Contra la felicidad
Eric C. Wilson

200 pags.Valoración:

Este libro era mi segundo intento de encontrar una opinión interesante y razonada sobre lo peligroso (amén de asqueroso e intelectualmente insoportable) que resulta la obsesión por la felicidad que azota a este primer mundo en el que (afortunadamente) nos ha tocado vivir. El primer intento, “Elogio de la infelicidad” de Emilio Lledó, fue nulo. Otro caso del famoso timo del titulito. Pero en esta segunda ocasión he visto recompensada mi perseverancia: “Contra la felicidad (En defensa de la melancolía)” es un libro francamente interesante.
La obsesión por la felicidad de la que hablaba antes es la responsable, entre otros muchos desastres, de que se haya estigmatizado a todos aquellos que no llevamos una sonrisa permanente en la boca, que no creemos en la energía positiva (mucho menos en la superpositiva), y que no confiamos en que todo, por definición, va a salir bien (ni mal). Todo lo relacionado con la tristeza se ha llevado al terreno de la enfermedad. Ya no hay pesonas melancólicas, ni situaciones que simplemente nos ponen tristes: si alguien nos ve con la mirada perdida (y no digamos llorando) de vez en cuando, empezará a correr el rumor de que estamos deprimidos, de que somos pesimistas, de que “algo nos pasa”. Pues sí señor, nos pasa algo: nos pasa que vemos la vida desde más de un punto de vista, y eso hace que a veces nos riamos solos contemplando un perro que se baña en una fuente, y que otras sintamos un puño apretándonos el corazón cuando un viento invernal sacude los árboles desnudos al otro lado de la ventana.
A ese tipo de personas, que viven en la delicada frontera entre la energía superpositiva y la supernegativa (¿existe la energía superneutra?), que saltan permanentemente el muro que separa la felicidad de la congoja, sin dejarse arrastrar ni por la una ni por la otra, a ese tipo de personas, digo, es a las que Eric C. Wilson llama melancólicas. Nada que ver, pues, con la depresión. Ni siquiera con la tristeza. Los melancólicos no están siempre tristes. Ni siquiera están tristes la mayor parte del tiempo. Pero cuando lo están, su tristeza es profunda, esencial, trascendente. También lo es su alegría. Lo único que no saben hacer los melancólicos es instalarse en una gris felicidad de cena de empresa y coche nuevo cada 5 años, y vivir ahí para siempre.
Lo malo es que esa es, precisamente, la zona más habitada del planeta primermundista. Y cuando uno abandona esa zona, lo primero que descubre es que se va a pasar solo el resto de su vida. Podrá volver, por supuesto, al continente de la felicidad media. Podrá reírse de chistes obvios, podrá darse palmetadas en los hombros con otros, podrá contar sus últimas vacaciones e ilustrarlas con las fotos tomadas con su nueva cámara digital. Y mientras haga eso, volverá a estar acompañado. Pero lo otro, la pena sustancial, la alegría intensa, eso tendrá que guardárselo para los ratos de soledad, o tendrá que soportar las preguntas simples y ñoñas (“¿qué te pasa?”, “¿por qué no vas a ver a un médico?”, “¿seguro que no te pasa nada?”) hasta que, agotadas, sus neuronas prefieran rendirse y volver a poner la eterna sonrisa de felicidad neutra.
En “En contra de la felicidad” se hace un análisis interesante sobre la “naturaleza” de la melancolía, y se ponen varios ejemplos de ilustres melancólicos. Esta última es la parte menos afortunada de la obra. Cayendo en el mismo error que Wilson critica en los “felices”, él mismo intenta demostrarnos que la melancolía es sinónimo de brillantez intelectual, de genialidad, casi de perfección. No creo que sea así. Habrá melancólicos brillantes, y habrá melancólicos mediocres. Tal vez sean menos mediocres que los felices mediocres, pero no todos pueden ser genios. Lo importante, en cualquier caso, no es si son más o menos brillantes, si son más o menos geniales. Lo importante es saber que hay más gente así. Aunque el platillo no venga a buscarnos, al menos no estamos solos.




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