Buenísimo (y muy bien cantado)
1 libro, 1 disco y 1 película al mes (como mínimo)
Buenísimo (y muy bien cantado)
What doesn’t kill you (2008)

What doesn’t kill you es una película sobre una de esas amistades de barrio, pero una amistad desequilibrada. Un amigo seguro de sí mismo, resuelto, carismático, y otro amigo fiel, leal, o tal vez simplemente perdido en la vida, que sigue al primero en todo y por todo. Dos pequeños delincuentes que, al hacerse mayores, empiezan también a pensar en delitos más grandes. Van a la cárcel, salen de la cárcel. Viven sin saber muy bien adónde les lleva la vida, aunque el personaje de Ethan Hawke (el líder) sabe al menos lo que no quiere: una vida vulgar. El otro, el auténtico protagonista de la película, sólo sabe que no quiere estar solo. O, mejor dicho, él no lo sabe, pero pronto resulta evidente que es una de esas personas que no sabría qué hacer en la vida si no tuviera alguien por quien hacerlo. Su amigo, su mujer, sus hijos, su mentor en alcohólicos anónimos… necesita a alguien que justifique su existencia. Todo el mundo necesita a alguien, ¿no? Lo decían los Blues Brothers.
Al final, sin embargo, tiene que elegir. No se puede agradar a todo el mundo, y esa es una de las lecciones más duras que nos da la vida. Nos guste o no, antes o después, decepcionaremos a alguien. Haremos daño a alguien aunque no queramos (porque queriendo no tiene ningún mérito). El día que aprendemos eso nos hacemos mayores de verdad, diga lo que diga el DNI.
La película, pues, tiene un buen “fondo”, pero tiene una superficie regular. La “forma” es un poco tópica, y no consigue engancharnos. Los actores cumplen, aunque Mark Ruffalo a veces parece un poco limitado en cuanto a registros (algunas escenas parecen la repetición de la jugada). Y el director cree que poniendo bien grande al comienzo que está “basada en hechos reales” nos llegará más, pero no. En realidad, no sé por qué la gente que se dedica a la ficción se empeña en justificar sus historias con un supuesto aval de la realidad. Si la ficción es buena, da igual que se haya sacado o no de la realidad. Y si es mala, también. Así que, sinceramente, se me importa un rábano si la película está basada en hechos reales, o en un delirio etílico del guionista. Se llevaría las mismas 2 estrellitas en ambos casos.
El trailer en versión original (creo que la película no se va a estrenar en cines en España)
El trabajo más difícil del mundo era ser bailarín de Michael Jackson. Porque, por muy bueno que fueras, estabas condenado a trabajar con un tío que siempre lo haría mejor que tú. Eso es como una condena. Para muestra un botón: el genial número de baile de “Smooth criminal”. Y debajo, la patente de los zapatos que Michael Jackson usaba para el efecto de “inclinación sin gravedad”. Todo ejecutado, por supuesto, a toda velocidad y con miles de ojos clavados en ti.

Diario de un mal año

“Diario de un mal año” no es una obra principal de Coetzee. O, dicho de otra manera, no es tan buena como otras de sus novelas, pero sigue siendo mejor que el 90% de los libros que hoy se pueden encontrar en el escaparate de cualquier librería. Así que cuidadín con malinterpretar lo de “no es una obra principal”. Es, como he puesto en el título, como si Coetzee estuviera calentando, tocando un poquito de balón para no peder la forma. Y claro, toca el balón magistralmente, aunque le falta la “intensidad” de un partido.
La parte ensayística está bien. El protagonista de la novela nos expone ideas muy interesantes, y generalmente “políticamente incorrectas”, sobre algunos aspectos de nuestra sociedad, desde el terrorismo hasta la música pasando por la pornografía infantil. Provocador, desde luego, pero provocador con cerebro, porque quien provoca es un personaje que ronda los 80 años que ha vivido mucho, que ha leído mucho, y que ha visto muchas tonterías como para dejar pasar ahora la oportunidad de decir lo que realmente piensa.
Y en cuanto a la parte novelística, Coetzee nos demuestra una vez más su dominio de la escasez. Es, probablemente, el autor que mejor escribe con menos palabras. La historia del escritor con su mecanógrafa y el novio de ésta ocuparía, si se escribiera toda seguida sin los “paréntesis” de los artículos, no más de 70 páginas. Y sin embargo, nos captura. Es todo trivial, doméstico, pequeñas escenas con pequeños diálogos y pequeñas consecuencias. Pero ahí está el poder del narrador, que nos mete en la historia de lleno y no nos deja salir hasta el final.
Un final que, como siempre, no es un final de bombo y platillo, no hay ninguna gran revelación, no hay cabos para que aten las mentes mediocres que necesitan sentirse inteligentes “entendiendo” lo que el autor quería decirnos. No hay metáforas sobre la vida, porque las novelas de Coetzee son la vida misma. Y, por eso, no hay lecciones que aprender. La vida se vive, se acaba, y no hay lecciones que llevarse con uno. Sólo la sensación, agradable o desagradable, de haber pasado por ella. Así son, exactamente, las novelas de Coetzee. Y “Diario de un mal año” es, en ese sentido, “sólo” una novela más suya. Aunque con Coetzee, la palabra “sólo” no pega.
Situación 1: El presidente de la Sociedad Chilena de Derechos de Autor presenta en público la nueva Ley de Derechos de Autor en Antofagasta. Para ello, usa una bonita presentación de Powerpoint. Y, de repente, esto:

