Monthly Archive for julio, 2009

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Espías en el Euribor

The International (2009)
Dinero en la sombra


Dirigida por Tom Tykwer
Con Clive Owen y Naomi Watts
 
Valoración:   
 

Hay que reconocerle una cosa a los muchachos de Hollywood: su capacidad para generar nuevas fuentes de maldad en el mundo es inagotable. La mafia, los alemanes, los charlies, los árabes, los racistas sureños, la industria farmacéutica, los rusos, los klingon… hay que ver la cantidad de gente a la que hemos odiado por obra y gracia de las productoras americanas. Con tanto ioputa de ámbito planetario (como la conjunción de astros intelectuales de Leire Pajín) uno se pregunta cómo es posible que pueda existir ni siquiera una persona virtuosa. Aunque, ahora que lo pienso, a lo mejor es que no existe. Vaya, a ver si va a ser eso…

El caso es que en “The International” los cachondos de Hollywood ponen el punto de mira en una nueva cantera de malos, aunque en esta ocasión tampoco creo que vayan a sorprender a nadie. Porque los malos malísimos que no escatiman desgracias ajenas para conseguir su beneficio propio son nuestros amigos los bancos. Posiblemente, las empresas más sucias, indignas y malolientes del mundo. ¿Que hay malos en los bancos? ¡Qué sorpresa! Jamás lo habría imaginado. Yo pensaba que Botín estaba detrás de Teresa de Calcuta en la lista de espera para la canonización. Aunque, ahora que lo pienso, igual sí que está, porque ya se sabe cómo van estas cosas. Caramba, cuántas cosas estoy descubriendo hoy detrás de mis finas ironías.

A lo que vamos. Los banqueros son unos señores con un punto de avaricia que los hace, cuando menos, peligrosos. Cuando más, letales. Y de eso va “The International”. De “hasta dónde” puede llegar la banca cuando se le acaban las ideas para ganar dinero, o cuando se le acaban los métodos legales de extorsionar a sus conciudadanos. Cuando pones a un banquero entre la espada y la pared, nos viene a decir este largometraje, el tío te quita la espada y te clava a ti en la pared. Sí, amigos: es un trabajo sucio pero alguien tiene que hacerlo.

Clive Owen es un policía con una integridad a prueba de hormigonera, que se empeña en desenmascarar a un importantísimo banquero luxemburgués (¿puede existir una combinación más peligrosa que esa?) de quien primero sospecha, y después sabe, que está cepillándose a algunos actores secundarios y extras para salvar un contrato de venta de armamento a un país africano. Lo sabe, sí, pero no lo puede demostrar, básicamente porque el banquero en cuestión se fumiga a todo aquel que puede convertirse en un cabo suelto del que Owen pueda tirar.

La historia mantiene bien la tensión, aunque tampoco aporta nada nuevo al género de policías y espías internacionales. Así, Clive Owen intenta trincar al banquero por lo legal, pero cuanto más se acerca a él, más gente se cepilla el otro. Dilema moral donde los haya. Y mientras seguimos las peripecias del bueno y el malo, Naomi Watts, al fondo, está muy buena. ¿Y qué pasa al final? Hala, a ver la película. Que esto es un blog, no un cine en versión escrita. Habrase visto…

El trailer en versión original y en español.

Películas al revés

Curioso blog que, además de poner algunas interesantes reflexiones (con bonito diseño), cuelga de vez en cuando lo que vendría siendo el argumento de las películas si las viéramos al revés. Verbi gratia:

If you watch The Karate Kid backwards, it’s about this karate champ who slowly becomes a pussy and ends up moving back to Jersey

If you watch the movie `Jaws’ backwards, it’s a movie about a shark that keeps throwing up people until they have to open a beach

If you watch Scarface backwards, it’s about a man who gives up cocaine and crime to follow his dream of becoming a dishwasher to earn enough money so he can visit Cuba

Y así. Pero, ya digo, además de las gracias con las películas, el blog promete. Estoy por asegurar que esta no será la última vez que lo citaré en 1y1y1.

http://www.frkncngz.com/

Retrato de dos personas con paisaje al fondo

Chesil Beach
Ian McEwan

184 pags.

Valoración:   

La narrativa contemporánea sufre con frecuencia del denominado por los expertos, o al menos por mí, Síndrome de Hollywood. Los anglosajones en general, los gringos en particular, y los hollywoodienses más en concreto, llevan décadas contando historias de la misma manera, y como las suyas son las más populares, llevan también unos años convenciéndonos de que su manera de contar historias es la mejor. No es un secreto: basta con darse una vuelta por Amazon para ver los cientos o miles de ensayos que se han publicado y se siguen publicando sobre “el arte de contar historias”, y el desproporcionado porcentaje de esos ensayos que están escritos por estadounidenses. McEwan es inglés, pero desde luego conoce bien esa “teoría narrativa” básica.

