The Loss of Sadness
Horwitz y Wakefield

285 pags.
Valoración:

Dicen las cifras que dentro de 20 años la depresión será la enfermedad más habitual en el primer mundo, por encima de la gripe, del cáncer, o de cualquier otro problema de salud grave o leve. Y como lo dicen las cifras, y las cifras las calculan unos señores con bata blanca, todos nos lo creemos. Los números no mienten. No, desde luego. Mienten los señores que calculan los números. O, mejor dicho, se equivocan. Con la cantidad de veces que los científicos se han equivocado a lo largo de la Historia, no entiendo cómo hemos llegado a este estado de adoración cuasi religiosa por cualquier cosa que venga envuelta en una probeta o en un estudio lleno de fórmulas y numerajos.
El problema, desde luego, no es el número en sí. Es cómo se calcula. Y sobre ese fino matiz trata este interesante aunque excesivamente redundante libro. No es que no exista la depresión, nos viene a decir, sino que se ha ampliado tanto la definición del problema que ahora prácticamente cualquier estado de tristeza cumple los requisitos para ser calificado de enfermedad. En EEUU, donde son muy dados a cuadricularlo todo, hace años que se han estandarizado los síntomas que definen “oficialmente” la depresión. Y el problema es precisamente ese: que el diagnóstico se hace comparando el estado del paciente con la lista de síntomas, sin tener en cuenta el entorno del individuo, sus circunstancias personales, los cambios que hayan podido producirse en su vida.
El elemento clave en la definición de depresión es el tiempo: si un paciente muestra 5 o más síntomas de una lista de 9 (que incluyen, por ejemplo, tristeza, falta de interés, inapetencia o trastornos del sueño) durante más de 2 semanas, entonces está deprimido. La clave, repito, son las 2 semanas. Da igual si los síntomas son producto de la muerte de un ser querido o de haber perdido el bolígrafo. Si duran más de 2 semanas, es una depresión. Y, según los autores del libro (ambos doctores en medicina y profesores universitarios en EEUU), y según también el más elemental sentido común, esa definición es demasiado rígida.
No nos equivoquemos: es “bueno” que la definición sea rígida. O, mejor dicho, es inevitable: no se puede dejar que cada médico decida qué es una depresión y qué no. No se puede dejar que cada uno recete lo que quiera, cuando quiera, sobre todo si lo receta con cargo al Estado en un sistema público de salud. Pero lo que ganamos por un lado lo perdemos por el otro. De repente, nos encontramos con cientos de miles de personas deprimidas. Cuando, en realidad, muchas de ellas no están deprimidas. Simplemente están tristes. Y tienen buenos motivos para estarlo. La vida es así. A veces te da alegrías, y a veces te da penas. Estar triste por una pena no es estar enfermo. Es, simplemente, estar vivo.
Así pues la depresión existe (ha existido siempre, es lo que nuestros antepasados llamaban “melancolía”, y los médicos han intentado tratarla siempre), pero en los últimos años hemos abierto la puerta tanto que ha entrado medio mundo en la habitación. ¿Por qué ha pasado eso? Porque de repente nos hemos encontrado viviendo en un mundo que no es para el que nuestro sistema “normal” de tristeza está preparado. No estamos preparados para pasar la tristeza solos. No estamos preparados para ver cómo el mundo sigue sin ningún cambio cuando a nosotros nos sucede una gran desgracia. Nuestro cerebro se desarrolló cuando el homo-lo-que-fueris vivía en pequeños grupos cerrados, con fuertes vínculos entre los individuos, en los que la pérdida de uno era la pérdida de todos. Todos se entristecían si alguien moría, si alguien sufría. Nuestro “sistema de tristeza” necesita notar que no estamos solos, especialmente cuando las cosas se ponen feas.
¿Tiene remedio esta situación? Difícilmente. De hecho, parece que vamos a peor. La ciudad de Nueva York ha comenzado un programa de detección de depresión entre adultos y niños. A partir de ahora, cada vez que un neoyorkino visite a su médico por cualquier razón (un catarro, un análisis de sangre, un hueso roto), se le pedirá que responda a un cuestionario para saber si durante las 2 últimas semanas ha notado una serie de síntomas… que, sí, son precisamente la lista de 9 síntomas que definen la depresión. Y este programa de detección es parte de una iniciativa nacional apoyada por una comisión presidencial en EEUU.
No es malo estar triste. Cuando alguien está triste no hay que intentar alegrarlo, ni por las buenas (a base de decirle que se anime y de invitarlo a salir) ni por las malas (a base de medicamentos). Hay que dejar que la tristeza “fluya”, que siga su curso natural. Y lo natural es entristecerse cuando perdemos algo, cuando perdemos a alguien. Desde luego, si esa tristeza se descontrola o se hace crónica, entonces hay un problema médico. Pero si el tango decía que 20 años no son nada, 2 semanas son menos que nada. Eso es lo que nos cuenta este libro. El único pero es que nos lo cuenta demasiado despacio, demasiadas veces y, tal vez (para un lego), de una manera demasiado técnica. Por lo demás, el mensaje es de puro sentido común. Lástima que, como ya se sabe, el sentido común sea el menos común de los sentidos.
Previsualización del libro, cortesía de Google Books:






