Acojonante versión hindú de Chuck Norris, mejorado y complementado con efectos tipo Matrix. Atención especial al momento en el que crea un mini tornado solo moviendo el pie en círculos. De lo mejor que he visto últimamente. El vídeo se corta cuando empieza la pelea del protagonista, porque los otros son solo 24 y el resultado está cantado.
Archivos del Mes para May, 2009Pag 2 de 2
El Hematocrítico es un blog muy simpático escrito por un coruñés. Hoy recomiendo en concreto 2 artículos que no sólo entretienen sino que también enseñan cosas, como “El libro gordo Petete”.
En el primer artículo, titulado “La Amenábar Fantasma“, aprendemos (o confirmamos, aquellos que ya lo sospechábamos) que Amenábar no es muy listo. Y que Millás es empalagoso y simple hasta el hastío. La combinación de ambos resulta mortífera para las neuronas, y solo las agudas apostillas del hematocrítico hacen soportable la situación.
En el segundo artículo, titulado “Efemérides“, aprendemos Historia de la buena. Dos fotos que nos ponen los pelos de punta a todos, especialmente la segunda, pero por diferentes razones.
Víctimas del pecado
José M. Castillo

221 pags.Valoración:

Las religiones basadas en El Libro (aka “La Biblia”) tienen un serio problema. Y ese serio problema es, precisamente, El Libro. Un problema tan serio que, de hecho, las hace inviables en esencia, y sólo las buenas intenciones de algunos, la ignorancia de otros, y el cerrilismo de algunos más, las han mantenido vivas y han hecho de ellas las religiones más populares del mundo. Lo que, por otra parte, tampoco es indicio de nada porque la mayoría de la gente también cree en los médicos a pesar de que después de siglos de “ciencia” lo único que hacen cuando aparece una nueva gripe es decirnos que nos tapemos la boca al estornudar. Para eso 6 años de carrera.
Pero volvamos al problema del Libro, que tiene una doble vertiente. Por un lado, hay un problema de “fondo”. Porque la Biblia dice cosas directamente infumables. Sí, ya sé que también dice cosas muy bonitas, pero el problema es que los seguidores del Libro consideran que toda la obra está inspirada. No vale decir que el Evangelio de San Juan es lo que realmente nos quería decir Dios, y que en el Deuteronomio tuvo un mal día. Y en los Salmos uno bueno. Y en los Números otro malo. Y en el Levítico uno malísimo. Y no vale decir que el Nuevo Testamento vale, mientras que el Antiguo es una especie de reliquia cultural a la que no hay que prestar atención, porque en Mateo 5:17 Jesucristo dice: “No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento”. Habrá quien diga: hombre, es que la Biblia no hay que leerla en el sentido literal, sino que hay que interpretarla.
Y ahí está la segunda vertiente del problema. Porque si para poder “olvidarnos” del fondo (que es, como conjunto, insostenible para cualquier persona con un mínimo de humanidad, y ahí están los fundamentalistas tanto judíos como musulmanes como cristianos para confirmarlo) lo dejamos todo en manos de la “forma”, de la interpretación, entramos de lleno y por definición en la subjetividad. Y así nos han ido las cosas. Porque esa interpretación subjetiva ha alcanzado incluso a los conceptos más fundamentales de las religiones, y además las posibles interpretaciones pueden ser no sólo diferentes sino directamente opuestas. Por ejemplo, citando un pasaje de este libro:
La cuestión, entonces, está en saber si Jesús murió en la cruz porque Dios quiere el sufrimiento y necesita el sufrimiento. O si Jesús murió de aquella manera porque Dios no quiere el sufrimiento ni tolera el sufrimiento.
¡Ole! O sea, que Dios nos pide que le pintemos la casa, pero no tenemos claro si quiere que la pintemos de blanco o de negro. De hecho, ni siquiera estamos seguros de que quiera que pintemos la casa y no que la demolamos. Claro, con ese panorama no es extraño que en Occidente hayamos pasado de casi matar a Galileo a proclamarlo héroe intelectual. De quemar brujas, a llenar las madrugadas de anuncios del tarot de los ángeles. De condenar a las adúlteras al ostracismo, a casar al heredero a la Corona con una divorciada por lo civil. La subjetividad está muy bien para gobernar un país, para educar a un niño, e incluso para evolucionar el pensamiento secular, porque para todas esas cosas es necesario adaptarse a los cambios. Pero la supuesta palabra de Dios no puede ser subjetiva. Porque entonces, usemos el Libro para calzar una mesa, y que cada uno piense lo que quiera.
Con ese problema de base, las tres religiones abrahámicas han evolucionado como han podido. Pero siempre se han empeñado en mantener el Libro como piedra angular de su autoridad. A lo largo de la Historia se han ensalzado a veces unos pasajes y se han escondido otros, se han cambiado interpretaciones, se ha discutido el sentido de cada palabra, pero el Libro se ha mantenido (básicamente) inalterado. Nunca nadie ha dicho: oye, ¿por qué no quitamos los 5 libros de la Ley, que no hay manera de encajarlos con el resto? O: vamos a pulir un poco el Evangelio de San Mateo, que algunas cosas se contradicen. No. El Libro no se toca. Y yo creo que una de las razones por las que no se toca es porque el Libro transmite una imagen de Dios muy fácil de comprender para la plebe: es un Dios totalmente psicántropo.
