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Valoración:

He aquí un buen ejemplo de cómo una idea interesantísima puede resultar terriblemente aburrida si se expone mal. O, mejor dicho, si se expone demasiado (lo que por otra parte, si damos por cierto lo de lo bueno y lo breve, sería lo mismo). Así que se impone un análisis de este libro separando muy mucho la forma del fondo, porque la calidad de ambas cosas es incomparable.
Empecemos por la idea. El tema central del libro no es, como reza el subtítulo de la obra “el impacto de lo altamente improbable”, entre otras cosas porque si el tema fuera ese, el libro sería una estupidez: el impacto de lo altamente improbable depende del evento del que estemos hablando. El impacto de un terremoto altamente improbable (en Nueva York, por ejemplo) sería devastador. El impacto de que una lagartija resuelva el cubo de Rubik (también altamente improbable) no pasaría de ser anecdótico-circense. Pero ya advertí antes de que a este libro lo pierde la forma: el autor tiene delirios de grandeza (no hace más que repetir una y otra vez que la idea es suya, que él la descubrió, que él la bautizó, tanto a ella como a sus causas y efectos) y el editor parece haberse contagiado de esa megalomanía.
¿Cuál es entonces la idea central del libro? Una muy sencilla: que los humanos somos pésimos a la hora de predecir el futuro. ¿A que parece una chorrada? Pues no. Porque no estamos hablando de las predicciones del futuro de la Pitonisa Lola, o de los imbéciles que creen que todos los Libra son personas equilibradas, sino de las predicciones… “serias”. De las que todos llamamos “serias”. Las predicciones financieras o las de los analistas de Bolsa, por ejemplo (aunque ahora ya nos estamos dando cuenta de lo serias que eran…). O de las predicciones que hacen las empresas sobre sus ventas y beneficios. O incluso las que cada uno de nosotros hacemos sobre nuestra propia vida (el trabajo que tendremos, la pareja con la que nos casaremos, cómo serán nuestros hijos, la ciudad en la que viviremos, la casa que nos compraremos).
Si uno se para a pensarlo, la mayoría de las predicciones que hacemos son erróneas. Y, sin embargo, seguimos haciéndolas. ¿Por qué? El autor propone una interesante teoría: lo llevamos en “los genes”. Hemos sobrevivido gracias a nuestra capacidad para proyectar el futuro, lo que en su día nos permitió sobrevivir a amenazas sin tener que enfrentarnos a ellas y arriesgar nuestra vida. Y, de hecho, para esas amenazas “simples” y “a corto plazo”, seguimos siendo buenos. Lo malo viene cuando intentamos anticipar situaciones complejas (que dependen de muchas variables) o a largo plazo. Entonces lo cierto es que, en la mayoría de las ocasiones, fallamos. Y normalmente no fallamos por poco: fallamos a lo bestia.
El autor cita varios ejemplos, algunos de ellos de rabiosa actualidad, como cuando hace pocos meses todos los “expertos” mundiales nos advertían de que ya podíamos olvidarnos del petróleo por debajo de los 100 dólares, y que en realidad deberíamos prepararnos para los 200. Ahora su precio está por debajo de los 70. ¿Y qué decir de Lehman Brothers? ¿Alguien anticipó, ya no digo su quiebra, sino un mínimo síntoma de debilidad hace, ya no digo 1 año, sino simplemente 1 semana antes de su hundimiento? Y sin embargo, esos mismos expertos que no son capaces de predecir el precio del petróleo a unos meses vista, ni la quiebra de una de las entidades financieras más importantes del mundo, siguen lanzando previsiones sobre lo que sucederá en el año 2010, en el 2015, o sobre cómo afectará el cambio climático al planeta dentro de 1 siglo. Y lo peor es que todos les seguimos prestando atención, año tras año, siglo tras siglo, y tenemos en cuenta sus previsiones.
¿Qué debemos hacer, entonces? Dejar de predecir. Dentro de un límite, por supuesto. Necesitamos tener una cierta idea de lo que puede pasar, unos ciertos límites que nos permitan prepararnos para el futuro. Pero no dediquemos demasiados recursos y tiempo a “afinar” nuestras predicciones. La experiencia de la Humanidad demuestra que “afinar” y “futuro” son dos términos contradictorios para nuestra limitada capacidad de anticipación. Simplemente construyamos una idea general de cómo puede ser el futuro, y después mantengamos una actitud abierta ante el cambio. Porque, aunque lo odiemos como especie, el cambio es lo que nos ha hecho progresar. Lo inesperado. La incertidumbre. La comodidad y la certeza siempre han llevado a la decadencia, de las personas, de los imperios, y del mundo. Odiamos desconocer el futuro. Pero desconocer el futuro es, precisamente, lo que nos garantiza un futuro.
NOTA: Dije que había que analizar por separado forma y fondo. La longitud del análisis también va a ser muy distinta: la forma es floja. El tipo se repite más que el ajo, contando la misma idea de 10 maneras distintas que no aportan nada sobre lo dicho la primera vez. A pesar de todo, el libro es entretenido, posiblemente porque hay bastantes ejemplos… y algunos de ellos son ciertamente meritorios. Como cuando dice (recordemos que el libro se publicó en 2007):
Cuando observo los riesgos de la institución Fanny Mae, patrocinada por el Estado, se me antoja que está asentada sobre un barril de dinamita. Pero no hay por qué preocuparse: su numeroso personal científico considera que esos sucesos son “improbables”.
Glub.
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