El asombroso viaje de Pomponio Flato
Eduardo Mendoza
190 pags.Valoración:

Cuando dejé el mundanal ruido y me dediqué a escribir novelas, aparte de pasar los 3 mejores años de mi vida de adulto, descubrí un montón de cosas interesantes sobre mi círculo de amigos y conocidos. La primera fue que muchos de ellos no eran ni amigos ni conocidos, sino simples proveedores o clientes que en cuanto vieron que mi firma ya no garantizaba pagos de millones de pesetas por sus servicios a las empresas en las que yo trabajaba, no se molestaron ni siquiera en guardar las apariencias, y cuando llegó el momento de rascarse el bolsillo y gastarse la astronómica cifra de 17 euros en una de mis novelas, silbaban el puente sobre el río Kwai. Algo salí ganando: la agenda del Outlook se aligeró en varias megas.
Otra de las cosas que aprendí es que la inmensa mayoría de la gente que me rodea no me conoce, ni siquiera en lo más evidente de mi manera de ser. Supongo que le pasa a todo el mundo, pero hasta que no te sucede algo concreto que te lo demuestra no te lo terminas de creer. Porque la mayoría de la gente que me conoce pensó que yo cambiaba los negocios por las novelas para hacerme rico (hombre, los negocios no me iban mal… de hecho, me permitieron retirarme 3 años a escribir, ¿no?). O famoso. O famoso y rico. La pregunta recurrente durante esos 3 años fue: “¿cuántos libros has vendido?”. Al principio pensé que era una broma para meterme un poco de presión, pero poco a poco me di cuenta de que, la mayoría de la gente, me lo preguntaba en serio. Era su medida de si mi “aventura” me estaba saliendo bien. Lo de dedicarte a escribir porque te gusta escribir no parecía ser suficiente. Realmente creían que yo quería ser rico y famoso (yo, que sólo salgo de casa si hay un incendio, y que no acepto invitaciones a fiestas y cumpleaños porque me desespera tener que hablar con más de 3 personas).
Y, por último (o al menos por último en este artículo, porque tampoco quiero escribir ahora mis memorias), también descubrí que la mayoría de la gente confunde arte con originalidad, y talento con invención. Porque otra de las frases que más escuché cuando terminé de escribir “AKA” fue: “parece una novela de Mendoza”. De nuevo, yo pensaba que la gente que me decía eso me lo decía como un halago (yo, al menos, así me lo tomaba), pero, también de nuevo, cuando profundizaba un poco en el comentario me daba cuenta de que, en general, me lo decían como una crítica.

- Image via Wikipedia
Total, que gracias a esos 3 años escribiendo novelas, además de disfrutar como un enano escribiéndolas, reduje drásticamente mi lista de amigos y conocidos (o, mejor dicho, confirmé mi lista de amigos, y reduje la de conocidos) y tomé la firme decisión de no volver a hablar de mis novelas con nadie. Yo no estoy aquí para educar burros, lo siento. Yo a los burros los quiero mucho, me parecen animales simpáticos, y jamás les haría ningún daño. Pero tampoco intentaría hablar de literatura con ellos.
¡Huy, qué tarde se me ha hecho hablando de chorradas, ¿no?! Pues vamos a la novela de Mendoza. “El asombroso viaje de Pomponio Flato” es, claramente, una novela menor del genio de Barcelona (no, esta vez no me refiero a Messi, ni a Xavi, ni a ninguno de esos… aunque podría). Si esta fuera su primera comedia, tal vez brillaría más, pero las sombras de “El misterio del tocador de señoras” y “Sin noticias de Gurb” son alargadas. Alargadísimas. Tan alargadas que no creo que ninguna comedia escrita en los próximos 20 años, como mínimo, consiga ver la luz del sol. Ni aunque esa comedia la escriba el propio Mendoza.
Personalmente, pongo a “El asombroso viaje de Pomponio Flato” en un nivel similar a su primera comedia, “El misterio de la cripta embrujada” (que, esta sí, al ser la primera, brilló con más fuerza). Y eso quiere decir, por supuesto, que es una lectura imprescindible, una obra de arte, y una comedia muy divertida. Porque la ventaja que tiene ser un genio es que te salen genialidades hasta cuando eructas. No me extrañaría que Mendoza hubiera escrito esta novela en un taco de servilletas de papel mientras se tomaba un café un jueves por la tarde. Y tampoco me extrañaría que sus conocidos, cuando les enseñara después el manojo de servilletas garabateado, leyeran algunos párrafos y le dijeran con gesto displicente: “bah, parece una novela tuya”. Porque conocidos gilipollas los tiene todo el mundo, eso lo tengo claro. Salvo la gente superespecial. Esos ya son ellos mismos gilipollas de serie.
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