Dentro de esa “teoría narrativa” hay una lista conocidísima (y efectivísima) de “trucos” para agradar al lector. Por ejemplo: nunca lleves al lector a donde quiere ir, escribe diálogos “diagonales” sin respuestas directas, no expliques las cosas abiertamente y deja que el lector se sienta inteligente “descubriéndolas”, haz que el lector siempre tenga como mínimo una pregunta sin responder… La efectividad, como decía antes, está garantizada. Millones de espectadores de todo el mundo lo confirman. Lo malo es que, a base de verlos una y otra vez, los “trucos” acaban cansando. O peor que eso: acaban ofendiendo. Si tienes una cierta cultura literaria y te encuentras con esos trucos de feria, tienes la sensación de que el autor te está tratando de gilipollas. Y, la verdad, que te llamen gilipollas es algo que, en general, no gusta.

Ian McEwan utiliza muchos de esos recursos baratos. El primero, el que dice que hay que empezar a contar las historias in media res (en medio de la cosa, literalmente). O sea, que para no perder lectores por el camino, no es conveniente empezar las historias en el principio (que suele ser más aburrido) sino en el “nudo” (siguiendo la terminología tradicional) y luego, si hace falta, ya habrá tiempo de volver atrás en plan flashback. Chesil Beach no empieza en medio de la cosa: empieza casi en el final de la cosa, con lo que la novela se convierte en un insoportable flashback que vuelve al “nudo” de vez en cuando para que no nos olvidemos. Al final, por supuesto, se resuelve el nudo, y todos contentos. Bueno, todos no. Yo no. Pero supongo que Ian McEwan sí.

Aparte de esos trucos baratos, que a mí personalmente me molestan cada vez más, la novela en sí es bastante aburrida. Lo siento, pero mi interés por los tabúes sexuales de una pareja de los años 60 es muy limitado. De hecho, mi interés por el sexo como material literario es limitadísimo. El sexo es el paradigma de tema cuya descripción no resiste comparación con la práctica, así que mejor no perder el tiempo intentando describirlo. No sé si a las tías (o a otros tíos, aunque esto lo dudo) les gustará más leerlo que practicarlo, si está bien escrito, pero a mí desde luego no. Me parece un tema pasadísimo de moda, y no soporto ese tratamiento del asunto como si estuviéramos en un descanso entre clases de 2º de BUP. Me aburre la gente que alarga 2º de BUP hasta los 50 años. O sea, me aburre la gente.

Más cosas. Ya que he empezado por las cosas que no me han gustado, diré ahora que Ian McEwan escribe excelentemente. Domina el lenguaje, sus descripciones son vívidas, y a pesar de su gusto por lo lírico sabe contenerse y mantiene un buen equilibrio entre lo estético y lo práctico (a saber, que la narración avance). El último capítulo es brillante. Uno de los mejores últimos capítulos que he leído, y sin duda justifica por sí solo la lectura del libro (que, por lo demás, es cortito, así que tampoco se pierde mucho si a uno no le gusta). La tensión entre los personajes se corta, y al mismo tiempo se mantiene la fuerte carga poética que recorre todo el libro.

Pero, a pesar de la excelente técnica de McEwan y de ese último y extraordinario capítulo, la novela en conjunto es floja. Como decía antes, no hay justificación para empezar donde empieza, y obligar al lector a vivir en un continuo flashback (irrelevante, además, para la trama) durante dos tercios de la obra. La historia de los personajes no despierta ningún interés, más allá de su supuestamente crítico conflicto sexual.

Para terminar de cargarse la obra, el traductor de la versión española cae permanentemente en un irritante leísmo que acaba por desesperar al lector (por muy permitido que esté, técnicamente hablando, por la RAE, que una vez más ha asumido que el mal español que se habla en Madrid es el que se habla en toda España… dentro de poco también permitirán decir “la dije una cosa” para contentar a las hordas de Parla). Y, para terminar, un último detalle que ha terminado de ponerme de mala leche: en la última página, con la novela ya terminada, McEwan se ha sentido en la estúpida obligación de informarnos de que “Chesil Beach” es una obra de ficción, y que por lo tanto ni los personajes ni algunos de los lugares existen en la realidad. La anotación me dejó perplejo. Primero, porque me importaba un pimiento; y segundo porque, siendo como es una novela, ya había asumido que era una obra de ficción. Es la primera vez que veo a un autor poniendo una nota para confirmar la regla general. Pero vamos, es que a esas alturas yo ya estaba un poco harto de que McEwan me hubiera pasado por los morros una colección de “los mejores trucos para escribir novelas” de todo-a-100.

