Elogio de la infelicidad
Emilio Lledó

165 pags.Valoración:

Emilio Lledó se muestra en este libro como uno de esos jugadores de fútbol brasileños que nunca llegan a triunfar, a pesar de que cuando llegan a Europa todos los recibimos con grandes expectativas por el vídeo de 2 minutos que las televisiones ponen una y otra vez con sus mejores jugadas en el Fluminense. Lo que descubrimos después, cuando ya lleva 4 meses en nuestra liga, es que efectivamente el tipo es capaz de hacer unas virguerías que te dejan ojiplático, pero también que entre virguería y virguería pasan semanas sin que enlace dos regates seguidos.
Tiene mérito ser capaz de hacer jugadas extraordinarias, pero con eso no se llega a estrella. Ni siquiera a jugador del montón. Uno acaba malvendido a un equipo turco y jugando contra el Tranzsbosport los cuartos de final de la Copa de la Capadocia. El fútbol es así. Y la Literatura también: si uno no es capaz de mantener un buen nivel de manera constante, lo mejor es que no se dedique a escribir libros. Tal vez como articulista tenga futuro, o como tertuliano ocasional, para soltar un aforismo brillante de vez en cuando, pero más allá de eso nada de nada.
El primer regate que falla Lledó es el del título: es más falso que un billete de 7 euros. El libro no trata de la infelicidad, y las pocas veces que la toca (de manera puramente marginal) no se dedica a elogiarla ni a vilipendiarla. La nombra, como mucho, y gracias. Mal, Lledó, muy mal. No se puede engañar a la gente con artes tan burdas.
En realidad, “Elogio de la infelicidad“ es (como se nos advierte en el prólogo) una recopilación de artículos que el tal Lledó ha ido escribiendo aquí y allá. Esto añade dos problemas más al libro: primero, que los artículos no tienen un tema común (si acaso, el análisis de la cultura griega); y segundo, que Lledó se repite con frecuencia. Esto, si uno publica los artículos por separado en distintos momentos, no se nota mucho, pero si uno los junta y los publica uno detrás de otro en el mismo libro, canta por soleares.
Así pues, el libro es más que prescindible. Tiene, eso sí, y siguiendo la metáfora del futbolista brasileño, algunas jugadas de gran virtuosismo. Como decía antes, Lledó tal vez podría ganarse la vida soltando aforismos en alguna tertulia radiofónica. Y aunque algunos no son suyos (y él lo reconoce citando al autor original, obviamente), eso no le quita mérito puesto que también hay que saber elegir a quién cita uno. En el caso de Lledó, los citados son de primer nivel. Por ejemplo, ahí está mi filósofo de cabecera, el gran Heráclito hablando de su particular dios, el pólemos, la guerra:
Es necesario saber que la guerra es algo que enlaza a todos los seres, y que la justicia es discordia y que, precisamente, por discordia y necesidad se engendra todo
Hay más citas interesantes de grandes pensadores y escritores griegos (ya sabéis la debilidad que tengo por la filosofía griega). Por ejemplo, es interesante el análisis que Lledó hace de “La Ilíada” ligándola con una cuestión tradicionalmente crucial en la Filosofía, y de rabiosa actualidad entre nuestros adolescentes: ¿por qué yo soy superespecial? (dicho de otra manera, claro, el personaje de Diomedes no era imbécil como todos nuestros quinceañeros).
También es memorable la cita de los versos de Píndaro:
Seres de un día,
¿quién es uno?,
¿quien no es?,
sueño de una sombra el hombre
No me digáis que no es para alucinar con lo bien que pensabas los griegos teniendo en cuenta que en su época no existía “Fama, a bailar” ni las mechas de color cobrizo. En fin, como decía, Lledó hace algunas reflexiones interesantes, y en mi caso juega con la ventaja de que a mí cualquier cosa relacionada con la cultura griega me entretiene más que explotar un plástico de burbujas. Porque, ¿cómo es posible no admirar a aquellos que inventaron el pensamiento abstracto, las ideas, la ficción, la imaginación?
En un momento, sin embargo, de esa cultura de la realidad, alguién pronunció antes sus oyentes, con el ritmo pausado del hexámetro “Canta, Musa, la cólera de Aquiles”, y no existía Musa alguna que cantase, ni siquiera Aquiles alguno que se pudiera encolerizar”
En fin, que los griegos siempre son garantía de éxito, pero soltar unas cuantas ideas interesantes no justifica escribir un libro con la excusa de “recopilar” artículos dispersos. Habértelo pensado mejor, Lledó. Y, sobre todo, haberle puesto otro título al librito. Eso sí: a mí no me vuelves a pillar, tío listo.





Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid… Los hay peores. Ja, ja…
http://www.eduardpunset.es/blog/?p=104
¿Cómo puede tener este hombre (Punset) tanto morro? Se pone a lanzar preguntas sin contestar ninguna y lanzando chorradas sobre razones evolutivas… En fin. Olvidemos a este pollo. Lo que me joroba es que todo el mundo vaya leyendo sus libros en el metro. Lo cual no está nada mal y es muy respetable, pero con todo lo que han escrito los griegos y otros tantos después, da un poco de yuyu que este señor sea el nuevo gurú de la divulgación.
El título del libro (el de Lledó) es muy interesante, desde luego. Lástima que, quizá, se lo haya puesto la editorial. En cualquiera de los casos creo que es demasiado pretencioso. La felicidad/infelicidad es una cosa diferente para cada uno. Llave y cerradura. O está la cosa llena o vacía y seca…
Los griegos, creo que hablan de plenitud de ser (como siempre, mucho más explícitos). Y allá cada cual con sus plenitudes.
Creo que ya hablamos (o te hablé) hace un tiempo de Bertrand Russell. Él también tiene en un librito sobre la felicidad que no sé si es recomendable porque lo leí con 17 años y si no me fío ahora de mí misma, menos me fío de aquella otra. Me interesó, su apuesta por la ciencia, por la curiosidad y por la insatisfacción intelectual como algo esencial para ser feliz. O sea, estar “entretenido”.
Tendría todo esto algo que ver con aquellos “algos”: algo que hacer, algo que amar y algo que esperar.
Así que la infelicidad sería justo lo contrario. Nada que hacer, nadie a quien amar y nada que esperar. Pero muchos (no sé si todos) sabemos que esto, es una gilipollez. Porque quizás, esto último, sea la felicidad… Quien sabe.
Y ya que hablo de Russell, aquí dejo un aforismo de esos que me resulta gracioso aunque, por supuesto, es también falso, como casi todas las frases iluminadas, que solamente valen para un rato. Y depende de qué rato:
“Gran parte de las dificultades por las que atraviesa el mundo se deben a que los ignorantes están completamente seguros y los inteligentes llenos de dudas”.