Archivos del Mes para July, 2008Pag 2 de 2

Rutilando en el buga con los brodels

American Gangster
Jay Z

Jay Z - American Gangster

Valoración:

Siempre me he preguntado quiénes serán los equivalentes nacionales a los negros de EEUU. Un grupo con casi un lenguaje propio, con unos barrios propios, con unos tópicos propios, y con un lamentable gusto para la joyería de lujo. Esas cadenas perreras de oro en los tíos, esas pulseras que parecen grilletes de titanio en las tías… y sin embargo, tienen un encanto especial y un don para la música. Son los padres del soul, del jazz, y más recientemente del rap. Un negro sordo tiene más sentido del ritmo que el blanco más marchoso.

Y no, no me valen los gitanos como equivalente patrio. Porque en el caso de los negros no es sólo la música. Muchas de las modas que ahora seguimos todos las empezaron los negros americanos. La ropa deportiva como ropa de calle, el saludo chocando las manos (gimme five), las tallas XXXL, los pantalones caídos… Hay que reconocerlo: la estética negra mola. Claro que, como siempre suele suceder en estas cosas, los negros tienen el don y las ideas, pero normalmente los que se forran con ellas son blancos. El mundo es injusto, sí, ya, qué me vas a contar.

Total, que este disco de Jay Z (que es la banda sonora de la película homónima) suena a negrata por todos los poros de su cuerpo. Eso, hace 30 años, querría decir que es un disco de soul auténtico; hace 70, querría decir que estamos ante una obra de jazz de primera; hoy, quiere decir que tenemos aquí una colección de raps que quitan el sentido. “American Gangster” es el CD perfecto para ponerlo en el coche, bajar las ventanillas, poner el volumen al máximo, y pasearse a 20 por hora por las calles de un barrio marginal. Claro, que si no somos negros y además no estamos un poco cachas, en un barrio realmente marginal no tardaremos ni 10 minutos en perder el CD, el radiocasete, y el coche completo a manos de una panda de tipos que probablemente encajan mucho más con las letras del disco que nosotros. Porque, huelga decirlo, todas las canciones hablan de cuestiones suburbanas, de delitos menores y mayores, y abundan las frases que cruzan amenazas de muerte por un quítame allá esa papelina de jaco.

En efecto, amigos, la vida del negro periférico es dura. Y estas canciones, como la película que protagonizaba Denzel Washington, lo reflejan con brillantez. Son raps clásicos, contundentes, con un ritmo impecable y unas rimas brillantes. Hay un par de piezas que prueban variantes rítmicas un poco más atrevidas, pero en general “American Gangster” es un clásico del rap. Sí, un clásico, a pesar de que apenas lleva un año en el mercado. ¿Por qué le doy sólo un 3, entonces? Pues porque a mí el rap me satura un poquito. Para un rato está bien, pero igual que alabo las virtudes artísticas de los negros americanos, tengo que criticar su lamentable sentido de la mesura. Igual que con las joyas, con las canciones se les va la mano. Y lo bueno, si largo, media vez bueno. Así que, querido Jay, te quedas con un 3. La próxima córtate un poco. Y quítate el collar perrero, hombre, que en eso también te has pasado cuatro pueblos.

Dos de mis canciones favoritas del disco

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Siempre nos quedarán los clásicos

La piedra lunar
Wilkie Collins

Wilkie Collins - La piedra lunar

Valoración:

Menos mal que el mundo no empezó ayer. Porque si “La piedra lunar” hubiera tenido que ser escrita por alguno de nuestros contemporáneos más populares, creo que ni siquiera podríamos disfrutar hoy de una novela. Mucho menos, de una novela genial. Si acaso tendríamos un relato corto, como mucho. Estamos en lo de siempre, en el “qué” y en el “cómo”. Y hoy todo es “qué”. La gente lee libros, o ve películas, o habla con alguien, para que le cuenten “algo”. Aquí nadie está para “perder el tiempo”, y si algo se puede contar en 2 palabras, ¿para qué se necesitan 3? Pues para crear un efecto estético. Para que lo que se cuenta sea más bello. Sí, ya, la belleza. Que me den.

Hoy hay una obsesión por la rentabilidad del tiempo, y por la apariencia formal. Lo importante es que parezca que algo está bien escrito, y que nos cuente algo interesante. Si no, a otra cosa. Y, claro, en ese tipo de papanatismo literario “La piedra lunar” es una aberración intolerable. Para empezar, es un libro de más de 500 páginas, que lo único que “cuenta” es la resolución de un pequeño misterio: una famosa joya es robada, y hay que descubrir quién es el ladrón. De verdad, no hay más.

La piedra lunar fue escrita por Wilkie Collins en 1868, y eso se nota (favorablemente). Las 500 páginas van desgranando el misterio del robo a una velocidad que desesperaría al más paciente guionista de Hollywood. Desde luego, las descripciones podrían ser más cortas, y los diálogos más fluidos, menos directos y más “oblícuos” (como se dice en la “jerga técnica” de los cursos de escritura), los personajes podrían ser mucho más complejos (“multidimensionales”, como también se dice en los círculos eruditos), la acción podría avanzar más rápido, y el lector debería estar sometido a mayor tensión para mantener su interés. No es cinismo: es realidad. Estoy seguro de que si alguien enviara hoy esta novela en forma de manuscrito a cualquier editorial, haciéndolo pasar por una novela propia e inédita (como ya hizo un inglés con una novela de Jane Austen hace unos meses con resultados espeluznantes), se encontraría (suponiendo que la editorial se leyera el manuscrito, cosa altamente improbable como también demostró el inglés de marras) con una crítica que probablemente incluiría una lista de “defectos” como la que acabo de exponer: querido autor, sus descripciones son demasiado prolijas, sus diálogos son mejorables, sus personajes son planos, la acción no avanza, la tensión es irregular. Y yo digo: ¿y a quién coños le importa eso?

