Archivos del Mes para August, 2008

Tu cara me suena

At Mount Zoomer
Wolf Parade

Wolf Parade - At Mount Zoomer

Valoración:   

Sí, amiguete, aunque hagas ese tipo de música que queda así como descuidado, con cambios de ritmo que parecen improvisados, estribillos marcados que siguen a estrofas amables, chunta-chunta de batería británica (aunque seas de Canadá) justo después de un sintetizador suavecito, y voces digamos desenfocadas, no quieres parecer un cantante, quieres parecer un tío original, que dice cosas, que sigue la música que sus colegas van construyendo usando los instrumentos con una mezcla de virtuosismo e innovación (que no lo es)… Sí, amiguete, tu cara me suena.

Te he visto en muchas décadas distintas, disfrazado de inglés melenudo, de centroeuropeo con cara de mala leche, de americano disidente. Y sé que crees que haces algo que merece la pena, que tú no sigues las modas, que construir un grupo en 3 días y no sonar a pachanga tiene mucho mérito, y lo tiene, no te digo yo que no, pero es aquí no estamos para dar medallas olímpicas al tío que más se esfuerza, ni siquiera al tío con más talento, ni por supuesto al tío más rarito del barrio. Aquí no damos medallas, por cierto, pero si las diéramos se las daríamos a los que, con mérito o sin él, nos hacen desenchufarnos una horita de la máquina y nos hacen creer que todo lo que vemos no existe. Que es otra cosa. Que nosotros somos otra cosa, que esto es un videojuego como todos sabemos al fin (y al que después hay que volver, qué se le va a hacer).

Wolf Parade: no merece la pena perder más tiempo con vosotros. Que os vaya bien. Tocáis con solvencia, parece que tenéis buen rollo, seguid siendo amigos. Yo ya tengo los míos.

Una canción de los mencionados

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La medicina: esa gran ciencia

Con un par. Leo el otro día en este artículo de “El Mundo”: Los zumos de pomelo, naranja o manzana alteran la eficacia de ciertos medicamentos. Hasta ahí, vamos bien. Quiero decir, vamos bien si uno no toma medicamentos bajándolos con zumo de naranja, pero por lo demás estamos conformes. Cómo avanza la ciencia, pensamos. Qué fuerte. Tía.

Pero leyendo un poco más, descubro este pequeño detalle:

La investigación ha sido dirigida por el profesor de la Universidad Western Ontario (Canadá), David Bailey, que hace unos 20 años descubrió precisamente lo contrario, ya que demostró que el zumo de pomelo bloqueaba una enzima partícipe en la descomposición de determinados medicamentos y, por tanto, aumentaba sus efectos.

Cuadrados. Hay que tenerlos cuadrados. O sea que el pollo publica hace 20 años un estudio animando a la población civil a que se beba un zumo con los antibióticos, se hace famoso, le dan un premio en su barrio, y ahora nos dice que no, que huy qué descuido, que en realidad es lo contrario. Vale: yo siempre he sido muy crítico con la medicina, pero a la vista de este tipo de noticias, ¿quién se cree ahora que la sal sube la tensión?

Por cierto, que el tal Bailey, en un alarde de jeta marmórea, termina su intervención añadiendo: “Esto es sólo la punta del iceberg, me temo que otro tipo de fármacos también se pueden ver afectados por este fenómeno”. Tú sí que eres un fenómeno, Bailey, por la gloria de Marcus Welby. Yo quiero un póster de este tío.

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Depresión cansina

Black Sheep Boy
Okkervil River
Okkervil River - Black Sheep Boy

Valoración:   

Ya se sabe que lo poco llega y lo mucho cansa, y eso es aplicable también a los estados de ánimo. Tan empalagosas resultan las personas que siempre están de buen humor como las que parecen sufrir un enfado permamente contra la vida y sus circunstancias. Y quien dice enfado dice resignación o melancolía o apatía, que todo cabe en este “Black Sheep Boy” de los aclamados Okkervil River (aclamados, eso sí, en los selectos circuitos de adolescentes superespeciales, antisistema, y rebelados de la vida, cuya abundancia y continuidad de generación en generación garantiza a este grupo una larga y rentable carrera).

