A ver, que este es un caso urgente. Este tío se nos va. Menos mal que, después de haber visto todas las temporadas de “Urgencias“ y “House“ ya diagnostico enfermedades como el mejor de los médicos, o sea, acertando una vez de cada cinco. Y esta vez toca acertar: Bon Iver tiene anemia. Galopante, que diría aquel. Este tío (porque es un tío, lo de Bon Iver es un pseudónimo) tiene menos sangre que el cerebro de un regional vicepresident.
No es sólo que el tío haya elegido un estilo, digamos, depresivo. Con esa guitarriña que da una pena que no te cuento, y ese ritmo leeeeento, cansino más bien. Y esos lamentos, que uno piensa, joer a este tío lo ha dejado la novia el mismo día que le embargaron el piso y se enteró de la noticia mientras le diagnosticaban una enfermedad incurable. Porque si no, no se explica. Es escuchar un par de canciones y pensar que la vida es un asco, que no merece la pena ni siquiera acercarse al mueble bar a tajarse bien tajado, para qué, si luego vendrá la resaca y será peor… sí, sí, este tío hace que uno siempre vea el lado lacrimógeno de todo, hasta de las borracheras.
Y nada más. Termino la crónica rápido porque tengo que ir a buscar una soga bien gorda para colgarme de una lámpara. Espera, no… que la lámpara igual cede y sólo conseguiré pegarme una castaña contra la mesa. Y como la mesa es de cristal, me cortaré hasta el duodeno. Habrá que llamar a una ambulancia, y claro, con lo peligroso que está el tráfico tendremos un accidente. La camilla saldrá disparada y me estamparé contra un árbol, que además será el último ejemplar de una especie en extinción… Bueno, ya veré lo que hago. De momento, apagar la música. Que este tío, al final, me busca la ruina.
Un par de muestras de la joyita; no escucharlas cerca de una ventana
Aprendizaje básico de la teoría literaria, capítulo primero, versículo primero: 100 cuentos de 3 páginas cada uno, no hacen una novela de 300 páginas. La verdad, no sé si “El Paraíso de Hanah“ tiene 100 cuentos, porque no me la he leído entera, pero puedo asegurar que durante las casi 100 páginas que me leí llevaba ese camino. Y añado que los cuentos no eran especialmente buenos. Sosos, la mayoría. Buenrollistas casi todos, de ese buenrollismo que ha inundado la piscina de nuestra sociedad y que no se vacía ni en invierno, aunque esté llena de moho y porquería. Nos hace ilusión que la piscina esté llena, no se sabe por qué, porque sí, porque lo lleno es mejor que lo vacío, porque lo positivo es mejor que lo negativo, porque el futuro es mejor que el pasado. Somos idiotas. Qué le vamos a hacer.
Últimamente no doy abasto con la lista de libros pendientes, porque de repente todo el mundo me recomienda libros. Que no me quejo, que conste, pero que de vez en cuando también me gustaría leerme alguno por iniciativa propia. Llámame liberal. O no, no me lo llames porque liberal no significa eso. Llámame caprichoso. Acertarás. El caso es que me compré “El Paraíso de Hanah” por recomendación del editor de mi primera novela (Ellago Ediciones), que me dijo que era muy buena (y que por eso la había publicado… como la mía ). Pues lo será, pero a mí no me ha gustado. Insisto en lo dicho. Dos defectos fundamentales: falta de unidad y buenrollitis aguda.
La autora, que a juzgar por la breve nota biográfica ha tenido una vida personal atípica y, probablemente, muy interesante, no encuentra la manera de contarnos todo lo que nos quiere contar. Así que, simplemente, nos lo va largando en fila de a uno. A modo de saga que se remonta a la Edad Media y continúa hasta nuestros días, la novela (o intento de novela) nos va relatando la historia de una familia judía que se ha mantenido unida a lo largo de los siglos gracias a una propiedad que siempre ha conservado: el Paraíso de Hanah. Un jardín que se ha ido construyendo con las aportaciones, no tanto materiales como espirituales, de las sucesivas generaciones.
