Amor de mujer

Mimaré tu recuerdo, callada
Concha Vicente

Mimare tu recuerdo, callada

80 pags.

Valoración:   

Hay, sin duda, un amor de hombre y un amor de mujer. Hay muchas más cosas que diferencian a hombres y mujeres, también sin duda, pero el amor es una de las más evidentes y donde la diferencia es mayor. Como tradicionalmente los poetas (conocidos), los directores de cine (conocidos) y los artistas (conocidos) han sido mayoritarísimamente hombres, todos conocemos muy bien ese “amor de hombre”. Un amor que suele ser, como casi todo lo masculino, extremo, intenso hasta el dolor, exacerbado, apasionado, desesperado… y breve. Los hombres (en general) no conocemos el término medio ni la mesura, nos enamoramos con locura y nos olvidamos de nuestros enamoramientos casi con la misma rapidez y determinación.

Tal vez por eso, porque hemos leído tanto sobre amores masculinos (incluso cuando hemos leído sobre amores femeninos lo hemos hecho, casi siempre, a través de los ojos de un hombre), los poemas de “Mimaré tu recuerdo, callada” dejan una sensación extraña. Al menos, en un hombre, que es lo que yo soy hasta que se demuestre lo contrario, o hasta que el gobierno haga obligatorio el cambio de sexo y nos convierta a todos en mujeres (creo que la Ministra de Igualdad ya lo está estudiando para acabar con la violencia de pareja; la otra medida que está estudiando es hacer otro anuncio de televisión).

Pero volvamos al tema. La sensación que deja este libro, decía, descoloca. Y no debería, porque el título es un excelente resumen del contenido, y casi me atrevería a decir que es un excelente resumen del sentimiento del amor visto con ojos de mujer. Las palabras están escogidas con extraordinaria precisión: mimaré y callada. Una mujer que ha amado, posiblemente, con la misma locura y pasión que los hombres creemos tener en exclusiva, pero que después guarda el recuerdo con mimo (no con desesperación, no con llantos ni borracheras ni intentos de suicidio) y lo conserva callada (no escribe una novela de 500 páginas, no se desahoga con sus amigotas de barra en barra en bar, no grita en el balcón en las noches de luna llena). Mimaré tu recuerdo, callada. Es minimo, es discreto, y sin embargo es una expresión de desolación que casi duele al leerla.

Los poemas son, como el título, ejercicios de precisión. La mayoría apenas tienen 5 versos, son una especie de haikus que no buscan el contraste o la figura que nos llega como un golpe directo en la nariz, sino que nos dejan frases que parecen corrientes y que, sin embargo, transmiten esa pena profunda pero elegante que Concha Vicente nos cuenta como si estuviera pensando para sí.

El libro es difícil de conseguir (a mí me lo ha regalado mi querida Sofía), así que para aquellos que no vayan a poder leerlo, aquí van algunas muestras. Es una nueva manera de ver el amor. Con los ojos de una mujer que sabe escribir y sabe contarnos lo que siente sin intentar hacer alardes.

Voy ascendiendo en la memoria
que me dejaste,
te sigo llevando
entre los pliegues de mi ropa.

Toda la tarde se inclina hacia tus ojos
y entonces
la tristeza es hermosa,
como si tú la hubieses inventado.

Si ves que me demoro,
que no cojo el teléfono,
y que se deshojan tarde
los árboles de otoño,
es que desde que te marchaste
todo va en contratiempo con el día,
que te busco donde ya nadie te busca,
y he perdido el reloj
del tiempo y de la espera.

Entre tu ausencia y mi silencio,
mimaré tu recuerdo, callada.

11 Responses to “Amor de mujer”


  • La sensibilidad con la que contás el libro muestra tu costado femenino y redime con un baño de sensibilidad a muchos machistas que guardan sus sentimientos bajo 7 candados.

  • Nada es “exclusivo” de hombres o mujeres, y menos en cuestiones amorosas. Me importa un pimiento lo que digan los libros, y la historia, y los cuentos, y las estadísticas. Hay tíos muy brutos y tías muy brutas… Y mira que odio los equilibrismos equilibrados. La tipa esta, hay que reconocer que toca finamente las glándulas suprarrenales, pero… esto lo podría haber escrito también un hombre talentoso y sin escrúpulos y sin vergüenzas.

    Así mismo, un tío o una tía, podrían haber caído en el error de escribir una zalamanería insoportable y merengosa. Pero no. Hay gente que tiene el poder de tocarnos quién sabe dónde. En algún lugar celestial llamado G.

    Yo opino que también una mujer puede sentir extrema e intensamente, hasta el dolor y el desgarro. Puede emborracharse, hablar más de lo normal y aullar como un lobo (perdón, como una perra) y llorar desesperada y hacer numeritos…

    Y, al mismo tiempo, calmarse y escribir cosas como esas que escribe Concha Vicente. Las heridas tienen que cicatrizar despacio. Y si lo hacen hermosamente, mejor que mejor. Porque insisto, no todo el mundo puede escribir así. La mayoría caeríamos en el merengue… y terminaríamos pringadísimos.

    Y supongo que a un tío le ocurrirá lo mismo. Bueno, a algunos tíos. Y a algunas tías. Que cada sensibilidad es distinta, única e intransferible.