Se suponía, a juzgar por lo que había leído de ellos, que Okkervil River iba a ser algo diferente. Unos pollos que se mueven al margen de las modas, de las grandes discográficas, y que de hecho tuvieron que autoproducirse su primer disco. Mindundeces. Estos tíos todavía no se han dado cuenta de que ser anticonvencional hoy es lo más convencional que existe. No vale con ir de alternativo. No vale con hacer unas letras interesantes (sin más), hablando de marginación y sufrimiento. No vale con ser un black sheep boy, porque hoy los rebaños tienen más ovejas negras (o afroamericanas) que blancas.

Y es que en eso se queda todo. Un disco que parece sacado del baúl de los recuerdos, con un estilo quejumbroso y cansinamente depresivo que hemos escuchado muchas veces (y que, incluso, hemos compuesto nosotros mismos con el casiotone), y que por lo tanto nos suena tan familiar como la música del 1-2-3, responda otra vez. Con eso, queridos Okkervil River, nunca llegaréis más allá de las chukis de 15 años que suspiran por los peludos depresivos, y que se lían con ellos para intentar redimirlos. ¿Buen plan? Lo dudo. No sé en Austin, Texas, pero aquí liarse con las de 15 es delito. Y, por lo que sé de Texas, me temo que allí también, y probablemente la pena sea la electrocución del fistro sesual en una silla diseñada ad hoc. Así que cuidadín, Okkervil River, a ver si, además de músicos del montón, vais a acabar cantando con la voz de los Bee Gees. Que es lo único que os falta, majos.

Un vídeo de los presuntos alternativos

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Una de intendencia

Hola, plebe. En los últimos días he recibido millones de quejas de muchos de vosotros que, ávidos de ideas frescas y reflexiones agudas, me comunicabais que últimamente ya no recibís los avisos por e-mail de las novedades de 1y1y1. Sólo puedo decir que esta vez no es culpa mía. Por alguna razón ajena a mi voluntad y a mi comprensión, algunos servidores de correo (como Gmail, por ejemplo) han empezado a clasificar los mensajes de 1y1y1 como spam o “correo no deseado”, y por lo tanto no los dejan llegar a la Bandeja de Entrada. Está claro que esto es una conspiración de los socialistas o de los EEUU, o de ambos compinchados, así que no abundaré en el tema.

Los que sepáis cómo evitar ese problema, marcando a 1y1y1 como remitente de confianza en vuestro programa de correo, hacedlo. Los que no, lo siento pero os quedáis sin notificaciones. Quejaos a Gmail, a la ONU, o a Luis Aragonés. En cualquier caso, ya habréis notado que suelo publicar mis artículos los martes, jueves y sábados (salvo en este mes de agosto en el que, por razones relacionadas con tener que tocarme las narices, he reducido el ritmo a miércoles y sábados, aproximadamente), así que si os pasáis por el blog cada 2 días más o menos, encontraréis algo nuevo. Aunque sea una chuminada, como esta misma, por ejemplo. Hala. A seguir bien.

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Más dura es la caída

El incidente
The happening (2008)
El incidente

Dirigida por M. Night Shyamalan
Con Mark Wahlberg y Zooey Deschanel
 
Valoración:   

Esta película bien podría ser una metáfora de la carrera de su director, el venerado M. Night Shyamalan, que sorprendió a todo el mundo con la interesante El sexto sentido, después se aprovechó de su recién adquirida fama para colarnos la infame El bosque, y ahora ha intentado reinsertarse en la sociedad molona de Hollywood con esta El incidente. Que, como digo, sigue una trayectoria similar a la de su director: comienza con brillantez, se atasca hasta llegar al sopor durante la parte principal, y termina intentando arreglar el desaguisado pasándonos una moralina, más que moraleja, tan obvia y tan simple que ni un fundamentalista de Greenpeace se atrevería a defenderla sin ponerse colorado.

Quien no haya visto la película pensará a partir de este párrafo, si no lo pensaba ya, que soy un cretino, porque voy a desvelar algunos detalles del argumento. Pero no. No soy un cretino, porque el propio Shyalaman nos da la solución al misterio en el minuto 20, aproximadamente. No es como en “El sexto sentido”: aquí tenía prisa por hacernos partícipes de sus teorías verderoles sobre el terrible futuro que nos aguarda si seguimos siendo malos malísimos con el planeta (tremenda estupidez en sí misma, por cierto, porque nosotros somos parte del mismo planeta… ¿qué quiere decir eso de que “estamos destrozando el planeta”, como si nosotros viniéramos de Ganímedes igual que Andercheran o Crístofe?

