El cisne negro
Nassim Nicholas Taleb

491 pags.
Valoración:

He aquí un buen ejemplo de cómo una idea interesantísima puede resultar terriblemente aburrida si se expone mal. O, mejor dicho, si se expone demasiado (lo que por otra parte, si damos por cierto lo de lo bueno y lo breve, sería lo mismo). Así que se impone un análisis de este libro separando muy mucho la forma del fondo, porque la calidad de ambas cosas es incomparable.
Empecemos por la idea. El tema central del libro no es, como reza el subtítulo de la obra “el impacto de lo altamente improbable”, entre otras cosas porque si el tema fuera ese, el libro sería una estupidez: el impacto de lo altamente improbable depende del evento del que estemos hablando. El impacto de un terremoto altamente improbable (en Nueva York, por ejemplo) sería devastador. El impacto de que una lagartija resuelva el cubo de Rubik (también altamente improbable) no pasaría de ser anecdótico-circense. Pero ya advertí antes de que a este libro lo pierde la forma: el autor tiene delirios de grandeza (no hace más que repetir una y otra vez que la idea es suya, que él la descubrió, que él la bautizó, tanto a ella como a sus causas y efectos) y el editor parece haberse contagiado de esa megalomanía.
¿Cuál es entonces la idea central del libro? Una muy sencilla: que los humanos somos pésimos a la hora de predecir el futuro. ¿A que parece una chorrada? Pues no. Porque no estamos hablando de las predicciones del futuro de la Pitonisa Lola, o de los imbéciles que creen que todos los Libra son personas equilibradas, sino de las predicciones… “serias”. De las que todos llamamos “serias”. Las predicciones financieras o las de los analistas de Bolsa, por ejemplo (aunque ahora ya nos estamos dando cuenta de lo serias que eran…). O de las predicciones que hacen las empresas sobre sus ventas y beneficios. O incluso las que cada uno de nosotros hacemos sobre nuestra propia vida (el trabajo que tendremos, la pareja con la que nos casaremos, cómo serán nuestros hijos, la ciudad en la que viviremos, la casa que nos compraremos).
Si uno se para a pensarlo, la mayoría de las predicciones que hacemos son erróneas. Y, sin embargo, seguimos haciéndolas. ¿Por qué? El autor propone una interesante teoría: lo llevamos en “los genes”. Hemos sobrevivido gracias a nuestra capacidad para proyectar el futuro, lo que en su día nos permitió sobrevivir a amenazas sin tener que enfrentarnos a ellas y arriesgar nuestra vida. Y, de hecho, para esas amenazas “simples” y “a corto plazo”, seguimos siendo buenos. Lo malo viene cuando intentamos anticipar situaciones complejas (que dependen de muchas variables) o a largo plazo. Entonces lo cierto es que, en la mayoría de las ocasiones, fallamos. Y normalmente no fallamos por poco: fallamos a lo bestia.
El autor cita varios ejemplos, algunos de ellos de rabiosa actualidad, como cuando hace pocos meses todos los “expertos” mundiales nos advertían de que ya podíamos olvidarnos del petróleo por debajo de los 100 dólares, y que en realidad deberíamos prepararnos para los 200. Ahora su precio está por debajo de los 70. ¿Y qué decir de Lehman Brothers? ¿Alguien anticipó, ya no digo su quiebra, sino un mínimo síntoma de debilidad hace, ya no digo 1 año, sino simplemente 1 semana antes de su hundimiento? Y sin embargo, esos mismos expertos que no son capaces de predecir el precio del petróleo a unos meses vista, ni la quiebra de una de las entidades financieras más importantes del mundo, siguen lanzando previsiones sobre lo que sucederá en el año 2010, en el 2015, o sobre cómo afectará el cambio climático al planeta dentro de 1 siglo. Y lo peor es que todos les seguimos prestando atención, año tras año, siglo tras siglo, y tenemos en cuenta sus previsiones.
¿Qué debemos hacer, entonces? Dejar de predecir. Dentro de un límite, por supuesto. Necesitamos tener una cierta idea de lo que puede pasar, unos ciertos límites que nos permitan prepararnos para el futuro. Pero no dediquemos demasiados recursos y tiempo a “afinar” nuestras predicciones. La experiencia de la Humanidad demuestra que “afinar” y “futuro” son dos términos contradictorios para nuestra limitada capacidad de anticipación. Simplemente construyamos una idea general de cómo puede ser el futuro, y después mantengamos una actitud abierta ante el cambio. Porque, aunque lo odiemos como especie, el cambio es lo que nos ha hecho progresar. Lo inesperado. La incertidumbre. La comodidad y la certeza siempre han llevado a la decadencia, de las personas, de los imperios, y del mundo. Odiamos desconocer el futuro. Pero desconocer el futuro es, precisamente, lo que nos garantiza un futuro.