Efectivamente, en la Biblia Dios se nos presenta, mentalmente, como un hombre. Un hombre con muy mala leche, y con un sentido de la venganza desproporcionado, pero un hombre al fin y al cabo. Y eso es muy fácil de comprender. Con un Dios así, crear una religión “de masas” es más fácil. No hay que entender conceptos extraños, abstracciones, sutilezas místicas… no, no, no. Olvídate de eso. La cosa va así: Dios ha hecho una lista con las cosas que le gustan. Si las haces, todo bien. Si no las haces, te va a caer encima la mundial. Nótese la asimetría: si haces lo que Dios quiere no tienes garantizado ningún bien (en este mundo); pero si no haces lo que Él quiere, entonces no sólo te condenas en el Más Allá, sino que todas las calamidades que te caigan en el Más Acá las tendrás bien merecidas. Toma castaña.
Esa asimetría en el carácter divino hizo que desde muy pronto se acuñara un término para designar aquello que ofende a Dios: el pecado. No hay una palabra para designar lo que agrada a Dios, lo cual resulta muy curioso. Pero es que, teniendo en cuenta el mal carácter de Dios en la Biblia, está claro que lo más importante es no enfadarlo. Si además de eso le caemos bien, mejor para todos. Pero lo fundamental es no desatar su ira. No pecar.
De todo esto, y especialmente del concepto del pecado y todas las desgracias que han sufrido los seres humanos por su culpa, habla este “Víctimas del pecado” del Doctor en Teología (y claro simpatizante de la teología de la liberación) José M. Castillo. El mensaje general del libro es una puerta de esperanza después de los siglos que hemos vivido amenazados por ese Dios bíblico y sus representantes en la Tierra. Castillo nos dice que lo que más ofende a Dios es, simplemente, el sufrimiento del Hombre. ¿Cómo podemos complacer a Dios? Ayudemos a los que sufren. Hagamos más felices a los demás. Quitemos las penas de nuestros semejantes. Y dejemos de pensar que a Dios le ofende que un hombre y una mujer follen como locos (o dos hombres, o cinco mujeres), o que alguien no vaya a misa el domingo.
El libro de Castillo no resuelve, por supuesto, el otro gran problema de las religiones occidentales (y de varias orientales), a saber, la tríada imposible: un Dios todopoderoso, un Dios bueno, y un Dios que permite el mal. Como ser todopoderoso, por definición, puede conseguir cualquier efecto sin necesidad de causa, y puede producir cualquier causa sin necesidad de que se produzca también su efecto. Luego la existencia del mal no se puede justificar como un medio ni como una consecuencia del libre albedrío. Si Dios necesita medios y no puede evitar consecuencias no es todopoderoso. Y si no es todopoderoso, no es Dios. Así pues, el meollo de la cuestión sigue ahí, pero al menos “Víctimas del pecado” ofrece una visión mucho más humana y compasiva del cristianismo en concreto, y del Dios de Abraham en general. Veinte siglos después, parece que Dios quiere que seamos felices, y que nos ayudemos unos a otros para conseguirlo. Ya no parece tan preocupado por Él mismo, por su fino sentido de la ofensa ni por su desmedido sentido de la venganza. José M. Castillo nos presenta, si no un Dios creíble (por la tríada imposible), sí, al menos, un Dios más querible.
He titulado este artículo “The God Father” haciendo un grueso juego de palabras entre la imagen del “Dios Padre” que nos muestra la Biblia y la imagen de “El Padrino” (“The Godfather“) que nos ha mostrado el cine. Y es que, ya que la Biblia nos ofrece una imagen tan humana de ese Dios primitivo, yo creo que el humano que más le pega es Vito Corleone. Los dos están obsesionados con el respeto. Los dos no perdonan una ofensa. Los dos castigan a sus ofensores con grandes calamidades, y con frecuencia con la muerte (a lo largo de toda la Biblia, Dios hace más de 1000 amenazas de muerte directas, y en más de 100 ocasiones ordena expresamente matar a personas). Los dos exigen obediencia ciega (fe ciega), incluso cuando ordenan cosas crueles o ilógicas. Los dos tienen un grupo de consiglieri que son quienes interpretan sus palabras, aunque no todos las interpretan igual (Santino, por ejemplo, siempre metía la pata). En fin, que más que de Israel, Yahvé parece de Sicilia. Con ese carácter, no sorprende que empezara como un simple dios local de las tormentas, y terminara como señor de todo el universo conocido. ¿Su secreto? El pecado. El terrible poder del pecado. Ese pecado que, siguiendo la metáfora, era la cabeza de caballo cortada y arrojada entre las sábanas de los creyentes. José M. Castillo es el policía honrado que nos dice: no tengan miedo; yo me encargo de los Corleone. Bienvenido a la ciudad, don José M.
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