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Enajenación mental permanente

Knowing (2009)
Señales del futuro


Dirigida por Alex Proyas
Con Nicolas Cage y Rose Byrne
 
Valoración:   
 

¿Qué habría pasado si el talentoso Michael Landon hubiera sido seleccionado para el papel protagonista de “Expediente X”? ¿O cómo habría sido la saga de Star Trek si Doris Day hubiera interpretado a Spock? Por fin podemos dejar de hacernos estas atormentantes preguntas, porque “Knowing” es una respuesta muy aproximada a todas ellas.

Nicolas Cage, que en algún momento de su carrera parecía que iba a seguir la senda marcada por el gran Bruce Willis, se dio un golpe con el pico de la plancha y desde entonces no ha vuelto a ser el mismo. Hace unas películas rarísimas, y él se queda, además, con el papel más soso de todos. Sospechoso. Pero, sobre todo, insoportable. Las tostadas que ha firmado el pajarraco en los últimos años son para echarle de comer aparte. Pero, sin duda, “Knowing” tiene el honor de ser la peor de todas.

Veamos: la historia es soporífera; el personaje de Cage es un cliché; el de Rose Byrne es dos clichés; el rollo metafísico-profético está más visto que el tebeo; el ritmo es lento; los golpes de efecto se ven venir con 15 minutos de antelación; las explicaciones (supuestamente) científicas y profundas son para doblarse de risa hasta caerse del sofá; y, por último, el final es vomitivamente empalagoso (amén de improvisado sobre la marcha).

¿Me he dejado algo? ¡Ah, sí, espera! Todo lo malo es susceptible de empeorar. En este caso, el traductor de títulos al español debió de pensar lo mismo, y tradujo el título original (“Knowing”, o sea “Saber” o “Conocer”, o algo así… vamos, algo que quede un poquito ambiguo, como el original), por “Señales del futuro”. Muy bien, majete. Lo único que se salvaba de la película, que eran los 10 primeros minutos en los que todavía no sabes muy bien de qué va, ahora se van al garete con el resto de la obra porque con ese sutil título ya nos queda claro desde el primer minuto que la película es una ida de olla. Aunque, mira, bien pensado, tal vez sea lo mejor. Así no hay que perder ni 10 minutos.

El trailer en versión original y en español.

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Parada para dormir

Carried to Dust
Calexico


Valoración:   

El mundo está lleno de grupos que tocan bien. De hecho, el mundo está lleno de gente que hace cosas bien. Un día estás de viaje por una de esas largas y rectilíneas carreteras gringas, cerca de la frontera, y cuando empieza a oscurecer te dices que en el próximo pueblo te quedarás a pasar la noche. Dejas tus cosas en un motel y te acercas al bar más cercano a cenar algo. Una cerveza long neck, un poco de ambiente local, un par de bocados rápidos y a dormir.

Pero entonces el dueño del local aparece en un rincón que, ahora que lo miras, resulta ser una especie de estrado, y anuncia la actuación de un grupo local. No exactamente de ese pueblo, pero de algún lugar cercano. Un grupo formado con un pie a cada lado de la frontera, que empieza a cantar en español pero que pronto cambia al inglés, y luego vuelve, y va, y vuelve. Y escuchándolos te bebes la cerveza (y 2 o 3 más después), te comes tu t-bone y te arrellanas en la silla dispuesto a seguir escuchando más. Tocan unas 12 canciones, tal vez más, tampoco las has contado. Cuando terminan, aplaudes tan fuerte como los demás. Son buenos esos chicos. Tocan bien, cantan bien, tienen buen gusto. Mañana, dondequiera que te detengas y decidas pasar la noche, encontrarás a otros como ellos.

Los de hoy se llamaban Calexico, y aunque dentro de unas horas serás incapaz de recordar ni una sola de sus canciones, lo cierto es que vuelves a tu motel tarareando “Inspiración”. Esa canción tenía algo. Las trompetas de mariachi nostálgico, la letra que hablaba de ausencias. Las trompetas, sí, sobre todo las trompetas. Ahora que lo piensas, las canciones más mexicanas son las que más te han gustado. Las otras, las más gringas, son definitivamente vulgares. Pero “Inspiración”… Al día siguiente te levantas, de lavas, te metes en el coche y vuelves a la interestatal. Y sigues tarareando “Inspiración”. Tal vez esa canción tenga algo. Por lo demás, miras el mapa y te preguntas dónde dormirás esta noche. ¿Cómo se llamaba el grupo de ayer? Me duele, me duele que ya no estás aquí. Lástima que los como quiera que se llamen sólo tuvieran un destello de “Inspiración”.