largo de la hora y media de película, apenas vemos heridas o golpes, y si mi memoria no me engaña sólo vemos un muerto, y de lejos.

Por ese lado (por el lado “técnico”, digamos), “Funny Games” es impecable. La tensión no se corta con un cuchillo… se corta con una motosierra, porque hay momentos en los que es insoportable. Como espectador, uno no deja de sufrir como perro anticipando las posibles desgracias que les pueden suceder a los protagonistas, una dulce familia media que va a pasar unos días de vacaciones a su casa junto al lago. Pero, más allá de la habilidad del director y la buena interpretación de los actores para meternos el miedo en el cuerpo, la historia se va cayendo a cada minuto que pasa.

Porque uno de los elementos imprescindibles de una historia de psicópatas (como de cualquier historia, por otra parte) es que los personajes sean coherentes. O, mejor dicho, predecibles. No completamente, por supuesto, pero como espectadores nos gusta jugar a resolver misterios. Nos gusta apostar “qué pasará”, cuál será el siguiente movimiento del malo, quién puede ser el asesino, a qué chico elegirá la chica… y para eso, necesitamos que los personajes nos den pistas que nos permitan jugar a predecir el futuro. Ya digo, nos gusta hacerlo, es nuestra naturaleza como seres humanos.

Pero en “Funny games”, los psicópatas no tienen ningún tipo de personalidad. Simplemente, son malos. Muy malos. Malísimos. No sabemos por qué, y además el director nos deja claro que no importa saberlo. No sabemos cuál es su objetivo, ni qué les gusta, ni cuáles pueden ser sus debilidades (de hecho no tienen ninguna, ese es otro de los aspectos que hacen que la historia no se sostenga… los malos son perfectos). No sabemos nada de ellos, y la historia avanza sin darnos ninguna pista. Tenemos que aceptar que son así. Que son perfectos, muy malos, y que no tienen ningún objetivo. Y claro, así, la verdad, dar miedo es muy fácil. Porque el espectador está a merced del director, que tiene la libertad de hacer que pase cualquier cosa sin que nosotros podamos “protestar” porque resulte incoherente.

“Funny games” podría ser la primera (gran) película que utiliza el recurso del ketchup psicológico. Sí, como muchas películas de miedo de los últimos años han estado haciendo con el ketchup de verdad. Hace décadas, las películas de miedo tenían una historia detrás, hasta que alguien descubrió que un tipo con una motosierra salpicando litros y litros de ketchup a su paso daba más o menos el mismo miedo, y era mucho más simple de producir. Así llegaron las sagas de Viernes 13 o Sé lo que hicisteis el último verano. Y es innegable que, en su momento, fueron una revolución y cumplieron su objetivo de manera impecable: miembros amputados, cabezas cortadas, sangre, vísceras… aquello daba un miedo que hacía que las chuquis se te abrazaran en la fila del cine como si les fuera la vida en ello, para alegría de tantos y tantos adolescentes que veíamos con delirio cómo la carne venía a nosotros sin que tuviéramos que hacer ninguna exhibición de testosterona.

Pero ahora que ya no somos adolescentes, y que hemos visto litros y litros de ketchup por ahí tirado, a mayor gloria de psicópatas de todos los pelajes, pues hombre, la verdad es que uno espera algo más. Dar miedo, así sin más, es bastante fácil. Basta imaginarse, por ejemplo, a Sara Montiel en pelotas. “Funny games” es algo así. Un susto muy gordo, muy largo (horita y media) pero sólo un susto. Media hora después de la peli ya no te queda ni medio gramo de miedo en el cuerpo. Y un par de días más tarde, ya no te acuerdas de ella ni cuando le echas ketchup a la hamburguesa.

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Darth Vader en el comedor de la Estrella de la Muerte

Muy gracioso vídeo de un tipo que hace pseudo-episodios de TV con figuritas del Lego. Que menuda paciencia hace falta, digo yo. En fin, ya digo que la escena es realmente graciosa. Está en inglés, lo siento. Pero vamos, que se va entendiendo. Son menos de 3 minutos.