“La piedra lunar” es una joya del mismo tamaño que la pieza robada en la historia que cuenta. Un pedrusco. El uso del lenguaje es pura música, las descripciones se alargan pero no le resultarán pesadas a quien disfrute de la Literatura con mayúsculas, la historia es simple pero está perfectamente contada, los personajes no son muy complejos, pero es que la gente real en general tampoco lo es. Dicho esto, algunos de ellos son memorables. El mayordomo Betteredge, por ejemplo, o la beata solterona Miss Clack, que retrata en 70 páginas al 90% de los cristianos de su época, y todavía a buena parte de los actuales. O el melancólico Ezra Jennings, que nos atrapa con su misterioso pasado sin ni siquiera tener que contárnoslo.

Pero que nadie malinterprete esta apasionada defensa que estoy haciendo de los “defectos” de “La piedra lunar”. Quiero decir, que nadie piense que esta es una novela para expertos o para listillos que sólo disfrutan con ladrillos escritos en papel de biblia. “La piedra lunar” es, por encima de todo, una novela amena. Es una de las primeras novelas policíacas de la Historia, y por lo tanto una de las precursoras de uno de los géneros más populares del siglo pasado, y probablemente también de este y de muchos más, si esto no peta. Además, Wilkie Collins exhibe un sentido del humor de lo más británico, sutil y con una importante carga de cinismo, que nos hace simpatizar inmediatamente con los personajes principales.

Es cierto que, como decía antes, la misma historia podría contarse en 200 páginas y no se perdería ningún detalle esencial de la trama. No se echaría de menos nada. Y, sin embargo, cuando uno lee la novela tal y como se escribió, con sus 500 y pico páginas, y pasa la última hoja, se queda con la sensación de que no sobra ni una coma. Al revés. Lo único que uno pediría después de esa última página, sería tener al lado otras 500 iguales. Escritas con el mismo talento, con la misma inteligencia. Construidas para disfrutar del lenguaje y de la belleza, y no para satisfacer mentes infantiles que quieren encontrar ideas superespeciales y sentirse más inteligentes por haber sido capaces de descifrar mensajes subliminales y complicados simbolismos. Ojalá viviera hoy Wilkie Collins y pudiera escribir una novela con ese tipo de personajes. Y ojalá la novela tuviera 1000 páginas.

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Crítica de “Dios en una estrella fugaz”

En el suplemento cultural del periódico “La Verdad” publican esta semana una crítica de mi tercera novela, Dios en una estrella fugaz. La página original está aquí. El texto de la crítica es este:

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Cuando llueven estrellas

COORDINA: JOSÉ BELMONTE SERRANO

Dios puede estar en una estrella, o haber huido de ella, cobijar bajo su sombra omnipotente a todo ser vivo, o desertar incluso del olvido. Esa tremenda disyuntiva es la que plantea el gallego José Ramón Pérez en esta novela, en la que concede la voz protagonista al catedrático agonizante Sebastián Lasalle, que mantiene un intenso diálogo con su mujer muerta, como si le fuera anunciando el poco tiempo que les queda para volver a reunirse.

Todo transcurre en esa jornada de agosto en cuya noche San Lorenzo llora lágrimas en forma de perseidas. Esa noche morirá Sebastián Lasalle, pero antes el autor nos presenta, en una lograda narración musical y paralelística que converge en las páginas finales, a unos cuantos personajes que han estado cerca del catedrático, cada uno con su conflicto a cuestas. Como Beatriz, su hija, arrasada por una ruptura matrimonial en la que espera no naufragar; o su otro hijo, Sebastián, venido de Norteamérica con una amiga brasileña para despedirse de su padre.

Cada uno de ellos es una llave que conduce al lector hasta la existencia de otro. Don José, el cura que asiste al moribundo, será una pieza clave en el encuentro de Suso Taboada, promesa futbolística abortada por un accidente que le dejó en silla de ruedas, con Layla, una joven huérfana que arrastra las secuelas y el miedo de una violación, dos seres extraviados que se conocerán a través de un Chat. Rubén, el médico que atiende a los enfermos terminales, hallará a Teresa, ex drogadicta, ex delincuente, casi ex mujer, que ve en el doctor una luz que la redima de la agonía de su antiguo novio, ahora al borde de su última dosis.

Y Tomás, el hombre que cuidaba la casa de Sebastián padre, también huérfano de hijo, aferrado a sus recuerdos y a la única compañía de un perro que echa de menos a su amo casi tanto como él. Cada cual arrastra un equipaje de amarguras, cada cual vive y sufre y ríe, con ese dios sobre sus cabezas, mudo y expectante, permitiéndoles lanzar los dados de su destino, porque el dolor rezuma en muchas páginas de esta novela. José Ramón Pérez lo sabe y se transforma en narrador coral porque ésa es la única manera de estar un poco más cerca de la realidad. Lo de menos, salvo en el caso de Sebastián Lasalle, es cómo terminen entrelazados, lo verdaderamente importante es, sin duda, el proceso que les lleva a acercarse unos a otros.

Antonio Parra Sanz
‘Dios en una estrella fugaz’. José Ramón Pérez. Editorial Alaxe. 215 páginas.

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