Total: que son las plantas. La gente empieza a palmarla y resulta que cuando la película no ha llegado ni a la mitad, ya nos dicen que las asesinas son las plantas. Aunque, según la teoría de Shyalaman, ellas no son asesinas. Ellas defienden el planeta, que al parecer es propiedad de los ficus y sus amigotes. Nosotros estamos de visita.

Pero la patochada no está provocada tanto por la teoría pseudoecologista de Shyalaman como por los pobres recursos que utiliza para asustarnos. Por ejemplo, algo habitual en este tipo de películas de segunda división del terror es que la gente se mueva sin hacer ruido, ni proyectar sombras, lo que, lógicamente, hace que los personajes se lleven unos sustos de muerte porque todo el rato se ven sorprendidos por alguien que les llega por detrás, o por un lado, sin que ellos puedan notar nada hasta que lo tienen a 10 centímetros de distancia. Muy novedoso, Shyalaman, muy novedoso. Y muy convincente. Muy todo, la verdad.

Con esos ingredientes de sopa de pobre, ni Ferrán Adriá conseguiría hacer un plato digno, y al final de la película nos quedamos, más que con hambre, con mal estómago. El principio de la película, como decía antes, prometía más. El misterio resultaba interesante (pero ya digo que Shyalaman lo destripa a mitad de película), y la tensión estaba bien construida. Pero después llega la teoría explícitamente contada, los efectos de susto de película de serie Z, y las cosas simplemente pasan porque todavía quedan 40 minutos de película que hay que rellenar. Algunos personajes entran, luego salen (porque se mueren), y cuando se cumple el plazo más o menos estándar, la peli se acaba y nos quedamos con el mensaje de paz y amor que, de infantiloide y absurdo, sólo viene a agravar el quemazo que uno ya tiene por haber malgastado hora y media de su tiempo. Otra más. Y luego dicen que la gente no va al cine. ¿Para qué, para perder el dinero además del tiempo? Anda ya.

El trailer, en español y en versión original

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Desgracias demasiado familiares

Las correcciones
Jonathan Franzen

Jonathan Franzen - Las correcciones

734 pags.

Valoración:   

Decía Tolstoi en su celebérrima primera frase de Ana Karenina:

Todas las familias felices son iguales; pero las familias desgraciadas lo son cada una a su manera

Tolstoi era un fenómeno, eso ya se sabe, pero además era modesto. Porque no es la realidad pelada la que hace especial a cada familia desgraciada, sino la mirada aguda y analítica de un genio como Tolstoi. Porque si quien mira a esas familias desgraciadas es un escritor flojeras, entonces todas las desgracias parecen tan iguales como las felicidades. Que se lo cuenten a Jonathan Franzen, porque en Las correciones nos coloca más de 700 páginas de literatura abigarrada para contarnos cosas que ya hemos visto muchas otras veces, en territorios tan trillados que ya no se saca grano ni para hacer un colín.

La literatura americana contemporánea en general, y “Las correcciones” en particular, abusa del estereotipo. Y del histrionismo. Vale, ya nos ha quedado claro a base de ver películas que Nueva York es un sitio donde habitan los tíos más raros del planeta, pero ahora resulta que Filadelfia, Baltimore, o cualquier ciudad que no esté en el interior de EEUU es un circo ambulante. Gente excéntrica por doquier, estilos de vida alternativos, relaciones personales incomprensibles… Y, por contra, los que viven en el interior, y especialmente en el famoso Medio Oeste, son una panda de palurdos reaccionarios que sólo se preocupan por nimiedades y se pasan el día chafardeando con sus vecinos en sus pueblachos cerrados y republicanos. Lo que decía: estereotipos e histrionismo. Territorios demasiado conocidos.

