734 pags.
Valoración:

Decía Tolstoi en su celebérrima primera frase de “Ana Karenina“:
Todas las familias felices son iguales; pero las familias desgraciadas lo son cada una a su manera
Tolstoi era un fenómeno, eso ya se sabe, pero además era modesto. Porque no es la realidad pelada la que hace especial a cada familia desgraciada, sino la mirada aguda y analítica de un genio como Tolstoi. Porque si quien mira a esas familias desgraciadas es un escritor flojeras, entonces todas las desgracias parecen tan iguales como las felicidades. Que se lo cuenten a Jonathan Franzen, porque en “Las correciones“ nos coloca más de 700 páginas de literatura abigarrada para contarnos cosas que ya hemos visto muchas otras veces, en territorios tan trillados que ya no se saca grano ni para hacer un colín.
La literatura americana contemporánea en general, y “Las correcciones” en particular, abusa del estereotipo. Y del histrionismo. Vale, ya nos ha quedado claro a base de ver películas que Nueva York es un sitio donde habitan los tíos más raros del planeta, pero ahora resulta que Filadelfia, Baltimore, o cualquier ciudad que no esté en el interior de EEUU es un circo ambulante. Gente excéntrica por doquier, estilos de vida alternativos, relaciones personales incomprensibles… Y, por contra, los que viven en el interior, y especialmente en el famoso Medio Oeste, son una panda de palurdos reaccionarios que sólo se preocupan por nimiedades y se pasan el día chafardeando con sus vecinos en sus pueblachos cerrados y republicanos. Lo que decía: estereotipos e histrionismo. Territorios demasiado conocidos.
En “Las correcciones”, Jonathan Franzen nos mete un empacho de esos estereotipos. La novela está protagonizada por los cinco miembros de una de esas “típicas” familias estadounidenses, y cada uno de ellos es un tópico andante. Los padres ancianos, que todavía viven en su pueblo del Medio Oeste, tienen una vida basada en la incomunicación que han construido laboriosamente durante las décadas que llevan juntos; no se quieren, se soportan y ni siquiera se plantean que la vida pueda ser algo más que trabajar, tener hijos y llevarse bien con los vecinos. El hijo mayor es el triunfador social que, sin embargo, sufre porque no lleva la vida que quiere y tiene problemas con su mujer y sus hijos. La hija mediana es la chica creativa y decidida que ha conseguido dedicarse a algo que le gusta, pero que no tiene suerte con los hombres. Y el hijo pequeño es el buscavidas que va sobreviviendo a base de trampear como puede, metiéndose en líos de los que sale sobre la sirena sólo para meterse en otros nuevos a los cinco minutos.
Cada uno de esos personajes nos ha visitado cientos de veces en películas, series de televisión y libros varios. Y la historia que los une en “Las correcciones” es tan vulgar como ellos mismos, así que por ahí tampoco encontramos una razón para engancharnos a la novela. Que además, como decía, tiene más de 700 páginas. Insisto tanto en esto porque yo siempre he creído que, en general, cuando alguien necesita más de 300 páginas (aproximadamente) para contar algo, y no es ruso, es que se ha liado. Los rusos tienen una habilidad especial para contar historias largas, para enredarse, para enredarnos con ellos. Pero el resto (insisto, en general), no.
Señalaré para terminar que “Las correcciones” ha sido calificada de “la gran novela del siglo” o “la mejor novela americana contemporánea” por tipos presuntamente sesudos. Huelga decir que servilleta no está de acuerdo. Claro, que yo no soy sesudo, aunque uso casco tamaño XL para la moto. A mí esta novela me ha parecido, por encima de todo, vulgar. Vista. Repetida. Lo que no quiere decir que Jonathan Franzen no tenga una prosa muy bien trabajada, lo que, en español corriente, quiere decir que escribe bien. Tiene algunos vicios, el primero de ellos la incontinencia, y el segundo el abuso de las descripciones con contenido sexual zafio cuando no vienen a cuento, pero en general hay que reconocer que el tío escribe muy bien. Eso es, de hecho, lo único que ha conseguido que yo no dejara la novela en la famosa página 50. Eso, y que en vacaciones uno se vuelve más indulgente porque tiene más tiempo, y al final termina malgastándolo con tochos como este. Aunque también debo confesar que a partir de la página 300 empecé a hacer lectura diagonal, o transversal, o como se llame. Vamos, que me fui saltando trozos a tutiplén.
Último dato: Jonathan Franzen es un escritor muy famoso últimamente en EEUU, no tanto por haber escrito “Las correcciones” sino porque antes de hacerlo ya era (y supongo que sigue siendo) una de las grandes esperanzas blancas de la literatura anglosajona. Además, el chaval va de rebelde y rehusó la invitación de la todopoderosa Oprah Winfrey para acudir a su programa (y eso que, según dicen, ir al programa de Oprah supone para un escritor millones de ejemplares vendidos sólo por su recomendación). Y eso es casi lo más curioso: que un tipo tan “alternativo” en su vida real, y que desde luego tiene la técnica y el oficio necesarios para escribir una buena novela, haya caído en algo tan trivial como lo son la historia y los personajes de “Las correcciones”. Si esta es su “gran novela del siglo”, creo que Franzen y yo no vamos a cruzarnos nunca más. Sobre todo si sigue haciendo novelitas de 700 páginas. Que no estamos para perder el tiempo releyendo cosas que otros ya han contado antes, en muchas menos páginas, y con mucho más talento. Así es la vida, Jonathan.
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