Dejadme solo

Tokio Blues
Haruki Murakami

381 pags.

Valoración:

El atormentado es un personaje que nunca morirá. No me refiero a la ficción: me refiero a la vida real. Todos hemos jugado ese papel en algún momento para hacernos los interesantes, cuando esa chuqui que en condiciones normales no te hace ni caso se pone a tiro y tú sabes que por el lado gracioso no hay nada que hacer porque ya lo has intentado (47 veces). Entonces te apoyas en la barra con cara de dispepsia, empiezas a pedir drinking sin parar, y cuando alguien (algún ingenuo que todavía no conoce el truco) se acerca a preguntarte qué te pasa, tú simplemente haces un gesto de hastío con la mano, te apartas la melena de la cara, y respondes con voz ronca de tajada inminente: dejadme solo. Y lo repites un par de veces más, gritando un poco, para que la chuqui pueda escucharlo bien. ¡Dejadme! (Lingotazo de Dyc con Casera Cola) ¡Dejadme solo!

Jugarse la carta del atormentado tiene 2 graves riesgos: primero, que como todos nos la hemos jugado y ya sabemos de qué va, muchas veces no hay nadie que vaya a preguntarte qué te pasa (en cuyo caso pierdes una tarde completa tajándote tú solo, actividad triste y nociva para la salud donde las haya); segundo, que la chuqui también conocerá con toda probabilidad la jugada y, por lo tanto, tu interpretación sólo servirá para confirmarle que eres un patán baboso dispuesto a cualquier humillación con tal de poder llevártela detrás de un seto del parque. Eso sí: si por alguna rara conjunción cósmica no se dan esas 2 circunstancias, la chuqui terminará rendida a tus pies en el seto que tú elijas, al menos hasta que descubra que el poema que le has leído es de Bukowski y no tuyo como le has jurado. Pero cuando eso pase, que te quiten lo bailao.

Toda esta introducción tiene por objetivo, obviamente, enlazar con el libro que me acabo de leer, a saber, “Tokio Blues” del japonés Haruki Murakami. ¿Y cómo lo enlazo? Pues, también obviamente, porque el protagonista de la novela se pasa casi 400 páginas jugándose la carta del atormentado. Vale, lo hace en Tokio y en los años 60, lo que le da un toque de originalidad innegable, pero 400 páginas de atormentamiento acaban cansando a la chuqui más entregada, y no te cuento al macarra que todos llevamos dentro. O al menos yo.

Pero una cosa no quita la otra: Murakami escribe muy bien. De hecho, aquí estoy yo después de haberme tragado las 400 páginas enteritas cuando, con otro autor menos talentoso, la novela no habría pasado ni de coña el corte de las 50 páginas. Tiene un estilo que consigue una extraña mezcla de liviandad y opresión. Todo parece trivial, y sin embargo el efecto global es un poco agobiante. El personaje es un atormentado muy atormentado, pero en el libro no hay pasajes dramáticos, no hay reflexiones sesudas sobre la vida y sus circunstancias. El protagonista nos cuenta su vida cotidiana (demasiado cotidiana a veces, porque nos describe hasta el color de la chaqueta que se puso un martes para ir a comprar pescado) y de alguna manera entendemos que su vida está en un momento crítico, e intuimos que tal vez no consiga superarlo. ¿Por qué es crítico? Porque es el fin de su adolescencia. Es el principio de la vida de verdad. Y cuando uno atraviesa ese momento consciente de lo que está atravesando, puede no reunir el valor necesario para afrontar lo que se le viene encima.

Y esa es, precisamente, una de las grandes debilidades de la novela, tal vez la mayor: que es una novela sobre la adolescencia. Así que, salvo que uno se sienta irremediablemente atraído por la poliédrica complejidad de la vida en 2º de BUP, el tema resulta un poco empalagoso. Yo diría que la valoración de la novela será, en general, el resultado de restarle a 5 la decena de la edad que uno tiene actualmente. Sí, vale, en mi caso esa cuenta daría 1, y sin embargo le he dado un 2. Pero es que yo me lo pasé muy bien en 2º de BUP.

Así pues, la novela es un recorrido por muchos de los tópicos de la edad tonta, y especialmente por el topicazo del despertar romántico-sexualoide. El hilo de la historia gira alrededor de un amor imposible, y abundan las descripciones de situaciones erótico-festivas. El protagonista tiene las hormonas desatadas, pero por fortuna para él parece que follar en Tokio en los años 60 era más fácil que comer con palillos. Buenas noticias, pues, para él, pero malas para el lector, que se aburre un poco de tanta cotidianeidad sólo rota por un quítame allá esos polvos, y salpimentada con algún suicidio que otro. Es lo que tiene ser un atormentado: la gente que te rodea se suicida para que tú puedas seguir interpretando tu papel. Eso son amigos de verdad.

Para terminar, apuntaré que después de leer “Tokio Blues” ya puedo decir sin titubeos que Haruki Murakami pasa a ocupar el vértice central del famosísimo Triángulo Amarillo de la Literatura, que completan Kenzaburo Oé y Yasunari Kawabata. Para mi gusto, Kawabata es sin duda el mejor. El mejorcísimo. “País de nieve” es una joya y no hay más que hablar. En cuanto a Oé, reconozco que no lo entendí. O, si lo entendí, entonces es un tostón. Así que Murakami se queda en el (no sé si virtuoso) término medio. Más ameno que Oé (lo cual no es muy difícil), menos interesante que Kawabata (lo cual, es cierto, tampoco es muy difícil). Seguiremos informando desde el país del sol naciente, que se ha hecho famoso no tanto por sus escritores como por las referencias a la peligrosa similitud que la retaguardia de un hombre puede guardar con su bandera. Misterios de la sabiduría oriental.

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