La maldición del lenguaje

A más cómo menos por qué
Jorge Wagensberg

A mas como menos por que

189 pags.

Valoración:   

Creo que este es el primer libro que critico en el blog para el que voy a utilizar la famosísima técnica de la crítica autorreferente. A saber: el libro contiene su propia crítica. Y la contiene en forma de uno de los 747 aforismos que el autor compila intentado (que no consiguiendo) resumir en pequeñas píldoras lingüísticas su supuesta (que no real) sabiduría sobre múltiples temas. El aforismo que resume mi opinión sobre el libro es el número 393 y dice así: “El dudoso prestigio de los aforismos procede de la facilidad con la que se logra un aforismo malo”. ¿Hace falta que siga?

Bueno, vale, sigo, pero sólo un poco. Añadiré un dato: de los 747 aforismos del libro sólo he marcado como interesantes una docena escasa. Y de ellos, diez son relativos a la Física. Porque el autor, todo hay que decirlo, es doctor en Física y, al menos en ese campo, la sabiduría se le supone. En el resto de los campos no sólo no se le supone, sino que más bien se demuestra su simplismo. Son frases gramaticalmente simpáticas (abunda el juego de palabras pretencioso, el juego semántico con ínfulas) que debajo del artificio de la forma contienen obviedades en el mejor de los casos, y solemnes tonterías en el peor. Ejemplo (aforismo 113):

Viajar es la mejor forma de regalarse cambio

Dejemos a un lado la licencia creativa de asumir que viajar es gratis (por lo del regalo), porque lo realmente orangutánico es sugerir que viajar es, intelectualmente hablando, un cambio. Viajar es precisamente el sucedáneo moderno, barato, y superficial del pensamiento.

¿Qué aforismos merecen la pena? Muy pocos, ya digo. Y algunos de ellos no son de Wagensberg. Lo que, por cierto, tiene narices… quiero decir, si uno se pone a escribir un libro de aforismos y lo firma con su nombre, no me parece muy elegante incluir, por ejemplo, el Teorema de Gödel a pelo, sin añadirle ni un mínimo comentario de cosecha propia. Otros aforismos que ya han sido enunciados mil veces por otros autores, incluyen el famoso “Dios no puede ser a la vez bueno y omnipotente” (¡qué novedad en la Historia del Pensamiento filosófico!) o “La religión es un placebo existencial” (¿le habrá pagado derechos de autor a Marx, o realmente Wagensberg se cree que esta idea se le ha ocurrido a él?).

En resumen: este libro es un auténtico bluf (palabra que, por cierto, la RAE recogerá en la próxima edición de su diccionario). El problema es, como en tantas otras obras de este tipo, que muchos lectores se quedan obnubilados por el juego lingüístico. Frases como “el creador se indigna ante una copia, el copiador se indigna ante un plagio y el plagiador se indigna ante una clonación” son estupideces envueltas en una supuesta elegancia formal. El juego de palabras deslumbra al lector patán (recordemos: 87% del total de la población, según el último estudio publicado por un melenudo que tiene un blog en Arizona), y de ahí a convertirse en un best-seller hay un paso (a saber, tener un primo con una editorial).

Para no terminar la crítica con mala leche, rescataré uno de los pocos aforismos que merecen la pena. Ahí va:

El empeño en perseguir la perfección es rentable; el empeño en alcanzarla, una ruina

A la vista de lo cual, podemos afirmar sin dudarlo que Wagensberg no corre ni el más remoto peligro de arruinarse.

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