The Crying Light
Antony and The Johnsons

Valoración:

Hay noches interminables. Se han documentado noches que han durado más de 12 años. Muchas de ellas no duran más porque quienes las sufren terminan suicidándose. Es algo que no podrán entender quienes no hayan pasado por una de esas noches interminables. No es que físicamente esas noches duren más. Duran lo mismo que las demás. Es sólo que se hacen interminables. Literalmente.
Antony Hegarty tiene pinta de ser uno de esos seres que han pasado por alguna (probablemente por más de una) noche interminable. Una rara conjunción de soledad (no de alone sino de lonely), desesperación, incoherencia, desapego, e insoportabilidad de la belleza provocada por algún minúsculo detalle. Y, por supuesto, la calma, la oscuridad, el silencio cósmico, el tiempo que parece detenerse porque no hay nada que nos demuestre que realmente está avanzando. Cuando todos esos elementos coinciden en un instante, la noche se hace interminable. Y entonces no hay ningún reloj al que agarrarse, porque las saetas se mueven pero el tiempo no. Lo peor, es que se adquiere la seguridad de que ya nunca volverá a moverse. O, tanto da, de que se moverá pero no servirá de nada.
Y yo, que también he pasado alguna de esas noches que, por suerte hasta ahora, siempre se han terminado de alguna manera repentina pero insoportablemente dolorosa, escucho “Daylight and The Sun” y reconozco el sabor denso y vertiginoso de esos momentos que ya nunca se olvidan. Pero también reconozco el ansia por la luz, por el sol, el ansia porque todo eso se termine, y la paradoja que por un lado nos dice que todo es cuestión de esperar (esperar a que llegue el día, y es seguro que el día llegará) y la certeza de que el día no cambiará nada. Todo eso está en “Daylight and The Sun”. Pero para quien no haya estado ahí, para quien no haya cried for daylight and the sun (literalmente cried, desesperado, enfurecido, desafiando a toda la colección de dioses que nos abandonan juntos en ese instante), esa canción sólo será otra obra maestra de Antony and The Johnsons.
Hay más canciones en el disco, y varias son igualmente geniales. “Epilepsy is dancing” es una muestra de que la simplicidad puede ser deliciosa, y que el talento se tiene o no se tiene. Los genios nacen, no se hacen, a pesar de lo que sigan diciendo los imbéciles que nos gobiernan y los padres gilipollas que adoran a sus hijos como si fueran pequeños dioses. Antony and The Johnsons permite aislarse tanto de los unos como de los otros, aunque sólo sea durante unos minutos. Permite imaginar que hay otro Universo en el que vivir, aunque todavía no sepamos cómo salir de este. También en ese otro Universo habrá, posiblemente, noches interminables. Pero allí el llanto que pide desesperadamente que llegue el día y el sol es una preciosa canción casi de amor. Es uno de esos destellos de belleza que pueden terminar de volvernos locos, o sacarnos de la locura. Depende del momento. Depende de la noche.
“Daylight and The Sun”
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