285 pags.Valoración:

Anda que no llevaba tiempo yo esperando este momento. Ya habréis notado que, últimamente, estoy poniendo todas las dificultades que se me ocurren para que podáis seguir leyendo este blog. La verdad, bastantes gilipollas hay que aguantar en la vida real, como para aun encima aguantarlos en la vida virtual. He estado sopesando la posibilidad de hacer un examen de ingreso, no digo más. Aquí vamos a quedar 4, pero al menos los 4 que quedemos nos vamos a quedar a gusto. Y estando yo inmerso en esa línea de pensamiento, me llega que ni llovido del cielo este
“Los científicos y Dios“ de
Antonio Fernández-Rañada.
De hecho, si no fuera porque yo soy más bien deísta (y no teísta), diría que Dios me ha hecho una señal, y no me refiero a la cicatriz en el labio que me hice jugando al ping-pong cuando tenía 7 años (y que, prefiero pensar, tampoco me envió Dios). El caso es que, antes de proceder a escribir la crítica del libro, quiero hacer un anuncio corporativo:
A partir de hoy, queda prohibida la entrada a 1y1y1 a todas aquellas personas que no puedan acreditar haberse leído “Los científicos y Dios” de Antonio Fernández-Rañada. Y como, de momento, el blog tiene la puerta abierta y no puedo llevar al poder ejecutivo esta medida que dicto como poder legislativo, empezaré por borrar los comentarios de todos aquellos que no cumplan la condición anterior. He dicho. Como podéis ver, legislo exactamente igual que nuestros gobernantes: como me pasa por los gemelos del sur.
Y ahora vamos con el libro. Necesitaría casi tantas páginas como tiene la obra para comentarla. Tanta enjundia tienen los temas tratados en ella, y tan profundas son las reflexiones que se exponen. Sobre todo porque esas reflexiones no son del autor, que se ha limitado (si es que se puede hablar de “limitación” en temas como este) a recoger las opiniones de los grandes pensadores de la Historia de la Ciencia sobre el tema de los temas, sobre la gran pregunta, sobre la incógnita última: ¿qué coño es todo esto? Leibniz la enunció hace 3 siglos con más elegancia, en lo que se suele denominar la pregunta súper-última (que no superespecial):
¿Por qué existe algo y no más bien nada?
Fernández-Rañada es, en pureza, un científico. Catedrático de la Complutense y presidente de la Real Sociedad Española de Física, es uno de los notables de la ciencia española. Pero, además, es un hombre curioso que ha leído mucho y a muchos, y que ha sabido plasmar en este fantástico libro todo lo que ha aprendido en ese largo camino de investigación tan humanística como científica, puesto que el tema tratado se encuentra en la frontera entre la Ciencia y la Filosofía, entre la Física y la Metafísica. Mi terreno favorito, lo reconozco, pero también un terreno que por narices tiene que resultar interesante a cualquier mente inquieta. Quien no se haya preguntado alguna vez en su vida “¿qué coño hago yo aquí?”, no se merece ni 5 minutos de conversación.
El libro es, ante todo, una especie de “Estado de la situación”. No se entra en valoraciones ni juicios. Para empezar, se aclaran algunos conceptos; algo fundamental y que la mayoría de la gente no hace, lo que suele ser la principal fuente de conflictos en este tipo de debates (como ya decía Carl Sagan: “Contestar sí o no a la pregunta de si creemos en Dios depende mucho de lo que entendamos por Dios”). En esa primera parte aprendemos, por ejemplo, la diferencia entre ser deísta y ser teísta, o entre ser agnóstico y ser indiferente. Y comprobamos una vez más que estamos rodeados de gilipollas, que ni siquiera saben lo que son y se definen con palabras que significan otra cosa.
Tras esa introducción (interesantísima en sí misma), entramos en materia: ¿cómo ha evolucionado la relación de la Ciencia con Dios? Y, en una tercera parte del libro, la pregunta se hace todavía más concreta: ¿qué han pensado los grandes científicos de la Historia sobre Dios? ¿Eran esos “genios” creyentes? ¿Ateos? ¿Indiferentes? Y, lo más interesante: ¿por qué pensaba cada uno lo que pensaba? La lista de nombres es realmente para impresionar: desde, por supuesto, los griegos (Heráclito, Parménides, Demócrito, Platón, Aristóteles…), pasando por Santo Tomás, Leibniz, Kepler, Laplace, Darwin, Descartes, Pascal, Franklin, Newton… hasta llegar al Dream Team de la Física, que entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX puso a disposición de la Humanidad a mentes de la prodigiosidad de Faraday, Maxwell, Boltzmann, Bohr, Planck, Eddington, Heisenberg, Schroedinger, Pauli, De Broglie, Dirac, y por supuesto Einstein en el papel de Messi. Porque estos tipos eran el Barça de la Física, sin duda. En el libro no sólo se repasan las opiniones de físicos, pero a mí la Física de Partículas me tiene encadenado, y de ahí mi particular selección de figuras.
El libro es, en fin, una delicia. No hay ni una sola página que no nos enseñe algo, o que no nos haga pensar. Personalmente, he subrayado fácilmente un 30% del texto (al final pensaba que para qué narices seguía subrayando, si de cada 3 párrafos 1 me parecía imprescindible y los otros 2 buenísimos…). Cuando uno pasa la última página, por supuesto, no tiene ninguna respuesta, como en los grandes libros. Tiene una lista de preguntas, de grandes e inteligentísimas preguntas, que se añaden a las que uno ya pudiera tener. El único “mensaje” que Rañada nos envía, y con el que yo estoy completamente de acuerdo, es que la Ciencia no tiene todas las respuestas, a pesar de lo que el 90% de nuestros conciudadanos piense. De hecho, la Ciencia se ha equivocado tantas veces a lo largo de la Historia, que no entiendo cómo la gente puede seguir confiando tan ciegamente en ella. Claro, que como la mayoría de la gente no sabe hacer la O con un canuto, y además presume de ello, es fácil hacerles creer cualquier gilipollez, como que las cosas caen porque existe la Ley de la Gravedad, que bajarse películas de Internet es un delito y está muy mal, o que Ariel lava más blanco. Hace algunos siglos era Dios. Ahora es la Ciencia. Mañana, quién sabe. No descartemos a Ana Rosa Quintana.
Nada más. Sólo quiero recordar que, como decía al principio, este libro pasa a ser de obligada lectura para el que quiera seguir participando en este blog. Y, en general, para cualquier que a partir de hoy quiera hablar conmigo de algo que no sea las nominaciones de “Supervivientes”. Ya estoy harto de escuchar estupideces. Tengo una edad, y no estoy para perder el tiempo. Así que, o venís culturizados de casa, o preparaos para sufrir mi más profundo desprecio soterrado (porque yo soy muy cobarde, y nunca me atrevería a despreciaros abiertamente, no sea que me caneéis). Aunque, ahora que lo pienso, ¿para qué os amenazo con no hablar con vosotros, si yo no socializo con nadie?
Para terminar, una cita (de las muchísimas extraordinarias citas que recoge este libro) que me voy a tatuar en el peroné. Es de Unamuno:
Mi religión es luchar con Dios desde romper el alba hasta la noche
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