Coetzee calentando por la banda

Diario de un mal año
J.M. Coetzee

238 pags.

Valoración:   

Después de una temporadita intentando rebajar la pila de “Ensayo”, vuelvo a la pila de “Ficción” y me encuentro con la agradable sorpresa de que el primero de la lista es un libro del gran Coetzee. Ole con ole. Pronto me doy cuenta, además, de que, como si fuera un guiño del maestro que quiere hacerme más fácil la transición, el libro es en realidad un híbrido: una novela breve sobre un escritor, entrelazado con pequeños artículos de ese escritor que formarán parte de un ensayo en el que le han pedido que colabore. Mira qué bien.

“Diario de un mal año” no es una obra principal de Coetzee. O, dicho de otra manera, no es tan buena como otras de sus novelas, pero sigue siendo mejor que el 90% de los libros que hoy se pueden encontrar en el escaparate de cualquier librería. Así que cuidadín con malinterpretar lo de “no es una obra principal”. Es, como he puesto en el título, como si Coetzee estuviera calentando, tocando un poquito de balón para no peder la forma. Y claro, toca el balón magistralmente, aunque le falta la “intensidad” de un partido.

La parte ensayística está bien. El protagonista de la novela nos expone ideas muy interesantes, y generalmente “políticamente incorrectas”, sobre algunos aspectos de nuestra sociedad, desde el terrorismo hasta la música pasando por la pornografía infantil. Provocador, desde luego, pero provocador con cerebro, porque quien provoca es un personaje que ronda los 80 años que ha vivido mucho, que ha leído mucho, y que ha visto muchas tonterías como para dejar pasar ahora la oportunidad de decir lo que realmente piensa.

Y en cuanto a la parte novelística, Coetzee nos demuestra una vez más su dominio de la escasez. Es, probablemente, el autor que mejor escribe con menos palabras. La historia del escritor con su mecanógrafa y el novio de ésta ocuparía, si se escribiera toda seguida sin los “paréntesis” de los artículos, no más de 70 páginas. Y sin embargo, nos captura. Es todo trivial, doméstico, pequeñas escenas con pequeños diálogos y pequeñas consecuencias. Pero ahí está el poder del narrador, que nos mete en la historia de lleno y no nos deja salir hasta el final.

Un final que, como siempre, no es un final de bombo y platillo, no hay ninguna gran revelación, no hay cabos para que aten las mentes mediocres que necesitan sentirse inteligentes “entendiendo” lo que el autor quería decirnos. No hay metáforas sobre la vida, porque las novelas de Coetzee son la vida misma. Y, por eso, no hay lecciones que aprender. La vida se vive, se acaba, y no hay lecciones que llevarse con uno. Sólo la sensación, agradable o desagradable, de haber pasado por ella. Así son, exactamente, las novelas de Coetzee. Y “Diario de un mal año” es, en ese sentido, “sólo” una novela más suya. Aunque con Coetzee, la palabra “sólo” no pega.

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