Valoración:

Ahora que está de moda hablar de burbujas (que si la inmobiliaria, que si la tecnológica, que si la del fútbol…) llega a mis manos un libro que, una vez leído, me hace pensar precisamente en eso: en una burbuja. Y digo bien, el libro llegó a mis manos solito, porque me lo regaló mi muy querida Olga, también conocida como Sofía, y venía acompañado no sólo de su tácita recomendación sino de las de otros muchos notables: Donna Leon, Rodrigo Fresán, Rosa Montero… y el gran Eduardo Mendoza (la verdad, es el único a quien admiro de la lista de nombres famosos, y de hecho a Fresán y Rosa Montero los tengo atravesados).
Pero lo cierto es que leyendo las opiniones de este elenco, uno apenas puede contener las ganas de lanzarse a leer el libro inmediatamente. Sólo alguien con una gran capacidad de autocontrol, un sensei que le da descargas eléctricas cada vez que se deja llevar por sus impulsos, y una enorme pila de libros pendientes, como es mi caso, puede soportar las loas de la contraportada de “Firmin“ y aparcar el librito en lo alto del montón esperando su turno. Además, debo reconocerlo, no me gusta nada la fantasía, ni la imaginación cuentil. Me encanta la ciencia-ficción, las novelas de aventuras, y la imaginación razonablemente “creíble” (difusa frontera, lo reconozco), pero odio las sagas de “Harry Potter“, “El señor de los anillos“, y me costó sudor y tirones cerebrales terminar “Cien años de soledad“. Digo esto para que, el que quiera, se baje ya del blog, y así todos nos ahorramos el esfuerzo.
Y esta exoneración sobre la fantasía viene a santo de que “Firmin” está protagonizado por una rata. Por una rata que lee, para más señas. Si eso no es un planteamiento fantástico, que venga Íker Jiménez y lo vea. Pero, a pesar de eso, y animado por las recomendaciones que he mencionado antes (sobre todo por la de la donadora del libro) me puse a leer “Firmin” esperando encontrar algo que me hiciera tragarme todos mis principios sobre la fantasía en general y sobre las ratas lectoras en particular.
El resultado, lamentablemente, no ha sido el esperado. La novela no pasa de ser un cuento no muy entretenido que se apoya hasta la extenuación en lo extraño que resulta que el protagonista del mismo sea una rata que piensa, que lee, y que tiene una vida cultural más rica que el 99% de la población bípeda del planeta (y aquí incluyo también a las avestruces y las gallinas). Dicho esto, ni la cosa resulta tan graciosa (sobre todo después de las primeras 20 páginas), ni la pasión del bicho por los libros resulta tan conmovedora ni iluminadora como pretenden los redactores de la contraportada, que hablan de “un mundo que entiende el poder redentor de la literatura”.
Porque, para empezar, sabemos que a la rata le gustan los libros, básicamente, porque no los dice el autor. El animalejo no nos habla mucho de sus gustos, ni de los títulos que lee, ni de sus pasajes favoritos. Dedica mucho más tiempo, por ejemplo, a contarnos lo mucho que le gustan las mujeres desnudas, cosa que no sólo no le reprocho, sino que supone un punto de coincidencia entre Firmin y yo que roza el hermanamiento. Jamás me he sentido espiritualmente más cerca de una rata que durante la lectura de esos pasajes. Lástima que no supongan, ni de lejos, la mayor parte del texto, porque el roedor demuestra un gusto notable para la valoración del cuerpo femenino y, en concreto, para apreciar su efecto estético en las películas porno.
Entonces, si no habla mucho de literatura, y no se explaya lo que un lector masculino y heterosexual desearía en las maravillas del cuerpo femenino en pelotas, ¿de qué va “Firmin”? Pues de nada en concreto, he ahí el principal fallo. A la rata le van pasando cosas, algunas interesantes, la mayoría intrascendentes, y la novela avanza con lentitud exasperante (en las 100 primeras páginas no pasa nada, y la novela tiene 200) hasta que al final todo se precipita. El último capítulo es, precisamente por eso, el único que se salva (y el que le da a “Firmin” la solitaria estrella que luce en mi valoración).
Y para terminar, como mandan los cánones, vuelvo al principio. Mi sensación final es que “Firmin” es una burbuja. Creo que hay quien ve en la novela muchas más cosas de las que hay, o de las que podría haber, lo cual habla muy bien de quien ve esas cosas porque probablemente las está viendo dentro de sí mismo más que en la historia de esta rata insulsa que nos cuenta cosas no muy interesantes, y que lo único que nos enseña es que, incluso sabiendo leer y pensar, la vida de una rata es lamentable. Y aburrida.
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