La idea, que ya de por sí destila buenrollismo por todos los poros de su cuerpo, se vuelve más y más empalagosa a medida que se pasan las páginas. A mí me empachó, como dije antes, en las inmediaciones de la página 100. Suficiente. En ese espacio ya tuve ocasión de leerme unos 15 cuentos, convenientemente “enlazados” por obra y gracia del mágico Paraíso de Hanah al que se hace referencia continuamente. En medio de eso, descripciones topiquísimas de un régimen comunista típico (el de Rumanía en este caso), leyendas medievales, personajes supuestamente singulares que aportan su ¿personal? visión de la vida, y mucho, mucho (demasiado) lirismo. Creo que eran los Celtas Cortos los que cantaban aquello de “cuéntame un cuento, cuéntame ciento”. Ligia Ravé se lo ha tomado al pie de la letra.
Publicado el Miércoles, 24-septiembre-2008 en Desvaríos. Closed
En exclusiva (casi), el trailer de promoción de la segunda parte de Titanic, que se estrenará en el verano. Tan cierto como que el principal objetivo de los bancos es mejorar la vida de los más necesitados mediante su obra social.
Quién no ha sufrido en sus propias carnes, y en ajenas, la escalofriante sensación de tener que ver el vídeo de la boda de algún amigo, familiar, o conocido. Minutos y minutos, horas y horas en el peor de los casos, viendo imágenes que no nos dicen nada, que no nos despiertan ninguna emoción a pesar de que, obviamente, la situación fue muy emocionante para los asistentes, sobre todo para los dos asistentes que se casaron. Uno aguanta como puede y ve pasar caras sonrientes, abrazos, música, bailes, bromas, lágrimas… pero la verdad es que no siente nada. Las emociones se viven, no se cuentan. A ver cuándo aprenden eso todos los novios del mundo, y así dejan de torturarnos a los demás con sus vídeos.
Eso es lo mismo que le pasa a este “Extraordinary rendition“ de los californianos Rupa and The April Fishes (sí, sí, californianos, aunque bien podrían pasar por un grupo centroeuropeo de folk, o francés, o mediterráneo). La cuestión no es, por lo tanto, si el disco es bueno o malo, o si el grupo es bueno o malo: la cuestión es que hay música que tiene que escucharse en directo. Y estoy seguro de que Rupa and The April Fishes ganarán un montón en vivo, como las bodas (para el que le gusten), porque se nota que hay sentimiento y alegría en sus canciones. Parecen un grupo de cíngaros celebrando algo, animados y felices, sintiendo la felicidad de sus melodías.
Pero eso no pasa del mundo analógico al digital, las grabaciones no contienen emociones. Pueden provocarlas, pero no las contienen. Qué pena, penita, pena. Músicos como Rupa and The April Fishes podrán vivir de la música siempre, porque siempre habrá gente dispuesta a compartir la emoción que transmiten en directo. Pero en un disco… Y, bien pensado, no es una pena, penita, pena. Al contrario. Es bueno que en la vida queden cosas que no se puedan trasladar de espacio y de tiempo. Cosas que hay que vivir en un determinado momento y un determinado lugar. No es lo que hará ricos a la panda de personas inteligentísimas que están en la SGAE, pero es lo que hará que la vida siga siendo lo que es. Una cosa muy rara.
De niños, todos hemos querido ir de campamentos. Las tiendas de campaña molan. El fuego mola. Subirse a los árboles mola. Para un rato, desde luego, porque en cuanto llevas unos días allí ya empiezas a echar de menos la tele, una cama mullida, y un buen radiador. Por eso, lo normal es que cuando uno se va haciendo mayor, lo de irse de acampada vaya bajando puestos en la lista de “planes superguays para las vacaciones”. Todos lo hemos vivido. Bueno, no todos. Chris McCandless no.
Porque esta película del (siempre rarito) Sean Penn está basada en la historia real de ese tal Chriss McCandless, que al terminar sus estudios universitarios decidió mandar a la porra su acomodada vida de gringo burgués mimado por sus padres, y se lanzó a encontrarse consigo mismo a base de llevar una vida desordenada, nómada, y, sobre todo, perra. Muy perra.
