El Paraíso de Hanna
Ligia Ravé

366 pags.
Valoración:

Aprendizaje básico de la teoría literaria, capítulo primero, versículo primero: 100 cuentos de 3 páginas cada uno, no hacen una novela de 300 páginas. La verdad, no sé si “El Paraíso de Hanah“ tiene 100 cuentos, porque no me la he leído entera, pero puedo asegurar que durante las casi 100 páginas que me leí llevaba ese camino. Y añado que los cuentos no eran especialmente buenos. Sosos, la mayoría. Buenrollistas casi todos, de ese buenrollismo que ha inundado la piscina de nuestra sociedad y que no se vacía ni en invierno, aunque esté llena de moho y porquería. Nos hace ilusión que la piscina esté llena, no se sabe por qué, porque sí, porque lo lleno es mejor que lo vacío, porque lo positivo es mejor que lo negativo, porque el futuro es mejor que el pasado. Somos idiotas. Qué le vamos a hacer.
Últimamente no doy abasto con la lista de libros pendientes, porque de repente todo el mundo me recomienda libros. Que no me quejo, que conste, pero que de vez en cuando también me gustaría leerme alguno por iniciativa propia. Llámame liberal. O no, no me lo llames porque liberal no significa eso. Llámame caprichoso. Acertarás. El caso es que me compré “El Paraíso de Hanah” por recomendación del editor de mi primera novela (Ellago Ediciones), que me dijo que era muy buena (y que por eso la había publicado… como la mía
). Pues lo será, pero a mí no me ha gustado. Insisto en lo dicho. Dos defectos fundamentales: falta de unidad y buenrollitis aguda.
La autora, que a juzgar por la breve nota biográfica ha tenido una vida personal atípica y, probablemente, muy interesante, no encuentra la manera de contarnos todo lo que nos quiere contar. Así que, simplemente, nos lo va largando en fila de a uno. A modo de saga que se remonta a la Edad Media y continúa hasta nuestros días, la novela (o intento de novela) nos va relatando la historia de una familia judía que se ha mantenido unida a lo largo de los siglos gracias a una propiedad que siempre ha conservado: el Paraíso de Hanah. Un jardín que se ha ido construyendo con las aportaciones, no tanto materiales como espirituales, de las sucesivas generaciones.
La idea, que ya de por sí destila buenrollismo por todos los poros de su cuerpo, se vuelve más y más empalagosa a medida que se pasan las páginas. A mí me empachó, como dije antes, en las inmediaciones de la página 100. Suficiente. En ese espacio ya tuve ocasión de leerme unos 15 cuentos, convenientemente “enlazados” por obra y gracia del mágico Paraíso de Hanah al que se hace referencia continuamente. En medio de eso, descripciones topiquísimas de un régimen comunista típico (el de Rumanía en este caso), leyendas medievales, personajes supuestamente singulares que aportan su ¿personal? visión de la vida, y mucho, mucho (demasiado) lirismo. Creo que eran los Celtas Cortos los que cantaban aquello de “cuéntame un cuento, cuéntame ciento”. Ligia Ravé se lo ha tomado al pie de la letra.





Bueno, era más bien “cuéntame un cuento y verás qué contento me voy a la cama y tengo lindos sueños”, pero a tí ni con 15 te han hecho dormir bien …
Es verdad, ahora que lo leo me suena… parece que ya empiezo a entrar en esa delicada edad en la que uno empieza a olvidarse del nombre de las pastillas para la memoria…