    Hace algún tiempo, unos días, habría afirmado que las mujeres somos más… blandas, esponjosas… absorbentes, profundas, oscuras, tierra… yoni… agujeros… lado cóncavo. Y los tipos más lijosos… como el scotch brite, más afilados, más convexos, lingam… Los tíos salen, las tías reciben… Pero hoy tengo mis dudas…

    Creo que recordamos igualmente, unos y otros. Hasta que olvidamos. A veces más rápido, a veces más lento… A veces nunca. A veces se muere uno recordando… Depende todo esto de otra cosa que no tiene género sino grado: la sensibilidad. Que finalmente no es más que: genética. Química.

  • A ver, todas la generalizaciones son susceptibles de ser rebatidas. Hay personas (adultas) que miden menos de 1 metro, pero si alguien dice “la gente mide más de 1 metro” todos nos entendemos. A eso me refería con lo de “los hombres” y “las mujeres”. Ya sé que hay hombres sensibles y mujeres arrabaleras, hombres moderads y mujeres apasionadísimas, pero mi reflexión intentaba generalizar. Que, por otro lado, es la única manera de hablar, porque si vamos caso a caso nos tiramos toda la vida… Por supuesto, mi generalización es discutible. Pero yo creo que, en general (:-D), los hombres y las mujeres amamos de distinta manera.

  • ¿Sin generalizar no se puede hablar?.. ¿Cómorrr?.. Se me acaban de poner todos los pelos del cuerpo blancos.

    En fin. No es que haya que bajar al número uno… tampoco es eso, JR. Es que tu generalización está muy mal generalizada. Es extremista y poco acertada :-P

  • Lo de poco acertada me parece legítimo (a eso me refería cuando decía “por supuesto, mi generalización es discutible”). Obviamente, para mí es acertadísima, pero ya supongo que no todo el mundo lo verá igual.

    Lo de extremista, es redundante. Todas las generalizaciones son extremistas, por el mero hecho de ser generalizaciones (si uno admite matices, entonces ya no está generalizando).

  • Pues no, no es redundante. El extremismo es solo una “tendencia”, y “generalizar”, básicamente, es inferir inductivamente (¿no?). Pero vamos, por no entrar en silogismos, deducciones e inducciones varias digamos que tu razonamiento va de lo particular a lo general. Podemos concluir que las aves vuelan si observas muchas aves volar. Hasta que se cruza un ornitorrinco en nuestro camino y se joroba el razonamiento. Pero no pasa nada, creamos un grupo nuevo para ornitorrincos y punto pelota.

    Pero vale, no particularicemos, que los presupuestos no dan para clasificar a tanto espécimen. Aún así, insisto, tu inducción/deducción/razonamiento/conclusión… es extrema porque deduces que todas las mujeres aman así o asá y que los hombres también aman asó o así en base a ¿cuantas observaciones?…

    Por esta primaria y palmaria razón (sobre otras muchas) es poco acertada o incorrecta y extrema tu generalización. O poco verdadera, o falsa. Porque, sencillamente, no tienes vida para “testar” a suficiente número de individuos o individuas o ministras. Y si encima, testas un par de cositas: recuerdo vs olvido y exceso/griterío/apasionamiento vs
    discreción/silencio/calma… pues va a ser que no.

    Digo yo.

  • Si la validez de una generalización depende del número relativo de observaciones coincidentes frente al total de observaciones posibles, entonces tendríamos que considerar erróneas incluso las generalizaciones más “obvias” (¿cuántas aves hay que observar para poder decir que las aves vuelan, teniendo en cuenta que en el mundo hay miles de millones de aves? ¿cuántos átomos hay que observar atrayándose para poder decir que la materia se atrae por la gravedad, teniendo en cuenta que en el Universo hay trillones de trillones de átomos?).

    Las generalizaciones se construyen en función del número relativo de hechos que YO (o TÚ, o un grupo de observadores) observamos como iguales frente al número total de hechos que YO (o TÚ, o un grupo de observadores) hemos podido observar (no frente al número total de hechos que existen en absoluto, como decía en el párrafo anterior). Si YO veo que el 100% de las aves que he visto en mi vida vuelan, digo “las aves vuelan” (aunque el número de aves que yo he visto en mi vida es despreciable frente al número total de aves que hay en el mundo). Si YO veo que el 90% de los hombres que he visto amar, aman con desesperación perruna, digo “los hombres aman con desesperación perruna”.

    Precisamente, esa característica subjetiva de la generalización es la que la hace discutible (tu porcentaje de hechos característicos puede ser distinto del mío), y por eso yo decía que mi generalización (como cualquier otra) es discutible porque alguien puede haber tenido observaciones distintas a las mías. Pero eso no hace que mi generalización sea buena ni mala. Pero sí es extremista. Y decir que las aves vuelan también. Y decir que la materia se atrae también. Porque al generalizar, inevitablemente, eliminamos los matices y atribuimos la misma cualidad “pura” a un conjunto de individuos.

    Y dicho esto, vaya ladrillo me ha salido.

  • Estás flipando.

    En fin, viendo ese pico que tienes (me refiero a la foto del pato), mejor callarse. No puedo con el ladrillo. Me supera. Es “este” espacio.

  • Quería decir “en” este espacio.

  • Aparte de polémicas, tu crítica me ha gustado; has entendido el mensaje y me agrada. ¿De qué ciudad eres, Joseramon? Yo soy Concha Vicente, la autora.

  • Hola, Concha, encantado de saludarte. Yo soy gallego, de un pequeño pueblo de Orense llamado San Xoán de Río. Pero también soy “hijo adoptivo” de Zaragoza, donde viví desde los 3 años hasta los 23. Hace 20 años que me fui, pero Zaragoza, y más concretamente el Arrabal, siempre serán “mi ciudad” y “mi barrio”. Gracias por tu comentario. Espero poder leer más cosas tuyas.

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