NOTA: Dije que había que analizar por separado forma y fondo. La longitud del análisis también va a ser muy distinta: la forma es floja. El tipo se repite más que el ajo, contando la misma idea de 10 maneras distintas que no aportan nada sobre lo dicho la primera vez. A pesar de todo, el libro es entretenido, posiblemente porque hay bastantes ejemplos… y algunos de ellos son ciertamente meritorios. Como cuando dice (recordemos que el libro se publicó en 2007):
Cuando observo los riesgos de la institución Fanny Mae, patrocinada por el Estado, se me antoja que está asentada sobre un barril de dinamita. Pero no hay por qué preocuparse: su numeroso personal científico considera que esos sucesos son “improbables”.
Glub.





Coincido plenamente en el análisis y la crítica del libro. Como puedes suponer lo leí con cierto interés profesional: yo soy uno de esos especuladores bursátiles con vitola neocon que utilizan el capitalismo salvaje para que su empresa haga dinero y el interesado sobreviva.
El tema central del libro tiene su aquel, en el ataque al santo grial de la estadística que todo lo alcanza, desde las predicciones económicas hasta la incidencia y posible desarrollo de un cáncer de esófago. pero, sorprendéntemente, siempre hay un hecho, altamente improbable, que ocurre con pertinacia y descaro.
coincido contigo en que una vez desarrollado el nucleo de su tesis, se pierde en la autocomplacencia y la repetición, sólo salvado por los ejemplos. Todo ciertamente americano, de libro de autoayuda.
Discrepo, sin embargo, en la vacuidad de la predicción. Sin evaluar la probabilidad de éxito o fracaso de nuestras acciones, medidas por el alcance o impacto de las mismas, seríamos incapaces de sobrevivir. Nos moveríamos entre la más absoluta inacción o la locura irracional.
Otra cosa es que pretendamos conocer el resultado de nuestras acciones en función de los hechos pasados y la probabilidad de su repetición: sería una locura.
Una sana previsión y una incetidumbre aceptable para correr algún riesgo que otro, nos hace humanos, falibles en esencia.
Un abrazo
Nacho
No he leído el libro, ni creo que lo vaya a hacer. Sin embargo el tema me parece sumamente interesante, por ello me aventuro a comentar. Coincido con josera en lo absurdo que es destinar excesivos esfuerzos en hacer predicciones, es decir, anunciar por revelación, ciencia o conjetura algo que ha de suceder. En primer lugar, porque la experiencia ha demostrado que el ser humano nunca ha sabido predecir, especialmente cuando ese suceso es ‘relevante’. En segundo lugar porque el modelo de predicción tendría que estar tan repleto de variables y de ‘mariposas’ para llegar a tener cierta fiabilidad que lo haría imposible de manejar. Sin embargo ésto nos puede llevar al ‘laisser faire’, desidia, vaguería. Ahora bien, un modelo que predijera escenarios, con % de probabilidad de que ocurran, nos ayudaría a destinar recursos y estar preparados, como la predicción del tiempo en EEUU. Dicho ésto, que, al menos a mí, suena lógico, me dispongo a describir un problema personal.
Llevo toda mi vida esforzándome en anticipar, en planificar, predecir, viviendo proyectado en el futuro e intentando disminuir al máximo la incertidumbre a la que, la vida que Dios que quiera dar, me va a enfrentar. Resultado?. Ansiedad, frustración cuando las circunstancias no se producían como se esperaba (algo frecuente), no saber disfrutar de los momentos bellos de la vida (muchos más de los que aprecio), no saboreando el presente. Vaya, que lo de la predicción no me está molando una mierda. Y por ello llevo ya un tiempo metiéndome en la cabeza que debo adoptar un ‘way of life’ Carpe Diem. No lo consigo, no sé si son genes o algún bicho raro que tengo en mi cabeza. Alguien tiene la solución?.
Mando abrazos,
im
Un apunte biológico.
Decía Escohotado que la fragua del azar es la fragua de la libertad y que el progreso sería un resultado del propio despliegue de la libertad (la impredecible espontaneidad). Algo así. Lo decía en su libro, o en referencia a su libro Caos y Orden. Leí ese libro justo en el momento de su publicación, hace unos 9 años, y encontré en él mucho de lo que aquí comentáis.