El chaval está obsesionado con vivir en contacto con la Naturaleza, en sobrevivir con sus propios medios, y consciente de que los conocimientos necesarios para conseguir su objetivo no se adquieren en un curso de CCC, el pollo se dedica a viajar por los EEUU apuntándose a todas las comunas hippies y similares que encuentra en su camino. Aprender aprende, desde luego. Sobre todo, aprende a vivir sin ducharse. También a, citando al mítico Coronel Trautman de “Rambo“, comer cosas que harían vomitar a una cabra. Vamos, que su entrenamiento progresa adecuadamente durante toda la película.
McCandless tiene su objetivo claro desde el principio: quiere ir a Alaska. Vivir aislado del mundo, en la Naturaleza más salvaje que pueda encontrar. Eso sí, el chaval no es tan tonto como para creerse esa chorrada postmoderna de que “la Naturaleza es nuestra amiga”, y se lleva una enciclopedia de bolsillo sobre plantas comestibles. Y, haciendo bueno el refrán chino, sus deseos se convierten en realidad, y eso termina por convertirse en la peor de sus pesadillas. No cuento el final, porque el año fiscal ha empezado muy flojo y no me puedo permitir bajas en el blog, pero ya advierto que el final no es feliz. Y repito: la historia es real.
En resumen, “Hacia rutas salvajes” es una especie de road movie con trasfondo espiritual, que nos manda un mensaje claro y rotundo. No sé cuál, la verdad, pero yo creo que hay uno. El que lo encuentre tendrá un premio. Sí, ya, esto de los premios y los sorteos es cutre, pero ya he dicho que el año ha empezado flojo y necesito cumplir mis objetivos de altas y facturación. Si conocierais al consejero delegado del blog… A ese sí lo mandaba yo a Alaska. Pero sin la enciclopedia.
Si yo fuera un tío serio, lo único que diría de esta novela es que (i) le doy un 5 y (ii) es probablemente la mejor novela en español que he leído en mi vida (y, con toda seguridad, una de las 3 mejores). Pero la fortuna en metálico que gano cada mes escribiendo en este blog me hace sentirme obligado a dedicar, al menos, algunos renglones más de mi aguda prosa a esta maravillosa obra de Juan García Hortelano. Será imposible decir algo que esté a la altura de las circunstancias, pero intentarlo me permitirá recibir el desproporcionado cheque de fin de mes con la conciencia limpia.
Eso sí: me niego rotundamente a responder a la estúpida pregunta, mil veces formulada, de “¿de qué va?”. No hay pregunta más absurda a hacer cuando alguien acaba de confesarte que una novela lo ha maravillado. ¿Acaso alguien pregunta “de qué va” un cuadro de Picasso a un amigo que sale extasiado del museo, o “de qué va” Turandot a un conocido que vuelve obnubilado de la ópera? Esa desgraciada moda estadounidense (desgraciada como casi todas las que hemos importado de ese pueblo más simple que el mecanismo de un cubo) de intentar buscarle un fin a todo, y, además, que ese fin sea simple y rápido de conseguir, nos ha llevado a este tipo de situaciones imbéciles. Maldito Hollywood y toda su basura del handle, el tema, las subtramas y la puñetera madre de todos ellos. ¿De qué va “El gran momento de Mary Tribune“? De nada. De todo. Porque tal y como de pluribus unum, en las grandes obras, en la verdadera Literatura, de nihil omnis. Lo demás son novelitas. Entretenidas, que conste, que yo también me las leo. Pero novelitas.
En efecto, si uno intenta contar “de qué va” mi amada “Ana Karenina” o mi idolotrada “El jugador”, se encontrará a sí mismo contando una historia que bien podría pasar por el argumento de un culebrón venezolano de medio pelo (el culebrón, no el venezolano). Porque lo que hace grandes, geniales, intemporales, a esas obras no es “de qué van”, sino cómo están escritas. Es arte, no es un historieta para contar en un fuego de campamento. Y, como en todo el arte, empezamos a hablar de cuestiones subjetivas. Ya he dicho muchas veces que, por ejemplo, a mí no me gusta nada Roberto Bolaño‘>Roberto Bolaño, cuya colección de relatos “Putas asesinas” me produjo un impacto similar al que me ha producido esta obra de Javier García Hortelano. De quien, por cierto, yo no sabía nada hasta hace un mes.