En “Las correcciones”, Jonathan Franzen nos mete un empacho de esos estereotipos. La novela está protagonizada por los cinco miembros de una de esas “típicas” familias estadounidenses, y cada uno de ellos es un tópico andante. Los padres ancianos, que todavía viven en su pueblo del Medio Oeste, tienen una vida basada en la incomunicación que han construido laboriosamente durante las décadas que llevan juntos; no se quieren, se soportan y ni siquiera se plantean que la vida pueda ser algo más que trabajar, tener hijos y llevarse bien con los vecinos. El hijo mayor es el triunfador social que, sin embargo, sufre porque no lleva la vida que quiere y tiene problemas con su mujer y sus hijos. La hija mediana es la chica creativa y decidida que ha conseguido dedicarse a algo que le gusta, pero que no tiene suerte con los hombres. Y el hijo pequeño es el buscavidas que va sobreviviendo a base de trampear como puede, metiéndose en líos de los que sale sobre la sirena sólo para meterse en otros nuevos a los cinco minutos.

Cada uno de esos personajes nos ha visitado cientos de veces en películas, series de televisión y libros varios. Y la historia que los une en “Las correcciones” es tan vulgar como ellos mismos, así que por ahí tampoco encontramos una razón para engancharnos a la novela. Que además, como decía, tiene más de 700 páginas. Insisto tanto en esto porque yo siempre he creído que, en general, cuando alguien necesita más de 300 páginas (aproximadamente) para contar algo, y no es ruso, es que se ha liado. Los rusos tienen una habilidad especial para contar historias largas, para enredarse, para enredarnos con ellos. Pero el resto (insisto, en general), no.

Señalaré para terminar que “Las correcciones” ha sido calificada de “la gran novela del siglo” o “la mejor novela americana contemporánea” por tipos presuntamente sesudos. Huelga decir que servilleta no está de acuerdo. Claro, que yo no soy sesudo, aunque uso casco tamaño XL para la moto. A mí esta novela me ha parecido, por encima de todo, vulgar. Vista. Repetida. Lo que no quiere decir que Jonathan Franzen no tenga una prosa muy bien trabajada, lo que, en español corriente, quiere decir que escribe bien. Tiene algunos vicios, el primero de ellos la incontinencia, y el segundo el abuso de las descripciones con contenido sexual zafio cuando no vienen a cuento, pero en general hay que reconocer que el tío escribe muy bien. Eso es, de hecho, lo único que ha conseguido que yo no dejara la novela en la famosa página 50. Eso, y que en vacaciones uno se vuelve más indulgente porque tiene más tiempo, y al final termina malgastándolo con tochos como este. Aunque también debo confesar que a partir de la página 300 empecé a hacer lectura diagonal, o transversal, o como se llame. Vamos, que me fui saltando trozos a tutiplén.

Último dato: Jonathan Franzen es un escritor muy famoso últimamente en EEUU, no tanto por haber escrito “Las correcciones” sino porque antes de hacerlo ya era (y supongo que sigue siendo) una de las grandes esperanzas blancas de la literatura anglosajona. Además, el chaval va de rebelde y rehusó la invitación de la todopoderosa Oprah Winfrey para acudir a su programa (y eso que, según dicen, ir al programa de Oprah supone para un escritor millones de ejemplares vendidos sólo por su recomendación). Y eso es casi lo más curioso: que un tipo tan “alternativo” en su vida real, y que desde luego tiene la técnica y el oficio necesarios para escribir una buena novela, haya caído en algo tan trivial como lo son la historia y los personajes de “Las correcciones”. Si esta es su “gran novela del siglo”, creo que Franzen y yo no vamos a cruzarnos nunca más. Sobre todo si sigue haciendo novelitas de 700 páginas. Que no estamos para perder el tiempo releyendo cosas que otros ya han contado antes, en muchas menos páginas, y con mucho más talento. Así es la vida, Jonathan.

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La Ley de Benford

Me entero en Microsiervos de la existencia de una ley que yo desconocía, y no me refiero a la de de la Botella, que el que la tira va a por ella. Se trata de una ley más seria (aunque pueda sonar a chiste al principio) y puramente empírica, descubierta por el tal Benford observando la (tozuda) realidad. La ley en cuestión es muy simple y dice así:

Los números suelen empezar por 1

Toma castaña, ¿eh? Pues resulta que es cierto. Al parecer, desde que este pollo enunció su ley en 1938, ha habido cientos de tipos sesudos intentando comprobarla o refutarla. Y resulta que siempre se ha comprobado. Es más, en 1996 un matemático llamado Ted Hill dio con la demostración matemática que, por cierto, es bastante compleja.