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Indiana Cage II

La búsqueda II: el diario secreto 

 
National Treasure: Book of Treasures(National Treasure: Book of
Secrets) – 2007

Dirigida por Jon Turteltaub
Con Nicolas Cage, Diane Kruger, Ed Harris, y Jon Voight
Valoración:

Lo de los títulos de las películas en español siempre será un misterio. Mira que este era fácil de traducir: “El tesoro nacional: el libro de los secretos”. Pues no. Para empezar, como en la primera entrega de la saga ya tradujeron “National Treasure” por “La búsqueda” (vaya usted a saber por qué), pues ahora tienen que mantener esa misma traducción absurda para que la gente entienda que esta película es una continuación de la primera (esto también pasa con La jungla de cristal, que en inglés se titulaba “Die Hard”… y cuando llegaron las secuelas, aquí se siguieron titulando “La jungla de cristal” aunque ya no había cristal por ningún lado). Total, que esto de los títulos es un jaleo.

Pero es que, además, en este caso habría sido todo mucho más fácil si los gringos hubieran titulado directamente a la película “Indiana Cage y el libro perdido”, o “Nicholas Jones y el secreto maldito”. Así todos sabríamos a qué vamos al cine, que nunca viene mal saberlo antes de dejarse medio sueldo en comprar una entrada, otro medio en una bolsa de palomitas, y todo para que al final nos toque una butaca esquinada en una sala con la pantalla más pequeña que la tele de nuestro salón. Pero oye, que si con todo eso conseguimos que Nicolas Cage cobre 20 millones de dólares por película en lugar de 19, yo lo doy todo por bien empleado. Y si además Teddy Bautista se puede comprar unas cervezas y bebérselas a mi salud, ya estoy en la gloria.

En fin, tras esta larga introducción queda poco por decir. No porque no tenga ganas, sino porque soy consciente de que aquí no se lee más de 4 párrafos seguidos ni la Potito. Así que iré al grano a lo bestia, después de haberme perdido por las ramas una vez más. La búsqueda II: el diario secreto es una copia (en cuanto a estilo y personajes) de “La búsqueda”, que a su vez era una copia (o un intento, más bien) de la saga de Indiana Jones. ¿Están las copias a la altura de los originales? ¡Ah, qué pregunta más interesante! Si no fuera porque ya estoy a punto de saltar al cuarto párrafo, me pondría gustosamente a divagar para volver a liarme con tonterías.

Pero como ya estoy en el fatídico cuarto párrafo, dejaré las preguntas interesantes a un lado y me centraré en las vulgares. ¿Es esta película entretenida? Sí. ¿Se pasa bien el rato? Sí. ¿La recordaremos mientras vivamos, y nos emocionaremos con dicho recuerdo? No. ¿Nicolas Cage vuelve a interpretarse a sí mismo, como Antonio Resines? Por supuesto. ¿Dónde se ha hecho la cirujía estética y el implante capilar que luce con sorprendente orgullo? No lo sé, pero lo averiguaré para daros la dirección y que nadie se caiga por allí ni por equivocación, que te quedas con la cara como de plastilina y con la peluca de la Nancy. Bueno, creo que eso es todo. No queda ninguna pregunta por responder. Ah, sí, espera. Queda una. ¿Está buena la protagonista? Pues hombre, buena no, pero es resultona. Por eso, y a pesar de que el título de la película tiene números romanos (indicio infalible de máxima calidad), la valoración se queda en un 3. Si la intérprete fuera la flamante mujer de Flavio Briatore (a quien promocionaremos en Profalter en la próxima junta), le daba un 6. O más.

El trailer (en español arriba, en inglés abajo)

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Una de carteles jachondos

Sí amigos, aquí llega una vez más uno de los platos fuertes de 1y1y1. Cuando la audiencia baja después de poner varios artículos sobre libros o discos (las pelis las tragáis mejor), siempre me guardo la carta jachonda para sacarla en los peores momentos. En esta ocasión, la sección Moranca de 1y1y1 os trae algunos carteles reales como la vida misma que, según decía en el e-mail que recibí, han sido fotografiados en Colombia. Cuidadín con el último.

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