“El gran momento de Mary Tribune” nos cuenta una historia trivial, un par de semanas (si llega) en la vida de un españolito en el Madrid de finales de los 60. Días de trabajo en una oficina, juergas con los amigos, líos de cama, pequeñas y grandes pasiones. Nos canta las maravillas del consumo de alcohol como única forma de escape de esta realidad aburrida hasta el hastío, nos habla del amor desesperado, de la vida desesperada, y todo ello nos lo cuenta con un estilo impecable, brillante, más que eso, deslumbrante, cegador. Una mezcla de cinismo y ansia. ¿Es posible leer una novela de más de 800 páginas y tener la sensación permanente de que todo va deprisa, demasiado deprisa, que la historia se nos escapa, el amor se nos escapa, la vida se nos escapa? Eso es “El gran momento de Mary Tribune”.
Las reseñas de la contraportada son, como de costumbre, un insulto a la inteligencia, pero en este caso el insulto resulta doblemente ofensivo porque la novela es tan buena que dan ganas de cortale los cataplines a quien selecciona para describirla una frase como esta: “Una obra atravesada por el humor, la ironía, el sarcasmo, y sometida a una rigurosa elaboración verbal”. Se salva, como casi siempre, el comentario de José María Guelbenzu, uno de mis críticos favoritos, cuando dice: “Un impresionante paseo por el amor y la muerte”. Por la vida como forma de muerte, matizaría yo, pero vamos, sólo por matizar y tocar las narices. Hay también, por supuesto, sesudos análisis que hablan de las múltiples lecturas que pueden hacerse de “El gran momento de Mary Tribune” como crítica social y política del franquismo tardío. Huelga decir que, a mí, ese aspecto de la novela me la pela ampliamente.
Una cosa antes de que me olvide: Juan García Hortelano me ha recordado mucho al gran Magik Markers
Valoración:
Estos cabr*nes de Magik Markers han secuestrado a un gato. Un gato, probablemente, propiedad de alguna acaudalada señora de la alta sociedad, y se dedican a torturarlo para grabar en un CD los gritos del pobre animal y enviarle después el resultado a su dueña, esperando, supongo, que después de escuchar los escalofriantes aullidos del animal aquélla esté dispuesta a pagar cualquier cantidad que los crueles secuestradores le pidan. Y advierto: lo van a conseguir.
Vamos, hasta yo estoy dispuesto a poner una parte del rescate con tal de dejar de oír los alaridos del bicho. Este disco lo escuchan en Greenpeace y al día siguiente ya hay 16 barbudos y 4 tías feísimas encadenados todos a la discográfica de estos Magik Markers, y exigiendo que intervengan los cascos azules.
Un mérito sí hay que reconocerles a estos impresentables: tienen conocimientos de técnicas de tortura de los que ni en la CIA han oído hablar. Porque, al menos yo, jamás había oído gritar a un gato con tal vehemencia. Es que hasta en las canciones presuntamente lentas se ve que el bicho sufre. Así que, desde un punto de vista musical, no tengo nada más que añadir. Pero desde el punto de vista humanitario, por favor que la dueña pague el rescate pronto, antes de que estos tíos graben otro disco. O, si eso no es posible, que alguien remate el gato y le ahorre el sufrimiento. Y si al finiquitar al gato también finiquita a Magik Markers, pues mira, en los 40 Principales no los iban a echar de menos. Ni en mi casa tampoco.
PS: Sí, se salva una canción: “Empty Bottle”, pero las demás son tan malas, que no les subo del cero patatero ni por esas.
Aquí un vídeo donde confiesan su crimen (Death by audio). Que el gato descanse en paz.