Mensajito: “Esta copia de Microsoft Office no es original”. Flipa.
Situación 2: charla en la Cámara de Comercio y Servicio de Uruguay sobre el apasionante tema “La piratería en Uruguay: posibilidades de acciones coordinadas”. Animada conversación que de repente se ve interrumpida por la intervención de un asistente que señala una estrellita azul que se ve en la imagen que se está proyectando (procedente de un ordenador), y que no es otra que la estrellita que Microsoft deja “residente” en la bandeja del sistema (junto al reloj, para entendernos) en las copias piratas de Windows. Y, lo que es peor, al lado de esa estrellita había otra: el Office también era pirata. Toma castaña. Eso sí, como uno de los contertulios era comisario de policía, actuó de oficio e incautó el ordenador en cuestión. A continuación el vídeo que reproduce el momento en que el asistente llama la atención sobre la fatal estrellita azul (en el minuto 1:45 aproxidamente). Ni en una peli de Almodóvar.
He’s not that into you (2009)

Con esa simple pero efectiva premisa, “He’s not that into you” desarrolla varias historias al mismo tiempo, al estilo “Shortcuts” (“Vidas cruzadas”), bajo el denominador común de lo complicadas (?) que resultan las relaciones entre hombres y mujeres. Ellos son unos gañanes que sólo quieren sexo. Ellas son unas personas hipercomplejas que le dan vueltas a todos los detalles e intentan interpretarlos en clave amorosa. Lo cual, dicho sea de paso, es cierto.
Y así, entre citas y rupturas, entre llamadas de teléfono y discusiones, las parejas de la película se enamoran y se desenamoran, y los espectadores nos lo pasamos razonablemente bien porque el guión es bueno, pero, sobre todo, porque los actores son buenos. Ben Affleck, Scarlett Johansson, Jennifer Aniston, Ginnifer Goodwin, Jennifer Connelly, Drew Barrymore… esa es la diferencia. Mención especial para Ginnifer Goodwin, que hace un papel muy simpático, y por supuesto para Scarlett Johansson, que tiene unas peras inhumanas. En la escena de la piscina, dan ganas de lanzarse de cabeza a la pantalla. ¡Ay Omá qué rica!
En resumen, y siguiendo la metáfora, la masa es del montón. Pero los tropezones son de primera calidad, y eso es lo que hace que nos comamos la pizza con ganas y que nos deje un buen regusto final. Quiero decir que esta misma película, con el mismo guión, el mismo director, y los actores de “Física o Química” sería un bodrio insoportable que no saldría ni en DVD y acabaría directamente en la parrilla de programación de relleno de un Viernes Santo. Afortunadamente no ha sido así. Y para celebrarlo, le doy 3 estrellas. Se pasa bien el rato.
El trailer en versión original y en español
You don’t mess with the Zohan