En “Exploring Benford’s Law” hay un vídeo en el que se demuestra que la ley se cumple con datos tan diversos como el tamaño de los lagos de Minnesota, el censo de los EEUU, y los números de votos de los artículos de Digg. Más sobre el tema en este artículo.

El asunto no sólo es curioso, sino que también tiene aplicaciones prácticas. Por ejemplo, para detectar fraudes. Cuando alguien hace una lista de números, se puede comprobar si son “reales” mirando si la mayoría empieza por 1, siguiendo la Ley de Benford. Si no es así, entonces los números no son “reales” sino inventados (porque, según parece también, los humanos tendemos a usar números que copian los patrones naturales, y como los patrones naturales tienen más números que empiezan por 1… pues eso). Para flipar, ¿eh?

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“Fargo” sin chispa

Antes que el diablo sepa que estás muerto
Antes que el diablo sepa que estas muerto
(Before the Devil Knows You’re Dead) – 2007

Dirigida por Sidney Lumet
Con Ethan Hawke, Philip Seymour Hoffman, y Albert Finney
 
Valoración:   

Pocas veces me ha resultado tan fácil hacer la reseña de una película. A ver, hagamos dos grupos: los que hayan visto Fargo, que se pongan a la izquierda; el resto, a la derecha. Y, para seguir la moda, daré preferencia a los de la izquierda. Los de la derecha, que miren para otro lado, o que se quejen un rato, pero en otro sitio.

Para los de la izquierda: Antes que el diablo sepa que estás muerto parte de la misma premisa que “Fargo”, a saber, un tipo normal que se mete a criminal y que debido en partes iguales a su inexperiencia y a su estulticia, no consigue hacerse un malhechor de pro. Todo lo contrario: su plan inicial se va al garete en el minuto 5, y al intentar arreglar las cosas sólo consigue complicarlas más y más. Al final, como en “Fargo”, el desastre es de tal magnitud que la sangre corre a raudales y los muertos se van amontonando por todas partes. Fin.

Ahora bien, aunque la premisa en ambas películas es la misma, hay dos factores que juegan en contra de “Antes que el diablo sepa que estás muerto”: primero, no sorprende. Y no sorprende, precisamente, porque “Fargo” ya nos contó la misma historia hace unos cuantos años. Y, segundo, no tiene ninguna chispa. Se lo toman demasiado en serio. Aparecen historias secundarias de celos, envidias entre hermanos, odio parterno-filial soterrado… Huy, qué interesante, qué superprofundo es todo. Yo, la verdad, prefiero mil veces el tono cotidiano de “Fargo”, sus personajes simples y pueblerinos. Este rollo de la complejidad de las relaciones humanas en la sociedad post moderna me parece una patochada. Y, además, en esta película está penosamente planteado. Tópicazo tras topicazo.

Y, hablando de topicos, qué decir del toque “jo-qué-guay” que intentan colarnos con el megatopicazo de los últimos años: alterar la secuencia temporal de la historia. Vamos, que en lugar de narrar los hechos empezando por el principio y terminando por el final, hacen un ejercicio de corta-y-pega con el Microsoft Mipelícula, y se creen que con eso se arregla todo. No hijo no. Que ya vimos Memento hace lustros, y tenemos el culo pelado de ver Perdidos del derecho y del revés.

Voy ahora con los de la derecha, que me van a dar mucho menos trabajo. He aquí mi crítica de “Antes que el diablo sepa que estás muerto”: no la veais, y en su lugar id a ver “Fargo”, y poneos de una sentada las 4 temporadas de “Perdidos”. La única razón aceptable para no seguir mi recomendación sería, en el caso de los hombres, que queráis ver a Marisa Tomei medio desnuda, y en el caso de las mujeres, que prefiráis ver a Ethan Hawke en lugar de Willian H. Macy. Razones legítimas, como decía antes, e incluso loables, sobre todo la primera. Pero si lo que queréis es ver una buena película (que en este mundo hay gente para todo), entonces no hay color. He dicho.

El trailer en español y en versión original

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Verano vasilón

Estamos de vacaciones, así que es el momento adecuado para las bromas fáciles. La de hoy va dedicada a los lectores masculinos y heterosexuales del blog, puesto que ilustra a las mil maravillas una situación que todos hemos sufrido en silencio durante años. ¿Para cuándo un ministerio que se ocupe de esto?

