Coplas del querer
Miguel Poveda

Valoración:

Soy coplero. Y no sólo soy coplero ahora, que queda molón y alternativo. Siempre he sido coplero. No recuerdo cuándo fue la primera vez que escuché el famoso “apoyá en el quicio de la mancebía”, pero desde entonces se me pone la gallina de piel cada vez que escucho ese verso. Porque la copla es tormento, pasión, la copla se canta desde un corazón se que ahoga en su propia desmesura, la copla nos habla de amores homicidas y destinos crueles como el olvido. La copla no es para almas flojas: la copla es para hombretones de verdad, de esos que no lloramos en público, que nunca llevamos al gimnasio un libro de poesía (porque, creedme, ese gesto hoy día podría malinterpretarse y conducir al borrado de vuestro cerito sesual de atrás, que los gimnasios están muy mal), y que, por supuesto, escuchamos coplas en secreto y renegamos de ellas tres veces antes de que cante el gallo. Que no canta copla precisamente.
Con estos antecedentes criminales, un disco de coplas de Miguel Poveda debería provocarme más excitación que un chándal del Carrefour a Belén Esteban. Pero hete aquí que la copla, precisamente por todo lo que he dicho antes y que no voy a repetir ahora porque sé que el aguante de los lectores de 1y1y1 es de una escasez sólo comparable a su inteligencia, pues digo que precisamente por lo de antes (me refiero, para los muy desmemoriados, a la pasión, al corazón, a la desmesura) la copla es una cuestión muy personal. ¿Existe algún ente físico, químico o espiritual que despierte la misma emoción en todos los seres humanos? Bueno, vale, Flavio Briatore. Pero aparte de Flavio: ¿hay alguna entidad material o inmaterial que toda la Humanidad reconozca como referencia en el ámbito emocional? Bueno, sí, el difunto doctor Iglesias-Puga. Pero aparte de él, y yendo a lo que voy: ¿a que es imposible ponerse de acuerdo sobre lo que a unos nos emociona y a otros no les da ni frío ni calor? Pues eso.
A mí, por ejemplo, Carlos Cano me parecía sublime. Hace poco leí una crítica en la que decían que Carlos Cano no cantaba, sino que simplemente recitaba. No sé cómo decir esto de una forma amable, así que lo diré de otra manera: a mí me la pela. Que cante, que recite, o que haga punto de cruz. Cuando escucho un disco de copla, al contrario que cuando veo Operación Triunfo, no pretendo valorar los méritos técnicos del intérprete o sus posibles aportaciones a la tradición musical coplera. Cuando escucho copla, cierro los ojos y dejo que los requiebros de voz me sumerjan en esas historias arrebatadas en las que el amor sólo se puede medir con la vida propia, o con la muerte, que por otro lado suele ser lo habitual. Quiero que la copla me haga arañazos en el corazón, y me da igual si lo hace recitando o fusionándose con el blues. A mí que me den lo que quiero (y esto no tiene nada que ver con lo que dije antes de los gimnasios… lo digo para que quede claro, que aquí hay mucho lector con abono anual del Holiday Gim y con ellos toda precaución es poca).
Total, que como para mí la copla es una cuestión de pura pasión, no tengo ningún criterio para decir por qué Carlos Cano sí y Miguel Poveda no. Pero el caso es que Miguel Poveda no. No me ha hecho arrastrarme por las esquinas tarareando las desgracias amorosas de ninguna doncella andaluza. No me ha hecho pensar que la vida no tiene sentido si uno no es capaz de morir por un desengaño. No me ha hecho esconderme para poder acompañar al cantante berreando con mi suave voz de orangután en celo. Y sin todo eso, la copla para mí no es nada. La técnica, las tablas, la virtuosidad… sí, están ahí, quién va a discutirlo, y ahí están también las 3 estrellas que le doy sin ningún titubeo. Pero hace falta algo más para apoyarse en el quicio de la mancebía y no morir en el intento. O, mejor todavía, para morir en el intento.
Una muestra sin botón.
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