La lección del maestro

Harps and Angels
Randy Newman
Randy Newman - Harps and Angels

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¡Oh, plebe informe que visita este blog, oh, patanes sin criterio que devoráis la vida a mordiscos, sin tenedor ni cuchillo ni servilleta, oh, en definitiva, vosotros de ahí fuera!: admiraos conmigo. Admiraos conmigo, una vez más, al presenciar el milagro de la genialidad individual, el misterio del don divino o humano, pero don al fin y al cabo, que marca la diferencia precisamente entre lo humano y lo divino, que nos eleva por encima de los telediarios, de Zara, de los faros halógenos, de la panda de ejecutivos imbéciles que miden la vida en hojas Excel y de los consejeros delegados que cuantifican la genialidad en euros. ¡Oh, mis queridos leños intelectuales!: admiraos conmigo. Y preparaos para deleitar vuestros espíritus castigados por hipotecas y reuniones de la AMPA, porque aquí llega Randy Newman.

¿Y quién es Randy Newman, si puede saberse? Pues sí, puede saberse. Es un músico con todas las letras, incluida la “o” porque es un señor (pregunta para la ministra de igualdad: una mujer que hace música, ¿es una música o una músico? Si ella es una música, ¿podemos decir que es una música que hace música? ¿y podemos decirlo sin parecer imbéciles, quiero decir, más imbéciles de lo que nos quiere volver la ministra de igualdad y algunos de sus camaradas?). Randy Newman es un músico curtido en mil batallas, un tipo de 65 años que lleva haciendo música desde los 17, que ha tocado en plazas de todos los colores y que encontró su hueco en el mundo de las bandas sonoras (y, efectivamente, “Harps and Angels” suena mucho a banda sonora, la banda sonora de un rompecabezas con una letra ácida envuelta en melodías que parecen de Disney).

El disco suena, digo, a banda sonora, pero suena también a Dixieland, a Honky Tonk, a Nueva Orleans y al dulce Sur cuando era dulce, o cuando nadie sabía lo amargo que podía llegar a ser. Es música de orquesta, con el piano al frente y un puñado de instrumentos manejados con maestría detrás, a veces sólo una batería y un clarinete, otras veces casi una sinfónica completa. Y las letras, como decía, critican todo lo criticable, destrozan la felicidad artificial del sueño americano. Y, sobre todo, destrozan la realidad americana. El agujero de avaricia en el que se ha convertido el sueño. No es optimista sobre el futuro, precisamente, cuando dice:

The end of an empire is messy at best
And this empire is ending
Like all the rest
Like the Spanish Armada adrift on the sea
We’re adrift in the land of the brave
And the home of the free

Y luego están también las canciones de amor. Nunca puede faltar una canción de amor en el disco de un músico de verdad. En esos casos Randy Newman se queda solo, como los toreros. Él y su piano, y su voz que suena a voz de negro de Luisiana, pero que en realidad es voz de blanco de Los Ángeles. Y con sus 65 años a cuestas suena a adolescente enamorado por primera vez cuando canta:

Somethin in your eyes, makes me wanna lose myself
Makes me wanna lose myself, in your arms
Somethin in your voice, makes my heart beat fast
Hope this feeling lasts, the rest of my life

Es imposible saber cuál es el secreto. Qué hace que una canción que parece una más, la misma melodía que ya hemos escuchado, los mismos instrumentos, las mismas palabras, qué hace que sea diferente. Qué hace que nos emocionemos al escucharla. Es la genialidad. El la rareza. Es la neurona que no está donde debería estar. Es el átomo tonto. Es el bosón que se desintegra un picosegundo más tarde de lo que debería. Es el tipo que no es como los demás. Admiraos conmigo.

“A few words in defense of our country”

“Feels like home”

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