Llevo mucho tiempo insisitiendo en tema, y a pesar de eso no me hace caso ni dios. Como esto es algo que me pasa mucho, en general, tampoco me preocupa, pero no puedo dejar pasar la ocasión de soltar la frase que más le gusta decir al 90% de mis conciudadanos cada vez que tienen un problema: “alguien debería hacer algo”. Sí, a mí también me gusta sentirme del pueblo, o sea, gilipollas, de vez en cuando.
Lo que llevo diciendo desde hace mucho tiempo, aparte de tantas otras intrascendencias, es que el peor enemigo del cine no es Internet, ni el precio de las entradas, y ni tan siquiera el lamentable nivel de los actores y actrices y actrizos españoles y españolas y españolos. No: el principal enemigo del cine es la televisión. Porque la tele, gracias al buen trabajo de cadenas como HBO, ha mejorado la calidad de sus producciones hasta hacerlas prácticamente indistinguibles de una buena película de cine. Incluso de una muy buena película de cine. Con el elemento a su favor de que, como tienen mucho más tiempo para vincularnos a sus personajes (si la serie en cuestión sobrevive), el vínculo es también mucho más fuerte. McNulty en “The Wire“ o el presidente Barlett en “The West Wing“ ya son más de la familia que muchos primos segundos.
En ese contexto, producir una película como “La extraña que hay en ti“ no tiene ningún sentido. Cualquier episodio de cualquier serie de medio pelo es más entretenida que esta peli. De hecho, la sensación que queda cuando uno termina de verla es que no es una película, sino un episodio piloto. Nos presentan a un personaje en una situación trágicamente crucial de su vida, y nos muestran un avance de cómo ese hecho va a cambiar toda su existencia. Si la cosa gusta, podemos hacer más episodios y seguir tirando del hilo. Si no gusta, hasta luego Lucas.
Y eso es todo. Un episodio piloto de una serie pseudopolicíaca, cuyo único destello de calidad lo pone Jodie Foster, que eleva varios pisos una vulgar historia que con otra actriz no conseguiría sostener la película más allá de la primera media hora. Y mira que el tema es atractivo: la venganza. El mayor placer de la vida, después del sexo. Y de la cerveza. Y del fútbol. Bueno, el fútbol tiene una buena parte de venganza, así que no cuenta. Pero vamos, que hacer una película de venganzas es tener la mitad del camino ya recorrido, pero en este caso falta claramente la otra mitad. Es una venganza del montón, mil veces vista, y mil veces bostezada. Y es que, al final, no es tan fácil. Películas como esta son las que dan su auténtico valor, una vez más, a los clásicos como Lawrence Wright
540 pags.
Valoración:

El cine español hace mucho daño a la inteligencia, es cierto, pero hay que reconocer que el cine americano también tiene lo suyo. Tantos años viendo películas de buenos buenísimos y malos malísimos han ido calando en nuestros cerebelos, hasta hacer que nos parezca completamente normal que cualquier fechoría se justifique sin más por el simple hecho de que el autor es “alguien muy malo”. Hombre, no digo yo que no haya casos así, y el debate sobre el origen de la maldad no está ni mucho menos resuelto, pero de ahí a justificarlo todo con la mala baba del criminal, hay un trecho.
Digo esto porque no deja de sorprenderme que después de los brutales atentados del 11-S (y del 11-M, y los de Londres… y más de esa cuerda) la mayor parte de la ciudadanía se haya quedado contenta con la justificación de que hay un señor barbudo, malo malísimo, que además vive en una cueva, y que se dedica a planear cosas malas malísimas porque esa es su naturaleza, como el escorpión del chiste. Los más sofisticados intelectualmente le han dado una vuelta a esa justificación tan simplista, y han concluido que, en realidad, no hay un señor barbudo malo malísimo: hay varios. Eso sí: todos viven en una cueva. Y así estamos, 8 años después.
Llevaba yo algún tiempo buscando algún librito que contara con un poquito más de rigor intelectual cómo narices hemos llegado a esto. De dónde salió el señor barbudo, y sus otros colegas barbudos, por qué se metieron en una cueva, por qué son tan malos malísimos, cómo consiguieron pasar de ser una banda de barbudos a convertirse en la organización terrorista más peligrosa del planeta, quién los “inspira”, quién los ayuda, qué esperan conseguir con todo esto… En fin, un montón de preguntas de las de toda la vida, las más simples: quién, cómo, dónde, cuándo… pero, sobre todo, por qué. Porque siempre hay algún porqué, aunque por supuesto no tengamos que entenderlo, ni respetarlo, ni mucho menos compartirlo.
En esas, llega a mis manos (porque hice un pedido a Amazon y lo pagué) este “The Looming Tower“, avalado por el Premio Pulitzer que ganó en 2006. Y con la misma, me pongo a leerlo (cuidadín, más de 500 páginas y en inglés, por eso llevo tanto sin publicar una crítica literaria en el blog) y poco a poco las preguntas van encontrando respuestas. No sé si buenas o malas, pero al menos más convincentes que el manido “ellos son muy malos, nosotros somos muy buenos”. Para empezar, hay algo que tanto ellos como nosotros tenemos en común: somos muy torpes. Esto ha sido un concurso de incompetencia, y Occidente (EEUU en concreto) se ha llevado la medalla de oro.
Pero, por supuesto, hay más. A modo de ejemplo, diré que el libro empieza situándonos en noviembre de 1948, y el primer personaje al que conocemos es Sayyid Qutb, un profesor egipcio afincado temporalmente en EEUU. Desde ahí, empezamos un viaje de más de 50 años que nos lleva desde Egipto a Manhattan, desde Sayyid Qutb y sus ideas a los pilotos suicidas que se llevaron por delante las Torres Gemelas y las vidas de varios miles de personas, en el atentado más brutal de la Historia, el que despertó a Occidente de su feliz sueño americano global, y puso de manifiesto que, también para lo malo, la globalización era algo real y no sólo una entelequia de los 4 listos de turno. Por cierto, entre los muertos del 11-S había personas de 62 nacionalidades diferentes. Todo el mundo murió un poco ese día.
El libro se lee sin ningún esfuerzo. El estilo es básicamente periodístico, y casi roza en algunos momentos la novela. De hecho, ese es el único pero que le pongo: que en su afán por “engancharnos”, el autor se empeña en “peliculizar” un poco la historia. Construye personajes, nos cuenta detalles emotivos para que les cojamos cariño, y en un libro de este tipo esas cosas sólo consiguen ralentizar la historia y hacer que nos impacientemos. Por lo demás, el esfuerzo de documentación es faraónico, y se nota en el resultado. Ahora sí, quien no quiera saber más, es realmente porque no quiere. Los hechos están ahí. La Historia está ahí. Dentro de 100 años se estudiará como ahora estudiamos la II Guerra Mundial. Tenemos la oportunidad de entender la Historia mientras se escribe. Hay que aprovecharla.