Aunque la fiebre del chiqui-chiqui ya ha pasado, me he encontrado en El Hematocrítico con un impagable documento que refleja el espíritu galaico cuando de defender los valores patrios se trata. España siempre tendrá un baluarte de sus tradiciones en el córner gallego, donde no se permite que la imagen del Imperio se pisotee impunemente ni dentro ni fuera de nuestras fronteras. No hay ofensa pequeña, y en este bar lo saben.
Exonerante: como indica el título del vídeo, y como se puede comprobar después por el acento de los sujetos, los contertulios son sin duda de Vigo. Yo soy de interior. Los de la costa son muy raros.
Hoy inauguro un pantano. Yo soy así. Llámalo pantano, llámalo sección del blog. Llámalo sección, llámalo sub-sección. Total, que voy a empezar a meter series de TV en el apartado de Cine, porque la verdad es que hay series muchísimo mejor hechas, mucho más entretenidas, y con actores muchísimo mejores, que muchas películas (qué dominio del lenguaje, ¿eh?… muchas por aquí, muchas por allá).
Ya hablaré de mis series de cabecera otro día (aunque adelanto que, sin duda, las 2 mejores series que he visto son “The West Wing“ y “The Wire“, esta última, por cierto, también es de David Simon, como “Generation Kill“). Pero hoy voy a comentar “Generation Kill” porque acabo de verla (se estrenó en EEUU en agosto) y la tengo fresca (la memoria, quiero decir, no pensar mal). La serie es, además, cortita (7 episodios) y se ve tranquilamente en una semanita a razón de un episodio al día, después de cenar. Plan perfecto.
Está basada en un libro homónimo que escribió un marine que participó en la guerra de Iraq, así que se trata de una especie de “diario” que cuenta lo que ese soldado vivió, especialmente durante los primeros días de la invasión. La directora Susanna White traslada a la pantalla perfectamente ese tono cotidiano, y el resultado es, en ese sentido, impecable. Uno nota en sus propias carnes el aburrimiento soberano, la tensión cada vez que se llega a un lugar poblado, la desesperación por la incompetencia de los mandos. El precio a pagar por ese realismo es, sin duda, una cierta lentitud de la acción. Decía antes que la serie sólo tiene 7 episodios, pero es posible que con 4 o 5 se hubiera conseguido el mismo efecto. Es difícil saberlo.
Otro efecto secundario de tanto realismo es que la serie es un poco dura. No sólo por las imágenes de algunas escaramuzas, sino porque el lenguaje es soez hasta decir basta. Molesta menos porque en inglés los tacos suenan menos mal, pero yo aviso por si alguien tiene una oreja sensible. Por cierto, que si uno no es gringo o perfectamente bilingüe, es imposible ver la serie sin subtítulos. Entre que los marines no han terminado ni la primaria, que los militares hablan todo el rato con siglas y jerga propias, y que muchas veces se comunican por radio con el consiguiente sonido a lata, no hay quien pille nada.
Y una última advertencia: esta serie la ha producido la HBO, que no parece una cadena muy republicana. La imagen que dan de la invasión de Iraq, y de los militares en general, es penosa: los soldados son incultos y más primarios que una ameba, los mandos intermedios son incompetentes y trepas, y los altos mandos dan órdenes sin niguna lógica ni castrense ni civil. Ojo, que es muy posible que el ejército americano sea realmente así (de hecho, la serie está tan bien hecha que uno termina convencido de ello), pero, en ese caso, en menudas manos está el mundo.
Para terminar, y después de tantas advertencias y prevenciones, sólo quiero dejar claro que la serie me ha gustado. Lenta a veces, desagradable a veces, probablemente parcial a veces, lo cierto es que “Generation Kill” nos deja la sensación de que la guerra es precisamente así. Es como si lo terrible ya no fuera terrible. Se graba en cámaras de vídeo, se ve con gafas de infrarrojos, se emite por televisión. La gente muere, pero nuestra generación ya ha visto morir a mucha gente. En las películas, desde luego, pero ¿quién puede distinguir la ficción de la realidad a estas alturas? Esa es, en cierto modo, la sensación que nos deja “Generation Kill”: que todo es lo mismo.