No vayamos ahora de chulitos diciendo que podríamos vivir sin cubos, porque es mentira. Una palangana no hace el mismo servicio. Una cacerola es demasiado pequeña. El cubo es necesario. Y la simpleza que representa el cubo también. Y de ahí las 3 estrellas que le he colgado a “You don’t mess with the Zohan”. Porque es la típica película de humor sin pretensiones, con golpes brillantes mezclados con bromas zafias (si tuviera más de lo primero y menos de lo segundo le podría haber caído una estrellita más), que lo único que pretende es hacer reír. Bueno, también pasa un empalagoso mensaje pacifista, pero se le perdona porque lo pasa muy de refilón y sin ínfulas. Lo dicen y ya está, no intentan explicarnos como si tuviéramos 5 años lo supermegaguay que es la paz.
Como la película es simple, no hay mucho más que decir de ella. El personaje no tiene desperdicio, el típico triunfador que hace todo bien, que tiene una habilidad especial para ser un fenómeno en todo lo que se propone, y que trabaja como agente contra-terrorista de Israel (la película está plagada de bromas de judíos y árabes). Pero, bajo esa apariencia de macho-man dueño del cotarro, se esconde un tío sensible que quiere ser… peluquero. Y allá que nos vamos para EEUU. Y en EEUU siguen las caricaturas de los judíos y los árabes, pero también de los propios gringos y de algunas sus sub-especies más representativas, como el taxista de Nueva York.
Podría seguir contando más, porque desde luego el éxito de la película no radica en el misterio, pero no lo haré porque me canso. Sólo diré dos cosas más antes de terminar: la primera, que la actriz que interpreta a la novia de Zohan (Emmanuelle Chriqui) está para invitarla al cine; y la segunda, no la digo: la enseño. Porque es el comienzo de la película, que es una muy buena muestra del total. Así, viendo 3 minutitos ya os hacéis una idea de lo que viene después.
Comienzo de la película
Trailer en versión original y en español
La vida cerca del Polo Norte en verano. El sol que nunca se pone.
Hola, plebe. Por alguna razón que no alcanzo a entender, cuanto más me esfuerzo por hacer de este blog algo minotirario y recóndito, más atractivo le resulta a las hordas de gilipollas del mundo (o sea, a la gente). Resulta que alguien (o alguienes) se ha dedicado a registrar usuarios ficticios en el blog, y a poner comentarios con spam, y a tocar las narices en general. Total, que me he tenido que pasar media hora borrando los usuarios ficticios y limpiando el blog, que me lo han dejado hecho unos zorros.
Pero todo tiene un lado bueno: para evitar que esto me vuelva a pasar, he deshabilitado la opción de que cualquiera pueda registrarse en el blog. Y he borrado todos los comentarios escritos por personas que no sean usuarios registrados. Siento si me he cargado algún comentario de algún habitual, si lo escribió sin loguearse. Seguro que la Humanidad puede sobrevivir sin esos comentarios, en cualquier caso. También sobreviviría sin este blog. Podemos estar tranquilos.
Así que a partir de ahora, sólo se pueden escribir comentarios si uno es usuario registrado y está logueado. Y sólo se puede ser usuario registrado si yo lo autorizo. Un paso más hacia la meta final, que es conseguir que nadie lea este blog, y así ahorrarnos la violenta situación de que, cuando nos encontramos “en la vida real” tengáis que sentiros culpables y disculparos con un forzado “últimamente no he leído mucho tu blog, pero es que he tenido un juanete que me tenía destrozado”. Menos mentiras, más posibilidades de evitar el Infierno. De nada.
La fuerza de los pocos

Viene esta diatriba contra el periodismo a santo de que “La fuerza de los pocos” está escrito por un periodista. Un periodista que, además, ha estado vinculado muchos años a un periódico ideológicamente sesgadísimo como es “El País” (o cualquier otro periódico de los llamados nacionales y muchos de los regionales). Y su educación periodística se nota muchísimo (demasiado) no sólo en la forma sino también en el fondo de su obra.
El libro, que debería ser (según la contraportada) una obra sobre la globalización y la fragmentación de la sociedad, y sobre las posibilidades que abre esa nueva vía de muchos pocos influyendo en la configuración del mundo, se convierte en realidad en un largo y tedioso ejercicio de pseudoerudición. Con un tono más de tesis doctoral que de ensayo, y con unas pretensiones más de adoctrinar que de convencer, el libro nos pone delante un montón de opiniones y reflexiones de otras personas (no necesariamente conocidas ni interesantes) y nos va llevando a no se sabe dónde, más allá del propio mensaje contenido en esas frases prestadas.
Sin llegar a pararme en la fatídica página 50, lo cierto es que a partir de ahí hojeé el libro más que lo leí. Buscaba un “cambio de ritmo”, un momento en el que el autor empezara a exponer alguna idea propia y clara, en el que compartiera un análisis con el lector para que este sacara sus propias consecuencias, pero lo único que encontré fueron más reflexiones empaquetadas y listas para sacar conclusiones obvias. Demasiado arroz para tan poco pollo. Que me pongan una paella para compensar.