Respecto al santo grial de la estadística… no sé yo si ésta ayudaría mucho con el cáncer, que, como tantos otros sucesos naturales, surge por “azar” (entre comillas). Imaginemos que la estadística tuviera que “predecir” como será un nuevo individuo (un nuevo bebé). Para hacernos una idea resumo:
La diversidad dentro de cada especie, la variación en la descendencia, ocurre gracias a la recombinación genética que sufren los cromosomas de un individuo durante la interfase del ciclo meiótico (nuestros genes se mezclan entre ellos). Durante la espermatogénesis (en los tíos) y la gametogénesis (en las tías), nuestras células sexuales (2n, diplóides) forman 4 gametos haplóides (los famosos espermatozoides y óvulos que juntitos forman un nuevo individuo). Bien, pues cuando formamos gametos, lo hacemos a partir de nuestro material genético; y éste se duplica… y si no se recombinara no habría variedad. Vamos, que todos mis hijos con el señor x serían idénticos si mis genes no sufrieran esta recombinación justo en el momento de producir gametos (la recombinación solo ocurre en las células sexuales. Si ocurriera en todo el cuerpo seríamos una cosa muy rara que no puedo imaginarme ahora mismo).
Pues una mutación que origina cáncer ocurre, igualmente, por “azar”. Y otra vez entre comillas porque existen genes con más posibilidades de mutar (cambiar).
La medicina preventiva puede y no puede operar con estadísticas (al menos, en algunos aspectos). La “prevención” del cáncer se resume en “detección precoz”; esto es: el mal ya está en marcha y hay que pararlo cuanto antes (puedes estar un poquito podrido o mucho). El “antibiótico” para el cáncer es la quimioterapia, que mata a las células cancerígenas (evita que se sigan duplicando) y también a algunas sanas (vamos que ataca a lo bestia)… Puede funcionar algo o no funcionar nada. Depende de muchas cosas (desconocidas la mayoría). Sea como sea, respecto al “origen” de un tumor, su por qué… sabremos algunas cosas, pero seguimos sin saber cómo evitar que surja. Nops. Se nos escapa. A lo bestia.
De esta impredecibilidad hablaba Escotado; de lo que algunos llaman caos (sin que tenga nada que ver). Lo vivo es impredecible en muchos aspectos, incontrolable, impensable… Recuerdo un profesor de filosofía que me dijo en la universidad lo siguiente: el bando kantiano odia (o mejor dicho, teme) la palabra “vida”.
Y es que lo vivo es muy poco razonable (ordenable). Aunque creamos lo contrario.
Volviendo al bebé. Sabremos que tendrá piernas, ojos, brazos; incluso podríamos saber si va a ser rubio o moreno; incluso, si podemos leer todo su dna y manipularlo antes de que comience a funcionar, podremos saber si va a enfermar de tal o cual cosa… pero siempre llegará un momento en el que tengamos tantas variables por medio que no podamos predecir absolutamente nada.
Tan sólo, jugar.
Respecto al comentario de Ignacio Marinas… Yo siento no poder darte una solución. Dicen algunos que el que quiere algo y lucha mucho, mucho, mucho, mucho por ello, lo consigue. Si sólo te concentras en una cosa y vas como un toro a por ella, la consigues.
A mí eso no me ha pasado nunca, porque yo me disperso… a lo bestia. Así que ahí andamos. Eso sí, he adoptado un way of life, un “carpe diem” un tanto peculiar, ja, ja…
Efectivamente, la virtud está en el término medio (cosa que ya dijo Aristóteles hace 2500 años, lo que da mucho que pensar sobre todos los libros de autoayuda que nos venden los gringos prometiéndonos ideas nuevas y revolucionarias). El autor del libro no dice que haya que olvidarse de las predicciones. Una cosa es que el mundo no sea predecible, y otra cosa que sea un caos absoluto, porque la realidad nos demuestra que tampoco es así.
Creo que las palabras del autor son algo así como “hay que estar preparados para el cambio”. O sea, hay que predecir (un poco) el futuro, pero hay que estar siempre preparados para que pueda cambiar (y no hay que tomarse ese cambio como algo malo… personalmente, la mayoría de cosas buenas que me han pasado en la vida llegaron de forma inesperada, así que no deberíamos tener ningún miedo a que nuestros planes cambien).
Coincido con JR en que la virtud está en el punto medio. Los extremos en este caso no son aconsejables.
La planificación a largo plazo lleva a la frustración y el carpe diem absoluto al caos.
Es bueno que uno se ponga metas, que son las que nos llevan hacia delante, pero es importante que estas metas sean para el medio plazo.
De esta manera, cuando empiecen a entrar variables con las que uno no había contado (incertidumbre), siempre se puede reajustar la meta inicial sin pensar que nos estamos desviando en gran medida de lo que habíamos pensado.
La clave, en mi opinión, está en reajustar metas u objetivos (=no tener miedo a que nuestras metas cambien), pero ciertamente, si ese reajuste se realiza sobre metas a medio plazo, nuestra meta final será más parecida a la meta inicial que si reajustáramos a largo, donde la meta final reajustada distaría mucho más de la meta inicial.
En resumen, anticipar sí, pero no mucho (y nunca de forma catastrofista!)
Mira tú por dónde… no conocía yo a este hombre:
http://www.elmundo.es/elmundo/2008/11/23/ciencia/1227463778.html