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Typical africanish

In the name of love
(Africa celebrates U2)

Varios - In the name of love
Varios artistas

Valoración:   

Se veía venir. Después de que ya tengamos por fin el indispensable Ministerio de Igualdad que la sociedad reclamaba a gritos, no tardaremos mucho en tener (como profetizaba “AKA“) un Ministerio de Diversidad y Minorías. Y cuando eso pase, a mí me van a meter en chirona en el minuto 5, a modo de medida ejemplarizante para la sociedad civil y el sociedado civila. Sí, sí, hay que asumirlo. Pero es que no veo cómo evitarlo, porque (allá voy) este disco de homenaje a U2 está cantado por artistas africanos. Y esos artistas africanos son… negros. Ya está, ya lo he dicho. Adiós a mi prometedora carrera intelectual. Adiós al Cervantes, al Goya, adiós a llegar a la final de OT-8.

Pero es que, insisto, ¿cómo se dice eso según el manual de estilo del buenrollismo? Porque, vale, a los negros americanos se les puede llamar afroamericanos. Pero a los negros de África, ¿cómo los llamamos? ¿Afroafricanos? Y no podemos llamarlos solamente africanos, porque también hay africanos blancos. Y hasta amarillos (aunque, por si no lo habéis leído en los periódicos, en la República Sudafricana los amarillos ahora son negros por ley… estos están peor que nosotros en cuanto a legislación kafkiana… bueno, peor no, que tampoco hay que exagerar). Total, que me estoy despeñando por el acantilado de los eufemismos, pero es que no veo ninguna rama a la que agarrarme. Qué le vamos a hacer.

En fin, vamos a lo que toca. Y lo que toca en este disco son, básicamente, los bongos. Lo cual, desde luego, es lógico, porque en África son muy partidarios de los bongos. Pero una cosa es irse a hacer un disco a África para darle un toque multicultural, y otra cosa es pasar las mejores canciones de U2 por el cedazo de los megatopicazos del continente negro (ay, ay, ay, que me pierdo) y reducirlo todo a eso: bongos, coros de fiesta, y alegría de anuncio de agencia de viajes.

El único sentido que tiene hacer un disco de versiones es intentar mejorar el original. Mejorarlo en algún aspecto, cambiar algo pero cambiarlo a mejor. Y en este “In the name of love” no hay ni una canción que sea mejor que su versión original. De hecho, la mayoría son peores, y las pocas que se salvan son las que casi calcan la versión de U2 (como, por ejemplo, el “Sometimes you can´t make it on your own”). Y, ya puestos, también se salva de la quema “Love is blindness”, cantada por un brillante Waldemar Bastos (es que a mí la música portuguesa me puede). Y ojo, que no estoy diciendo que mejorar a U2 sea fácil, que tendrá toda la tontería mediática que quieras, y Bono es un personaje para darle de comer aparte, pero U2 es mucho U2. Pero si no eres capaz de superar la dificultad, retírate a tiempo. Una retirada a tiempo es una cobardía rápida.

Y lo peor, como decía antes, no es sólo que el disco no aporte nada al trilladísimo mundo de la música, sino que tampoco aporta nada al menos trillado (aunque va en ese camino) mundo del arte africano. Para que nos entendamos, es como si en España nos pusiéramos a hacer un disco de versiones de U2 y los intérpretes fueran la Pantoja, Falete, María del Monte y Los Marismeños. Y, además, lo vendiéramos regalando un litro de sangría con cada CD.

Y para quien pueda estar pensando, “ya, vale, pero es que la música africana es así, y si no te gusta te fastidias”, tengo que decir que no, que la música africana no es así (sólo) y que se pueden hacer auténticas maravillas mezclando el estilo “occidental” con las bases rítmicas negras (ya está, la meretérica está llamando a mi puerta). ¿Una prueba? El genial Graceland del genial Paul Simon. La joyita ya tiene 18 años, y es 100 veces más fresca, más original, más visionaria que este mediocre “In the name of love”, que si no fuera por el apoyo mediático debería compartir espacio en los expositores de las gasolineras, junto a los Marismeños, la Pantoja y María del Monte. No, con Falete no, porque no cabe.

Un vídeo promocional

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