1.104 pags.Valoración:

Si se pudiera elegir dónde vivir, yo viviría en una novela rusa. Los rusos han sido capaces de describir como nadie las profundidades del alma humana. Supongo que será porque como viven en un país tan grande y hablan un idioma tan complicado, con esos símbolos tan molones, son capaces de entender complejidades que a un occidental le parecen inabordables. Y no sólo las entienden: las describen como nadie. Hablo, por supuesto, de los grandes escritores rusos, pero también de los no tan grandes (o de los grandes que han sido “descubiertos” más tarde).
Tosltói y
Dostoievski, claro, pero también (y no menos claro)
Pushkin,
Bulgákov o
Chéjov. En cuanto a
Andréi Kirilenko, flojea en el juego interior.
Dentro del amplio abanico de variedad que nos ofrece la literatura rusa, a mí me gustan especialmente las obras que los estudiosos han descrito con el término técnico de “novelas gordas”. No es que las delgadas no me gusten (hablo de novelas… bueno, o no), y ahí está “El jugador” como inmejorable ejemplo, pero es que cuando veo un ejemplar de “Guerra y paz” con sus 1000 páginas me entran unas irrefrenables ganas de comprarlo, como le pasaba al psicópata que interpretaba Mel Gibson en “Conspirancy Theory“ con “The catcher in the rye“. Los psicópatas es lo que tenemos.
Con estos antecedentes, se entenderá que cuando vi en la librería “Vida y destino” de Vasili Grossman (ruso donde los haya) con aquel grueso lomo que aglutinaba las más de 1000 páginas de la novela, sólo pude lanzarme en plancha, coger un ejemplar, y ponerlo en la pila de libros sin leer esperando con ansia a que le llegara su turno. Turno que, por otra parte, sólo podía llegarle en verano, porque es el único momento del año en el que uno puede plantearse leer una novela de 1000 páginas y “meterse” realmente en ella.
¿Y qué ha pasado cuando le ha llegado el turno? Empezando por el final, ha pasado que no me la he leído entera. No he aplicado la regla de las 50 páginas, porque 50 páginas en un tocho semejante no son nada, y la he subido a 300. En realidad la he ido subiendo a medida que la novela no me iba enganchando. Porque tenía tantas ganas de que me enganchara, que cada vez que la dejaba pensaba: mañana leo otras 30, y a ver si ya le cojo el gusto. Y así, de 30 en 30, o de 10 en 10 (porque yo leo muy despacio), me planté en la página 300. Y ahí ya me dije: por mucho que te fastidie, tienes que reconocer que esto no es lo que esperabas.
Dicho esto, aclaremos algunas cosas: la novela es buena. Está muy bien escrita. El ambiente creado es formidable (está ambientada en la II Guerra Mundial en Rusia, con una atención especial a la batalla de Stalingrado). En ese sentido, es una auténtica novela rusa. Los personajes son complejos, las relaciones son complejas, Rusia es compleja. El ruso es complejo. Pero es como si, aunque cada historia y cada personaje por separado son interesantes, el conjunto resultara demasiado… complejo. O, mejor dicho: superficial. ¿Contradicción? En absoluto. El hecho de que haya tantos personajes y tantas historias hace que, al final, no haya ninguna en particular que nos enganche. Es como aquello de “todos somos especiales, y precisamente por eso nadie lo es”. Pues lo mismo.
Le doy 3 estrellitas, primero, y ante todo, porque me da la gana. Esto que no se le olvide a nadie. Y después, porque, insisto, la novela es buena. Mejor que cualquier trilogía sueca, y eso que no me las he leído todas. Pero aun así lo digo y me arriesgo. El problema, repito (y de serlo), es de exceso, no de defecto. Y ya se sabe que más vale que zozobre que no que fafalte.